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Full text of "Vida de Don Quijote y Sancho según Miguel de Cervantes Saavedra"

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VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 



VIDA DE DON QUl 
JOTE Y SANCHO 



SEGÚN 



Miguel de Cervantes Saavedra 



EXPLICADA Y COMENTADA 



por 



MIGUEL DE UNAMUNO 



RENACI- 
MIENTO 




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RENACIMIENTO 



MADRID BUENOS AIRES 

SAN MARCOS, 42 LIBERTAD, 172 

1914 



ES PROPIEDAD 



IMPRENTA RENACIMIENTO. -SAN MARCOS. 42. 



Prólogo a esta segunda edición 



Apareció en primera edición esta obra en 
el año 1905, coincidiendo por acaso, que no 
de propósito, con la celebración del tercer cen- 
tensurio de haberse por primera vez publicado 
el Quijote. No fué, pues, una obra de cente- 
nario. 

Salió, por mi culpa, plagada, no ya sólo de 
erratas tipográficsis, sino de errores y descuidos 
del original manuscrito, todo lo que he procu- 
rado corregir en esta segunda edición. 

Pensé un momento si hacerla preceder del 
ensayo que ((Sobre la lectura é interpretación 
del Quijote)) publiqué el mismo año de 1 905 en 
el número de Abril de La España Moderna, 
mas he desistido de ello en atención á que esta 
obra toda no es sino una ejecución del progra- 
ma en aquel ensayo expuesto. Lo que se redu- 
ce a asentar que dejando a eruditos, críticos e 
historiadores la meritoria y útilísima tarea de 
investigar lo que el Quijote pudo significar en 



MIGUEL DE UNAMUNO 



SU tiempo y en el ámbito en que se produjo y lo 
que Cervantes quiso en él expresar y expresó, 
debe quedarnos a otros libre el tomar su obra 
inmortal como algo eterno, fuera de época y 
aun de país, y exponer lo que su lectura nos 
sugiere. Y sostuve que hoy ya es el Quijote de 
todos y de cada uno de sus lectores, y que pue- 
de y debe cada cual darle una interpretación, 
por así decirlo, mística, como las que a la Biblia 
suele darse. 

Mas si renuncié a insertar al frente de esta 
segunda edición de mi obra aquel citado ensa- 
yo, no así con otro que con el título de ((El se- 
pulcro de Don Quijote» publiqué en el número 
de Febrero de 1906 de la misma susomentada 
revista La España Moderna. 

Elsta obra es de las mías la que hasta hoy ha 
alcanzado más favor del público que me lee, 
como lo prueba esta segunda edición y el ha- 
ber aparecido hace poco una traducción italia- 
na bajo el título de Commento al Don Chisciot- 
íe, hecha por G. Beccari y publicada en la co- 
lecciónCu/fura delVanimaf dirigida por G. Pa- 
pini y que edita R. Carabba en Lanciano. A la 
vez que se prep2u:a una traducción francesa. 

Y me complazco en creer que a esta mayor 
fortuna de esta entre mis otras obras habrá con- 
tribuido el que es una libre y personal exégesis 
del Quijote, en que el autor no pretende descu- 
brir el sentido que Cervantes le diera, sino el 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 



que le da él, ni es tampoco un erudito estudio 
histórico. No creo deber repetir que me siento 
más quijotista que cervantista y que pretendo 
libertar al Quijote del mismo Cervantes, permi- 
tiéndome alguna vez hasta discrepar de la ma- 
nera como Cervantes entendió y trató a sus dos 
héroes, sobre todo a Sancho. 3ancho se le im- 
ponía a Cervantes, a pesar suyo. Y es que creo 
que los p>ersonajes de ficción tienen dentro de 
la mente del autor que los finge una vida pro- 
pia, con cierta autonomía, y obedecen a ima ín- 
tima lógica de que no es del todo conciente 
ni dicho autor mismo. Y el que desee más acla- 
raciones a este respecto, y no se escandalice de 
la proposición de que nosotros podemos com- 
prender a Don Quijote y Sancho mejor que 
Cervantes que los creó — o mejor los sacó de la 
entraña espiritual de su pueblo — , acuda al en- 
sayo que cité primero. 

Miguel de Unamuno. 

Salamanca, Elnero de 1913. 



EL SEPULCRO DE DON QUIJOTE 



Me preguntas, mi buen amigo, si sé la mane- 
ra de desencadenar xm. delirio, un vértigo, una 
locura cualquiera sobre estas pobres muche- 
dumbres ordenadas y tranquilas que nacen, co- 
men, duermen, se reproducen y mueren. ¿ No 
habrá un medio, me dices, de reproducir la epi- 
demia de los flagelantes o la de los convulsio- 
narios > Y me hablas del milenario. 

Como tú siento yo con frecuencia la nostalgia 
de la Edad Media ; como tú quisiera vivir entre 
los espsismos del milenario. Si consiguiéramos 
hacer creer que en un día dado, sea el 2 de 
Mayo de 1908, el centenario del grito de la in- 
dependencia, se acababa para siempre Espa- 
ña ; que en ese día nos repartían como a borre- 
gos, creo que el día 3 de Mayo de 1908 sería el 
día más grande de nuestra hisoria, el sunane- 
cer de una nueva vida. 

Esto es una miseria, una completa miseria. 



10 MIGUEL DE UNAMUNO 

A nadie le importa nada de nada. Y cuando al- 
guno trata de agitar aisladaunente este o aquel 
problema, una u otra cuestión, se lo atribuyen 
o a negocio o a afán de notoriedad y ansia de 
singularizarse. 

No se comprende aquí ya ni la locura. Hasta 
del loco creen y dicen que lo será por tenerle 
su cuenta y razón. Lo de la retzón de la sinra- 
zón es ya un hecho para todos estos miserables. 
Si nuestro señor Don Quijote resucitara y vol- 
viese a esta su España andarían buscándole 
una segunda intención a sus nobles desvairíos. 
Si uno denuncia un abuso, persigue la injusti- 
cia, fustiga la ramplonería, se preguntan los es- 
clavos : i qué irá buscando en eso ? ¿ A qué as- 
pira ? Unas veces creen y dicen que lo hace 
para que le tapen la boca con oro ; otras que es 
por ruines sentimientos y bajas pasiones de ven- 
gativo o envidioso; otras que lo hace no más 
sino por meter ruido y que de él se hable, por 
vanagloria ; otras que lo hacen por divertirse y 
pasar el tiempo, por deporte, i Lástima grande 
que a tan pocos les dé por deportes semejantes í 

Fíjate y observa. Ante un acto cualquiera de 

generosidad, de heroísmo, de locura, a todos 

esos estupidos bachilleres, curas y barberos de 

^v hoy no se les ocurre sino preguntarse : ^ por qué 

i lo hará? Y en cuanto creen haber descubierto 

/ la razón del acto — sea o no la que ellos se su- 

' ponen— se 'dicen : ; bah f , lo ha Hecho por esto 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO H 

O por lo otro. Eln cuanto una cosa tiene razón 
de ser y ellos la conocen perdió todo su valor 
la cosa. Para eso les sirve la lógica, la cochina 
lógica. 

Comprender es perdonar, se ha dicho. Y esos 
miserables necesitan comprender para perdo- 
nar el que se les humille, el que con hechos o 
palabras se les eche en cara su miseria, sin ha- 
blarles de ella. 

Han llegado a preguntarse estúpidamente 
para qué hizo Dios el mundo, y se han contes- 
tado a sí mismos : i para su gloria ! , y se hari 
quedado tan orondos y satisfechos, como si los \ 
muy majaderos supieran qué es eso de la gloria / 
de Dios. / 

Las cosas se hicieron primero, su para qué í 
después. Que me den una idea nueva, cual- ^ 
quiera, sobre cualquier cosa, y ella me dirá des- ^ 
pues para qué sirve. 

Alguna vez, cuando exix>ngo algún proyec- 
to, algo que me parece debía hacerse, algo, so- 
bre todo, que debía decirse, no falta nunca 
quien me pregunte : ¿ y después > A preguntas 
tales no cabe otra respuesta que una repregun- 
ta. Y al ((i y después ?» no hay sino dar de re- 
bote im íí¿ y antes ?». 

No hay porvenir; nunca hay porvenir. Elso 
que llaman el porvenir es una de las más gran- 
des mentiras. El verdadero pK>rvenir es hoy. 
r Qué será de nosotros mañana ? ¡ No hay ma- 



12 MIGUEL DE UNAMUNO 

ñaña I i Qué es de nosotros hoy, ahora? Esta es 
la única cuestión. 

Y en cuanto a hoy, todos esos miserables es- 
tán muy satisfechos porque hoy existen, y con 
existir les basta. La existencia, la pura y nuda 
existencia, llena su alma toda. Np sienten que 
haya mas que existir. 

I Peto existen ? ¿ Existen de verdad ? Yo creo 
que no; pues si existieran, si existieran de ver- 
, dad, sufrirían de existir y no se contentarían con 
\ ello. Si real y verdaderamente existieran en el 
^ tiempo y el espacio sufrirían de no ser en lo 
eterno y lo infinito. Y este sufrimiento, esta pa- 
sión, que no es sino la pasión de Dios en nos- 
otrosj Dios que en nosotros sufre por sentirse 
preso en nuestra finitud y nuestra temporali- 
dad, este divino sufrimiento les haría romper 
todos esos menguados eslabones lógicos con 
que tratan de atar sus menguados recuerdos a 
sus menguadas esperanzas, la ilusión de su pa- 
sado a la ilusión de su porvenir. 

I Por qué hace eso ? c Preguntó acaso nunca 
Sancho por qué hacía Don Quijote las coséis que 
hacía 7 

Y vuelta á lo mismo, á tu pregunta, a tu 
preocupación : i qué locura colectiva podría- 
mos imbuir en estetó pobres muchedumbres? 
¿ Qué delirio ? 

Tú mismo te has acercado a la solución en 
una de esas cartas con que me ciszJtas a pregun- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 13 

cas. En ella me decías : ¿ no crees que se podría 
intentar alguna nueva cruzada ? 

Pues bien, sí; creo que se puede intentar la 
ttanta cruzada de ir a rescatar el sepulcro de 
Don Quijote del poder de los bachilleres, cu- 
ras, barberos, duques y canónigos que lo tienen 
ocupado. Creo que se puede intentar la santa 
cruzada de ir a rescatar el sepulcro del Caballe- 
ro de la Locura del poder de los hidalgos de la 
Razón. 

Defenderán, es natural, su usurpación y tra- 
tarán de probar con muchas y muy estudiadas 
razones que la guardia y custodia del sepulcro 
les corresponde. Lo guardan para que el Caba- 
llero no resucite. 

A esas razones hay que contestar con insul- 
tos, con pedradas, con gritos de pasión, con bo- 
tes de lanza. No hay que razonar con ellos. Si 
tratas de razonar frente á sus razones estás per- 
dido. 

Si te preguntan, como acostumbran, ¿con 
qué derecho reclamas el sepulcro?, no les con- 
testes nada, que ya lo verán luego. Luego... tal 
vez cuando ni tú ni ellos existáis ya, por lo me- 
nos en este mundo de las apariencias. 

Y esta santa cruzada lleva una gran ventaja 
a aquellas otras santas cruzadas de que alboreó 
una nueva vida en este viejo mundo. Aquellos 
ardientes cruzados sabían dónde estaba el se- 
pulcro de Cristo, dónde se decía que estaba. 






14 MIGUEL DE UNAMUNO 

mientras que nuestros cruzados no sabrán dón- 
de está el sepulcro de Don Quijote. Hay que 
buscarlo peleando por rescatarlo. 

Tu locura quijotesca te ha llevado más de 
una vez a hablarme del quijotismo como de una 
nueva religión. Y a eso he de decirte que esa 
nueva religión que propones y de que me ha- 
blas, si llegara a cuajar, tendría dos singulares 
preeminencias. La una, que su fundador, su 
profeta, Don Quijote — no Cervantes, p>or su- 
puesto—, no estíimos seguros de que fuese un 
hombre real, de carne y hueso, sino que más 
.bien sospechemnos que fué una pura ficción. Y 
su otra preeminencia sería la de que ese profe- 
ta era un profeta ridículo, que fué la befa y el 
escarnio de las gentes. 

Es el valor que más falta nos hace: el de 
afrontar el ridículo. El ridículo es el arma que 
manejan todos los miserables bachilleres, bar- 
beros, curas, canónigos y duques que guardan 
escondido el sepulcro del Caballero de la Lo- 
cura. Caballero que hizo reír á todo el mundo, 
pero que nunca soltó un chiste. Tenía el alma 
demasiado grande para parir chistes. Hizo reir 
con su seriedad. 

Empieza, pues, amigo, a hacer de Pedro el 
Ermitaño y llsmna a las gentes a que se te unan, 
se nos unan, y vayamos todos a rescatEír ese se- 
pulcro que no sabemos dónde está. La cruzada 
misma nos revelará el sagrado lugar. 



VIDA DE DON QUUOTE Y SANCHO 15 

Verás cómo así que el sagrado escuadrón se 
ponga en marcha apsurecerá en el cielo una es- 
trella nueva, sólo visible para los cruzados, una 
estrella refulgente y sonara, que cantará im 
canto nuevo en esta larga noche que nos en- 
vuelve, y la estrella se pondrá en maurcha en 
cuanto se ponga en marcha el escuadrón de los 
cruzados, y cuando hayan vencido en su cruza- 
da, o cuando hayan sucumbido todos — que es 
acaso la manera única de vencer de veras — , la 
estrella caerá del cielo, y en el sitio en donde 
caiga allí está el sepulcro. El sepulcro está don- 
de muera el escuadrón. 

Y allí donde está el sepulcro, allí está la 
cuna, allí está el nido. Y de allí volverá á sur- 
gir la estrella refulgente y sonora, csonino del 
cielo. 

Y no me preguntes más, querido amigo. 
Cuando me haces hablar de estas cosas me ha- 
ces que saque del fondo de mi alma, dolorida 
por la ramplonería aunbiente que F>or todas par- 
tes me acosa y aprieta, dolorida por las salpi-i 
caduras del fango de mentira en que chapotea-i 
mos, dolorida por los arañazos de la cobsurdía 
que nos envuelve, me haces que saque del fon- | 
do de mi alma dolorida las visiones sin razón, \ 
los conceptos sin lógica, las cosas que ni yo sé n 
lo que quieren decir, ni menos quiero ponerme 

a averiguarlo. 

^- Qué quieres decir con eso } — ^me pregim- 



'),! 



16 MIGUEL DE UNAMUNO 

tas más de una vez—. Y yo te respondo : ¿ lo s< 
yo ac£iso? 
í i No, mi buen amigo, no ! Muchas de esta: 
s/ ocurrencias de mi espíritu que te confío ni ye 
sé lo que quieren decir, o, por lo menos, soy ye 
quien no lo sé. Hay alguien dentro de mí qut 
^ 1 ^ me las dicta, que me las dice. Le obedezco y nc 
^ oír me adentro a verle la cara ni a preguntarle po] 
.^ '^ su nombre. Sólo sé que si le viese la cara y s; 
^. ^N^ me dijese su nombre me moriría yo para que 
O >J 4 viviese él. 
<^ Estoy avergonzado de haber alguna vez fin- 

gido entes de ficción, personajes novelescos, 
para poner en sus labios lo que no me atrevía á 
poner en los míos y hacerles decir como en bro- 
ma lo que yo siento muy en serio. 

Tú me conoces, tú, y sabes bien cuan lejos 
estoy de rebuscar adrede paradojas, extrava- 
gancias y singularidades, piensen lo que pensa- 
ren algunos majaderos. Tú y yo, mi buen ami- 
go, mi único amigo absoluto, hemos hablado 
. muchas veces, a solas, de lo que sea la locura, 

^ y hemos comentado aquello del Brand ibsenia- 



•# 



no, hijo de Kierkegasurd, de que está loco el que 
t^ está solo. Y hemos concordado en que una lo- 

V (^ ciura cualquiera deja de serlo en cuanto se hace 
colectiva, en cuanto es locura de todo un pue- 
blo, de todo el género humano acaso. En cuan- 
to ima alucinación se hace colectiva, se hace 
popular, se hace social, deja de ser sJucinación 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 17 

para convertirse en una realidad, en algo que 
está fuera de cada uno de los que la comparten 
Y tú y yo estamos de acuerdo en que hace faJ- 
ta llevar á las muchedumbres, llevar al pueblo, 
llevar á nuestro pueblo español una locura cual- 
quiera, la locura de uno cualquiera de sus 
miembros que esté loco, pero loco de verdad y 
no de mentirijillas. Loco, y no tonto. 

Tú y yo, mi buen amigo, nos hemos escanda- 
lizado ante eso que llaman aquí fanatismo, y 
que, por nuestra desgracia, no lo es. No ; no es 
fanatismo nada que esté reglamentado y con- 
tenido y encauzado y dirigido por bachilleres, 
curas, barberos, canónigos y duques ; no es fa- 
natismo nada que lleve un pendón con fórmu- 
las lógicas, nada que tenga programa, nada que 
se proponga para mañana un propósito que 
puede un orador desarrollar en un metódico dis- 
curso. 

Una vez, ¿ te acuerdas ?, vimos a ocho o diez 
mozos reunirse y seguir a uno que les decía : 
i Vamos a hacer una barbaridad ! Y eso es lo 
que tú y yo anhelamos, que el pueblo se apiñe 
y gritando i vamos a hacer una barbaridad ! se 
ponga en marcha. Y si algún bachiller, algún 
barbero, algún cura, algún canónigo o algún 
duque les detuviese para decirles : ((¡ hijos míos !, 
está bien, os veo henchidos de heroísmo, llenos 
de santa indignación ; tcimbién yo voy con vos- 
otros ; pero antes de ir todos, y yo con vosotros. 



18 MIGUEL DE UNAMUNO 

a hacer esa b2irb2uí<3ad, i no os parece que de- 
bíamos ponemos de acuerdo respecto a la bar- 
baridad que vamos a hacer ? i Qué barbaridad 
va a ser ésa?», si alguno de esos malandrines 
que he dicho les detuviese para decirles tal cosa, 
deberían derribarle eJ punto y pasar todos so- 
bre éL pisoteándole, y ya empezaba la heroica 
barbaridad. 

I No crees, mi amigo, que hay por ahí mu- 
cheis almas solitarias a las que el corazón les 
pide alguna barbsiridad, algo de que revienten ? 
Ve, pues, a ver si logras juntarlas y formar es- 
cuadrón con ellas y ponernos todos en marcha — 
porque yo iré con ellos y tras de ti — a rescatar 
el sepulcro de Don Quijote, que, gracias á Dios, 
no sabemos dónde está. Ya nos lo dirá la es- 
trella refulgente y sonora. 

Y ¿ no será — ^me dices en tus horas de des- 
aliento, cuando te vas de ti mismo — , no será 
que creyendo al ponemos en marcha ceiminar 
por campos y tierras, estemos dando vueltas 
en tomo al mismo sitio? Entonces la estrella es- 
tará fija, quieta sobre nuestr€is cabezas y el se- 
pulcro en nosotros. Y entonces la estrella cae- 
rá, pero caerá para venir a enterrarse en nues- 
tras aJmas. Y nuestras almas se convertirán en 
luz, y fundideis todas en la estrella refulgente y 
sonora subirá ésta, más refulgente aún, con- 
vertida en un sol, en un sol de etema melodía, 
á alumbrar el cielo de la patria redimida. 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SaNCHO 19 

Eji marcha, pues. Y ten cuenta no se te me- 
tan en el sagrado escuadrón de los cruzados ba- 
chilleres, bsurberos, curas, canónigos ó duques 
disfrazados de Sanchos. No importa que te pi- 
dan ínsulcis; lo que debes hacer es expulsarlos 
en cuanto te pidan el itinerario de la marcha, V 
en cuanto te hablen del programa, en cuanto te 
pregunten al oído, maliciosamente, que les di- 
gas hacia dónde cae el sepulcro. Sigue a la es- 
trella. Y haz como el Caballero : endereza el 
entuerto que se te ponga delante. Ahora lo de 
ahora, y aquí lo de aquí. 

¡ Poneos en marcha ! i Que adonde vais ? La 
estrella os lo dirá : ¡ al sepulcro ! i Qué vamos a 
hacer en el camino, mientras marchaunos } 
I Qué ? ¡ Luchar ! Luchar, y i cómo? 

i Cómo ? i Tropezáis con uno que miente ?, 
gritarle a la cara: ¡mentira!, y ¡adelante! 
¿Tropezáis con xmo que roba?, gritarle: ¡la- 
drón!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que 
dice tonterías, a quien oye toda una muche- 
dumbre con la boca abierta?, gritarles : ¡ estú- 
pidos !, y ¡ adelante ! ¡ Adelante siempre ! 

i Es que con eso — ^me dice uno a quien tú co- 
noces y que ansia ser cruzado — , es que con eso \ 
se borra la mentira, ni el ladronicio, ni la 
tontería del mundo ? ¿ Quién ha dicho que no > 
La más miserable de todas las miserias, la más 
repugnante y apestosa argucia de la cobardía es 
esa de decir que nada se adelante con denun- 



20 MIGUEL DE UNAMUNO 

ciar a un ladrón porque otros seguirán robando, 
que nada se logra con llamarle en su cara ma- 
jadero al majadero, porque no por eso la maja- 
dería disminuirá en el mundo. 

Sí, hay que repetirlo una y mil veces : con 
que una vez, una sola vez, acabases del todo y 
para siempre con un solo embustero, habríase 
acabado el embuste de una vez para siempre. 

I En marcha, pues ! Y echa del sagrado es- 
cuadrón á todos los que empiecen a estudiar el 
paso que habrá de llevarse en la marcha y su 
compás y su ritmo. Sobre todo, ¡ fuera con los 
que a todas horas andan con eso del ritmo ! Te 
convertirían el escuadrón en una cuadrilla de 
baile, y la marcha en danza. ¡ Fu^ra con ellos ! 
Que se vayan a otra parte a cantar a la carne .í 

Esos que trataríem de convertirte el escua- 
drón de marcha en cuadrilla de baile se llaman 
a sí mismos, y los unos a los otros entre sí, poe-1 
tas. No lo son. Son cualquier otra cosa. Esos no 
van al sepulcro sino por curiosidad, por ver 
cómo sea, en busca acaso de una sensación 
nueva, y por divertirse en el camino. ¡Fuera 
con ellos ! 

Esos son los que con su indulgencia de bo- 
hemios contribuyen a mantener la cobardía y 
la mentira y las miserias todas que nos ano- 
nadan. Cuando predican libertad no piensan 
mas que en una : en la de disponer de la mujer 
del prójimo. Todo es en ellos sensualidad, y 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 21 

hasta de las ideas, de las grandes ideas, se ena- 
morají sensualmente. Son incapaces de cassur- 
se con una grande y pura idea y criar familia 
de ella; no hacen sino amontonarse con las 
ideas. Las toman de queridas, menos aún, tal 
vez de compañeras de una noche. ¡ Fuera con 
ellos I 

Si alguien quiere cojer en el caonino tal o 
cual florecilla que a su vera sonríe, cójala, pero 
de paso, sin detenerse, y siga al escuadrón, 
cuyo alférez no habrá de quitar ojo de la estre- 
lla refulgente y sonora. Y si se pone la floreci- 
lla en el peto sobre la coraza, no para verla él, 
sino para que se la vean, ¡ fuera con él ! Que se 
vaya, con su flor en el ojal, a bailar a otra parte. 

Mira, amigo, si quieres cumplir tu misión y 
servir a tu patria es preciso que te hagas odioso 
a los muchachos sensibles que no ven el uni- 
verso sino a través de los ojos de su novia. O 
algo peor aún. Que tus palabras sean estriden- 
tes y agrias a sus oídos. 

Eli escuadrón no ha de detenerse sino de no- 
che, junto al bosque o al abrigo de la montaña. 
Levantará allí sus tiendas, se lavarán los cru- 
zados sus pies, cenarán lo que sus mujeres les 
hayan preparado, engendrarán luego un hijo 
en ellas, les darán un beso y se dormirán pcira 
recomenzar la marcha al siguiente día. Y cuan- 
do alguno se muera le dejarán a la vera del ca- 
mino, amortajado en su armadura, a merced 



22 MIGUEL DE UNAMUNO 

de los cuervos. Quede para los muertos el cui- 
dado de enterrar a sus muertos. 

Si alguno intenta durante la marcha tocar 
pífano o dulzaina o caramillo o vihuela o lo 
que fuere, rómpele el instrumento y échale de 
filas, porque estorba a los demás oir el canto de 
la estrella. Y es, además, que él no la oye, Y 
quien no oiga el canto del cielo no debe ir en 
busca del sepulcro del Caballero. 

Te hablarán esos danzantes de poesía. No les 
hagas caso. El que se pone a toccu: su jeringa 
— que no es otra cosa la syringa — debajo del 
cielo, sin oir la música de las esferas, no mere- 
ce que se le oiga. No conoce la abismática poe-l 
sía del fanatismo; no conoce la inmensa poe-l 
sía de los templos vacíos, sin luces, sin dorados," 
sin imágenes, sin pompas, sin aromas, sin nada 
de eso que llciman arte. Cuatro paredes lisas y 
un techo de tablas ; un corralón cualquiera. 

Echa del escuadrón a todos los danzantes de 
la jeringa. ElchaJos, antes de que se te vayan 
por un plato de alubias. Son filósofos cínicos, 
indulgentes, buenos muchachos, de los que 
todo lo comprenden y todo lo perdonan. Y el 
que todo lo comprende no comprende nada, y 
el que todo lo perdona nada perdona. No tie- 
nen escrúpulo en venderse. Como viven en dos 
mundos pueden guardar su libertad en el otro 
y esclavizarse en éste. Son a la vez estetas y 
perezistas o lopezistas o rodrigueziststó. 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCJ^O 23 

Hace tiempo se dijo que el hambre y el amor (%^lo 
son los dos resortes de la vida humana. De la ,, 
baja vida humana, de la vida de tierra. Los , 
danzantes no bailan sino por hambre o por ^^-^'l 
amor ; hambre de carne, amor de carne tam- " l 
bien. EchcJos de tu escuadrón, y que allí, en i'^0. j^, 
un prado, se harten de bailar mientras uno toca 
la jeringa, otro da peJmaditás y otro canta a un ^~~l!^ 
plato de alubias o a los muslos de su querida 
de temporada. Y que allí inventen nuevas pi- 
ruetas, nuevos trenzados de pies, nuevas figu- 
ras de rigodón. 

Y si alguno te viniera diciendo que él sabe 
tender puentes y que acaso llegue occisión en 
que se deba aprovechar sus conocimientos para 
passu: xm río, ¡ fuera con él ! ¡ Fuera el inge- 
niero ! Los ríos se passurán vadeándolos, o a 
nado, aunque se ahogue la mitad de los cruza- 
dos. Que se vaya el ingeniero a hacer puentes 
a otra parte, donde hacen mucha falta^ Para ir_^ 
en busca del sepulcro basta la fe como puente. 



♦ « 



Si quieres, mi buen amigo, llenar tu vocación ) 
debidamente desconfía del arte, desconfía de / 
la ciencia, por lo menos de eso que Ilaunan arte ^^ 
y ciencia y no son sino mezquinos remedos del 



24 MIGUEL DE UNAMUNO 

alte y de la ciencia verdaderos. Que te baste tu 
fe. Tu fe será tu arte^Ju ie será tu ciencia. . ) 
He dudado más de una vez de que puedas 
cumplir tu obra al notar el cuidado que pones 
en escribir las cartas que me escribes. Hay en 
ellas, no pocas veces, tachaduras, enmiendas, 
correcciones, jeringazos. No es un chorro que 
brota violento, expulsando el tapón. Más de 
una vez tus cart£is degeneran en literatura, en 
esa cochina literatura, aliada natural de todas 
las esclavitudes y de todas las miserias. Los es- 
clavizadores saben bien que mientras está el 
esclavo cantando a la libertad se consuela de 
su esclavitud y no piensa en romi>er sus ca- 
denas. 

Pero otras veces recobro fe y esperanza en ti 
cuando siento bajo tus palabras atropelladas, 
improvisadais, cacofónicas, el temblar de tu voz 
dominada por la fiebre. Hay ocasiones en que 
puede decirse que ni están en un lenguaje 
determinado. Que cada cusJ lo traduzca al 
suyo. 

Procura vivir en continuo vértigo pasional, 

r^ (-dominado por una pasión cualquiera.,^ Sólo los 
, ^ apasionados llevan a cabo obras verdadera- 

^ ^jnente duraderas y fecundas. Cuando oigas de 
alguien que es impecable, en cualquiera de los 
sentidos de esta estúpida palabra, huye de él ; 
sobre todo si es artista. Así como el hombre 
más tonto es el que en su vida ha hecho ni di- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 25 

:ho una tontería, así el artista menos poeta, el 
nás antipoético — y entre los zutistas abundan 
las naturalezas antipoéticas — , es el artista im- 
pecable, el artista a quien decoran con la co- 
rona, de laurel de cartulina, de la impecabili- 
dad los danzantes de la jeringa. 

Te consume, mi pobre amigo, una fiebre in- 
cesante, ima sed de océaoios insondables y sin 
riberas, un hcunbre de universos y la morriña de 
la eternidad. Sufres de la razón. Y no sabes lo 
que quieres, i^ ahora, ahora quieres ir al se- 
pulcro del Caballero de la Locvira y deshacerte 
allí en lágrimas, consimiirte en fiebre, morir de 
sed de océanos, de hambre de universos, de 
morriña de eternidad. 

Ponte en marcha, solo. Todos los demás so- 
litarios irán a tu lado, aunque no los veas. Cada 
cual creerá ir solo, pero formaréis batallón sa- 
grado, el batallón de la santa e inacabable cru- 
zada. 

Tú no sabes bien, mi buen amigo, cómo los 
solitarios todos, sin conocerse, sin mirarse a 
las caras, sin saber los unos loe nombres de los 
otros, caminan j mitos y prestándose mutua 
ayuda. Lx>s otros hablan unos de otros, se dan 
las manos, se felicitan mutuamente, se bom- 
bean y se denigran, murmuran entre sí y va 
cada cual FK>r su lado. Y huyen del sepulcro. 

Tú no perteneces al cotarro, sino al batallón 
de los libres cruzados. ¿ Por qué te asomas a 



26 MIGUEL DE UNAMUNO 






/ 



ac'^ las tapias del cotarro a oir lo que en él se caca- 

y^ ,<^ rea ? ¡ No, amigo mío, no ! Cuando pases jim- 

Oir to a un cotarro tápate los oídos, lanza tu pala- 

- bra y sigue adelante, camino del sepulcro. Y 

^^ * que en esa peJabra vibren toda tu sed, toda tu 

hambre, toda tu morriña, todo tu amor. 
^ ^^ Si qxúeresjvdyir de ellos, vive para ellos. Pero 
y^ entonces, mi pobre amigo, te habrás muerto. 

^^ Me acuerdo de aquella dolorosa carta que me 



rjp escribiste cuando estabas a punto de sucximbir, 

de derogar, de entrar en la cofradía. Vi enton- 
ces cómo te pesaba tu soledad, esa soledad 
que debe ser tu consuelo y tu fortsJeza. 

Llegaste a lo más terrible, a lo más desola- 
dor; llegaste al borde del precipicio de tu per- 
dición : llegaste a dudar de tu soledad, llegaste 
a creerte en compañía. «¿ No será — ^me de- 
cías — ima mera cavilación, im fruto de sober- 
bia, de petulancia, tal vez de locura, esto de 
creerme solo? Porque yo, cuando me sereno, 
me veo acompsúíado, y recibo cordiales apre- 
tones de manos, voces de aliento, palabras de 
simpatía, todo género de muestras de no en- 
contrarme solo, ni mucho menos.» Y por aquí 
seguías. Y te vi engañado y perdido, te vi hu- 
yendo del sepulcro. 

No, no te engañas en los accesos de tu fie- 
bre, en las agonías de tu sed, en las congojáis 
de tu hambre ; estás solo, enteramente solo. No 
sólo son mordiscos los mordiscos que como *' 



I 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 27 



les sientes, lo son también los que como besos. 
Te silban los que aplauden, te quieren detener 
en tu marcha al sepulcro los que te gritan ¡ ade- 
lante! Tápate los oídos. Y ante todo cúrate de " . ^Ü 
una afección terrible, que por mucho que te la ^ ( 
sacudes vuelve a ti con terquedad de mosca : H-^ , . 
cúrate de la cifección de preocupeurte cómo apa- >/V 
rezcas a los demás. Cúidate sólo de cómo apa- f/\^ 
rezcas ante Dios, cúidat e^de la i dea que de^ ' ^(^ 
T!)ios tenga. ' -^ 

Estás solo, mucho más solo de lo que te figu- 
ras, y aun así no estás sino en camino de la ab- 
soluta, de la completa, de la verdadera sole- 
dad. La absoluta, la completa, la verdadera 
soledad consiste en no estar ni aun consigo mis- 
mo. Y no estarás de veras completa y absolu- 
tamente solo hasta que no te de^pojesd^^^is- 
mo, al borde del sepulcro, ¡ Santa soledac 



* 



Todo esto dije a mi amigo, y él me contestó 
en una larga carta, llena de un furioso desaJien- 
to, estas palabras : 

((Todo eso que me dices está muy bien, está 
bien, no está mal ; pero ¿ no te parece que en 
vez de ir a buscar el sepulcro de Don Quijote y 
'-'^^catarlo de bachilleres, curas, barberos, ca- 

--gos y duques debíamos ir a buscar el se- 



28 MIGUEL DE UNAMUNO 



pulcro de Dios y rescatarlo de creyentes e in-l 
crédulos, de ateos y deístas, que lo ocupan, y 
esperar allí, dando voces de suprema desespe- 
ración, derritiendo el corazón en lágrimas, a 
que Dios resucite y nos salve de la nada?» 



í 



PRIMERA PARTE 



CAPITULO PRIMERO 

Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo 
Don Quijote de la Mancha. 



Nada sabemos del nacimiento de Don Quijote, 
nada de su infancia y juventud, ni de cómo se 
fraguara el ánimo del Caballero de la Fe, del 
que nos hace con su Tocüra cuerdos. Nada sabe- 
mos dé sus padres, linaje y abolengo, ni de cómo 
hubieran ido asentándosele en el espíritu las vi- 
siones de la asentada llanura manchega en que 
solía cazar; nada sabemos de la obra que hicie- 
se en su alma la contemplación de los trigales 
salpicados de amapolas y clavellinas; nada sa- 
bemos de sus mocedades. 

Se ha perdido toda memoria de su linaje, na- 
cimiento, niñez y mocedad; no nos la ha conser- 
vado ni la tradición oral ni testimonio alguno 
escrito, y si alguno de éstos hubo, hase perdi- 
do o yace oculto en polvo secular. No sabemos 
si dio o no muestras de su ánimo denodado y 
heroico ya desde tierno infante, al modo de esos 
santos de nacimiento, que ya desde mamonci- 
llos no maman los viernes y días de ayuno, por 
mortificación y dar buen ejemplo. 



32 MIGUEL DE UNAMUNO 

Respecto a su linaje declaró él mismo a San- 
dio, departiendo con éste después de la con- 
quista del yelmo de Mambríno, que si bien era 
hijodalgo de solar conocido, de posesión y pro' 
piedad, y de devengar quinientos sueldos, no 
descendía de reyes, aunque, no obstante ello, 
el sabio que escribiese su historia podría deslin- 
dar de tal modo su parentela y descendencia, 
que le hallase ser quinto o sexto nieto de rey. 
Y de KecKo no hay quien, a la larga, no descien- 
da de reyes, y de reyes destronados. Mas él 
era de los linajes que son y no fueron. Su lina- 
Je empieza en él. 

Es extraño, sin embargo, c6mo los diligentes 
rebuscadores que se Kan dado con tanto ahinco 
a escudriñar la vida y milagros de nuestro ca- 
ballero, no han llegado aun a pesquisar huellas 
de tal linaje, y más ahora en que tanto peso 
se atribuye en el destino de un hombre a eso 
de su herencia. Que Cervantes no lo hiciera, 
no nos ha de sorprender, pues al fin creía que 
es cada cual hijo de sus obras y que se va ha- 
ciendo según vive y obra; pero que no lo ha- 
gan estos inouiridores que para explicar el in- 
genio de un héroe husmean si fué su padre go- 
toso, catarroso o tuerto, me choca mucho, y 
sólo me lo explico suponiendo que viven en 1^ 
tan esparcida cuanto nefanda creencia de quf^ 
Don Quijote no es sino ente ficticio y fantástico, 
como si fuera hacedero a humana fantasía el 
parir tan estupenda figura. 

Aparécesenos el hidalgo cuando frisaba en los 
cincuenta años, en un lugar de la mancha, pa- 
sándolo pobremente con una olla de algo mas 
vaca que carnero, salpicón las más noches, due- 
los y quebrantos los sábados, lantejas los üier- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 33 



nes y algún palomino de añadidura los domin-^ 
gos, lo cual todo consumía las tres partes de su 
hacienda, acabando de concluirla sayo de Ve- 
larte, calzas de velludo para las fiestas con sus 
pantuflos de lo mismo y los días de entre sema- ^ |, , 
na... vellorí de lo más fino. En un parce comer I «.<> 
se le iban las tres partes de sus rentas, en un / 
modesto vestir la otra cuarta. Era, pues, un hi- '^ 
dalgo pobre, un hidalgo de gotera acaso, pero 
de los de lanza en astillero. ^^' , ^ 

Era hidalgo pobre, mas a pesar de ello, hijo w 
de bienes, porque como decía su contemporá- ^ 
neo el Dr. D. Juan Huarte en el capítulo XVI 
de su Examen de ingenios para las ciencias, ►^ 

(da ley de la Partida dice que hijodalgo quie- , ^^ ' 
re decir hijo de bienes; y si se entiende de bie- vV 
nes temporales, no tiene razón, porque hay in- \ ^J 
finitos hijodalgos pobres e infinitos ricos que no \p 
son hidalgos; pero si se quiere decir hijo de 
bienes que llamamos virtud, tiene la misma sig- ..^A 
nificación que dijimos». Y Alonso Quijano era^ \^~ 

hijo de bondad. ^- '^ ~~~ 

■ Entesó de la pobreza de nuestro hidalgo es- 
triba lo más de su vida, como de la pobreza de 
su pueblo brota el manantial de sus vicios y a 
la par de sus virtudes. La tierra que alimenta- 
ba a Don Quijote es una tierra pobre, tan deso- 
llada por seculares chaparrones, que por don- 
dequiera afloran a ras de ella sus entrañas 
berroqueñas. Basta ver cómo van por los in- 
viernos sus ríos, apretados a largos trechos en- 
tre tajos, hoces y congostos y llevándose al mar 
en sus aguas fangosas el rico mantillo que ha- 
bría de dar a la tierra su verdura. Y esta po- 
breza del suelo hizo a sus moradores andarie- 
gos, pues o tenían que ir a buscarse el pan a 



34 MIGUEL DE UNAMUNO 

luengas tierras, o bien tenían que ir guiando a 
las ovejas de que vivían, de pasto en pasto. 
Nuestro hidalgo hubo de ver, año tras otro, pa 
sar a los pastores pastoreando sus merinas, sin 
hogar asentado, a la de Dios nos valga, y acaso 
viéndolos así soñó alguna vez con ver tierras 
nuevas y correr mundo. 

Era pobre, de complexión recia, seco de car- 
nes, enjuto de rostro, gran madrugador y ami- 
go de la caza. De lo cual se saca que era de 
temperamentQ^^bréricó, en él que predominan 
calor y sequedad, y quien lea el ya citado EXA- 
MEN DE INGENIOS que compuso el Dr. D. Juan 
Huarte, dedicándoselo a S. M. el Rey Don Fe- 
lipe II, verá cuan bien cuadra a Don Quijote 
lo que de los temperamentos calientes y secos 
dice el ingenioso físico. De este mismo tem- 
peramento era también aquel caballero de Crisv 
to, Iñigo de Loyola, de quien tendremos mu 
"'cho que decir aquí, y de quien el P. Pedro de 
Rivadeneira (*) en la vida que de él compu^,o, 
y en el capítulo V del libro V de ella nos dice 
que era muy cálido de complexión y muy colé- 
rico, aunque venció luego la cólera, quedándo- 
se «con el vigor y brío que ella suele dar, y 
que era menester para la ejecución de las co- 
sas que trataba». Y es natural que Loyola fue- 
se del mismo temperamento que Don Quijote, 
porque había de ser capitán de una milicia, y 
su arte, arte militar. Y hasta en los más pe- 
queños pormenores se anunciaba lo que ha- 



(*) Le llamo P., es decir, Padre, por acomodarme al uso, o 
sea abuso, común en casos tales, y aunque sé que Cristo Jesús dijo: 
«No os llaméis Padre en la tierra; pues uno solo es vuestro padre: 
que está en los cielos^). (Mat., XXlIl, 9.) 



•i 



VIDA DE DON Q UIJOTE Y SANCHO 35 

bría de ser, pues al describirnos la estatura y 
disposición de su cuerpo en el capítulo XVIII 
del libro IV nos dice el citado Padre, su histo- 
riador, que tenía la frente ancha y desarruga- 
da y una calva de muy venerable aspecto. Lo 
que consuena con la cuarta señal que pone el 
Dr. Huarte para conocer al que tenga inge- 
nio militar y es tener la cabeza calva, y «está 
la razón muy clara» dice, añadiendo: «Porque 
esta diferencia de imaginativa reside en la par- 
te delantera de la cabeza, como todas las de- 
más; y el demasiado calor quema el cuero de 
la cabeza y cierra los caminos por donde han 
de pasar los cabellos; allende que la materia 
de que se engendra, dicen los médicos que so* 
los excrementos que hace el cerebro al tiem- 
po de su nutrición, y con el gran fuego que allí 
hay, todos se gastan y consumen y así falta ma- 
teria de que poderse engendrar». De donde yo 
deduzco, aunque el puntualísimo historiador de 
Don Quijote no nos lo diga, que éste era tam- 
bién de frente ancha, espaciosa y desarrugada, 
y además calvo. ^ — 

Era Don Quijote amigo de la caza, en cuyo 
ejercicio se aprende astucias y engaños de gue- 
rra, y así es cómo tras las liebres y perdices 
corrió y recorrió los aledaños de su lugar, y de- 
bió de recorrerlos solitario y escotero bajo la 
tersura sin mancha del cielo manchego. 

Era pobre y ocioso; ocioso estaba los más ra 
tos del año. Y nada hay en el mundo más in- 
genioso que la pobreza en la ociosidad. La po- 
breza le hacía amar la vida, apartándole de todo 
hartazgo y nutriéndole de esperanzas, y la ocio 
sidad debió de hacerle pensar en la vida inaca- 
bable, en la vida perpetuadora. ¡Cuántas veces 



V 



3S MIGUEL DE UNAMUNO 



¡ no soñó en sus mañaneras cacerías, con que su 

nombre se desparramara en redondo por aque- 
llas abiertas llanuras y rodara ciñendo a los ho- 

'/\^ gares todos y resonase en la anchura de la tie- 
>u rra y de los siglos! De sueños de ambición apa- 



f 



\ cenió su ociosidad a su pobreza, y despegado 



^y del regalo de la vida, anheló inmortalidad^o 

' i acabadera. ~ 

\^ >i ^^"En aquellos cuarenta y tantos años de su os- 
cura vida, pues frisaba ésta en los cincuenta 
cuando entró en obi-a de inmortalidad nuestro 
I hidalgo, en aquellos cuarenta y tantos años iqué 
había hecho fuera de cazar y administrar su ha- 
cienda? En las largas horas de su lenta vida 
¿de qué contemplaciones nutrió su alma? Por- 
que era üirgÓHtempIatTvo . ya que sólo los con- 
templativos se aprestan ~a una obra como la 
suya. 

Adviértase que no se dio al mundo y a su 
obra Vcídentora hasta frisar en los cincuenta, 
en bien sazonada madurez de vida. No floreció, 
pues, su locura hasta que su cordura y su bon- 
dad hubieron sazonado bien. No fué un mucha- 
cho que se lanza a tontas y a locas a una carre- 
ra mal conocida, sino un hombre sesudo y cuer- 
do que enloquece de pur(X madurez de espíritu. 
La ociosidad y un amor desgraciado de que 
hablaré más adelante, le llevaron a darse a leer 
libros de caballerías con tanta afición y gusto, 
que olvidó casi de todo punto el ejercicio de 
la caza y aun la administración de su hacien- 
da ;y |haa(ta vendió muchas fanegas de tierra 
de sembradura para comprar libros de caba- 
llerías, pues no sólo de pan vive el hombre. 
Y apacentó su corazón con las hazañas y proe- 
zas de aquellos esforzados caballeros que, des- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 

prendidos de la vida que pasa, aspiraron a la glo 
ria que queda. El deseo de la gloria fué su re 
sorte de acción. 

V^así del poco dojrjjm^u^del mucho leer se le ^ 



secó el celebro de manera que Vino a perder el 
i líirio. íLn cuanto a lo de secársele el cerebro, 
el [)r. Huarte , de quien dije, nos dice en el ca- 
pítulo 1 de su obra que el entendimiento pide 
uque el celebro sea seco y compuesto de par- 
tes sutiles y muy delicadas», y por lo que hace 
a la pérdida del juicio nos habla de DemócrL-.. 
to Abderita, «el cual vino a tanta pujainza de 
en tendimiento, allá en la vejez, que se le per- 
dió la imaginatíva, por la cual razón comenzó 
a hacer y decir dichos y sentencias tan fuera de 
término, que toda la ciudad de Abdera le tuvo 
porjocp)), mas al ir a verle y curarle Hipócra- 
tes se encontró con que era ((el hombre más sa- 
bi6~iqtíe "había en eT~mundd)), y los locos y 
desatinados los que le hicieron ir a curarle. 
Y fué la ventura de Demócrito — agrega el doc- 
tor Huarte — que todo cuanto rsiionó con Hipó- 
crates «en aquel breve tiempo fueron discur- 
sos de entendimiento, y no de la imaginativa, 
donde tenía la lesión». Y así se ve también en 
la vida de Don Quijote que en oyéndole discur- 
sos de entendimiento, teníanle todos por hom- 
br e discretísimo y muy cuerdo, mas en llegan- 
do a los de imaginativa, donde tenía la lesión, 
adiñirábanse todos de su locura, locura verda- 
deramente admirable 

Vin^_a_perdsJL ^el juic io. Por nuestro bien lo 
perdió; para dejarnos eterno ejemplo de gene- 
rosidad espiritual. Con juicio <í hubiera sido tan 
heroico? Hizo en aras de su pue^blo el más 
gránHe~sacrificio: el de su juicio. Llenósele la 





38 MIGU EL DE UNAMUNO 

fantasía de hermosos desatinos, y creyó ser ver- 
dad lo que es sólo hermosura. Y lo creyó con 
fe tan viva, con fe engendradora de obras, que 
acordó poner en hecho lo que su desatino le,^ 
mostraba, y en puro creerlo hízolo verdad. En 
efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el 
más extraño pensamiento que jamás dio loco en 
el mundo, y jué que le pareció convenible y 
necesario, asi para el aumento de su honra 
como para el servicio de su república, hacerse 
caballero andante y irse por el mundo con sus 
armas y caballo a buscar las aventuras y a ] 
ejercitarse en todo aquello que él había leído que 
los caballeros andantes se ejercitaban, desha- 
ciendo todo género de agravio y poniéndose en 
ocasiones y peligros, donde acabándolos cobra- ' 
se eterno nombre y fama. En esto de cobrar ^ 
eterno nombre y fama estribaba lo más de su 
negocio; en ello el aumento de su honra primero 
y el servicio de su república después. Y su hon- 
ra iqué era? iQué era eso de la honra de que 
andaba entonces tan llena nuestra España? cQué 
es sino un ensancharse en espacio y prolongar- 
se en tiempo la personalidad? cQué es sino dar- 
nos a la tradición para vivir en ella y así no mo- 
rir del todo? Podrá ello parecer egoísta, y más 
noble y puro buscar el servicio de la república! 
primero, si no únicamente, por lo de buscad el ' 
reino de Dios y su justicia, buscarlo por amor 
al bien mismo, pero ni los cuerpos pueden me- 
nos que caer a tierra, pues tal es su ley, ni las 
almas menos que obrar por ley de gravitación 
espiritual, por ley de amor propio y deseo de 
honra. Dicen los físicos que la ley de la caída es 
ley de atracción mutua, atrayéndose una a otra 
la piedra que cae sobre la tierra y la tierra so- 



3 



i 



VIDA DE DON QUIJOTE V SANCHO 39 

bre que aquélla cae, en razón inversa a su res- 
pectiva masa, y así entre Dios y el hombre es 
también mutua la atracción. Y si El nos tira a 
Sí con infinito tirón, también nosotros tiramos de 
El. Su cielo padece fuerza. Y es El para nos- 
otros, ante todo y sobre todo, el eterno produc- 
tor de inmortalidad. 

El pobre e ingenioso hidalgo no buscó pro- 
vecho pasajero ni regalo de cuerpo, sino eter- 
no nombre y fama, poniendo así su nombre so- 
bre sí mismo. Sometióse a su propia idea, al 
Don Quijote eterno, a la memoria que de él 
quedase. «Quien pierda su alma la ganará» — dijo 
Jesús — , es decir, ganará su alma perdida y no 
otra cosa. Perdió Alonso Quijano el juicio, para 
ganarlo en Don Quijote; un juicio glorificado. 

Imaginábase el pobre ya coronado por el va' 
lor de su brazo, por lo menos del imperio de 
Trapisonda, y se dio priesa a poner en efecto 
lo que deseaba. No fué un contemplativo tan 
sólo, sino que pasó del sonar a poner por obra 
lo soñado. Y lo primero que hizo fué limpiar 
unas armas que habían sido de sus bisagüelos, 
pues salía a luchar a <ir mundo para él descono- 
cido, con armas heredadas que luengos siglos 
había que estaban puestas y olvidadas en un 
rincón. Mas antes limpió las armas 

que el orín de la paz gastado había 

("^ ^^- r,^^I.vDAs^ IV, >:.) 

>e arregló una celada de encaje con cartones, 
^odo lo demás que sabéis de cómo lo probó, 
sin querer repetir la probatura, en lo que mos- 
tró lo cuerda que su locura era. Y fué luego a 
üer a su rocín y engrandeciólo con los ojos de la 




40 MIGUEL DE UNAMUNO 

fe y leypuso nombrei Y luego-ee^ lo^pu so a sí 
mismo, nombre "nuevo, como convenía a su re- 
novación interior, y se llamó Don Quijote y con 
"este nombre ha cobrado eternidad de fama. E 
hizo bien en mudar de nombre, pues con el 
nuevo llegó a ser de veras hidalgo, si nos ate- 
nemos, á la doctrina del dicho Dr. Huarte, que 
en la ya citada obra nos dice así: «El espa- 
r ñol que inventó este nombre, hijodalgo, dio bien 
a entender... que tienen los hombres dos gé- 
j ñeros de nacimiento. El uno es natural, en el 
cual todos son iguales, y el otro espiritual. Cuan- 
do el hombre hace algún hecho heroico o al- 
aguna extraña virtud y hazaña; entonces nace de 
nuevo y cobra otros mejores padres, y pierde 
el ser que antes tenía. Ayer se llamaba hijo 
de Pedro y nieto de Sancho; ahora se llama 
^^ hijo de sus obras. De donde tuvo origen el re- 
Trán castellano que dice: cada uno es hijo de 
sus obras, y porque las buenas y virtuosas llama 
la Divina Escritura algo, y los vicios y pecados 
nada, compuso este nombre, hijodalgo, que quie- 
re decir ahora descendiente del que hizo algu- 
na extraña virtud...» Y así Don Quijote, des- 
cendiente de sí mismo, nació en espíritu al de- 
cidirse a salir en busca de aventuras, y se puso 
nuevo nombre a cuenta de las hazañas que pen- 
caba llevar a cabo. 

Y después de esto buscó dama de quien ena- 
morarse. Y en la imagen de Aldonza Lorenzo, 
moza labradora de muy buen parecer, de quien 
él un tiempo anduvo enamorado, aunque según 
se entiende ella jamás lo supo ni se dio cata de 
ello, encarnó la Gloria y la llamó Dulcinea del 
Toboso. 



CAPITULO II 

Que trata de la primera salida que de su tierra hizo Don Quijote. 



Y así, sin dar parte a persona alguna de su in- 
tención, y sin que nadie le viese, una mañana 
antes del día se armó de todas sus armas, subió 
sobre su Rocinante... y por la puerta falsa <i<^ S — \ 
un corral salió al campo con grandísimo conten- ' ^ f 
to y alborozo de ver con cuánta facilidad había .^ 
dado principio a su buen deseo. Así, solo, sin j:; 
ser visto, por puerta falsa de corral, como quien d> 
va a hacer algo vedado, se echó al mundo. i3?"- - ^ - 
guiar ejemplo de humildadl El caso es que por /, 
cualquier puerta se sale al mundo, y cuando 
uno se apresta a una hazaña no debe pararse en 
por qué puerta ha de salir. 



Mas pronto cayó en la cuenta de que no era 
siempre, propuso de hacerse armar caballero del ^ "^ 



armado caballero, y él, sumiso a la tradición 



v^ 



primero que topase. Porque no iba al mundo a \^í^ 
deroerar ley alguna, sino a hacer que se cumplie- 
ran las de la caballerosidad y la justicia. 

No os recuerda esta salida la de aquel otro 
caballero, de la Milicia de Cristo, Iñigo de Le- 
yóla, que después de haber procurado en sus 



42 MIGUEL DE UNAMUNO 

mocedades «de aventajarse sobre todos sus igua- 
les y de alcanzar fama de hombre valeroso, y 
honra y gloria militar», y aun en los comienzos de 
su conversión, cuando se disponía a ir a Italia, 
siendo (cmuy atormentado de la tentación de la 
vanagloria», y habiendo sido, antes de convertir- 
se, «muy curioso y amigo de leer libros profanos 
de caballerías», cuando después de herido en 
Pamplona leyó la vida de Cristo, y Icvs de los San- 
tos, comenzó a «trocársele el corazón y a querer 
imitar y obrar lo que leía»? Y así, una mañana, sin 
hacer caso de los consejos de sus hermanos, 
; «púsose en camino acompañado de dos criados» 
J y emprendió su vida de aventuras en Cristo, po- 
niendo en un principio «todo su cuidado y co- 
nato en hacer cosas grandes y muy dificultosas... 
y esto no por otra razón sino porque los Santos 
que él había tomado por su dechado y ejemplo, 
habían echado por este camino». Así nos lo 
cuenta el P. Pedro de Rivadeneiía en los ca- 
pítulos I, III y X del libro I de su VlDA DEL BIEN- 
AVENTURADO Padre Ignacio de Loyola, obra que 
apareció en romance castellano el año 1583, y 
era una de las que figuraban en la librería de 
Don Quijote, que la leyó, y una de las que en 
el escrutinio que de la tal librería hicieron el 
cura y el barbero, fué indebidamente al fuego 
del corral, por no haber ellos reparado en ella, 
que a haberla descubierto habríala el cura res- 
petado y puesto sobre su cabeza. Y de que nó 
reparó en ella, es buena prueba el que Cervan- 
tes no la cita. 

Resuelto Don Quijote a hacerse armar caba- 
llero del primero que topase, se quietó y prosi' 
guió su camino sin llevar otro que aquel que so 
caballo quería, creyendo que en aquello consisr 



é 



VIDA DE DON QUIJOTE í SANCHO 43 

tía la fuerza de las aventuras. Y creyendo muy 
bien al creer así. Su heroico espíritu igual habría 
de ejercerse en una que otra aventura; en 
la que Dios tuviese a bien depararle. Como Cris- 
to Jesús, de quien fué siempre Don Quijote un 
fiel -discípulo, estaba a lo que la aventura de los 
caminos le trajese. El divino Maestro, yendo a 
despertar de su mortal sueño a la hija de Jairo, 
se detuvo con la mujer de la hemorragia. Lo 
más urgente es lo de ahora y lo de aquí; en el 
momento que pasa y en el reducido lugar que 
ocupamos están nuestra eternidad y nuestra in- 
finitud. 

Se dejaba llevar de su caballo el caballero, al 
azar de los senderos de la vida, ¿Qué menos 
daba esto si era siempre la misma y siempre 
fija su alma heroica? Salía al mundo a enderezar /»/V/ 
los entuertos que al encuentro le salieran, mas \^ 
sin plan previo, sin programa alguno reforma- ^ 
torio. No salía a él a aplicar ordenamientos de ' ^^^ 
antemano trazados, sino a vivir conforme a como ^^7 
los caballeros andantes habían vivido; su de- // 
chado eran vidas creadas y narradas por el arte/ 
no sistemas armados y explicados por ciencia 
alguna. A lo que conviene añadir, además, que 
por aquel entonces no había aún esta cosa que 
llamamos ahora sociología por llamarla de al- 
"^ún modo. 

y conviene veamos también en esto de dejar- 
so llevar del caballo uno de los actos de más 
profunda humildad y obediencia a los designios 
de Dios. No escojía, como soberbio, las aventu- 
ras, ni iba a hacer esto o lo otro, sino lo que el 
azar de los caminos le deparase, y como el ins- 
tinto de las bestias depende de la voluntad di- 
vina más directamente que nuestro libre albe- 



/ 



44 MIGUEL DE UNAMUNO 

drío, de su caballo se dejaba guiar. También 
Iñigo de Loyola, en famosa aventura, de que 
hablaremos, se dejó guiar de la inspiración de 
su cabalgadura. 

Esto de la obediencia de Don Quijote a los de- 
signios de Dios es una de las cosas que más de- 
bemos observar y admirar en su vida. Su obe- 
diencia fué de la perfecta, de la que es ciega, 
pues jamás se le ocurrió pararse a pensar si era 
o no acomodada a él la aventura que se le pre- 
sentase; se dejó llevar, como, según Loyola, debe 
dejarse llevar el perfecto obediente, como un 
/báculo en mano de un viejo, o «como un peque- 
ño crucifijo que se deja volver de una parte a 
otra sin dificultad alguna». 

Yendo, pues, caminando nuestro flamante 
aventurero, iba hablando consigo mesmo y di- 
ciendo: cQuién duda sino que en los venideros 
tiempos, cuando salga a luz la verdadera hisr 
toria de mis famosos hechos... y todo lo demás 
que, según nos cuenta Cervantes, iba diciéndose 
v^W''~Don Quijote. Cuya locura tira siempre a su cen- 
M^^ tro, a buscar eterno nombre y fama, a que se es- 

'^. / criba su historia en los venideros tiempos. Fu¿el 

^^ fondQ.,de_ pecado, es decir, la raíz hondamente 

humana, de síi generosa empresa; la dejBuscar^ 

.jjíV , nombre y iama en ella, la de emprenderla por 
^^ la gloria. Perp^ese^niismo fondo "dé 'pecado Ií» 

^^ y^\J-o, ¡es natural!, entraña damente humana. 
Toda vida heroica "^6 santa corrió siempre en pos 
de gloria, temporal o eterna, terrena ó celestial. 
No creáis a quienes os digan que buscan el bien 
por el bien mismo, sin esperanza de recompen- 
sa; de ser ello verdad, serían sus almas como 
cuerpos sin peso, puramente aparenciales. Para 
conservar y acrecentar la especie humana se 




/í 



i 



VIDA DE DON QUIJOTE i SANCHO 45 

vOs dio el instinto y sentimiento del Eunor entre 
nujer y hombre, para enriquecerla con grandes. 
)bras se nos dio la ambición d^. .gloria. _ Lo so- 
)rehumano de la períección toca en lo inhúma- 
lo, y en ello se hunde. 

Y entre los disparates que en este acto de su 
)rimer salida iba nuestro caballero ensartando, 
ué de lo primero acordarse de la princesa Dulci- 
lea, de la Gloria, que le hizo el agravio de despe- 
dirle y reprocharle con el riguroso afincamiento 
demandarle no parecer ante la su fermosura. La 
loria es conquistadera, mas con harto trabajo, 
y el buen hidalgo, impaciente como novicio, se 
desesperaba de haber caminado todo aquel día 
sin acontecerle cosa que de contar fuese. No 
te desespere eso, buen caballero: lo heroico es 
abrirse a la gracia de los sucesos que nos so- 
brevengan, sin pretender forzarlos a venir. 

Mas al caer de este primer día de su carrera de 
gloria vio no lejos del camino por donde iba, 
una venta, llegando a ella a tiempo que anoche- 
cía. Y las primeras personas con que topó en el 
mundo fueron dos mujeres mozas, destas que 
llaman del partido; encuentro con dos pobres ra- 
meras fué su primer encuentro en su ministerio 
heroico. Mas a él le parecieron dos hermosas 
doncellas o dos graciosas damas, que delante de yj\h) 
la puerta del castillo — pues por tal tuvo a la ven- \) ^^^^ 
ta — se estaban so/azando. jOh_poderj:edentQr.jie_ ' odí 
Ja ^ locura! A los ojos del Héroe las mozas del ^ 
parndo aparecieron como hermosas doncellas; ^ 

5U castidad se prpyer.ta-a />l]ag y las rastiga y. de- ^^ ju' 
pyra. La Umpieza de Dulcinea las cubre yíim-. ^OJ^ 
£ía_aJQ&-fiÍQa_d£.£[on_Quijotfi^-- 

Y en esto un porquero tocó un cuerno para 
recojer sus puercos, y lo tomó Don Quijote por 



ií 



46 MIGUEL DE UNAMUNO 

señal de algún enano, y se llegó a la venta y a 
las trasfigiiradás>mozas. Llenas éstas de miedo 
— cy Que sirio miedo ha de criar en ellas su des- 
venturado oficio? — se iban a entrar en la venta, 
cuando el Caballero, alzada la visera de pape- 
lón y descubierto el seco y polvoroso rostro, les 
habló con gentil talante y voz reposada llamán- 
dolas doncellas. ¡Doncellas! ¡Santa limosna de 
la palabra! Pero ellas, al oirse llamar cosa tan 
fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, 
y fué de manera que Don Quijote vino a co- 
rrerse. 

He aquí la primera aventura del hidalgo, cuan- 
do responde la risa a su candida inocencia, cuan- 
do al verter sobre el mundo su corazón la pureza 
de que estaba henchido, recibe de rechazo la 
risa, matadora de todo generoso anhelo. Y ved 
que las desgraciadas se ríen precisamente del 
mayor honor que pudiera hacérseles. Y él, co-¿ 
rrido, les reprendió su sandez, y arreciaron a 
reir ellas, y él a enojarse, y salió el ventero, 
hombre que por ser muy gordo era muy pacífico, 
y le ofreció posada. Y ante la humildad del ven- 
tero, humillóse Don Quijote y se apeó. Y las 
mozas, reconciliadas con él, pusiéronse a des- 
armarle. Dos mozas del partido hechas por Don 
Quijote doncellas, ¡oh poder de su locura re- 
dentora!, fueron las primeras en servirle con des- 
interesado cariño. "~ ;- 

Nunca fuera caballero 
de damas tan bien servido. 

Recordad a María de Magdala lavando y un- 
giendo los pies del Señor y enjugándoselos . 
con su cabellera acariciada tantas veces en el 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 47 

c ad O ; a ^agüella gloriosa -Magdalena .de que 
i devota era Teresa de Jesús, según ella mis- 
ud ños IcTcuenta en el capítulo IX de su VlDA, 
y a Ta que se encomendaba para que le alcanza- 
se perdón. ^^ 

El Caballero manifestó sus deseos de cumplir 
hazañas en servicio de aquellas pobres mozas, 
que aún aguardan el Don Quijote que enderece 
su entuerto. Pero tiempo vendrá — les dijo — en 
que las vuestras señorías me manden y yo obe- 
dezca, y las mozas, que no estaban hechas a 
oír semejantes retóricas y sí soeces groserías, no 
respondían palabra; sólo le preguntaron si que- 
ría comer alguna cosa. Cesó la risa; sintiéronse 
mujeres las adoncelladas mozas del partido, y 
le preguntaron si quería comer. Si quería co- 
mer... Hay todo un misterio de la más sencilla 
ternura en este rasgo que Cervantes nos ha tras- 
mitido. Las pobres mozas comprendieron al Ca- 
ballero calando hasta el fondo su niñez de es- 
píritu, su inocencia heroica, y le preguntaron si 
quería comer. Fueron dos pobres pecadoras de 
por fuerza las primeras que se cuidaron de man- 
tener la vida del heroico loco. Las adoncelladas 
mozas, al ver a tan extraño Caballero, debieron 
de sentirse conmovidas en lo más hondo de sus 
injuriadas entrañas, en sus entrañas de mater- 
nidad, y al sentirse madres, viendo en Don Qui 
jote al niño, como las madres a sus hijos le pre- 
guntaron materialmente si quería comer. Toda 
caridad de mujer, todo beneficio, toda limosna 
que rinde, lo hace por sentirse madre. Con alma 
de madres preguntaron las mozas del partido a 
Don Quijote si quería comer. Ved, pues, si las 
adoncelló con su locura, pues que toda mujer 
cuando se siente madre, se adoncella. 



48 MIGUEL DE UNAMUNO 

Si quería comer... A lo que entiendo me ha- 
ría mucho al caso — respondió Don Quijote — , 
pues el trabajo y peso de las armas no se pue- 
de llevar sin el gobierno de las tripas. Y co- 
mió, y al oir, mientras comía, el silbato de ca- 
ñas de un castrador de puercos, acabóse de con- 
firmar que estaba en algún famoso castillo y 
que le servían con música, y que el abadejo 
eran truchas, el pan candial y las rameras da- 
mas, y el ventero castellano del castillo, y con 
esto daba por bien empleada su determinación 
y salida. Con razón se dijo que nada hay impo- 
sible para el creyente, ni nada como la fe sa- 
zona y ablanda el pan más áspero y duro. 

Mas lo que más le fatigaba era el no verse 
armado caballero, por parecerle que no se po- 
dría poner legítimamente en aventura alguna 
sin recebir la orden de caballería. Y decidió ha- 
cerlo. 



CAPITULO III 



Donde se comenta la graciosa manera 
que tuvo Don Quijote en armarse caballero. 



Va Alonso Quijano a recibir su caballeresco 
bautismo como Don Quijote. Y así, hincó am- 
bos hinojos ante el ventero pidiéndole un don, 
que le fué otorgado, cual fué el de que le ar- 
mara caballero, y prometiendo velar aquella 
noche las armas en la capilla del castillo. Y el 
ventero por tener que reir aquella noche, de- 
terminó de seguirle el humor, por donde se ve 
que era uno de estos que toman al mundo en 
espectáculo, cosa natural en quien estaba he- 
cho a tanto trajín y trasiego de yentes y vinien- 
tes. ¿Cómo no tomar en espectáculo el mundo 
quien vive en él de una posada en donde nadie 
posa de veras? El tener que separarse de uno 
apenas conocido y tratado nos lleva á buscar 
que ieir. 

Era el ventero un hombre que había corrido 
mundo sembrando fechorías y cosechando pru- 
dencia. Y tan claveteada ésta, que al responder 
Don Quijote a una pregunta suya que no trata 
blanca porque él nunca había leído en las his' 



50 MIGUEL DE UNAMUNO 

torios de los caballeros andantes que ninguno 
los hubiese traído, le dijo se engañaba, que 
puesto caso que en las historias no se escribía, 
por haberles parecido a los autores dellas que 
no era menester escrebir una cosa tan clara y 
tan necesaria de traerse, como eran dineros y 
camisas limpias, no por eso se había de creer 
que no los trujeron; y así tuviese por cierto 
y averiguado que todos los caballeros andan- 
tes llevaban herradas las bolsas por lo que pu- 
diese sucederles. A lo cual prometió Don Qui- 
jote de hacer lo que se le aconsejaba, pues 
era un loco muy razonable y ante la intimación 
de los dineros no hay locura que no se quiebre. 

Pero ¿no vive el sacerdote del altar?, se dirá, 
Y cno es bien que de sus hazañas viva el ha- 
zañoso? ¡Dineros y camisas limpias! ¡Impure- 
zas de la realidad! Impurezas de la realidad, 
sí, pero a las que tienen que acomodarse los 
héroes. También Iñigo de Loyola se esforzaba 
por vivir en verdadero caballero andante a lo 
divino, tornando, apenas salía de enfermeda- 
des, a sus acostumbradas asperezas de vida, 
((pero al fin la larga experiencia y un grave do- 
lor de estómago que cimenudo le saltaba — nos 
cuenta su historiador, lib. I, cap. IX — ^y la as- 
pereza del tiempo, que era en medio del in- 
vierno, le ablandaron un poco para que obe- 
deciese a los consejos de sus devotos y amigos; 
los cuales le hicieron tomar dos ropillas cor- 
tas, de un paño grosero y pardillo, para abri- 
gar su cuerpo y del mismo paño una media 
caperuza para cubrir la cabeza». 

Púsose luego Don Quijote a velar las armas 
en el patio de la venta, a la luz de la luna y es- 
piado por los curiosos. Y entró un arriero a dar 



VIDA DL DON QUIJOTE Y SANCHO 51 

ag^ua Él su recua y quitó las armas que estaban 
sobre la pila, pues cuando hay que dar de be- 
ber a nuestra hacienda arrancamos cuanto nos 
estorbe llegar al manantial. Mas recibió su 
pago en un fuerte astazo de lanza que le de- 
rribó aturdido. Y a otro, que iba a lo mismo, 
acaecióle igual. Y a poco empezaron los de- 
más arrieros a apedrear al Caballero, y él a dar 
voces llamándoles soez y baja canalla y los lla- 
mó con tanto brío y denuedo, que logró ate- 
morizarlos. Poned, pues, alma en vuestras vo- 
ces, llamad con denuedo y brío canalla a los 
arrieros que arrancan de su reposadero las ar- 
mas del ideal para poder abrevar sus recuas, y 
conseguiréis atemorizarlos. 

El ventero, temeroso de otros males, abre- 
vió la ceremonia, llevó un libro donde asenta- 
ba la paja y cebada que daba a los arrieros y 
con un cabo de vela que traía un muchacho 
y con las dos ya dichas doncellas, hizo poner- 
se de rodillas a Don Quijote y leyendo una de- 
vota oración le dio un golpe y el espaldarazo. 
El libro en que asentaba la paja y cebada sirvió 
de evangelio ritual, y cuando el Evangelio se 
convierte en puro rito es lo mismo. Una de las 
mozos, la Tolosa, toledarja. le ciñó la espada 
deseándole ventura en lides y él le rogó se pu- 
siese Don y se llamase Doña Tolosa, y la otra 
moza, la Molinera, antequerana, le calzó la 
espuela y le pasó casi el mismo coloquio con 
ella. Y luego se salió sin que le pidieran la 
costa. 

Ya le tenemos armado caballero por un be- 
llaco, que harto de hurtar la vida a salto de 
mata, la asegura desvalijando a mansalva a los 
viandantes, y por dos) rameras adonoelladas. 



52 MIGUEL DE UNAMUNO 

Tales le entraron en el mundo de la inmortali- 
dad, en que habían de reprenderle canónigos y 
graves eclesiásticos. Ellas, la Tolosa y la Mo- 
linera, le dieron de comer; ellas le ciñeron es- 
pada y le calzaron espuela, mostrándose con 
él serviciales y humildes. Humilladas de con- 
tinuo en su fatal profesión, penetradas de su 
propia miseria y sin siquiera el orgullo hedion- 
do de la degradación, fueron adoncelladas por 
Don Quijote y elevadas por él a la dignidad de 
doñas. Fué el primer entuerto del mundo ende- 
rezado por nuestro Caballero, y como todos 
los demás que enderezó, torcido queda. ¡Po- 
bres mujeres que sencillamente, sin ostenta- 
ción cínica, doblan la cerviz a la necesidad del 
vicio y a la brutalidad del hombre, y para ga- 
narse el pan, se resignan á la infamia! ¡Pobres 
guardadoras de la virtud ajena, hechas sumide- 
ros de lujuria, que estancándose mancharía a 
las otras! Fueron las primeras en acojer al 
loco sublime; ellas le ciñeron espada, ellas le 
calzaron espuela, y de sus manos entró en el 
camino de la gloria. 

Y aquella vela de armas ino os recuerda la 
del caballero andante de Cristo, la de Iñigo de 
Loyola? También Iñigo, la víspera de la Navi- 
dad de 1522, veló sus armas ante el altar de 
Nuestra Señora de Monserrate. Oigámoslo al 
P. Rivadeneira (lib. I, cap. IV): «Como hubie- 
se leído en sus libros de caballerías que los ca- 
balleros noveles solían velar sus armas, por imi- 
tar él, como caballero novel de Cristo, con espiri- 
tual representación, aquel hecho caballeroso y ve- 
lar sus nuevas y al parecer pobres y flacas armas, 
mas en hecho de verdad muy ricas y fuertes, que 
contra el enemigo de nuestra naturaleza se ha- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 53 

DÍa vestido, toda aquella noche, parte en pie y 
parte de rodillas, estuvo velando delante de la 
imagen de Nuestra Señora, encomendándose de 
todo corazón a ella, llorando amargamente sus 
pecados y proponiendo la enmienda de la vida 
para en adelzuite». 



I 



CAPITULO IV 



De io que sucedió a nuestro Caballero 
cuando salió de la venta. 



Salió de la venta Don Quijote y, acordándose 
de los consejos del sesudo ventero, determinó ^ 

volverse a casa a proveerse de lo necesario y a ;' í<^ 
tomar escudero. No era un necio que fuese a 
tiro hecho, sino un loco que admitía las leccio- 
nes de la realidad. <^ 

Y al volver a casa, a acomodarse de todo, oyó'^ 
voces salientes de la espesura de un bosque, y 
se entró por él y vio a un labrador que azotaba a 
un muchacho desnudo de medio cuerpo arriba, 
reprendiéndole a cada golpe. Y al ver un castigo 
se sublevó el espíritu de justicia del caballero e 
increpó al labrador que se tomaba con quien no 
podía defenderse, e invitóle a luchar con él, por 
ser de cobardes lo que hacía. Es un mi criado 
— respondió con buenas palabras el castigador — , 
contando después cómo le perdía ovejas de la 
manada, y que al castigarle decía el criado lo ha- 
cía su amo por miserable, en lo que mentía según 
el amo. ^Miente delante de mí, ruin villano? 
— dijo Don Quijote — ; por el sol que nos alumbra 



56 MIGUEL DE UNAMUNO 

que estoy por pasaros de parte a parte con esta 
lanza; pagalde luego sin más réplica; si no, por 
el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile 
en este punto; desatadlo luego. 

c Mentir? c Mentir delante de Don Quijote? 
Ante él sólo miente quien reprocha de mentira 
a otro, siempre que el reprochador sea el más 
fuerte. En el bajo y triste mundo no les queda 
de ordincirio a los débiles otra defensa que la 
mentira contra la fortaleza de los fuertes, y así 
éstos, los leones, han declarado nobles sus ar- 
mas, las recias quijadas y las robustas garras, 
y viles el veneno de la víbora, las patas veloces 
de la liebre, la astucia del zorro y la tinta del 
calamar, y vilísima la mentira, arma de quien 
no tiene otra a que acojerse. Pero ¿mentir ante 
Don Quijote, o mejor dicho, mentir a solas con 
quien sabe la verdad? Quien miente es el fuer- 
te, que teniendo atado y azotando al débil, le 
echa en cara su mentira. ¿Miente? ¿Y por qué 
él, Juan Haldudo el rico, al ser cojido en fla- 
grante delito, va a aumentarlo ejerciendo de 
acusador, de diablo? Todo amo que se toma la 
justicia por su mano, tiene que hacer de diablo 
para poder tomársela e inventar imputaciones. 
Siempre el fuerte busca rzizones con que coho- 
nestar sus violencias, cuando en rigor basta la 
violencia, que es razón de sí misma, y sobran 
las razones. Es preferible un pisotón a secas, 
cuando nos lo dan adrede, que no con un «us- 
ted dispense» de añadidura. 

Bajó el rico labrador la cabeza — ¿y qué iba a 
hacer ante la verdad, que armada de lanzón, le 
hablaba amenazadora? — , bajó la cabeza sin res- 
ponder, desató al criado y ofreció, so pena de 
muerte, pagarle sesenta y tres reales cuando 



VIDA DE DON QUIJOTE \ SANCHO 57 



llegsu'an a casa, pues no tenía allí dinero. Re- ^ 

sistióse el mozo a ir, por miedo á nueva paliza, Jmj 
mas Don Quijote replicó: no hará tal, basta que ^jf 
yo se lo mande para que me tenga respeto, y ^^— - 
con que él me lo jure por la ley de caballería que 
ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la 
paga. Prc «testó el criado, diciendo no ser caba- :^ 

llero su amo, sino Juan Haldudo el rico, vecino 
del Quintanar, a lo que respondió Don Quijote 
que puede haber Haldudos caballeros y cada^^^^ 
uno es hijo de sus obras. Lo de haberle tomado \ 
por caballero Don Quijote vino de que vio te- 
nia una lanza arrimada á la encina adonde esta-^.,.^^^/-^ 
ba arrendada la yegua, y ¿quiénes sino los ca- | 
balleros usan lanza?, ni ¿cómo sino por ella va / 
á conocérseles? / ^ 

Notemo§_^^uel no hará tal, basta que yo se j , ^; 
lo Tnande para que me tenga respeto, senten- 
cia probadora de la honda fe del^caballero en 
si mismo, fe en que se ensalzaba, pues no te- 
niendo aún obras, creíase hijo de las que pen- 
saba acojne te r y por las que cobraría eterno, 
nombre y fama. Poco cristiano a, primera yista . 
lo de tener a un Eíjcr~3e Dios por hijo de ^u»^ 
ol>ras,~m¿is es que el cristianismo de Don Quijo- 
te estaba más adentro, mucho más adentro, por 
debajo de gracia de fe y de mérito de obras, en ^ 
^^ raíz común a la naturaleza y a la gracia. 

Prometido, pues, por Juan Haldudo el rico, 
el pagar a su criado un real sobre otro y aun sa- 
humados, sahumerio de que le hizo gracia Don 
Quijote, encomendándole cumpliera como juró, 
r>ues de otro modo juraba él volver á buscarlo 

castigarle, pues ^tendría que hallarlo aunque 
se escondiese mas que una lagartija; prometido 
así por Juan Haldudo, se apartó Don Quijote. 



•w 



y# 



58 MIGUEL DE UNAMUNO 

Y cuando hubo traspuesto el bosque y ya no 
parecía, volvióse el rico Haldudo a su criado, 
tornó a atarle a la encina y le hizo pagar cara 
la justicia de Don Quijote. Y con esto el cria- 
do se partió llorando y su amo se quedó ríen- 
\ do; y de esta manera deshizo el agravio el va- 
-" leroso Don Quijote — agrega Cefvantes maliciosa- 
mente. Y con él maliciarán cuantos hablan de 
lo contraproducente del ideal. Mas ahora, ¿aho- 
ra quién ríe y quién llora ahora? El caballero 
se fué su camino, lleno de fe, ponderando su 
hazaña y cómo quitó el látigo de la mano a aquel 
despiadado enemigo que tan sin ocasión vapu- 
laba a aquel delicado infante. Al cual le fué 
sin duda de mayor premio la segunda tanda de 
azotes con que le dejó por muerto su amo, que 
no la primera y sin duda muy merecida en jus- 
ticia humana. Más le valieron y más le enseña- 
ron aquellos segundos furiosos azotes, que le 
hubieran valido y enseñado los sesenta y tres 
reales sahumados. Aparte de lo cual, tienen las 
aventuras todas de nuestro Caballero su flor en 
el tiempo y en la tierra, pero sus raíces en la 
eternidad, y en la eternidad y en los profundos, 
el entuerto del criado de Juan Haldudo el rico, 
quedó muy bien y para siempre enderezado. 

Siguió Don Quijote el camino que a Roci- 
nante le placía, pues todos ellos llevan a la eter- 
nidad de la fama cuando el pecho alberga es- 
forzado empeño. También Iñigo de Loyola, 
cuando camino de Monserrate, se separó del 
moro con quien había disputado, determinó de- 
jar a la cabalgadura en que iba la elección de 
camino y de porvenir. Y yendo así Don Quijote, 
es cuando dio con aquel tropel de mercaderes 
toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Y 



VIDA DE DON QUIJOTE Y 5ANCHO 59 

vio nueva aventura y se plantó ante ellos como 
Cervantes nos lo cuenta, y quiso hacerlos confe- 
sar, ¡a los mercaderes!, que no hay en el muJ^do 
todo doncella más hermosa que la emperatriz de 
la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso. 

Los corazones mezquinos que sólo miden la 
grandeza de las acciones humanas por el bajo 
provecho de la carne o el sosiego de la vida 
externa, alaban el intento de Don Quijote al 
querer hacer pagar a Haldudo el rico o al so- 
correr a menesterosos, pero no ven sino mera 
locura en esto de querer que los mercaderes 
confesasen, sin haberla nunca visto, la sin par 
hermosura de Dulcinea del Toboso. Y ésta es, 
sin embargo, una de las más quijotescas aven- 
turas de Don Quijote, es decir, una de las que 
más levantan el coraizón de los redimidos por 
su locura. Aquí Don Quijote no se dispone a\ 
pelear por favorecer a menesteroso, ni por en- ! 
derezar entuerto, ni por reparar injusticia, sino L 
por la conquista del reino espiritual de la fe. \ 
Quería hacer confesar a aquellos hombres, cu- 
yos corazones amonedados sólo yeían el reino 
materiaF denlas riquezas, qTig"Ííay^un r eino esp i- 
ritual y redimirlos así, a pesar de ellos mismos. 

Los mercaderes no se rindieron a primeras, 
y duros de pelar, acostumbrados a la sisa y al 
regateo, regatearon la confesión, disculpándo- 
se con no conocer a Dulcinea. Y aquí Don Qui- 
jote monta en quijotería y exclama: Si os la 
mostrara iqué hiciérades vosotros en confesar 
una verdad tan notoria? La importancia está 
en que sin verla lo habéis de creer, confesar, 
afirmar, jurar y defender. ¡Admirable caballero 
de la fe! ¡Y cuan hondo su sentido de ésta! Era 
de su pueblo, que fué también tizona en la dies- 



60 MIGUEL DE UNAMUNO 

tra y en la siniestra el Cristo, a hacer confesai 
a remotEis gentes un credo que no conocían. 
Sólo que alguna vez cambió de manos y erigió er 
alto la espada y golpeó con el crucifijo. Gente 
descomunal y soberbia llamó con razón Don 
Quijote a los mercaderes toledanos, pues ccuá) 
mayor soberbia que negarse a confesar, afir- 
mar, jurar y defender la hermosura de Dulci- 
nea, sin haberla visto? Mas ellos, retusos en la 
fe, insistieron, y como los contumaces judíos, 
que pedían al Señor señales, pidieron al Caba- 
llero les mostrase algún retrato de aquella se- 
ñora, aunque fuera tamaño como un grano de 
trigo, y añadiendo a la contumacia protervia, 
blasfemaron. 

Blasfemaron, suponiendo a la sin peír Dulci- 
nea, lucero de nuestras andanzas por los sen- 
deros de esta baja vida, consuelo en las adver- 
sidades, manadero de acometedores bríos, don- 
cella engendradora de altas empresas, por quien 
es llevadera la vida y vividera la muerte; supu- 
sieron a la sin par Dulcinea tuerta de un ojo y 
que del otro le mana bermellón y piedra azu- 
fre. No le mana, canalla infame — respondió Don 
Quijote encendido en cólera — , no le mana eso 
que decís, sino ámbar y algalia entre algodo- 
nes, y no es tuerta ni corcovada, sino más de- 
recha que un huso de Guadarrama, i No le mana! 
¡no le mana! — repitamos nosotros todos — , ¡no le 
mana! ¡no le mana!, infames mercaderes, ¡no le 
mana sino ámbar y algalia entre algodones! Ám- 
bar mana de los ojos de la Gloria que con ellos 
nos mira, infames mercaderes. 

Y para hacerles pagar y cara, tan gran blas- 
femia, arremetió Don Quijote con la lanza baja 
contra el que lo había dicho con tanta furia y 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 61 

enojo, que si la buena suerte no hiciera que en 
la mitad del camino tropezara y cayera Ro- 
cinante lo pasara mal el atrevido mercader. 

Ya está en el suelo Don Quijote, gustando 
con sus costillas la dureza de la madre tierra; 
es su primer caída. Parémonos a considerarla. 
Cayó Rocinante, y fué rodando su amo una 
buena pieza por el campo, y queriéndose le- 
vantar, jamás pudo: ial embarazo le causaban la 
lanza, adarga, espuelas y celada con el peso de 
las antiguas armas. Ya diste en tierra, mi señor 
Don Quijote, por fiar en tu propia fortaleza y en ^ 

la fortaleza de aquel rocín a cuyo instinto fiabas p f^O 
tu camino. Tu presunción te ha perdido; el creer- Vy^V 
te hijo de tus obras. Ya diste en tierra, mi pobre 
hidalgo, y en ella tus armas antes te sirven de 
embarazo que de ayuda. Mas no te importe, i 
pues tu triunfo fué siempre el de osar y no el de / 



cobrar suceso. La que llaman victoria los merca- 
deres era indigna de ti; tu grandeza estribó en 
no reconocer nunca tu vencimiento. Sabiduría 
del corazón y no ciencia de la cabeza es la de 
saber ser derrotado y usar de la derrota. Hoy 
son los mercaderes toledanos los que están en 
derrota y en gloria tú, noble Caballero. 

Y desde el suelo, tendido en él y pugnando 
por levantarse, aún los denostabas llamándolos 
gente cobarde, gente^ cautiva y haciéndoles ver 
que no por tu culpa, sino por la de tu caballo, 
estabas allí tendido. Tal nos sucede a nosotros, 
tus creyentes; no por nuestra culpa, sino por la 
culpa de los rocines que nos llevan por los sen- 
deros de la vida, estamos tendidos y sin poder 
levantamos, pues nos embaraza para hacerlo el 
peso de la antigua armadura que nos cubre, 
í Quién nos desnudará de ella? 



62 MIGUEL DE UNAMUNO 

Y llegó un mozo de muías, que no dehia de 
ser muy bienintencionado, según Cervantes, y 
oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias 
no lo pudo sufrir, sin darle la respuesta en las 
costillas y le molió a palos hasta envidar todo el 
resto de su coleta y sin hacer caso a las voces 
de sus amos de que le dejase. Ahora, ahora que 
estás tendido y sin poder levantarte, mi señor 
Don Quijote, ahora viene el mozo de muías, 
peor intencionado que los mercaderes a que sir- 
ve, y te da de palos. Pero tú, sin par Caballero, 
molido y casi deshecho, tiéneste por dichoso, 
pareciéndote ser ésa propia desgracia de caba^ 
lleros andantes, y con este tu parecer encum- 
bras tu derrota, trasmudándola en victoria. ¡Ah, 
si nosotros, tus fieles, nos tuviésemos por dicho- 
sos de haber sido molidos a palos, desgracia 
propia de caballeros andantes! Más vale ser 
león muerto que no perro vivo. 

Esta aventura de los mercaderes trae a mi 
memoria aquella otra del caballero Iñigo de Lo- 
yola, que nos cuenta el P. Rivadeneira en el 
capítulo III del libro I de su VlDA, cuando yen- 
do Ignacio camino de Monserrate ((topó acaso 
con un moro de los que en aquel tiempo que- 
daban en España en los reinos de Valencia y 
Aragón)) y ((comenzaron a andar juntos, y a 
trabar plática, y de una en otra vinieron a tra- 
tar de la virginidad y pureza de la gloriosísima 
Virgen Nuestra Señora)). Y tal se puso la cosa, 
que Iñigo, al separarse del moro, quedó ((muy 
dudoso y perplejo en lo que había de hacer; 
porque no sabía si la fe que profesaba y la pie- 
dad cristiana le obligaba a darse priesa tras el 
moro, y alcanzarle y darle de puñaladas por el 
atrevimiento y osadía que había tenido de ha- 



VIDA DE DON QUIJOTE V SANCHO 63 

blar tan desvergonzadamente en desacato de la 
bienaventurada siempre Virgen sin mancilla». 
Y al llegar a una encrucijada, se lo dejó a la 
cabalgadura, según el camino que tomase, o 
para buscar al moro y matarle a puñaladas o 
para no hacerle caso. Y Dios quiso iluminar a 
la cabalgadura y ((dejando el camino ancho y 
llano por do había ido el moro, se fué por el 
que era más apr opósito para Ignacio». Y ved 
cómo se debe la Compañía de Jesús a la ins- 
piración de una caballería. 



CAPITULO V 



Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro 
Caballero. 



Tendido Don Quijote en tierra se acojió a 
uno de los pasos de sus libros, como a pasos 
de los nuestros nos acojemos en nuestra de- 
rrota, y comenzó a revolcarse por tierra y a 
recitar coplas. En lo cual debemos ver algo así 
como cierta deleitación en la derrota y un con- 
vertir a ésta en sustancia caballeresca. ¿No nos 
está pasando lo mismo en España? ¿No nos 
deleitamos en nuestra derrota y sentimos cier- 
to gusto, como el de los convalecientes, en la 
propia enfermedad? 

Y acertó a pasar Pedro Alonso, un labrador 
vecino suyo, que le levantó del suelo, le reco- 
noció, le recojió y le llevó a su casa. Y no se 
entendieron en el camino, en la plática que hu- 
bieron entre ambos, plática de que sin duda 
tuvo noticia Cervantes por el mismo Pedro Alon- 
so, varón sencillo y de escasas comprendede- 
ras. Y en esta plática es cuando Don Quijote 
pronunció aquella sentencia tan preñada de sus- 
tancia que dice: ¡Yo sé quién soy I 



66 MIGUEL DE UNAMUNO 

Sí, él sabe quién es y no lo saben ni pueden 
saberlo los piadosos Pedros Alonsos. ¡Yo sé 
quién soyl — dice el héroe — , porque su heroísmo 
le hace conocerse a sí propio. Puede el héroe 
decir: uyo sé quién soy», y en esto estriba su 
fuerza y su desgracia a la vez. Su fuerza, por- 
que como sabe quién es, no tiene porqué temer 
a nadie sino a Dios que le hizo ser quien es, y 
su desgracia, porque sólo él sabe, aquí en la tie- 
rra, quién es él, ^ como los demás no lo saben, 
cuanto él haga o diga se les aparecerá como 
hecho o dicho por quien no se conoce, por un 
loco. ., 

Cosa tan grande como terrible la de tener una 
misión de que sólo es sabedor el que* la tie- 
ne y no puede a los demás hacerles creer en 
ella; la de haber oído en las reconditeces del 
alma la voz silenciosa de Dios que dice: «tie- 
nes que hacer esto», mientras no les dice a los 
demás: «este mi hijo que aquí veis tiene esto 
que hacer». Cosa terrible haber oído: «haz eso; 
haz eso que tus hermanos, juzgando por la ley 
general con que os rijo, estimarán desvarío o 
quebrantamiento de la ley misma; hazlo, por- 
que la ley suprema soy Yo que te lo ordeno». 
Y como el héroe es el único que lo oye y lo 
sabe y como la obediencia a ese mandato y la 
fe en él es lo que le hace, siendo por ello hé- 
roe, ser quien es, puede muy bien decir: «yo 
sé quién soy, y mi Dios y yo sólo lo sabemos 
y no lo saben los demás». Entre mi Dios y yo — 
puede añadir — ^no hay ley alguna medianera; 
nos entendemos directa y personalmente, y por 
eso sé quién soy. cNo recordáis al héroe de la 
fe, a Abraham; en el monte Moria? 

Grande y terrible cosa el que sea el héroe el 



VIDA DE DON QUIJOTE \ SANCHO 



67 



único que vea su heroicidad por dentro, en sus 
entrañas mismas, y que los demás no la vean 
sino por fuera, en sus extrañas. Es lo que hace 
que el héroe viva solo en medio de los hom- 
bres y que esta su soledad le s^rva de una 
compañía confortadora; y si me dijerais que ale- 
gandó semejante revelación íntima podría cual- 
quiera, con achaque de sentirse héroe suscita- 
do por Dios, levantarse a su capricho, os diré 
que no basta decirlo y alegarlo, sino es menester 
creerlo. No basta exclamar ujyo sé quién soy!», 
sino es menester saberlo, y pronto se ve el en- 
gaño del que lo dice y no lo sabe y acaso ni lo 
cree. Y si lo dice y lo cree, soportará resigna- 
do la adversidad de los prójimos que le juzgan 
con la ley general, y no con Dios. 

¡Yo sé quién soy! Al oir esta arrogante afir- 
mación del Caballero, no faltará quien exclame: 
('¡Vaya con la presunción del hidalgo!... Lleva- 
mos siglos diciendo y repitiendo que el ahinco 
mayor del hombre debe ser el de buscar cono- 
cerse a sí mismo, y que del propio conocimien- 
to arranca toda salud, y se nos viene el muy 
presuntuoso con un redondo: ¡yo sé quién soy! 
Esto sólo basta para medir lo hondo de su lo- 
cura». 

Pues bien, te equivocas tú el que dices eso; 
Don Quijote discurría con la voluntad, y al de- 
cir ((¡yo sé quién soy!» no dijo sino ((yo sé quién 
quiero ser!» Y es el quicio de la vida humana 
toda: saber el hombre lo que quiere ser. Te 
debe importar poco lo que eres; lo cardinal 
Dará ti es lo que quieras ser. El ser que eres 
no es mas que un ser caduco y perecedero, que 
come de la tierra y al que la tierra se lo come- 
rá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios, 



68 MIGUEL DE UNAMUNO 

Conciencia del Universo, es la divina idea de 
que eres manifestación en el tiempo y el espa- 
cio. Y tu impulso querencioso hacia ese que 
quieres ser, no es sino la morriña que te arras- 
tra a tu hogar divino. Sólo es hombre hecho 
y derecho el hombre, cuando quiere ser más 
que hombre. Y si tú, que así reprochas su arro- 
gancia a Don Quijote, no quieres ser sino lo 
que eres, estás perdido, irremisiblemente perdi- 
do. Estás perdido si no despiertas en tus entra- 
ñas a Adán y su feliz culpa, la culpa que nos 
ha merecido redención. Porque Adán quiso ser 
como un dios, sabedor del bien y del mal, y 
peira llegar a serlo comió del prohibido fruto 
del árbol de la ciencia, y se le abrieron los ojos 
y se vio sujeto al trabajo y al progreso. Y des- 
de entonces empezó a ser más que hombre, to- 
mando fuerzas de su flaqueza y haciendo de su 
degradación su gloria y del pecado cimiento de 
su redención. Y hasta los ángeles le envidiaron, 
pues nos dice el P. Gaspar de la Figuera, je- 
suíta, en su Suma espiritual, y cuando él nos lo 
asegura lo sabrá de buena tinta, que Lucifer y 
sus compañeros se agradaron a sí mismos, pare- 
ciéndose bien, y que «cuando llegó el mandato 
de Dios que adorasen a Cristo todos sus án- 
geles, revelándoles que había Dios de hacerse 
hombre y ser niño y morir, tuviéronle a gran 
mengua de su naturaleza espiritual, y se afren- 
taron de ello; de manera que quisieron más 
privarse de la gracia de Dios y de la gloria que 
les podía dar, que venir a tal desprecio». Y 
así se comprende que el ángel caído no tenga 
redención — si es que no la tiene — y la tenga 
el hombre caído; porque aquél cayó por agra- 
darse a sí mismo y de sí mismo contentarse. 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 69 

por soberbia, y el hombre por querer ser más 
que es, por ambición. Cayó el ángel por sober- 
bio y caído queda; cayó el hombre por ambi- 
cioso y se levanta a más alto £isiento que de don- 
de cayera. 

Sólo el héroe puede decir «¡yo sé quién soyl», 
porque para él ser es querer ser; el héroe sabe 
quién es, quién quiere ser, y sólo él y Dios lo 
saben, y los demás hombres apenas saben ni 
quién son ellos mismos, porque no quieren de 
veras ser nada, ni menos saben quién es el hé- 
roe; no lo saben los piadosos Pedros Alonsos que 
le levantan del suelo. Conténtense con levan- 
tarle del suelo y recojerle a su hogar, sin ver 
en Don Quijote mas que a su vecino Alonso 
Quijano, y aguardar a que sea de noche para 
que al entrarlo al pueblo no vean al molido hi- 
dalgo tan mal caballero. 

Entre tanto, estabcín el cura y el barbero del 
lugar con el ama y la sobrina de Don Quijote, 
comentando su ausencia y ensartando muchos 
más disparates que ensartara el Caballero. Lle- 
gó éste, y sin hacerles gran caso, comió y acos- 
tóse. 



CAPÍTULO VI 



Aquí inserta Cervantes aquel capítulo VI en 
que nos cuenta el donoso y grande escrutinio 
que el cura y el barbero hicieron en la librería 
de nuestro ingenioso hidalgo, todo lo cual es 
crítica literaria que debe importarnos muy poco. 
Trata de libros y no de vida. Pasémoslo por 
alto. 



CAPITULO Vil 

De ia segunda salida de nuestro buen Caballero 
Don Quijote de la Mancha. 



Sus anhelos interrumpiéronle el sueño a Don 
Quijote, pues hasta en sueños quijoteaba, pero 
volvió a dormirse. Y volvió a dormirse para en- 
contrarse al despertar con que Frestón, el encan- 
tador, se le había llevado los libros, creyendo el 
incauto que con ellos le llevaba el generoso 
aliento. Y en apoyo de Frestón acudió la so- 
brina, rogando a su tío se dejase de pendencias 
y de ir por el mundo a buscar pan de trastrigo, 
sin percatarse de que es el pan de trastrigo el 
que hace al hombre tras-hombre, o como di- 
cen hoy, sobre-hombre. También para disuadir 
a Iñigo de Loyola de que saliese a buscar aven- 
turas en Cristo, acudió su hermsmo mayor Mar- 
tín García de Loyola, para que no se arrojase 
a cosa «que no sólo nos quite lo que de vos 
esperamos — le dijo, según el P. Rivadeneira, li- 
bro I, cap. III — , sino también mancille nuestro 
linaje con perpetua infamia y deshonra». Pero 
Iñigo le respondió con pocsis palabras, auft él 



74 MLGUEL DE UNAMUNO 

miraría por sí y se acordaría que había nacic 
de buenos, y salió de caballero andainte. 

Quince días se estuvo sosegado en casa nue 
tro Caballero y en este tiempo solicitó a un I 
brador vecino suyo, hombre de bien pero c 
muy poca sal en la mollera, gratuita afirmacic 
de Cervantes, desmentida luego por el relato c 
sus donaires y agudezas. En rigor no cabe hor 
bría de bien, verdadera hombría de bien no h 
hiendo sal en la mollera, visto que en realidf 
ningún majadero es bueno. Solicitó Don Quijo 
a Sancho y le persuadió a que fuese su escuder 

Ya tenemos en campana a Sancho el buen 
que dejando mujer e hijos, como pedía el Cri 
to a los que quisieran seguirle, se asentó p< 
escudero de su vecino. Ya está completado De 
Quijote. Necesitaba a Sancho. Necesitaba] 
para hablar, esto es, para pensar en voz al 
sin rebozo, para oirse a sí mismo y para oir 
rechazo vivo de su voz en el mundo. Sancho fi 
su coro, la humanidad toda paira él. Y en cab' 
za de Sancho ama a la humanidad toda. 

«Ama a tu prójimo como a ti mismo» — se n< 
dijo — , y no «ama a la Humanidad», porqi; 
ésta es un abstracto que cada cual concreta en 
mismo, y predicar amor a la Humanidad val 
por consiguiente, tanto como predicar el am< 
propio. Del cual estaba, por pecado origina 
lleno Don Qpjote, no siendo su carrera toe 
sino una depuración de él. Aprendió a amar 
todos sus prójimos amándolos en Sancho, put 
es en cabeza de un prójimo y no en la comí 
nidad, donde se ama a todos los demás; ame 
que no cuaja sobre individuo, no es amor d 
verdad. Y quien de veras ama a otro ^cóm 
podrá odiar á nadie? Y quien a alguien odí 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 75 

no le emponzoñará este odio los amores que 
uviese? O más bien le emponzoñará el amor, 
lo los amores, porque es uno y solo, aunque 
»c vierta sobre muchos términos. 

De la parte de Sancho empecemos a admirar 
3U fe, la fe que por el camino de creer sin ha- 
ber visto le lleva a la inmortalidad de la fama, 
antes ni aun soñada por él siquiera, y al esplen- 
dor de su vida. Por toda la eternidad puede de- 
cir: «Soy Sancho Panza, el escudero de Don 
Quijote)). Y ésta es y será su gloria por los si- 
glos de los siglos. 

Se dirá que a Sancho le sacó de su casa la 
codicia, así como la ambición de gloria a Don 
Quijote, y que así tenemos en amo y escude- 
ro, por separado, los dos resortes que juntos 
en uno han sacado de sus casas a los españo- 
les. Pero aquí lo maravilloso es que en Don 
Quijote no hubo ni sombra de codicia que le 
moviese a salir, y que la de Sancho no dejaba 
de tener, aun sin él saberlo, su fondo de am- 
bición, ambición que creciendo en el escudero 
a costa de la codicia, hizo que la sed de oro se 
le trasformase al cabo en sed de fama. Tal es 
el poder milagroso del ansia pura de renombre 
y fama. 

cY quién se esquiva de la codicia y quién de 
la ambición? Temíalas Iñigo de Loyola, y tan- 
to las temía, que cuando D. Fernando de Aus- 
tria, rey de Hungría, nombró al P. Claudio Ja- 
yo obispo de Trieste y lo aprobó el Papa, acu- 
dió a éste Iñigo para estorbarlo, pues no que- 
ría que sus hijos espirituales «deslumhrados y 
ciegos con el engañoso y aparente esplendor 
de las mitras y dignidades, viniesen a la Com- 
pañía, no por huir de la vanidad del mundo, 



76 MIGUEL DE UNAMIJWO 

sino por buscar en ella al mismo mundo» (I 
vadeneira, lib. III, cap. XV). ¿Y lo consigui 
Ese huir de las dignidades y prelacias de la Ig 
sia ¿no puede envolver más refinada soberl 
que el aceptarlas y aun que el buscarlas acas 
Porque «¿qué mayor engaño que buscar p 
medio de la humildad ser honrado y estima* 
de los hombres? y iqué mayor soberbia qi 
pretender ser tenido por humilde?» — dice t 
hijo espiritual de Loyola, el P. Alonso Rod 
guez, en el cap. XIII del tratado tercero de 

libro Ejercicio de perfección y virtudes cr; 

TI ANAS. Y la soberbia ¿no se pasaría de los i 
dividuos a la Compañía misma, haciéndose c 
lectiva? íQué sino soberbia refinada es prete 
der, como pretenden los hijos de Loyola, qi 
se salva todo el que muere dentro de la Cor 
pañía, y de los que no entibaron en ella no 
salvan todos? 

La soberbia, la refinada soberbia, es la ( 
abstenerse de obrar por no exponerse a la ci 
tica. El acto más grande de humildad es el ( 
un Dios que crea un mundo que no añade i 
adarme a su gloria, y luego un linaje humar 
para que se lo critique, y si deja cabos que pre 
ten apoyo, siquiera aparente, a esa crític 
tanta mayor humildad. Y pues Don Quijote 
lan¿ó a obrar y se expuso a que los hombrt 
se burlasen de su obra, fué uno de los más p; 
ros dechados de verdadera humildad, aunqi: 
otra cosa nos finjan las engañosas apariencia 
Y con esa humildad arrastró tras de sí a Sai 
cho convirtiéndole la codicia en ambición y 
sed de oro en sed de gloria, único medio eficí 
de curar la codicia y sed de oro. 

Reunió luego Don Quijote dineros üendier 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 77 

> uno cosa y empeñando otra y malbaratan' 
>las todas, en obediencia al consejo del ven- 
ro gordo. Era nuestro Caballero un loco ra- 
•nable y no ente de ficción, como creen los mun- 
inos, sino de los hombres que hsui comido y 
:bido y dormido y muerto. 

Proveyóse Sancho de asno y alforjas, de ca- 
isas y otras prendas Don Quijote, y sin des- 
edirse Panza de sus hijos y mujer, ni Don Qui- 
te de su ama y sobrina, rompiendo así varo- 
Imente las amarras de la carne pecadora una 
oche se salieron del lugar sin que persona los 
tese. Segunda vez que sale el Caballero al 
lundo sin que se le vea y al amparo de la os- 
iridad. Mas ahora no va solo; lleva a la Hu- 
lanidav] consigo. Y salieron platicando; recor- 
ando Panza a su amo lo de la ínsula. En lo 
jal quieren ver los maliciosos una vez más su 
adiciosidad y que por ella servía a su amo, 
n caer en la cuenta de que prueba más quijo- 
smo seguir a un loco un cuerdo, que seguir 

1 loco sus propias locuras. La fe se pega, y 
s tan robusta y ardorosa la de Don Quijote, 
ue rebasa a los que le quieren, y quedan lie- 
os de ella sin que a él se le amengüe, sino más 
ien le crezca. Pues tal es la condición de la 

2 viva: crece vertiéndose y repartiéndose se 
umenta. ¡Como que es, si verdadera y viva, 
mor! 

' ¡Maravillas de la fel No bien ha salido con su 
mo. y ya el buen Sancho sueña con ser rey y 
eína Juana Gutiérrez, su oíslo, y sus hijos in- 
antes. ¡Todo para la casa! Mas por causa de 
u mujer — siempre la mujer es causa de tro- 
>iezo — duda de ello; no hay reino que a ella 
e siente bien. Encomiéndalo tú a Dios, que 



78 MIGUEL DE UNAMUNO 

El le dará lo que más le convenga — le respon 
dio el piadoso Don Quijote. Y tocado de pie 
dad, dijo Sancho que su amo sabría darle tod' 
aquello que le estuviera bien y él pudiese lie 
var. ¡Oh Sancho bueno, Sancho sencillo, San 
cho piadoso! No pides ya ínsula, ni reino, r 
condado, sino lo que el amor de tu amo sep. 
darte. Este es el más sano pedir. Lo aprendis 
te en lo de ((hágase tu voluntad así en la tierr; 
como en el cielo». Pidamos todos tomar a biei 
lo que por mal nos dieren, y habremos pedid< 
cuanto hay que pedir. 



CAPITULO VIH 



)cl buen suceso que el valeroso Don Quijote tuvo en la espantable 
jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros 
sucesos de feliz recordación. 



En tales pláticas iban cuando descubrieron 
treinta o cuarenta molinos que hay en aquel 
campo. Y Don Quijote los tomó por desaforados 
gigantes, y sin hacer caso de Sancho, encomen- 
dóse de todo coreizón a su señora Dulcinea, y 
arremetió a ellos, dando otra vez con su cuerpo 
en tierra. 

Tenía razón el Caballero: el miedo y sólo el 
miedo le hacía a Sancho y nos hace a los demás 
simples mortales ver molinos de viento en los 
desaforados gigantes que siembran mal por la 
tierra. Aquellos molinos molían pan, y de ese 
pzm comían hombres endurecidos en la ceguera. 
'Hoy no se nos aparecen ya como molinos, sino 
como locomotoras, dínamos, turbinas, buques 
de vapor, automóviles, telégrafos con hilos o sin 
ellos, ametralladoras y herramientas de ovario- 
tomía, pero conspiran al mismo daño. El miedo 
y sólo el miedo sanchopancesco nos inspira el 
culto y veneración al vapor y a la electricidad; 



80 MIGUEL DE UNAMUNO 

el miedo y sólo el miedo sanchopancesco no 
hace caer de hinojos ante los desaforados gigan 
tes de la mecánica y la química, implorando d< 
ellos misericordia. Y al fin rendirá el género hu 
mano su espíritu agotado de cansancio y de 
hastío al pie de una colosal fábrica de elixir d» 
larga vida. Y el molido Don Quijote vivirá, por 
que buscó la salud dentro de sí y se atrevió í 
arremeter a los molinos. 

Llegóse Sancho a su amo y le recordó sus ad 
vertencias, que no eran sino molinos de viente 
y no lo podía ignorar sino quien llevase otros ta 
les en la cabeza. Claro está, amigo Sancho, cía 
ro está; sólo quien lleve en la cabeza molinos, de 
los que muelen y hacen con el bruto trigo que 
por los sentidos nos entra, harina de pan espi 
ritual, sólo quien lleve molinos molederos puede 
arremeter a los otros, a los aparenciales, a loí 
desaforados gigantes disfrazados de ellos. Es er 
la cabeza, amigo Sancho, es en la cabeza donde 
hay que llevar la mecánica, y la dinámica y la 
química y el vapor y la electricidad, y luego... 
arremeter a los artefactos y armatostes en que 
los encierran. Sólo el que lleva en su cabeza la 
esencia eterna de la química, quien sepa sentir 
en la ley de sus afectos la ley universal de los 
afectos de los partículas materiales, quien sien- 
ta que el ritmo del universo es el ritmo de su co- 
lazón, sólo ése no tiene miedo al arte de formar 
o transformar drogas o al de armar aparatos de 
maquinaria. 

Lo peor fué que en esta acometida se le rom- 
pió la lanza a Don Quijote. Es lo que pueden 
esos gigantes, rompernos las armas pero no el 
corazón. Mas sobran encinas y robles con que 
reponerlas. 



VIDA DE DON QUIJOTE '^^ 5ANCHO 81 

Y siguieron su camino, sin quejarse Don Qui- 
jote, pues no les es dado hacerlo a los caballe- 
ros andantes, y sin haber querido comer cuando 
Sancho se acomodó a ello. Y de camino comía 
Sancho y caminaba, y menudeaba tragos que le 
hacían olvidar las promesas de su amo y tener 
por mucho descanso el andar a busca de aven 
turas. Nefasto poder de las tripas, que oscurece 
la memoria y enturbia la fe, atándonos al momen- 
to pasajero. Mientras se come y se bebe, se es 
de la comida y de la bebida. Y llegó la noche y 
se la pasó Don Quijote pensando en su señora 
Dulcinea, y Sancho durmiendo el bendito, sin so- 
ñar. Y fué entonces cuando recomendó Don Qui- 
jote a Sancho que no pusiese mano a la espada 
para defenderle, no siendo de canalla y gente 
baja. Al hombre esforzado antes le estorban que 
le ayudan las defensas de sus secuaces. 

Y fué también, estando en esta plática, cuan- 
do les ocurrió la aventura del vizcaíno, cuando 
salió Don Quijote a libertar a la princesa que se 
llevaban encantada dos frailes de San Benito. Los 
cuales intentaron amansar al Caballero, pero le 
hizo saber a aquella fementida canalla que los 
conocía y no había con él palabras blandas. Y 
dicho esto, los puso en huida. Y al ver al uno 
de ellos en el suelo, arremetió Sancho a desnu- 
darlo, atento sin duda a lo de que el hábito no 
hace al monje. 

Ah, Sancho, Sancho, y cuan de tierra eres! 
¡Desnudar frailes! ¿Y qué ganas con eso? Así te 
fué. que los mozos te molieron a coces por ello. 

Obsérvese cómo Sancho apenas se encuentra 
en una aventura cuando acude al punto al botín, 
mostrando en ello cuan de su casta era. Y pocas 
cosas elevan más a Don Quijote que su despre- 



82 MIGUEL DE UNAMUNO 

cío de las riquezas del mundo. Tenía el Caballe- 
ro lo mejor de su casta y de su pueblo. No salió 
a campaña como el Cid «al sabor de la ganancia» 
y para «perder cueta y venir a rictad» (PoEMA 
DEL Cid, V. 1689), ni habría dicho nunca lo que 
dicen que dijo Francisco Pizarro en la isla del 
Gallo cuando haciendo con la espada una raya 
en el suelo, de naciente a poniente, y señalando 
al mediodía como su derrotero, exclamó: «Por 
aquí se va al Perú a ser ricos; por acá se va a Pa- 
namá a ser pobres; escoja el que sea buen cas- 
tellano lo que mejor le estuviere». De otro tem- 
ple era Don Quijote; nunca buscó oro. Y al mismo 
Sancho que empezó buscándolo, le veremos ir co- 
brando poco a poco afición jr amor a la gloria, y 
fe en ella, fe a que le llevaba Don Quijote, y hay 
que convenir en que nuestros mismos conquista- 
dores de América unieron siempre a su sed de oro 
sed de gloria, sin que se logre en cada caso sepa- 
rar la una de la otra. De gloria y de riqueza a la 
vez dicen que habló a sus compañeros Vasco Nú- 
ñez de Balboa en aquel glorioso 25 de Setiembre 
de 1513 en que de rodillas y anegados por el gozo 
en lágrimas sus ojos, descubrió desde la cima de 
los Andes, en el Darien, el mar nuevo. 

Lo triste es que la gloria fué de ordinario una 
alcahueta de la codicia. Y la codicia, la innoble 
codicia, nos perdió. Nuestro pueblo puede decir 
lo que dice en el grandioso poema Patria, de 
Guerra Junqueiro, el pueblo portugués: 

Novos mundos eu vi, novos espatos, 

Nao para mais saber, mais adorar: 

A cubiga feroz guiou meus passos, 

O orguIKo vingador moveu meus bragos 

E iluminou a raiva o meu olhar! 

Nao te lavava, nao, sangue homicida, ^ 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 83 



Nem em mil milhdes d'annos a chorar!... 
Cniz do Golgota en ferro traduzida, 
Minha espada de héroe, o cruz de morte, 
Cruz a que Déos baixou por nos dar vida; 
Vidas ceifando, deshumana e forte, 
Ergueste imperios, subjugando a Oriente, 
Mas Déos soprou... eil-os era nada... 

L- ego de la aventura de Sancho, acudió el ge- 
neroso Caballero a la princesa, a darle la buena 
nueva de su liberación, pues los frailes que la lle- 
vaban seducida habían huido, sin advertir, ¡oh 
ceguera de la nobleza!, que acaso llevaba ella la 
fríúlería dentro. Y le pidió en pago del beneficio 
de haberla libertado, que se volviese al Toboso a 
presentarse a Dulcinea. No contaba con el viz- 
caíno, que le habló en mala lengua castellana y 
peor vizcaína, lo cual es muy cierto, pues cabe 
dudar que D. Sancho de Azpeitia hablase pun- 
tualmente como Cervantes le hace hablar. Con 
frecuencia se cita las palabras de D. Sancho de 
Azpeitia no más que para hacer chacota, aunque 
respetuosa y cariñosa a las veces, del modo de 
hablar de nosotros los vizcaínos. Cierto es que 
hemos tardado en aprender la lengua de Don 
Quijote y tardaremos aún en llegar a manejarla 
a nuestra guisa, mas ahora que empezamos a 
dar en ella nuestro espíritu, que fué hasta ahora 
casi mudo, habéis de oír... Pudo decir Tirso de 
Molina aquello de 

Vizcaíno es el hierro que os encargo. 
Corto en palabras, pero en obras largo; 

mas habrá que oírnos cuando alarguemos nues- 
tras palabras a la medida de nuestras largas 
obras. 



84 MIGUEL DE UNAMUNO 

Don Quijote, tan pronto en llamar caballero 
a quien se le pusiera delante, nególe al vizcaíno 
tal cualidad, olvidando que a la gente vasca — 
entre los que me cuento — , según Tirso de Mo- 
lina, 

Un nieto de Noé la dio nobleza, 
que su hidalguía no es de ejecutoria 
ni mezcla con su sangre, lengua o traje 
mosaica infamia que la suya ultraje. 

¿No conocía Don Quijote las palabras de don 
Diego López de Haro, tal cual le hace hablar 
Tirso de Molina en la escena primera del acto 
segundo de La PrUENCIA EN LA MUJER, cuando 
empieza diciendo: 

Cuatro bárbaros tengo por vasallos 
a quien Roma jamás conquistar pudo, 
que sin armas, sin muros, sin caballos 
libres conservan su valor desnudo? 

¿Ni sabía aquello que había ya dicho Camoens 
en la estrofa oncena del cuarto canto de sus 
LusiADAS de 

A gente biscainha que carece 
de polidas razdes, e que as injurias 
muito mal dos estranhos compadece? 

Por lo menos ya que La ARAUCANA de don Alon- 
so de Er cilla y Zúfíiga, caballero vizcaíno, era 
uno de los libros que se hallaban en su librería, 
y de los respetados en el escrutinio, tuvo que 
haber leído aquello de su canto XXVII, en que 
habla de 

la aspereza 
de la antigua Vizcaya, de do es cierto 
que procede y se extiende la nobleza 
por todo lo que vemos descubierto. 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 85 

(fVo no caballero? — replicó justamente ofen- 
dido el vizcaíno, y encontráronse frente a fren- 
te dos Quijotes. Por esto es tan prolijo Cervan- 
tes al narrarnos este suceso. 

Requerido por el vizcaíno, arrojó el manche- 
go la lanza, sacó la espada, embrazó la rodela 
y arremetióle. 



CAPITULO IX 

Donde se concluye y da fin á la estupenda batalla que el gallardo 
vizcaíno y el valiente manchego tuvieron. 



Y se trabó el singular combate ó estupenda 
batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente 
manchego tuvieron, como la llama Cervantes 
en el título del capítulo IX, concediéndole toda 
la importancia que se merece. 

Ahora va de igual a igual, de loco a loco, y 
parecen amenazar al cielo, a la tierra y al abis- 
mo. ¡Oh espectáculo de largos en largos siglos 
sólo visto, el de la lucha de dos Quijotes, el 
manchego y el vizcaíno, el del pardo párzímo y 
el de las verdes montañas. Hay que releerlo 
como nos lo relata Cervantes. 

^Yo no caballero? ¿Yo no caballero? iOir esto 
un vizcaíno y oirlo de boca de Don Quijote ? No, 
no puede sufrirse eso. 

Deja, Don Quijote, que hable de mi sangre, 
de mi casta, de mi rsiza, pues a ella debo cuan- 
to soy y valgo y a ella también debo el poder 
sentir tu vida y tu obra. 

¡ Oh tierra de mi cuna, de mis padres, de mis 
abuelos y trasabuelos todos, tierra de mi infan- 



MIGUEL DE UNAMUNO 



cía y de mis mocedades, tíerra en que tomé 
a la compañera de mi vida, tierra de mis amo- 
res, tú eres el corsizón de mi alma! Tu mar y 
tus montañas, Vizcaya mía, me hicieron lo que 
soy; de la tierra de que se amasan tus robles, 
tus hayas, tus nogales y tus castaños, de esa tie- 
rra ha sido mi corazón amasado, Vizcaya mía. 

Discutía un Montmorency con un vasco e irri- 
..ado aquél hubo de decirle a mi paisano que 
ellos, los Montmorencys, databan no sé si del si- 
glo VIII, X o XI!. y mi vasco le respondió: ¿Sí? 
jPues nosotros los vascos no datamos! Y no, no 
datamos los vascos. Los vascos sabemos quié- 
nes somos, quiénes queremos ser. 

Ya ves, Don Quijote, que es un vasco el que 
ha ido a buscarte en tu Mancha y te arremete 
porque le regateaste lo de ser caballero. Y 
¿cómo, contemplando a un vasco, y de Azpei- 
tia, no recordar una vez más a aquel otro caba- 
llero andante vasco, y de Azpeitia también, Iñi- 
go Yáñez de Oñaz y Saez de Balda, del solar de 
Loyola, fundador de la Milicia de Cristo? ¿No 
culmina en él nuestra casta toda? ¿No es nuestro 
héroe? ¿No lo hemos de reclamar los vascos por 
nuestro? Sí, nuestro, muy nuestro, muy más 
nuestro que de los jesuítas. Del Iñigo de Loyola 
han hecho ellos un Ignacio de Roma, del héroe 
vasco un santón jesuítico. ¡Lástima de muía que 
montaba el héroe! 

La de Don Sancho de Azpeitia, con sus cor- 
covos, dio en tierra con el vizcaíno, lo que debe 
enseñarnos a pelear apeados. Y así fué vencido 
el vizcaíno, pero no por mayor flaqueza de su 
brazo ni menor coraje, sino por culpa de su 
muía, que no era, de cierto, vizcaína. Si no es 
por la condenada muía lo habría pasado mal 



VIDA DL DON QUIJOTE Y SANCHO 89 

Don Quijote, estad seguros de ello, y habría 
aprendido á reportarse ante el hierro vizcaíno 

corto en palabras, pero en obras largo. 

Aprended, hermanos míos de sangre, á pe- 
lear apeados. Apeaos de la muía resabiosa y 
terca que os lleva a su paso de andadura por 
sus caminos de ella, no por los vuestros y míos, 
no por los de nuestro espíritu y que, con sus 
corcovos, dará con vosotros en tierra, si Dios 
no lo remedia. Apeaos de esa muía, que no na- 
ció ahí ni ahí pasta, y vamos todos a la con- 
quista del reino del espíritu. Aún no se sabe lo 
que podemos hacer en este mundo de Dios. 
Aprended, a la vez, a encarnar vuestro pensa- 
miento en una lengua de cultura, dejando la 
milenaria de nuestros padres; apeaos de la muía 
luego y nuestro espíritu, el espíritu de nuestra 
casta circundará en esa lengua, en la de Don 
Quijote, los mundos todos, como circundó por 
primera vez al orbe la carabela de nuestro Se- 
bastián Elcano, el fuerte hijo de Guetaria, hija 
de nuestro mar de Vizcaya. 

Y fué por la intervención de las damas afrai- 
ladas por lo que perdonó Don Quijote la vida a 
Don Sancho de Azpeitia, a promesa de ir a vi- 
sitar a Dulcinea. Y fueron las damas las prome- 
tedoras, que a haberlo sido Don Sancho, habría- 
la visitado, de seguro, y hasta es muy de creer 
que se habría enamorado perdidamente de ella 
y ella de él. 



CAPITULO X 

De lo$ graciosos razonamientos que pasaron entre Don Quijote 
y Sancho Panza su escudero. 



Y viene Séincho, el carnal Sancho, el Simón 
Pedro de nuestro Caballero, y le pide la ínsula, 
a lo cual responde Don Quijote: advertid, her- 
mano Sancho, que esta aventura y las a esta se- 
mejantes no son aventuras de ínsulas, sino de 
encrucijadas, en las que no se gana otra cosa 
que sacar rota la cabeza o una oreja menos. 
¡Ay, Pedro, Pedro, o digo Sancho, Sancho, y 
¿cuándo comprenderás que no es la ínsula, no 
C8 el poder temporal, sino la gloria de tu señor, 
el querer eterno, tu recompensa? Mas el carnal 
Sancho volvió a la carga y a pedir a su amo se 
retrajesen a alguna iglesia por miedo a la Santa 
Hermandad. Mas ^ dónde has visto tú o leído — 
le diremos con Don Quijote — que caballero an- 
dante haya sido puesto ante la justicia por más 
homicidios que hubiese cometido? Quien abriga 
en su corazón la ley, está sobre la dictada por 
los hombres; paia. el que ama no hay otra ley 
sino su £unor, y si por amor mata ¿quién se lo 
imputará a culpa? Tiene, además, Don Quijote 



92 MIGUEL DE UNAMUNO 

podeT sobrado para sacar a los Sanchos de /o. 
manos de los caldeos, cuanto más de las de h. 
Hermandad, 

Ocurrió luego lo de explicar Don Quijote £ 
Sancho el bálsamo de Fierabrás, y lo de pedi 
Sancho a Don Quijote la receta del bálsamo come 
único pago de sus servicios, pues así son los ser 
vidores carnales, por muy grande que su fe sea 
piden recetas para venderlas y negociar coi 
ellas. Y entonces juró el Caballero conquistan 
el yelmo de Mambrino a trueque de la celadw 
rota por Don Sancho de Azpeitia, y a seguida 
le llamó a razón el bandullo y pidió de comer 

Una cebolla y un poco de queso no más traíí 
Sancho, pareciéndole manjares no pertenecien 
tes a tan valiente Caballero, mas éste le hiz< 
saber que tenía a honra no comer en un mes, i 
de hacerlo lo que hallare más a mano. Y este 
se te hiciera cierto si hubieras leído tantas his 
torias como yo, que aunque han sido muchas 
en todas ellas no he hallado hecha relación d( 
que los caballeros andantes comiesen, si no en 
acaso, y en algunos suntuosos banquetes que let 
hacían, y los demás días se los pasaban en fio 
res. Y ¡qué dicha, mi señor Don Quijote, si no; 
pudiésemos pasar en flores la vida toda! Del co 
mer viene con la fuerza toda, también toda 1í 
flaqueza del heroísmo. 

Y entonces, al explicar Don Quijote a San 
cho que los caballeros andantes no podían pa- 
sar sin comer y sin hacer todos los otros me 
nesteres naturales, le reveló, y nos reveló, um 
verdad cimental y de grandísimo consuelo parí 
los que no saben cómo vivir su locura, y es h 
de que los caballeros andantes eran hombret 
como nosotros. De donde se saca que podemos 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 93 

llegar a ser nosotros caballeros andantes, y no 
es ello poco. Asi que, Sancho amigo, no te con' 
goje lo que á mi me da gusto, ni quieras tú ha- 
cer mundo nuevo, ni sacar la cahalleria andante 
de sus quicios. No quieras, no, pobre Sancho, 
hacer mundo nuevo curando de su locura a los 
generosos, ni quieras sacar a la locura de su 
quicio, que le tiene tan bien hincado y tan dere- 
cho como Ja cordura misma, como ese llamado 
sentido común. Sancho, como no sabe leer ni 
escribir, no sabe ni ha caído en las reglas de la 
profesión caballeresca, como él dice. Y es cier- 
to lo que dices, Sancho, por el leer y el escribir 
entró la locura en el mundo. 



CAPÍTULO XI 

De lo que sucedió á Don Quijote con unos cabreros. 



Echaron a andar y fueron recojidos con buen 
ánimo por unos piadosos cabreros, Dios se lo 
habrá pagado, que les convidaron. Lo aceptó 
Don Quijote, sentóse sobre un dornajo vuelto 
del revés, hizo hermanabnente sentar a su lado 
a Sancho, y fué entonces, después de bien sa- 
tisfecho el estómago, cuando tomó en la mano 
un puñado de bellotas y enderezó a los cabre- 
ros aquel discurso de la edad de oro, que en 
tantos muestrarios de retórica se reproduce. Mas 
nosotros no estamos haciendo aquí literatura, 

nos importa la letra sonora, sino el espíritu 
lecundo, aunque silencioso. Es el tal discurso 
uno de tantos vulgares discursos como se pro 
nuncian, y ese pasado siglo de oro apagado re- 
lumbre del futuro siglo en que morará el lobo 
con el cordero y el león comerá, como el buey, 
paja, según nos cuenta el profeta Isaías (capí- 
tulo XI). 

La arenga en sí tiene poco que desentrañar. 

chosa edad y siglos dichosos aquellos a quien 
los antiguos pusieron nombre de dorados... 



96 MIGUEL DE UNAMUNO 

y lo que sigue. No nos sorprenda oir a Don Qui- 
jote cantar los tiempos que fueron. Es visión 
del pasado lo que nos empuja a la conquista 
del porvenir; con madera de recuerdos arma- 
mos las esperanzas. Sólo lo pasado es hermoso; 
la muerte lo hermosea todo, c Creéis que cuan- 
do el arroyo llega al mar, al enfrentarse con 
el abismo que va a tragarle, no sueña con la 
escondida fuente de que brotó y no querría, si 
pudiera, remontar su curso? De ir a perderse, 
perderse más bien en las entrañas de la madre 
tierra. 

No es el discurso de Don Quijote lo que he- 
mos de desentrañar. No valen ni aprovechan las 
palabras del Caballero sino en cuanto son co- 
mentarios a sus obras y repercusión de ellas. 
Como hablar, hablaba conforme a sus lecturas 
y al saber del siglo que tuvo a dicha albergar- 
le, pero como obrar, obraba conforme a su co- 
razón y al saber eterno. Y así en esa arenga no 
es la arenga misma, en sí no poco trillada, sino 
el hecho de dirigírsela a unos rústicos cabreros 
que no habrían de entendérsela, lo que hemos 
de considerar, pues en esto estriba lo heroico 
de esta aventura. 

Aventura es, en efecto, y de las más heroi- 
cas. Porque todo hablar es una suerte, y las más 
de las veces la más apretada suerte de obrar, y 
hazañosa aventura la de administrar el sacra- 
mento de la palabra a los que no han de en- 
tendérnosla según el sentido material. Robusta 
fe en el espíritu hace falta para hablar así a los 
de torpes entendederas, seguros de que sin en- 
tendernos nos entienden y de que la semilla va 
a meterse en las cárcavas de sus espíritus sin 
ellos percatarse de tal cosa. 



VIDA DE DON QUIJOTE ^ SANCHO 



97 



Habla tú que conmigo consideras, lleno de fe 
en ella, la vida de Don Quijote; habla aunque 
no te entiendan, que ya te entenderán al cabo. 
Y con que sólo vean que les hablas sin pedirles 
nada o porque de gracia te lo dieron antes, bas- 
ta ya. Habla a los cabreros como hablas a tu 
Dios, del hondo del coreizón y en la lengua en 
que te hablas a ti mismo a solas y en silencio. 
Cuanto más hundidos vivan en la vida de la car- 
ne, tanto más limpias de brumas estarán sus 
mentes, y la música de tus palabras resonará en 
ellas mucho mejor que en la mente de los ba- 
chilleres al arte de Sansón Carrasco. Porque no 
fueron las rebuscadas retóricas de Don Quijote 
lo que alumbró la mente a los cabreros, sino 
fué el verle armado de punta en blanco, con su 
lanzón a la vera, las bellotas en la mano, y senta- 
do sobre el dornajo, dando al aire de que respi- 
raban todos reposadas palabras vibrantes de una 
voz llena de amor y de esperanza. 

No faltará quien crea que Don Quijote debió 
atemperarse al público que le escuchaba y ha- 
blar a los cabreros de la cuestión cabreril y del 
modo de redimirlos de su baja condición de 
pastores de cabras. Eso hubiera hecho Sancho 
a tener saber y arrestos para ello, pero el Ca- 
ballero no. Don Quijote sabía bien que no hay b^ 
mas que una sola cuestión, para todos la mis- 
ma, y que lo que redima de su pobreza al po- 
bre, redimirá, a la vez, de su riqueza al rico, 
i Mal hayan los remedios de ocasión! A cuantos 
van y vienen y se asenderean llevando y trayen- 
do remedios específicos para los males de es- 
tos o de aquellos, cabe encajarles lo que decía 
el gaucho MaRTÍN FiERRO: 



98 MIGUEL DE UNAMUNO 

De los males que sufrimos 
hablan mucho los puebleros, 
pero hacen como los teros 
para esconder sus niditos, 
que en un lao pegan los gritos 
y en otro tienen los güevos. 

Cuando os hablen, candidos cabreros, de la 
cuestión cabreril, es que están pegando gritos 
para alejaros del sitio en que guardan sus hue- 
vos. 

Y además, cha de hablarse tan sólo en vista 
del provecho inmediato, del fruto que nuestros 
oyentes saquen de lo que decimos? Tratandc 
de esto el maestro de espíritu P. Alonso Rodrí- 
guez, en el capítulo XVIII del tratado primero 
de la tercera parte de su EJERCICIO DE PerFEC 
CIÓN nos dice que «no depende nuestro mereci 
miento, ni la perfección de nuestra obra de que 
el otro se aproveche o no; antes podemos aña 
dir aquí otra cosa para nuestro consuelo, o po: 
mejor decir, para consuelo de nuestro descon- 
suelo, y es que no solamente no depende núes 
tro merecimiento y nuestro premio y galardór 
de que los otros se conviertan y de que se hagí 
mucho fruto, sino que en cierta manera pode 
mos decir que hacemos y merecemos más cuan 
do no hay nada de eso, que cuando se ve el fru 
to al ojo». 

Y este discurso de Don Quijote a los cabrero: 
¿fué acaso menos heroico y más inútil que aque 
otro que cerca de Santa Cruz y en casa de h 
india Capillana enderezó a los indios Franciscc 
Pizarro para explicarles los fundamentos de h 
religión cristiana y el poderío del rey de Castí 
Ha? Algo consiguió, pues los indios, por dark 
gusto, alzaron por tres veces la bandera espa 



1. 



VIDA DE DON OUIJOTE Y SANCHO 99 

ñola. No fué del todo inútil el razonamiento 
de Pizarro; no lo fué el de Don Quijote. 

El malicioso Cervantes llama, en efecto, al 
discurso de éste inútil razonamiento, para aña- 
dir que se lo escucharon los cabreros emboba- 
dos y suspensos. La verdad de la historia se le 
impone aquí, puesto que si los embobó y sus- 
pendió Don Quijote con su razonamiento, no 
fué éste ya inútil. Y que no lo fué lo prueba el 
agasajo que le rindieron dándole solaz y conten- 
to con hacer que cantara un zagal enamorado. 
El espíritu produce espíritu, com o la letra le- >^ 
\r^i_y_ 1« ^^^n^ ^ftrn^ y así la afeHgaTHe Don 
Quijote produjo, a vuelta, cantares al son de 
cabreril rabel. No fué, pues, inútil ni lo es nun- 
ca la palabra pura. Si el pueblo no la entien- 
de, siente, empero, comezón de entenderla, y 
'. oiría, rompe a cantar. 

Y mientras Don Quijote, inspirado a la vista 

■ las bellotas, regaló a los cabreros con aque- 
lla arenga iqné hizo Sancho? Sancho... calla- 
ba y comía bellotas y visitaba muy amenudo 
el segundo zaque, que por que se enfriase el 
vino le tenían colgado de un alcornoque. Y pen- 
saría para sí ¡así me las den todas! 

Qué pensara Sancho de la arenga de su amo 
no lo sé, pero sí sé qué pensarán de ella nues- 
tros Sanchos de hoy. Los cuales buscan ante 
todo eso que llaman soluciones concretlí^ y en • 
cuanto se ponen a escuchar a alguien van a oir 
ué remedios ofrece para los males de la pa- 

ia o para otros cualesquiera males. Se han he- 
cho los oídos oyendo a los charlatanes que, su- 
bidos en un coche, en la plaza del mercado, ven- 
den frascos de cualquier droga, y así, apenas 
alguien les habla, esperan saque la droga enfras- 



100 MIGUEL DE UNAMUNO 

cada. Mientras se les habla, callan y comen be- 
llotas, y se preguntan luego: bien, ¿y en concre- 
to qué? Todo eso del siglo de oro les entra por 
un oído y por el otro les sale: lo que ellos bus- 
can es el elixir para curar el mal de muelas o 
el reuma o para quitar manchas de la ropa, el 
cocimiento regenerativo, el bálsamo católico, el 
revulsivo anticlerical, el emplasto aduanero o el 
vejigatorio hidráulico. A esto llaman soluciones 
concretas. Estiman que el habla no se hizo sino 
I para pedir o para ofrecer algo, y no hay mane- 
I 'i ra de que sientan lo que tiene de revelación 
\} la música interior del espíritu. Porgue la otra 
música, la exterior, la que les recrea los oídos 
carnales, ésa no dejan de entenderla y apreciar- 
la, y hasta es el único regalo que se permiten. 
Si se les habla, o ha de ser para acariciarles 
los oídos con párrafos acompasados a compás 
tamborilesco, o para enseñarles alguna receta 
de uso doméstico o político, 
r ¡Soluciones concretas! ¡Oh Sanchos prácticos, 
) Sanchos positivos, Sanchos materiales! ¿Cuándo 
^ oiréis la silenciosa música de las esferas espiri- 
/ tuales? 

Difícil es hablar a los Sanchos, nacidos y cria- 
dos en lugarejos donde sólo se oye comadrerías 
de solana y sermones, pero más difícil aún es 
hablar a bachilleres. Lo mejor es tener por oyen- 
tes a cabreros, hechos y acostumbrados a oir las 
voces de los campos y de los montes. Los otros 
os saldrán con que no os entienden o entende- 
rán a tuertas lo que les digáis, porque no re- 
ciben vuestras palabras en silencio interior ni 
en atención virgen, y por mucho que agucéis 
vuestras explicaderas no aguzarán sus entende- 
deras ellos. 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 101 

Es fuerte cosa que por dondequiera que uno 
vaya en nuestra España, derramando verdades 
del corazón, le salgan al paso diciéndol^ que no 
lo entienden o entendiéndolo al revés de como 
^e explica. Y ello tiene su raíz, y es que van 
as gentes a oir esto o lo otro o lo de más allá, 
algo que se les ha dicho ya, y no a oir lo que 
se les diga. Los unos son clericales, anticleri- 
cales los otros, éstos unitarios o centralistas, 
aquéllos federales o regionalistas, los de aquí 
tradicionalistas, progresistas los de allá, y quie- 
ren que se les hable en uno de esos lenguajes. 
Ellos luchan unos con otros, pero luchan como 
es forzoso lo hagan los luchadores terrestres, so- 
bre un mismo suelo, en un mismo plano y dán- 
dose cara, y si te pones a darles voces desde 
otro plano, por encima o por debajo del que 
ocupan, les distraes de su pelea y no compren- 
den a qué vas allá. Si estamos peleando — se 
dicen — , bien venido sea quien venga a animar- 
los con voces de ¡a ellos! ¡adelante! o bien a 
advertirnos de un peligro gritándonos jojo! 
i atrás!, pero c quién es ese que desde las nu- 
bes o desde dentro de la tierra nos grita que 
levantemos la vista o que la hundamos en el sue- 
lo? cno ve que entre tanto nos degollarán los 
enemigos? Cuando se lucha no se puede mirar 
al cielo ni tratar de penetrar con la vista el seno 
de la tierra. Dicen así; no ven que les propo- 
néis paz y cada uno de los bandos os cuenta en 
el contrario. Y no os queda sino ir a hablar a 
los cabreros, que os regalarán con música; ir 
a hablar a los sencillos, y hablarles sin intentar 
siquiera poneros a su alcance, hablarles en el 
tono más elevado, seguros de que sin entende- 
ros os entienden. 



102 MIGUEL DE UNAMUNO 

^^^ Sólo Sancho, el carnal Sancho, estaba más 

\^y^ J para dormir que para oir canciones, sin cono- 
! cer la virtud ensoñadora de éstas. 



CAPÍTULOS XII Y XIII 



De lo que contó un cabrero á los que estaban con Don Quijote 

y 

Donde se da ñn al cuento de la pastora Marcela, 
con otros sucesos. 



Entonces fué cuando Pedro el cabrero contó 
a Don Quijote la historia de Grisóstomo y Mar- 
cela, después de aquellos tiquismiquis con que 
el leído Caballero corrigió los vocablos al pas- 
tor. Era, no hemos de negarlo, impertinente Don 
Quijote cuando se picaba de letrado. 

Fué el Caballero a ver cómo enterraban á Gri- 
sóstomo, muerto de amores por Marcela, y al ir 
a ello encontró a Vivaldo y platicó con él acerca 
de la caballería andante, profesión si no tan es- 
trecha como la de los frailes cartujos, tan nece- 
saria como ella en el mundo, donde sólo el ejem- 
plo de lo inasequible a los más, puede enseñar a 
éstos a poner su meta más allá de donde alcan- 
cen. Así las carreras de caballos, que sólo para 
criar caballos de carrera sirven, mantienen la pu- 
reza de la casta caballar, impidiendo que el tiro 
y la noria y el vil oficio encanijen al noble bruto. 
Y entre ambas profesiones, la de pedir al cielo 



104 MIGUEL DE UNAMUNO 

el bien de la tierra, y la de poner en ejecución lo 
pedido, creando, lanza en mano, el reino de 
Dios, cuyo advenimiento se pide en oración, no 
cabe primero ni segundo. Asi que somos minis- 
tros de Dios en la tierra y brazos por quien se 
ejecuta en ella su justicia — añadió Don Quijote. 

cNo es acaso, desgraciado Caballero, la raíz de 
tus proezas y de tus desgracias a la par el noble 
pecado a través de cuya depuración te llevó a la 
gloria de tu Dulcinea, esto de creerte ministro de 
Dios en la tierra y brazo por quien se ejecuta en 
ella su justicia? Fué tu pecado original y el peca- 
do de tu pueblo; el pecado colectivo de cuya 
mancha y maleficio participabas. Tu pueblo tam- 
bién, arrogante Caballero, se creyó ministro de 
Dios en la tierra y brazo por quien se ejecutaba 
en ella su justicia, y pagó muy cara su presunción 
y sigue pagándola. Creyóse escojido de Dios y 
esto le ensoberbeció. 

cPero es que no estaba en lo seguro? ¿No so- 
mos acaso todos ministros de Dios en la tierra y 
brazos por quien se ejecuta en ella su justicia? Y 
el persuadirnos de esta verdad cno es tal vez el 
mejor remedio para purificar y ennoblecer nues- 
tras acciones ? En vez de buscar hacer otras cosas 
que las que haces, luchando contra tu costumbre, 
persuádete de que en todo cuanto hagas, bueno 
o malo a tu parecer, eres ministro de Dios en la 
tierra y brazo por quien se ejecuta en ella su jus- 
ticia, y sucederá que tus actos acabarán por ser 
buenos. Estímalos como viniendo de Dios y los 
divinizcirás . Hay desgraciado a quien eso que en 
el lenguaje de los hombres llamamos natural per- 
verso o mala índole le lleva a ser azote de sus 
prójimos, y si ese desgraciado se penetrase de 
que ese azote es azote de castigo que puso en 



VIDA DE DON OUIjOTL Y SANCHO 105 

is manos Dios, la que llamamos mala índole le 
daría frutos de bondad. 

No os apeguéis al miserable criterio jurídico 
de juzgar de un acto humano por sus consecuen- 
cias externas y el daño temporal que recibe quien 
lo sufre; llegad al sentido íntimo y comprended 
cuánta profundidad de sentir, de pensar y de 
querer se encierra en la verdad de que vale más 
daño infligido con santa intención que no bene- 
ficio rendido con intención perversa. 

Te denuestan, pueblo mío, porque dicen que 
fuiste a imponer tu fe a tajo y mandoble, y lo 
triste es que no fué del todo así, sino que ibas 
también y muy principalmente a arrancar oro a 
los que lo acumularon; ibas a robar. Si sólo hu- 
bieras ido a imponer tu fe... Me revuelvo con- 
tra el que viene, tizona en la diestra y en la otra 
libro, a querer salvarme el alma a pesar mío, 
pero al cabo se cuida de mí y soy para él un hom- 
bre, mas para aquel que no viene sino a saccirme 
los ochavos engañándome con baratijas y chuche- 
rías, para éste no paso de ser un cliente, un pa- 
rroquiano o vecero. Hoy se da en ponderar esto 
y pedir una sociedad en que en puro policía no 
pueda hacerse daño y acabemos por que nadie 
obre mal, aunque nadie sienta bien tampoco. 
¡Qué horrible condición de vida! ¡Qué podredum- 
bre bajo la verdura sosecrada! ¡Qué quieto lago 
de ponzoñozas aguas! ¡No, no, y mil veces no, 
Dios nos dé antes un mundo en que todos sientan 
bien aunque todos obren daño, en que los hom- 
bres se golpeen en la ceguera del cariño y en que 
suframos todos en silencio por el mal que nos ve- 
mos arrastrados a infligir a los demás. Sé gene- 
roso y arremete a tu hermano; dale de tu espíri- 

, aunque sea golpes. Hay algo más íntimo que 



106 MIGUEL DE UNAMUNO 

eso que llamamos moral y no es sino la jurispru- 
dencia que escapa a la policía; hay algo más hon- 
do que el Decálogo, que es una tabla de la ley, 
¡tabla, tabla y de la ley!; hay un espíritu de amor. 

Me diréis que no cabe sentir bien sin obrar bien 
y que las buenas acciones brotan, como de su 
fuente, de los buenos sentimientos y sólo de ellos. 
Pero yo os contestaré con Pablo de Tarso que no 
hago el bien que quiero, sino el mal que no quie- 
ro hago, y os añadiré que el ángel que en nos- 
otros duerme suele despertar cuando la bes- 
tia le arrastra, y al despertar llora su esclavitud 
y su desgracia. ¡Cuántos buenos sentimientos 
brotan de malas acciones a que la bestia nos 
precipita! 

Siguió discurriendo Don Quijote con Vivaldo 
sobre lo de encomendarse los caballeros andan- 
tes a su dama antes que a Dios, y dando las ra- 
zones que había leído llegó a lo de no poder ser 
caballero andante sin dama, porque tan propio y 
tan natural ¡es es a los tales ser enamorados como 
al cielo tener estrellas, y a huen seguro que no 
se haya visto historia donde se halle caballero an- 
dante sin amores, y por el mismo caso que estu- 
viese sin ellos no será tenido por legítimo caba- 
llero, sino por bastardo y que entró en la fortale- 
za de la caballería dicha, no por la puerta, sino 
por las bardas, como salteador y ladrón. 

Ved aquí cómo del amor a mujer brota todo 
heroísmo. Del amor a mujer han brotado los más 
fecundos y nobles ideales, del amor a mujer las 
más soberbias fábricas filosóficas. En el amor a 
mujer arraiga el ansia de inmortalidad, pues es en 
él donde el instinto de perpetuación vence y so- 
yuga al de conservación, sobreponiéndose así lo 
sustancial a lo meramente aparencial. Ansia de 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 107 

inmortalidad nos lleva a amar a la mujer y así fué 
como Don Quijote juntó en Dulcinea a la mujer 
y a la Gloria, y ya que no pudiera perpetuarse 
por ella en hijos de carne, buscó eternizarse por 
ella en hazañas de espíritu. Fué enamorado, pero 
de los castos y continentes, como dijo en otra oca- 
sión él mismo. ^ Faltó con su castidad y conti- 
nencia al fin del amor? No, pues engendró en Dul- 
cinea hijos espirituales duraderos. Casado no 
habría podido ser tan loco; los hijos de carne 
le hubieran arrebatado de sus hazañosas em- 
presas. 

No le embarazó nunca cuidado de mujer que 
ata las alas a otros héroes, jjorque como dice el 
Apóstol (I Cor. VII, 33) «el casado se cuida de 
lo del mundo, de cómo ha de agradar á la mu- 
jer, y queda dividido». 

Hasta en el más puro orden espiritual y sin 
sombra de malicia alguna, suele buscar el hom- 
bre apoyo en mujer, como Francisco de Asís en 
Clara; pero Don Quijote buscóle en dama de sus 
pensamientos. 

Y cómo embaraza la mujer! Iñigo de Loyola 
no quiso que su Compañía tuviese nunca cargo 
de mujeres debajo de su obediencia (Rivanei- 
ra, lib. III, cap. XIV), y cuando Doña Isabel de 
Rosell pretendió formar comunidad de mujeres 
bajo la obediencia de la Compañía logró Loyo- 
la que el Papa Pablo III, en letras apostólicas 
de 20 de Mayo de 1547, la eximiera de tal carga, 
pues «a esta mínima Compañía — decíale Iñi- 
go — no conviene tener cargo especial de dueñas 
con voto de obediencia.» Y no es que despre- 
ciara a la mujer, pues la honró en lo que es te- 
nido por más bajo y más vil de ella, porque sí 
Don Quijote se hizo armar caballero ciñéndole 



108 MIGUEL DE UNAMUNO 

espada y calzándole espuela dos mozas del par- 
tido, Iñigo de Loyola acompañaba él mismo, 
en persona, por medio de la ciudad de Roma, 
a las «mujercillas públicas perdidas» para ir a 
colocarlas ((en el monasterio de Santa Marta o 
en casa de alguna señora honesta y honrada, 
donde fuesen instruidas en toda virtud». (Riva- 
deneira, lib. III, cap. IX.) 

Don Quijote fué enamorado, pero de los cas- 
tos y continentes y no sino por ser fuerza que 
los caballeros andantes tengan dama a quien 
rendir su amor — según decía, aunque veremos 
le quedaba otra dentro — por cumplir el rito. Y 
acaso no falte joven atolondrado que vea en 
esto un motivo para tener en menos á Don Qui- 
jote, pues los hay que cifran toda la calidad de 
un hombre en cómo se las ha en lances de 
amor; es decir, de eso que se llama amor a 
cierta edad de la vida. No recuerdo quién dijo, 
pero dijo muy bien quienquiera que lo dijese, 
que para los que aman mucho, es el amor — 
amor a mujer, se entiende — algo subordinado y 
secundario en su vida, y es lo principal de ésta 
para los que aman poco. Hay quienes no juzgan 
de la libertad de un espíritu sino según sienta 
en punto al amor; hay mozos para los cuales 
todo el valor de un poeta se cifra en cómo sien- 
ta el amor. 

cQué diría el casto y continente Don Quijote 
si volviendo al mundo viese el chaparrón de in- 
centivos al deseo carnal con que se trata de des- 
viar el amor? cQ^é diría de todos esos retra- 
tos de mujerzuelas en actitudes provocativas? 
De seguro que movido por su amor a Dulcinea, 
por su noble y puro amor, emprendería a tajo 
y mandoble con todos los tenderetes en que 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 



109 



13 porquerías se nos muestran, como la em- 
■ndió con el retablo de maese Pedro. Ellas 
< apartan del amor a Dulcinea, del amor de 
gloria. Siendo incentivos a que nos perpetue- 
>s, nos apartan de la verdadera perpetuación, 
aso sea nuestro sino que haya de renunciar 
la carne a perpetuarse si se ha de perp>etuar el 
espíritu. 

Don Quijote amó a Dulcinea con amor aca- 
bado y perfecto, con amor que no corre tras 
deleite egoísta y propio; entregóse a ella sin pre- 
tender que ella se le entregara. Se lanzó al mun- 
do a conquistar gloria y laureles para ir luego a 
depositarlos a los pies de su amada. Don Juan 
Tenorio habríase dedicado a rendirla con la 
mira de poseerla y de saciar en ella su apetito, 
no más que por amor de gozarla y pregonarlo; 
Don Quijote no. Don Quijote no se fué de ga- 
lán al Toboso a cortejarla y enamorarla, sino 
que se echó al mundo a conquistarlo para ella. 
cQué suele ser ese que llaman amor sino un 
miserable egoísmo mutuo en que busca su pro- 
pio contento cada uno de los dos amarntes? iY 
no es acaso el acto de suprema unión lo que 
más supremamente los separa? Don Quijote amó 
a Dulcinea con amor acabado, sin exigir ser 
correspondido; dándose todo él y por entero a 
ella. 

Amó Don Quijote a la Gloria encarnada en 
mujer, Y la Gloria le corresponde. Dio un gran 
suspiro Don Quijote y dijo: yo no podré afiv 
mar si la dulce mi enemiga gusta o no de que el 
mundo sepa que yo la sirvo, y todo lo que si- 
gue. Sí, Don Quijote mío, sí; la tu dulce ene- 
miga, Dulcinea, lleva de comarca en comarca 
y de siglo en siglo la gloria de tu locura de amor. 



lio MIGUEL DE UNAMUNO 

Su linaje, prosapia y alcurnia no es de los anti- 
guos Curdos, Gayos y Cipiones romanos, ni de 
los modernos Colonas y Ursinos, ni de ninguna 
de las féimosas familias de distintos países que 
Don Quijote nombró á Vivaldo; pero es de los 
del Toboso de la Mancha, linaje aunque moder- 
no tal, que puede dar generoso principio a las 
más ilustres familias de los venideros siglos. Con 
lo que nos enseñó el ingenioso hidalgo que la 
raíz de la gloria está en el propio lugarejo y 
en la propia edad en que se vive. Sólo es dura- 
dera en siglos y en vastas tierras la gloria que 
rebasa de los propios lugar y tiempo por haber- 
los perinchido y cogolmado. Lo universal riñe 
con lo cosmopolita; cuanto más de su país y 
más de su época sea un hombre es más de los 
países y de las épocas todas. Dulcinea es del 
Toboso. 

Y ahora, Don Quijote mío, llévame a solas 
contigo, porque quiero que hablemos corazón a 
corazón y lo que ni a sí mismos osan decirse mu- 
chos. iFué de veras tu amor a la gloria lo que 
te llevó a encarnar en la imagen de Dulcinea 
á Aldonza Lorenzo, de la que un tiempo andu- 
viste enamorado, o fué tu desgraciado amor a 
la bien parecida moza labradora, aquel amor 
que ella jamás lo supo ni se dio cata de ello, 
el que se te convirtió en amor de inmortalidad? 
Mira, mi buen hidalgo, que yo sé cómo es la 
timidez dueña del corazón de los héroes, y bien 
se ve en ver cuando ardías en deseo de Aldon- 
za Lorenzo cómo no te atreviste nunca a reque- 
rirla de amores. No pudiste romper la vergüen- 
za que te sellaba, con sello de bronce, los la- 
bios. 

Tú mismo se lo declaraste a Sancho, toman- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO Ul 

dolé por confidente, cuando al quedarte de pe- 
nitencia en Sierra Morena (cap. XXV) le dijis- 
te: mis amores y los tuyos han sido siempre pla- 
tónicos, sin extenderse a más que a un honesto 
mirar, y aun esto tan de cuando en cuando, que 
osaré jurar con verdad, que en doce años que 
ha que la quiero más que a la lumbre de estos 
ojos que ha de comer la tierra, no la he visto 
cuatro veces y aun podrá ser que destas cuatro 
veces no hubiese ella echado de ver la una que 
la miraba; tal es el recato y encerramiento en 
que sus padres, Lorenzo Corchuelo y su madre 
Aldonza Nogales, la han criado. ¡Cuatro veces 
tan sólo y en doce años! Y ¡qué fuego debía de 
ser el que ella despidiese para calentarte doce 
años el corazón con sólo cuatro lejanos toques y 
de soslayo! Doce años, mi Don Quijote, y cuan- 
do frisabas en los cincuenta. Te enamoraste, 
pues, al acercarte a tus cuarenta. ¿Qué saben 
los mozos lo que es la llama que se enciende 
en toda sazón de madurez? ¡Y tu timidez, tu in- 
superable timidez de hidalgo entrado ya en 
años! 

Miradas desde lo más adentro, suspiros ahoga- 
dos de que ella ni se dio cata siquiera, redoblar el 
golpeteo de tu corazón preso de su hechizo cada 
una de escis cuatro veces que gozaste á hurtadi- 
llas de su vista. Y este amor contenido, este 
amor roto en su corriente, pues no hallabas en 
ti brío ni arrojo para enderezarlo a su natural 
término, este pobre amor te labró acaso el alma 
y fué el manantial de tu heroica locura. ¿No es 
así, buen caballero? Acaso ni tú lo sospecha- 
bas. , ^1 

Adéntrate en tí mismo y escudriña y ahonda. 

ly amores que no pueden romper el vaso que 



112 MIGUEL DE UNAMUNO 

los contiene y se derraman hacia adentro, y 
los hay inconfesables, a los que el destino for- 
midable oprime y constriñe en el nido en que 
brotaron; el exceso mismo de aquéllos los cuaja 
y los encierra, la tremenda fatalidad de éstos 
los sublima y engrandece. Y presos allí, aver- 
gozándose y ocultándose de sí mismos, empe- 
ñándose por anonadarse, bregando por morir, 
pues que no pueden florecer a la luz del día y 
a la vista de todos, y menos fructificar, se ha- 
cen pasión de gloria y de inmortalidad y de he- 
roísmo. 

Dímelo aquí a solas, Don Quijote mío, dime: 
el intrépido arrojo que te llevó a tus proezas 
todas ¿no era acaso el estallido de aquellas an- 
sias de amor que no te atreviste a confesar a 
Aldonza Lorenzo? Si eras tan valiente ante to- 
dos ino es porque fuiste cobarde ante el blan- 
co de tus anhelos? De las íntimas entrañas de 
la carne te acosaba el ansia de perpetuarte, de 
dejar simiente tuya en la tierra; la vida de tu 
vida, como la vida de la vida de los hombres to- 
dos, fué eternizar la vida. Y como no lograste 
vencerte para dar tu vida perdiéndola en el amor, 
anhelaste perpetuarte en la memoria de las gen- 
tes. Mira, Caballero, que el ansia de inmortali- 
dad no es sino la flor del ansia de linaje. 

cNo te llevó acaso a llenar tus ratos ociosos 
con la lectura de los libros de caballerías el no 
haber podido romper tu mechosa vergüenza para 
llenarlos con el amor y las caricias de aquella 
moza labradora del Toboso? iNo es que bus- 
caste en esas ahincadas lecturas lenitivo, a la 
vez que alimento, a la llama que te consumía? 
Sólo los amores desgraciados son fecundos en 
frutos del espíritu; sólo cuando se le cierra al 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO ^3 

amor su curso natural y corriente es cuando sal- 
ta en surtidor al cielo; sólo la esterilidad tem- 
poral da fecundidad eterna. Y tu amor fué, Don 
Quijote mío, desgraciado por causa de tu insu- 
perable y heroico encojimiento. Temiste acaso 
profaneu-lo confesándoselo a la misma que te 1© 
encendía; temiste tal vez mancharlo primero y 
después malgastarlo y perderlo si lo llevabas a 
su cumplimiento vulgar y usado. Temblaste de 
matar en tus brazos la pureza de tu Aldonza, 
criada por sus padres en grandísimo recato y 
encerramiento. 

Y dime, ¿supo Aldonza Lorenzo de tus haza- 
ñas y proezas? De seguro que si de ellas supo 
algo le sirvió de soleiz y de comidilla y palique 
en los seranos y en las solanas. ¡Sería de haber 
oído a Aldonza Lorenzo cuando en sus invier- 
nos añosos, al amor de la lumbre del hogar, en 
el rolde de sus nietos, o en el serano de las co- 
madres, contara las andanzas y aventuras de 
aquel pobre Alonso Quijano el Bueno, que sa- 
lió lanza en ristre a enderezar entuertos, invo- 
cando a una tal Dulcinea del Toboso! í Recor- 
daría entonces tus miradas á hurtadillas, heroi- 
co Caballero? ¿No se diría acaso, a solas y ca- 
llandito, y en lo más adentró de sus adentros: 
«yo fui, yo fui la que le volví loco»? 

No necesitéis decírmelo, Don Quijote mío, por- 
que comprendo lo que debe ser sacrificar ante 
un altar, sin que el dios que sobre él se yergue 
se entere siquiera del sacrificio. Te lo creo sin 
que me lo jures, te lo creo a pie juntillas, sí; 
te creo que cruzan el mundo Aldonzas Lo- 
renzos que lanzan a inauditos heroísmos a 
Alonsos Quijanos y se mueren tranquilamen- 
te y en paz de conciencia sin haber conocido la 



114 MIGUEL DE UNAMUNO 

maternidad que les cupo en los heroísmos tales. 

Grande es una pasión que rompe por todo y 
quebranta leyes y arrolla preceptos y desenca- 
dena torrencialmente su caudal perinchido, pero 
es más grande aún, cuando temerosa de en- 
fangarse con las tierras que ha de arrastrar en 
su furiosa arremetida, se arremolina en sí y se 
condensa y se mete en sí misma, como querien- 
do tragarse a sí propia, luchando por deshacer- 
se en su imposibilidad misma, y revienta hacia 
dentro y convierte en inmenso piélago el cora- 
zón. cNo te sucedió esto? 

Y luego, ven más junto á mí, mi Don Quijo- 
te, y dímelo al oído del corazón; y luego, cuan- 
do la Gloria te ensalzaba {no suspiraste en tus 
entrañas por aquel inconfesado amor de tu ma- 
durez? ¿No la hubieras dado toda ella, a la glo- 
ria, por una mirada, no más que por una mira- 
da de cariño de tu Aldonza Lorenzo? Si ella, 
pobre hidalgo, si ella se hubiese dado cata de 
tu amor, y compadecida te hubiese ido un día 
y te hubiese abierto los brazos y entreabierto 
la boca, llamándote con los ojos, si ella se te 
hubiese rendido, venciendo tu contención gran- 
diosa y diciéndote: «te he adivinado, ven y no 
sufras» c^^ubieras buscado la inmortalidad del 
nombre y de la fama? Mas entonces ¿no se te 
habría disipado el encanto luego? Yo creo que 
ahora mismo, mientras te tiene apretada a su 
pecho tu Dulcinea y lleva tu memoria de siglo 
en siglo, yo creo que ahora todavía te envuel- 
ve cierta melancólica pesadurrtbre al pensar que 
ya no puedes recibir en hi pecho el abrazo ni en 
tus labios el beso de Aldonza, ese beso que 
murió sin haber nacido, ese abrazo que se fué 
para siempre y sin haber nunca llegado, ese 



VIDA D£ DON OUIjOTt Y SANCHO H5 

recuerdo de una esperanza en todo secreto y tan 
a soléis y a calladas acariciada. 

¡Cuántos pobres mortales inmortales, cuyo re- 
cuerdo florece en la memoria de las gentes, da- 
rían esa inmortalidad del nombre y de la fama 
por un beso de toda la boca, no más que por 
un beso en que soñaron durante su vida mor- 
tal toda! ¡Volver a la vida aparencial y terrena, 
encontTéurse de nuevo en el augusto instante que 
una vez ido ya no vuelve, quebrar el vergon- 
zante miedo, trizar el tupido respeto o romper 
la ley y luego deshacerse para siempre en los 
brcizos de la deseada!... 

Mientras Don Quijote hablaba á Vivaldo de 
Dulcinea del Toboso, entró Sancho, el buen 
Sancho, con la más maravillosa profesión de fe. 
Como Simón Pedro, que aun deseando plcm- 
téir tiendas en lo alto del Tabor para pasarlo 
allí bien y sin penalidades, y aun negando al 
Maestro, fué quien con más ardor le creyó y le 
quiso, así Sancho a Don Quijote. Pues mientras 
todos los que oían la plática entre Vivaldo y el 
Caballero y aun hasta los mismos pastores y 
cabreros conocieron la demasiada jaita de jui- 
cio de nuestro Don Quijote, sólo Sancho Panza 

pensaba nos dice Cervantes — que cuando stt 

amo decía era verdad, sabiendo él quién era y 
habiéndole conocido desde su nacimiento. ¡Oh 
Sancho bueno, Sancho heroico, Sancho quijo- 
tesco! Tu fe te salvará. Pues mientras los men- 
guados mercaderes toledanos pedían a Don Qui- 
jote, como los judíos a Jesús, señales para creer, 
un retrato de aquella señora aunque fuera tama- 
ño como un grano de trigo, Sancho el heroico 
pensaba que era verdad cuanto su amo decía, 
sabiendo quién era Don Quijote y habiéndole 



116 MIGUEL DE UNAMUNO 

conocido desde su nacimiento. Y las gentes li- 
jeras no quieren ver, Sancho heroico, la grande- 
za de tu fe y la fortaleza de tu ánimo y han dado 
en menospreciarte y calumniarte haciéndote pa- 
drón de lo que nunca fuiste. No quieren conocer 
que tu simpleza fué tan loca, tan heroica, como 
la locura de tu amo, pues que creíste en ésta. 
Y a lo más que llegan es a reprocharte de sim- 
ple porque creías esas cosas. Mas que no lo eras, 
ni tu sublime fe ima ceguera de embaucado, lo 
prueba el que dudando algo en creer aquello de 
la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal 
nombre ni tal princesa habia llegado jamás a 
tu noticia aunque vivías tan cerca del Toboso. 
La fe es algo que se conquista palmo a palmo y 
golpe tras golpe. Y tú, Sancho heroico, pues 
crees en tu amo y señor Don Quijote, llegarás a 
creer en su señora Dulcinea del Toboso, y ella 
te cojera de la mano y te llevará por los campos 
perdurables. 



CAPITULO XV 

Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó Don Quijote 
con topar con unos desalmados yangüeses. 



Terminado el episodio de Marcela, volvió Don 
Quijote a quedar solo con Sancho en los cami- 
nos del mundo. Determinado a ir en busca de 
1^ pastora Marcela y ofrecérsele se entró en el 
bosque donde ella entrara, y a las dos horas 
de andar buscándola dio en un apacible prado, 
donde comeron y descansaron los dos, amo y 
escudero. 

Suelto Rocinante, fuese a refocilar con unas 
jacas gzJlegas de unos arrieros yangüeses, ja- 
cas que le recibieron á coces y mordiscos y los 
arrieros remataron la suerte moliéndole a palos. 
Visto lo cual por Don Quijote y que no eran 
caballeros, sino gente soez y de baja ralea — el 
encontrarse apeado le curó de la ceguera de su 
locura — , demandó ayuda de Sancho, quien le 
hizo ver que no podían vengarse de más de 
veinte tan sólo dos y aun quizá uno y medio. 

Yo valgo por ciento — replicó Don Quijote — , y 
sin hacer más discursos, echó mano a su espada 
y arremetió á los yangüeses y lo mismo hizo 



118 MIGUEL DE UNAMUNO 

Sancho Panza incitado y movido del ejemplo de 
su amo. En lo que no se sabe qué admirar más, 
si el heroísmo quijotesco bajo la fe de yo valgo 
por ciento o el heroísmo sanchopancesco bajo la 
fe de que su amo valía por cien. La fe de San- 
cho en Don Quijote es aún más grande, si cabe, 
que la de su amo en sí mismo. Yo valgo por 
ciento, y sin hacer más discursos, echó mano á 
su espada y arremetió. Si crees que vales por 
ciento cpara qué discursos? La fe verdadera no 
razona ni aun consigo misma. 

Los yangüeses, al verse tantos contra dos, die- 
ron con ellos en tierra a estacazos, y así se aca- 
bó la aventura. 

Vinieron tos sarracenos 
y nos molieron a palos, 
que Dios ayuda a los malos 
cuando son más que los buenos. 

Y entonces pidió Sancho a su amo el bálsa- 
mo de Fierabrás y entonces pronunció Don Qui- 
jote aquellas tan profundas palabras de que él se 
tenía la culpa del percance y molimiento, por 
haber puesto mano a la espada contra hombres 
no armados caballeros como él y excitó a Sancho 
a que se tomase en casos tales la justicia por su 
mano. Con hombres no armados caballeros, con 
los que no lleven como tú encendida la lumbre 
del seso, sino que reciben luz de reflejo, con 
esos no discutas jamás, lector. Di tu palabra y 
sigue tu camino dejando que la roan hasta el 
hueso. f 

Y más profundo aún que su amo y señor es- 
tuvo Sancho al decir que era él hombre pacífi- 
co, manso y sosegado y sabía disimular cual- 
quiera injuria, porque tengo mujer e hijos que 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO ^119 

sustentar y criar — dijo. ¡Oh sesudo y discretí- 
simo Sancho! Y si supieras cuántos quedan aún 
que teniendo mujer e hijos que sustentaír y 
criar se nos vienen con requilorios de honor y 
dignidad, que deben ser un lujo permitido á los 
ricos tan sólo, a aquellos que tienen quienes 
sustenten y crien a su mujer e hijos y que aca- 
so les hacen una merced con dejarlos huérfa- 
nos y viuda, pues que las gentes no menguan 
por ello. Tal fué, Sancho amigo, según dicen, 
que yo en esto me callo, el error de tu pueblo 
y es que no quiso comprender que el honor 
dura tanto cuanto dura el bolso lleno. En ese su- 
blime y noble error estaba y sigue estando tu 
amo, que quiso entonces y allí, molido en tierra, 
sacarte de él y mostrarte que necesitabas valor 
para ofender y defenderte puesto que el día me 
nos pensado te verías señor de una ínsula. 

La de Marruecos te ofrecen ahora, y te dan 
las razones que te daba tu amo. Entre las cua- 
les Icis había de oro, como aquella de las mu- 
danzas de la fortuna. No hagas caso, pues, San- 
cho amigo, de eso de pueblos fuertes y pueblos 
moribundos, que el mundo da muchas vueltas 
y lo que te hace impropio para la manera de 
triunfar en privanza hoy, eso mismo te hará aca- 
so mañana propiísimo para el modo venidero de 
triunfar. Tú eres paciente y de la paciencia es 
al cabo la victoria. Vale más tu paciencia que 
todo aquello que te decía tu amo de que salisteis 
de la pendencia con los yangüeses molidos pero 
no afrentados, porque las armas que aquellos 
hombres traían y con que os machacaron no 
eran otras que sus estacas. 

Dicen que dijo Felipe II al saber el venci- 
miento de su Armada Invencible que no la ha- 



120 MIGUEL DE UNAMUNO 

bía mandado a luchar con los elementos, y la 
última vez que nos han molido a cañonazos una 
armada, te dijeron también, Sancho amigo, que 
nos venció no el valor, sino la ciencia y la ri- 
queza. Pero tú te ríes de cuentos, oyes, callas 
y aguardas. Sigue aguardando, que en aguardar 
siempre está tu fortaleza. A ti no te dio pena el 
pensar si fué o no afrenta lo de los estacazos, 
sino el dolor de los golpes, y en eso ibas muy 
bien encaminado, porque el dolor de los golpes 
se pasa, pero el de la Eifrenta no, y quien hace 
pasajeros los dolores los ha vencido ya con ha- 
cerlos tales. Si bien, como te dijo tu amo, no 
hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni 
dolor que la muerte no le consuma y ésta es 
fuente de fortaleza, por serlo de paciencia y de 
consuelo. 

Tras estas y otras pláticas acomodó Sancho 
á Don Quijote sobre el asno y reanudaron ca- 
mino, hasta llegar a una venta. 



CAPITULO XVI 

De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imagi' 
naba ser castillo. 



Volvió a encontrar Don Quijote mujeres que 
hicieron con él oficio de mujer, mujeres com- 
pasivas y piadosas, pues entre la ventera, su 
hija y MEuritomes le hicieron una muy mala cama 
en que se acostó luego que le hubieron emplas- 
tado de arriba abajo. Agradeciólo Don Quijote 
haciendo a la ventera fermosa señora y a la 
venta castillo, con lo que las mujeres se maravi- 
llaron pareciéndoles otro hombre que los que se 
usan, y no les faltaba razón en parecerles así. 

Entonces es cuando dio Don Quijote en es- 
perar a la hija del señor del castillo, repentina- 
mente enamorada de él, y fué cuando al acu- 
dir Maritornes a saciar la carne al carnal arrie- 
ro, se encontró con el espiritual Cabsillero, que 
le endilgó un ingenioso discurso de disculpa, 
mostrándole ante todo que estaba tan molido y 
quebrantado que aunque de su voluntad quisie- 
ra satisfacer a la de ella, le sería imposible, y 
luego la fe prometida a la sin par Dulcinea dei 
Toboso, que si esas dos cosas no hubiera de 



122 MIGUEL DE UNAMUNO 

por medio, el no poder contentarla y lo otro, 
no fuera tan sandio caballero que dejara pasar 
tan venturosa ocasión en blanco. 

Esto es fina virtud y continencia de mérito, 
y lo demás tontería. Y tuvo esa virtud, como 
es natural, su recompensa, cual fué los puñe- 
tazos y pisotones que arreó a Don Quijote el 
bruto del arriero, que de puro rijoso ardía en 
chispas. Y acudió el ventero al ruido y se armó 
aquella tremolina de puñetazos que Cervantes 
cuenta. 



CAPITULO XVII 



Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo Don 

Quijote y su buen escudeco Sancho Panza pasaron en la venta, que 

por su mal pensó que era castillo. 



Cosas de encantamiento, de las que no hay 
para qué tomar cólera ni enojo, que como son 
invisibles y fantásticas, no hallaremos de quien 
vengarnos aunque más lo procuremos. ¡Y cómo 
llegaste, oh maravilloso Caballero, al hondón de 
la sabiduría, que consiste en tomar por invisi- 
bles y fantásticas las cosas de este mundo, y 
así, en virtud de tal tomadura, no enojarse por 
ellas! 

Porque iqué sino mano pegada á algún hra" 
zo de algún descomunal gigante pudo ser aque- 
llo que a deshora y cuando más en tu coloquio 
estabas vino a asentarte una puñada en las qui- 
jadas? Coséis son de otro mundo y recuerda 
8Í no cómo estando durmiendo una noche 
Iñigo de Loyola (de quiso el demonio ahogar 
el año de 1541 — como en el capítulo IX del 
libro V de su ViDA se nos cuenta — y fué así 
que sintió como una mano de hombre que le 
apretaba la garganta y que no le dejaba reso- 



124 MIGUEL DE UNAMUNO 

Wai ni invocar el Nombre Santísimo de Jesús», 
y aquello otro que contó el hermano Juan Pau- 
lo al P. Rivadeneira, según éste en el mismo 
capítulo nos lo cuenta, de cuando «durmiendo 
una noche como solía junto al aposento de Le- 
yóla, y habiéndose despertado a deshora, oyó 
un ruido como de azotes y golpes que le da- 
ban al Padre, y al mismo Padre como quien 
gemía y suspiraba. Levantóse luego y fuese a 
él, hallóle sentado en la cama, abreizado can 
la manta, y díjole: ¿Qué es esto, Padre, que 
veo y oigo? Al cual respondió: iY qué es lo 
que habéis oído? Y como se lo dijese, díjole el 
Padre: Andad, idos a dormir». 

Cosas son de otro mundo, y para curar sus 
efectos basta el bálsamo de Fierabrás. Sólo que 
no obra maravillosamente sino en los caballe- 
ros, y bien se vio en lo que le ocurrió con él a 
Sauícho. 

A poco de esto aconteció lo de convencerse 
Don Quijote de que estaba en venta y no en 
castillo, a una sola palabra del ventero, en que 
vuelve a verse, una vez más, cuan cuerdo era 
en su locura. Mas aun así, negóse muy caba- 
llerescamente a pagar, lo cual le valió á San- 
cho un manteamiento. Acabado el cual le dio 
de beber vino la piadosa Maritornes, Dios se 
lo pague, pues era la generosidad y el despren- 
dimiento mismos. Ella amó mucho, si bien a 
su manera, como todos, y por eso le serán per- 
donados sus refocilamientos con arrieros, ya que 
lo hacía de puro blanda de corazón. 

Creed que la dadivosa moza asturiana, más 
buscaba dar placer que no recibirlo, y si se en- 
tregaba era, como a no pocas Maritornes les su- 
cede, por no ver penar y consumirse a los hom- 



VI DA DE DON QUIJOTE Y SANCHO ^25 

bres. Quería purificar a los arrieros de los tor- 
pes deseos que les emporcaban la imaginación 
y dejarlos limpios para el trabajo. Presumía muy 
de hidalga — dice Cervantes — y por hidalguía con- 
certó ir a refocilarse con el arriero, y satisfacer- 
le el gusto en cuanto le mandase» no tomarlo. Ella 

dar quería 
o que deu para darse a oatureza 

aunque no hubiese leído á Camoens, de cuyos 
LUSIADAS es esta filosófica sentencia (IX, 76). 
Y por este sencillo desprendimiento, tan sin 
rebuscas de vicio como sin melindres de ino- 
cencia, se ha inmortalizado la moza asturiana. Vi- 
vía ella allende la inocencia y la malicia que de 
la pérdida de ella nace. 

Creed que hay pocos pasajes más castos. Ma- 
ritornes no es una moza del partido que por no 
trabajar o por ajenas culpas comercia con su 
cuerpo, ni es una pervertidora que embruja a los 
hombres encendiéndoles los deseos para apartar- 
les de su ruta y distraerles de su labor; es pura 
y sencillamente la criada de un mesón que traba- 
ja y. sirve, y alivia las gr avezas y remedia los 
aprietos de los viandantes, quitándoles un peso 
de encima para que puedan reawudar, más des- 
embarazados, su camino. No enciende deseos, 
sino que apaga los que otras, menos despren- 
didas, o el sobrante de la vida carnal habían 
encendido. Y creed que siendo pecaminoso esto, 
lo es mucho más encender deseos adrede, con 
ánimo de encenderlos, como hace la coqueta, 
para no apagarlos, que apagar los que encendió 
otra. No peca Maritornes ni por ociosidad y co- 
dicia, ni por lujuria; es decir, apenas peca. Ni 



126 MIGUEL DE UNAMUNO 

trata de vivir sin trabajar ni trata de seducir a 
los hombres. Hay un fondo de pureza en su gro- 
sera impureza. 

Fué buena con Sancho, que sahó de la ven- 
ta muy contento por no haber pagado. 



CAPITULO XVIII 



Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor 
Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas. 



Y volvió Don Quijote al manadero de toda 
fortaleza, cual es el de tomar a los hombres 
que mantean y aporrean por fantasmas y gen" 
te del otro mundo. No te enojes por lo que 
pueda acaecerte en este mundo aparencial; es- 
pera al sustancial o acójete a él, en el hondón 
de tu locura. Esa es la fe honda y verdadera. 
La cual flaqueó en Sancho, que por haber oído 
nombrar con nombres a los manteadores, los 
tomó por hombres de carne y hueso, y esto le 
bastó para pedir a su amo volverse al lugar en- 
tonces que era tiempo de la siega. 

Acudió su amo a confortarle en la fe, a lo 
que él oponía lo que por sus ojos había visto y 
en sus costillas sentido, pero le habló Don Qui- 
jote de Amadís y el escudero se aquietó. E hi- 
ciste bien, Sancho, pues te has de convencer 
de que cuando nos injurian o escarnecen o man- 
tean con sólo pensar que no son sino fantasmas 



128 MIGUEL DE UNAMUNO 

los manteadores, se nos derrite el rencor y es- 
tamos al cabo de cura. Acuérdate de que tus 
enemigos se han de morir. 

Y entonces dieron con la aventura de las dos 
manadas de ovejas, que tomó Don Quijote por 
dos ejércitos, y los describió tan puntualmente 
como quien lleva dentro de sí un mundo verda- 
dero. Y el bueno de Sancho, sumergido en el 
otro mundo, en el aparencial, en el de los mzin- 
teadores de carne y hueso, nada vio, quizá por 
encantamiento. ¡Oh Sancho admirable, y qué 
caudal de fe encierra ese tu quizá! Por un qui- 
zá empieza la fe que salva; quien duda de lo 
que ve, una miajica tan sólo que sea, acaba por 
creer lo que no ve ni vio jamás. Tú, Sancho, 
no oías sino balidos de ovejas y cameros, pero 
bien te dijo tu amo: El miedo que tienes te hace, 
Sancho, que ni veas ni oyas a derechas. 

El miedo, sí, y sólo el miedo a la muerte y a 
la vida nos hace no ver ni oir á derechas, esto 
es, no ver ni oir hacia dentro en el mundo sus- 
tancial de la fe. El miedo nos tapa la verdad, y 
el miedo mismo, cuando se adensa en congoja, 
nos la revela. 

Mandó Don Quijote a Sancho que se retira- 
se, pues el que sólo ve con los oxos de la car- 
ne, antes estorba que sirve en aventuras, y sin 
hacer caso de las voces del sentido terrenal, aco- 
metió al ejército de Alifanfarón de Trapobana. 
Y allí alanceó a su sabor corderos como Pizarro 
y los suyos alancearon en el corral de Cajamar- 
ca a los servidores del inca Atahualpa, que ni 
siquiera se defendían. Mas no así los pastores de 
los trapobanenses, que molieron a Don Quijote 
a pedradas, derribándole del caballo. 

Con ello volvió a tocar tierra con su cuerpo 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 129 

todo el Caballero, para recobrar como Anteo, 
fuerzas a su toque. Y estando en tierra llegó la 
voz del sentido común, por boca de Sancho, a 
reprenderle, pues eran ovejas, mas él supo opo- 
ner su fe a los encantamientos del maligno que 
le perseguía. Y consoló a Sancho, cuya fe fla- 
queaba de nuevo, con palabras evangélicas. 

Y luego les avino la aventura del cuerpo muer- 
to, cuyo mérito consistió en que habiendo la 
fantástica visión empezado por erizarle los ca- 
bellos de la cabeza a Don Quijote, supo éste ven- 
cer su miedo a lo fantástico, él, que no lo tenía 
a lo real, y en premio de tal victoria puso en fuga 
a los encamisados, que tomaron a Don Quijote 
por diablo del infierno. A los fantásticos con lo 
fantástico se les vence; con el miedo a los ame- 
drentadores. Y el miedo mismo llega a un punto 
en que si no mata a su presa, se realza y se con- 
vierte, pasando por congoja, en valor. 

Fué entonces, en medio de la fantástica aven- 
tura, cuando puso Sancho a Don Quijote el títu- 
lo de El caballero de la triste figura. 

Y después se entraron por un valle donde les 
ocurrió la aventura de los batanes, intentada 
por Don Quijote para morir haciéndose digno 
de poder llamarse de su señora Dulcinea, de la 
Gloria. Y a Sancho, su quebradiza fe le puso 
en la boca palabras conmovedoras para apartar 
de su empeño a su amo, y como no bastasen 
las palabras, acudió a la industria de trabar las 
patas a Rocinante. Y pasó todo lo demás que 
Cervantes nos cuenta, hasta que amaneció y 
vieron la causa de los temerosos ruidos, y San- 
cho se burló de su amo, que le asestó por ello 
dos palos, acompañándolos de las profundas pa- 
labras de porque os burláis no me burlo yo. 



1^0 



MIGUEL DE UNAMUNO 



Venid acá, señor alegre (pareceos á vos que 
si como éstos fueron mazos de batán fueran 
otra peligrosa aventura, no había yo mostrado 
el ánimo que convenía para emprendella y acá- 
baila? (Estoy yo obligado a dicha, siendo como 
soy caballero, a conocer y distinguir los sones, 
y saber cuáles son de batanes o no? 

La cosa está bien clara. Para enderezar en- 
tuertos y resucitar la caballería y asentar el bien 
en la tierra, no es menester distinguir de so- 
nes y saber cuáles son de batanes o no. Tal dis- 
tinción no es cosa que toque al heroísmo, ni 
los más de los conocimientos que por ahí se ense- 
ñan añaden un ardite a la suma de bien que 
haya en el mundo. El caballero harto tiene con 
atender y oir a su corazón y distinguir los sones 
de éste. 

Esta doctrina quijotesca hay que predicarla 
ahora en que el sanchopancismo no hace sino 
repetirnos que lo esencial es aprender a distin- 
guir los sones y saber cuáles son de batanes o 
no, sin advertir que mientras es de noche y le 
dura el miedo, tampoco Sancho los distingue, 
y eso que los oye y no hace falta verlos. San- 
cho necesita, para tener serenidad y atreverse 
a burlas, ver la causa que produce los sones, 
verla; Sancho, que de noche no se atreve a 
apartarse de su amo por miedo a los temerosos 
sones y por miedo no los distingue, búrlase de 
él cuando ve el artefacto que los produce. Así 
es con el sanchopancismo que llaman ya posi- 
tivismo, ya naturalismo, ya empirismo, y es que 
ha sido que pasado el miedo, se burla del idealis- 
mo quijotesco. 

iPor qué había de conocer Don Quijote, sien- 
do como era caballero, los sones? Y más que po- 



\ IDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 131 

dría ser, como es verdad — añadió — , que no los 
he visto en mi vida, como vos los habréis visto, 
como villano ruin que sois, criado y nacido en- 
tre ellos; sino, haced vos que estos seis mazos se 
vuelvan en seis jayanes, y echádmelos a las bar- 
bas uno a uno, o todos juntos, y cuando yo no 
diere con todos patas arriba, haced de mí la 
burla que quisiéredes. ¡Admirables razones! En 
lo esforzado del propósito y no en lo puntual del 
conocimiento, está el héroe. 

Mas la verdad es que conviene acompañe 
Sancho a Don Quijote y no se aparte de él. 
Sancho, como villano ruin que es, criado y na- 
cido entre batanes, en cuanto llega la noche y 
no los ve y oye sus temerosos sones, tiembla 
de miedo como un azogado y se arrima a Don 
Quijote y para que no se le vaya le traba las pa- 
tas a Rocinante, con lo que el Caballero no se 
puede mover y se libra acaso de una muerte 
cierta entre los batanes, pero luego que se hace 
de día ipor qué ha de burlarse del que le am- 
paró en su congoja, y le dejó llegar a la luz del 
día, pues acaso sin él habríase muerto de mie- 
do, o el miedo le habría arrojado en los bata- 
nes, más que su valor a su amo? Si inspiracio- 
nes del corazón y fe en lo eterno nos sacaron; 
de las congojas de la noche de la superstición! 
y del miedo a lo desconocido cpor qué cuando 
la luz de la experiencia luce hemos de burlar- 
nos de aquellas inspiraciones y de aquella fe? 
Y tanto más cuanto que volveremos a necesi- 
tarlas, pues si a la noche se sucede el día, vuel- 
ve nueva noche tras este nuevo día, y así entre 
luz y tinieblas vamos viviendo y marchando a 
un término que no es ni tinieblas ni luz, sino 
algo en que ambas se aunan y confunden, algo 



132 MIGUEL DE, UNAMUNO 

en que se funden corazón y cabeza y en que se 
hacen uno Don Quijote y Sancho. 

Hoy Sancho distingue de sones y sabe cuáles 
. son de batanes y cuáles no, siempre que sea de 
día y vea los mazos que los producen, pero de 
noche tiembla de miedo y nunca se atreve con 
seis jayanes, ni uno a uno ni con todos juntos, 
y hoy Don Quijote se atreve con los jayanes y 
no tiembla ni de noche ni de día, pero no distin- 
gue de sones y cuáles son de batanes y cuáles 
no. Día llegará en que fundidos en uno, o me- 
jor, quijotizado Sancho antes que sanchizado Don 
Quijote, no tenga aquél miedo y distinga de 
sones lo mismo de noche que de día y se atre- 
va con batanes y con jayanes. Pero es mal ca- 
mino para llegar a ello burlarse del Caballero 
y creer que todo estriba en distinguir de so- 
nes. No, no es la ciencia sola, por alta y hon- 
da, la redentora de la vida. 



CAPITULO XXI 



Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de 
Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible Caballero. 



Tras esto cotUró Don Quijote el yelmo de 
Mcimbrino, y Sancho, como despojo de la vic- 
toria, trocó los aparejos de su asno por los del 
asno del barbero, mejor repuesto que el suyo, 
y almorzaron de las sobras del real que del 
acémila despojaron. Y luego se pusieron a ca- 
minar por donde la voluntad de Rocinante qui- 
so, que se llevaba tras sí la de su amo y aun la 
del asno, y de camino se quejó Sancho de cuan 
poco se ganaba con aquellas aventuras. Y de- 
partiendo mostró haber calado la raíz del he- 
roísmo de su amo cuando le pidió salieran de 
aquellas aventuras donde ya que se venzan y 
acaben las más peligrosas, no hay quien las vea 
ni las sepa y así se han de quedar en perpetuo 
silencio y en perjuicio de la intención de vues' 
tra merced — dijo — , y se pusieran a servicio de 
algún emperador donde no faltaría quien pu- 
siera en escrito las hazañas de Don Quijote, para 
perpetua memoria. Y añadió, tocado ya de la 
locura de su amo: de loa mías no digo nada, 



134 MIGUEL DE UNAMUNO 

pues no han de salir de los límites escuderiles; 
aunque sé decir que si se usa en la cahalleria es- 
cribir hazañas de escuderos, que no pienso que 
se han de quedar las mías entre renglones. 

cQué es eso, Sancho? ¿Estás pensando tam- 
bién tú en dejar eterno nombre y fama? c An- 
das también enamorado, aunque sin saberlo, de 
Dulcinea? Tú no has tenido Aldonza Lorenzo 
que te encienda el amor a la inmortalidad, tú 
no has tenido amores de los que no se confiesan 
o no pueden confesarse, tú al llegar a edad y 
considerando que no está bien que el hombre 
esté solo, tomaste de mano del cura a Juana (Gu- 
tiérrez por compañera de tus faenas y para ma- 
dre de tus hijos, pero andas con Don Quijote, 
dejaste por él mujer e hijos, y te estás enquijo- 
tando ya. 

En esta plática, y al explicar Don Quijote 
cómo podría llegar a casarse con hija de rey, 
dijo: sólo falta ahora mirar qué rey de los cris- 
tianos o de los paganos tenga guerra y tenga 
hija hermosa; pero tiempo habrá para pensar 
esto, pues como te tengo dicho primero se ha 
de cobrar Jama por todas partes, que se acu- 
da a la corte, en que parece que la fama no 
la quiere para fin, sino como medio, a pesar de 
lo cual puede y debe asegurarse que no ha- 
bría dejado Don Quijote a Dulcinea por ningu- 
na hija de rey, por hermosa que ella fuese y 
poderoso y rico su padre. Y continuando el 
hidalgo mostró dudas de que el rey le quisiese 
tomar por yerno, visto que no era de linaje 
de reyes o por lo menos primo segundo de 
emperador, temiendo perder por semejante fal- 
ta lo que su brazo tendría bien merecido. Bien 
es verdad — añadió — que yo soy hijodalgo de so- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 



135 



lar conocido, de posesión y propiedad, y de de- 
vengar quinientos sueldos; y podría ser que el 
sabio que escribiese mi historia deslindase de 
tal manera mi parentela y descendencia que me 
hallase quinto o sexto nieto de rey, y a segui- 
da de esto explicó a Sancho lo de las dos mane- 
ras de linajes que hay en el mundo: los que fue- 
ron y ya no son y los que son ya y no fueron. 

Y aquí encaja lo que dijo aquel capitán de 
que habla el Dr. Huarte, en el cap. XVI de su 
Examen de Ingenios y decía: «Señor, bien sé 
que vuestra señoría es muy buen caballero y 
que vuestros padres lo fueron también; pero yo 
y mi brazo derecho, a quien ahora reconozco 
por padre, somos mejores que vos y todo vues- 
tro linaje». Razón que hace alguna vez suya 
Don Quijote, declarándose hijo de sus obras 

Y así es; que mi humanidad empieza en mí y 
debe cada uno de nosotros más que pensar en 
que es descendiente de sus abuelos y estanque 
a que han venido acaso a juntarse tantas y tan 
diversas aguas, en que es ascendiente de sus 
nietos y fuente de los arroyos y ríos que de él 
han de brotar al porvenir. Miremos más que so- 
mos padres de nuestro porvenir que no hijos de 
nuestro pasado, y en todo caso nodos en que 
se recojen las fuerzas todas de lo que fué para 
irradiar a lo que será, y en cuanto al linaje to- 
dos nietos de reyes destronados. 



CAPITULO XXII 

De la libertad que dio Don Quijote a muchos desdichados que mal 
de su grado los llevaban donde no querían ir. 



Iban en esas y otras pláticas, cuando se le 
presentó a Don Quijote una de sus más grandes 
aventuras, si es que no la mayor de todas ellas, 
cual fué la de libertar a los galeotes. Que iban 
presos de por fuerza y no de su voluntad, y 
esto le basto a Don Quijote. 

Inquirió sus delitos, y de todo cuanto le dije- 
ron sacó en limpio que aunque les habían cas- 
tigado por sus culpas, las penas que iban a pa- 
decer no les daban mucho gusto, y que iban a 
ellas muy de mala gana, muy contra su volun- 
tad y acaso injustamente. Por lo cual decidió 
favorecerles, como a menesterosos y opresos de 
los mayores, pues parece duro caso hacer escla- 
vos a los que Dios y la naturaleza hizo libres; 
cuanto más, señores guardas — añadió Don Qui- 
jote — , que estos pobres no han cometido nada 
contra vosotros; allá se lo haya cada uno con su 
pecado; Dios hay en el cielo que no se descui- 
da de castigar al malo ni de premiar al bueno, 
y no es bien que los hombres honrados sean 



138 MIGUEL DE UNAMUNO 

Verdugos de los otros hombres no yéndoles nada 
en ello, y así pidió con mansedumbre que los 
soltaran. No lo quisieron hacer a buenas y arre- 
metió a malas contra ellos Don Quijote, quien 
ayudado por Sancho y los galeotes mismos, logró 
librarlos. 

Hay que pararse a considerar el ánimo esfor- 
zado y justiciero que en esta aventura mostró 
el hidalgo. Mi infortunado amigo Ángel Gani- 
vet, gran quijotista — lo cual es decir una cosa 
muy diferente y hasta opuesta a eso que suele 
llamarse cervantista — , el infortunado Ganivet, 
en su Idearium ESPAÑOL, atañedero, a esto dice: 

((El entendimiento que más hondo ha pene- 
trado en el alma de nuestra nación, Cervan- 
tes... en su libro inmortal, separó en absoluto 
la justicia española de la justicia vulgar de los 
Códigos y Tribunales; la primera la encarnó en 
Don Quijote y la segunda en Sancho Panza. 
Los únicos fallos judiciales moderados, pruden- 
tes y equilibrados que en el Quijote se contie- 
nen son los que Sancho dictó durante el gobier- 
no de su ínsula; en cambio los de Don Quijo- 
te son aparentemente absurdos, por lo mismo 
que son de justicia trascendental; unas veces 
j>eca por carta de más y otras por carta de me- 
nos; todas sus aventuras se enderezan a mante- 
ner la justicia ideal en el mundo, y en cuanto 
topa con la cuerda de galeotes y ve que allí hay 
criminales efectivos, se apresura a ponerlos en 
libertad. Las razones que Don Quijote da para 
libertar a los condenados a galeras son un com- 
pendio de las que alimentan la rebelión del 
espíritu español contra la justicia positiva. Hay, 
sí, que luchar por que la justicia impere en el 
mundo; pero no hay derecho estricto a casti- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 139 



gar a un culpable mientras otros se escapan 
por las rendijas de la ley; que al fin la impuni- 
dad general se conforma con aspiraciones no- 
bles y generosas, aunque contrarias a la vida 
regular de las sociedades, en tanto que el cas- 
tigo de los unos y la impunidad de los otros son 
un escarnio de los principios de justicia y de 
los sentimientos de humanidad a la vez.» Hasta 
aquí Ganivet. 

De deplorar es el que espíritu tan inventivo 
como el de nuestro granadino creyera, confor- 
me al común sentir, que Cervantes encarnó cosa 
alguna en Don Quijote, y no llegara a la fe, fe 
salvadora, de que la historia del ingenioso hi- 
dalgo fué, como en realidad lo fué, una histo- 
ria real y verdadera, y además eterna, pues se 
está realizando de continuo en cada uno de sus 
creyentes. No es que Cervantes quisiera encar- 
nar en Don Quijote la justicia española, sino 
que lo encontró así en la vida del Caballero, y 
no tuvo otro remedio sino narrárnoslo cual y 
como sucedió, aun sin alcanzársele todo su al- 
cance. Ni aun vio siquiera el íntimo contraste 
que surge del hecho de que fuese Don Quijote 
el castigador de los mercaderes toledanos, del 
vizcaíno y de tantos otros más, el mismo que 
negaba a otros derecho a castigcir. 

Quédase Ganivet en los umbrales del quijotis- 
mo al suponer que la justicia hecha por Don 
Quijote en los galeotes se fundara en que «no 
hay derecho estricto a castigar a un culpable 
mientras otros se escapan por las rendijas de la 
ley» y que es preferible la impunidad de todos 
a la ley del embudo. Podría, en efecto, soste- 
nerse que por tal razón se movió Don Quijote 
a libertar a los galeotes sobre el fund€anento de 



140 MIGUEL DE UNAMUNO 

haber dicho el mismo Caballero, en la arenga 
enderezada a los cabreros, y al hablar del si- 
glo de oro, que la ley del encaje aún no se ha- 
bía sentado en el entendimiento del juez, porque 
entonces no hahia que juzgar ni quien fuese 
juzgado. Mas aunque el mismo Don Quijote se 
engañara creyendo que fué ésta la razón de 
haber él dado libertad a aquellos desgraciados, 
es lo cierto que en lo más hondo de su corazón 
arraigaba tal hazaña. Y no os debe sorprender 
esto, lectores, ni debéis caer en la simpleza de 
tomarlo a paradoja, porque no es quien lleva 
a cabo una hazaña el que mejor conoce los 
motivos por que la cumplió, ni suelen ser las 
razones que en abono y justificación de nues- 
tra conducta damos, sino razones a posteriori, 
o para hablar en romance, de trasmano, mane- 
ra que buscamos para explicarnos a nosotros 
mismos y explicar a los demás el porqué de 
nuestros actos, quedándosenos de ordinario des- 
conocido el verdadero porqué. No niego que 
Do nQuijote creyera, con Ganivet y acaso con 
Cervantes, que libertó a los galeotes por horror 
a la ley del encaje y por parecerle injusto cas- 
tigar a unos mientras se escapan otros por las 
rendijas de la ley, pero niego que les libertara 
movido en realidad, y allá en sus adentros, por 
semejante consideración. Y si así no fuera ^con 
qué razón y derecho castigaba él, Don Quiíote 
como castigaba, sabiendo que escaparían los 
más del rigor dé su brazo? ¿Por qué castigaba 
Don Quijote si no hay castigo humano que sea 
absolutamente justo ? 

Don Quijote castigaba, es cierto, pero casti- 
gaba como castigan Dios y la naturaleza, inme- 
diatamente, cual en naturalísima consecuencia 



\ ID A DE DON QUIJOTE Y SANCHO ^41 

del pecado. Así castigó a los arrieros que fue- 
ron a tocar sus armas cuando las velaba, alzan- 
do la lanza a dos manos, dándoles con ella en 
la cabeza y derribándolos para tornar a pasearse 
con el mismo reposo que primero, sin cuidarse 
más de ello; así amenazó a Juan Haldudo el 
rico, pero soltándolo bajo su palabra de pagar 
a Andrés; así arremetió a los mercaderes tole- 
danos, no bien los oyó blasfemar contra Dul- 

ea; así venció a D. Sancho de Azpeitia, sol- 
tándolo bajo promesa de las damas de que 
iría a presentarse a Dulcinea; así arremetió a los 
yangüeses, al ver cómo maltrataban a Rocinan- 
te. Su justicia era rápida y ejecutiva; sentencia 
y castigo eran para él una misma cosa; conse- 
guido enderezar el entuerto, no se ensañaba en 
el culpable. Ya nadie intentó esclavizar nunca. 

Bien habría estado que al prender a cada uno 
de aquellos galeotes se les hubiera dado una 
tanda de palos, pero... ¿llevarlos a galeras? Pa- 
rece duro caso — como dijo el Caballero — hacer 
esclavos a los que Dios y lanaturaleza hizo libres. 
Y añadió más adelante: allá se lo haya cada uno 
con su pecado; Dios hay en el cielo que no se 
descuida de castigar al malo ni de premiar al 
bueno, y no es bien que los hombres honrados 
sean verdugos de los otros hombres no yéndoles 
nada en ello. 

Los guardas que llevaban a los galeotes los 
llevaban fríamente, por oficio, en virtud de man- 
damiento de quien acaso no conociera a los 
culpables, y los llevaban a cautiverio. Y el c£is- 
tigo, cuando de natural respuesta á la culpa, 
de rápido reflejo á la ofensa recibida, se con- 
vierte en aplicación de justicia abstracta, se hace 
algo odioso a todo corazón bien nacido. Nos 



142 MIGUEL DE UNAMUNO 

hablan las Escrituras de la cólera de Dios y d( 
los castigos inmediatos y terribles que fulmina 
ba sobre los quebrantadores de su pacto, perc 
un cautiverio eterno, un penar sin fin basadc 
en fríos argumentos teológicos sobre la infini- 
tud de la ofensa y la necesidad de satisfacciór 
inacabable, es un principio que repugna a 
cristianismo quijotesco. Bien está hacer seguir 
a la culpa su natural consecuencia, el golpe de 
la cólera de Dios o de la cólera de la natura- 
leza, pero la última y definitiva justicia es el 
perdón. Dios, la naturaleza y Don Quijote cas- 
tigan para perdonar. Castigo que no va segui- 
do de perdón, ni se endereza a otorgarlo al cabo, 
no es castigo, sino ocioso ensañamiento. 

Mas se dirá: pues si se ha de perdonar cpara 
qué el castigo? ¿Para qué, preguntas? Para que 
el perdón no sea gratuito y pierda así todo mé- 
rito; para que gane valor costando adquirirlo, 
teniendo que comprarlo con sufrir castigo; para 
que el delincuente se ponga en estado de reci- 
bir el fruto, el beneficio del perdón, borrado 
por el castigo el remordimiento que se lo impe- 
diría. El castigo satisface al ofensor, no al ofen- 
dido, y hasta le repugna a aquél el perdón gra- 
tuito, apare^éndosele como la más quintesen- 
ciada forma de la venganza, como flor de des- 
dén. El perdón gratuito es un perdón que se 
echa como de limosna. Los débiles se vengan 
perdonando, sin haber castigado. Agradecemos 
más el abrazo, si es cordial, después de la bofe- 
tada con que a nuestra provocación se responde. 

Cuando un hombre se siente ofendido, vese 
empujado a venganza, pero luego que se ven- 
gó, si es bien nacido y noble, perdona. De ese 
sentimiento de venganza brotó la llamada justi- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 143 

cia, intelectualizándolo, y muy lejos de enno- 
blecerse con ello, se envileció. El bofetón que 
suelta uno al que le insulta es más humano, y 
por ser más humano, más noble y más puro 
que la aplicación de cualquier artículo del có- 
digo penal. 

£1 fin de la justicia es el perdón y en nuestro 
tránsito a la vida venidera, en las ansias de la 
agonía, a solas con nuestro Dios, se cumple el 
misterio del perdón para los hombres todos. Con 
la pena de vivir y las penas a ella consiguientes 
se pagan las fechorías todas que en la vida se 
hubieren Jcometido; con la angustia de tener 
que morirse se acaba de satisfacer por ellas. Y 
Dios, que hizo al hombre libre, no puede con- 
denarle a perpetuo cautiverio. 

Allá se lo haya cada uno con su pecado; 
Dios hay en el cielo que no se descuida de 
castigar al malo ni de premiar al bueno. Aquí 
Don Quijote remite el castigo a Dios, sin de- 
cirnos como creía él que Dios castiga, pero no 
pudo creer, por mucha que su ortodoxia fuese, 
en castigos inacabables, y no creyó en ellos. Hay 
que remitir, sí, a Dios el castigar, pero no ha- 
ciéndole ministro de nuestras justicias, como 
tanto se acostumbra, cuando somos nosotros los 
que deberíamos ser ministros de la suya. 
C Quién es el mortal que osa pronunciar en nom- 
bre de Dios sentencias, dejando a Dios el ejecu- 
tarlas? ¿Quién es el que así hace a Dios minis- 
tro suyo? El que cree estar diciendo: «en nombre 
de Dios te condeno», lo que en realidad está 
queriendo decir es esto otro: «Dios, en mi nom- 
bre, te condena». Mirad bien que los que se 
arrogan ministerio especial de Dios es en el fon- 
do que pretenden que Dios les ministre a ellos. 



144 MIGUEL DE UNAMUNO 

Don Quijote no; Don Quijote que se creía mi- 
nistro de Dios en la tierra y brazo por quien se 
ejecuta en ella su justicia, pero como lo somos 
todos, Don Quijote le dejaba a Dios el juzgar 
de quién fuera bueno y quién malo y merced 
a qué castigo habría que perdonar a éste. 

Mi fe en Don Quijote me enseña que tal fué 
su íntimo sentimiento, y si no nos lo revela 
Cervantes es porque no estaba capacitado para 
penetrar en él. No por haber sido su evangelis- 
ta, hemos de suponer fuera quien más adentró 
en su espiritu. Baste que nos haya conservado 
el relato de su vida y hazañas. 

No es bien que los hombres honrados sean 
verdugos de los otros hombres, no yéndoles en 
ello nada. Don Quijote, como el pueblo de que 
es la flor, mira con malos ojos al verdugo y a 
todo ministro y ,ejecutO'r de justicia. Santo y 
bueno que se tome uno la justicia por su mano, 
pues le abona un natural instinto, pero ser ver- 
dugo de otros hombres para ganarse así el pan 
sirviendo a la odiosa justicia abstracta, no es 
bien. Pues la justicia es impersonal y abstracta, 
castigue impersonal y abstractamente. 

Ya os veo aquí, lectores timoratos, llevaros 
las manos a la cabeza y os oigo exclamar: ¡qué 
atrocidades! Y luego habláis de orden social y 
de seguridad y de otras monsergas por el estilo. 
Y yo os digo que si se soltase a los galeotes to- 
dos no por eso andaría más revuelto el mundo, y 
si los hombres todos cobraran robusta fe en su 
última salvación, en que al cabo todos hemos 
de ser perdonados y admitidos al goce del Se- 
ñor, que para ello nos crió libres, seríamos to- 
dos mejores. 

Bien sé que en contra de est^ me argüiréis 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 145 

con el ejemplo mismo de los galeotes y de cómo 
le pagaron a Don Quijote la libertad que les 
había devuelto. Pues no bien los vio sueltos, 
los llamó y diciéndoles que de gente hien na- 
cida es agradecer los beneficios que reciben, y 
uno de los pecados que más a Dios ofenden es 
la ingratitud, les mandó fuesen cargados de 
la cadena a presentarse ante la señora Dulcinea 
del Toboso. Los desdichados, llenos de miedo 
no fuese les prendiera de nuevo la Santa Her- 
mandad, respondieron por boca de Ginés de 
Pasamente, que no podían cumplir lo que Don 
Quijote les pedía, y se lo mudase en alguna can- 
tidad de avemarias y credos. Irritó al Caballero, 
que era pronto a la cólera, el desenfado de Pa- 
samente , y le reprendió. Y entonces hizo éste 
del ojo a sus compañeros y apartándose aparte 
comenzaron a llover tantas y tantas piedras so' 
bre Don Quijote... que dieron con él en el sue- 
lo. Y una vez en tierra, le golpeó uno y le quita- 
ron la ropilla y a Sancho el gabán. 

Lo cual debe enseñarnos a libertar galeotes 
precisamente porque no nos lo han de agrade- 
cer, que de contar de antemano con su agra- 
decimiento, nuestra hazaña carecería de valor. 
Si no hiciéramos beneficios sino por las grati- 
tudes que de ellos habríamos de recojer ípara 
qué nos servirían en la eternidad? Debe hacerse 
el bien no sólo a pesar de que no nos lo han de 
corresponder en el mundo, sino precisamente 
porque no han de correspondérnoslo. El valor 
infinito de las buenas obras estriba en que no 
tienen pago adecuado en la vida, y así rebosan 
de ella. La vida es un bien muy pobre para los 
bienes que en ella cabe ejercer. 

Pero viene aquí un pasaje tan triste como 

10 



146 MIGUEL DE UNAMUNO 

hermoso, pues mostrándonos una carnal flaque- 
za del Caballero, nos muestra que era de carne 
y hueso como nosotros y como nosotros sujeto a 
las miserias humanas. 



CAPITULO XXIII 

De lo que aconteció al famoso Don Quijote en Sierra Morena, 
que fué una de las más raras aventuras que en esta verdadera his- 
toria se cuentan. 



V fué cuando, viéiMlose tan malparado, dijo a 
su escudero: siempre, Sancho, lo he oído de- 
cir, que el hacer bien a villanos es echar agua 
en la mar: si yo hubiera creído lo que me di- 
jiste, yo hubiera excusado esta pesadumbre; pero 
ya está hecho, paciencia y esGarmentar para 
desde aquí adelante. El pobre Caballero, tendi- 
do en tierra, siente flaquear su fe. Mas ved que 
acude en su ayuda Sancho, el heroico Sancho, 
y lleno de fe quijotesca, responde a su amo: Asi 
escarmentará vuestra merced como yo soy tur- 
co. Y ¡qué bien calaste, Sancho heroico, San- 

i cho quijotesco, que tu amo no podía escarmen- 
tar de hacer el bien y cumplir la justicia ver- 
dadera! 

Y por que apedrearan a Don Quijote y le 
robaran la ropilla c hemos de creer que no le 
iban agradecidos los galeotes y que la libertad 
no les mejoró el ánimo? Cuando le robaron la 
ropilla es que la necesitaban, y esto no excluía 



148 MIGUEL DE UNAMUNQ 

agradecimiento, pues una cosa es la gratitud y 
otra el oficio, y el de los más de ellos era el 
de ladrones. Y además c quién sabe si no es que 
querían llevarse una prenda suya como de re- 
cuerdo? cY que le apedrearon? Sí, por agrade- 
cimiento también. Peor habría sido que le hu- 
biesen vuelto las espaldas. 

Encimada la aventura de los galeotes y obe- 
deciendo Don Quijote a los ruegos de Sancho, 
que le pedía se apartaran de la furia de la San- 
ta Hermandad, mas no por miedo a ella, se en- 
traron en Sierra Morena, haciendo noche entre 
dos peñas y entre muchos alcornoques. Y aque- 
lla noche fué cuando robó su jumento a San- 
cho Ginés de Pasamonte, el desgraciado galeo- 
te. Y a poco hallaron la maleta de Cardenio 
y el montoncillo de escudos de oro que hizo 
exclamar a Sancho: bendito sea todo el cielo 
que nos ha deparado una aventura que sea de 
provecho. 

¡Ah Sancho veleta, vuelve a vencerte la car- 
ne y llamas aventura a eso de topar con un 
montoncillo de escudos de oro! Eres del país 
de la lotería. Se lo regaló su amo, que no iba 
a la busca de tales aventuras de dinero hallado. 
Interesóse más en los lamjentos amorosos que 
en la maleta se contenían, y al ver pasar sal- 
tando de risco en risco a un solitario, decidido 
a buscarle, mandó a Sancho lo atajase. Y en- 
tonces respondió éste aquellas notabilísimas pa- 
labras de: No podré hacer eso porque en apar- 
tándome de vuestra merced, luego es conmigo 
el miedo, que me asalta con mil géneros de so- 
bresaltos y visiones. 

cY cómo no, Sancho amigo, cómo no? Tu 
amo será, si quieres, loco de remate, pero ni 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 149 

supiste, ni sabes ni sabrás ya vivir sin él; rene- 
garás de su locura y de los manteamientos en 
que con ella te mete, pero si te deja, te acome- 
terá el miedo al verte solo. Tú sin tu amo es- 
tás tan solo que estás sin ti. Gustaste el amparo 
de Don Quijote, cobraste fe en él, si el mante- 
nimiento de tu fe te falta ¿quién te librará del 
miedo? ¿Es acaso el miedo otra cosa que la 
pérdida de la fe?, y ¿no se recobra ésta en fuer- 
za de miedo? Y la fe, amigo Sancho, es adhe- 
sión no a una teoría, no a una idea, sino a algo 
vivo, a un hombre real o ideal, es facultad de 
admireu: y de confiar. Y tú, Sancho fiel, crees 
en un loco y en su locura, y si te quedas a so- 
las con tu cordura de antes ¿quién te librará del 
miedo que te ha de acometer al verte solo con 
ella, ahora que gustaste de la locura quijotes- 
ca? Por eso pides a tu ¿uno y señor que no síí 
aparte de ti. 

Y tu Don Quijote, magnánimo y fuerte, te res- 
ponde: Así será, y yo estoy muy contento de 
que te quieras valer de mi ánimo, el cual no te 
faltará aunque te falte el ánima del duerpo. 
Ten fe, pues, Sancho, ten fe, que aunque te 
alte el ánima del cuerpo, no te faltará el ánimo 
de Don Quijote. La fe cumplió en ti su milagro; 
el ánimo de Don Quijote es ya tu ánimo y ya 
no vives tu en ti mismo, sino que es él, tu amo, 
quien en ti vive. Estás quijotizado. 

Entonces encontró Don Quijote a Cardenio 
y apenas vio al otro loco, loco de amor, le tuvo 
un buen espacio estrechamente entre sus brazos, 
como si de luengos tiempos le hubiera conocido. 
Y así era en verdad. Saludáronse y manifestó 
Don Quijote su propósito de servirle y si no 
hallaba remedio a su dolor, ayudarle a llorar 



15Ó MIGUEL DE UNAMUNÓ 

su desventura y a plañiría como mejor pudiera. 
Y al llorar y plañir la desventura de Cardenio 
cno llorarías y plañirías la tuya, buen Caba- 
llero? Al llorar los desdenes de Lucinda ¿no 
llorarías aquella contención que te impidió abrir 
el corazón a Aldonza? 

Hay, sin embargo, maliciosos en creer que 
todo ello era sólo para mover a Cardenio a que 
contase su historia, pues era Don Quijote cu- 
rioso en extramo y amigo de enterarse de vidas 
ajenas. 



CAPÍTULOS XXIV Y XXV 

Donde se prosigue la aventura de Sierra Morena 

y 

Que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al 
valiente caballero de la Mancha y de la imitación que hizo a la pe- 
nitencia de Beltenebros. 



Aquí Cervantes, no fiando demasiado en la 
virtualidad de la historia de su héroe, intercala 
la de Cardenio. Mas aun así nos contó la inte- 
rrupción de Don Quijote a Cardenio y cómo sa- 
lió a la defensa de la reina Madasina, ofendida 
por éste. Con lo cual quiso enseñarnos a que no 
toleremos se le ofenda a él por los qxie se 
obstinan en tratarle como a mero ente de razón, 
sin consistencia real. Y no es razón que los tales 
no estén en su cabal juicio, pues contra caer- 
dos y contra locos, como dijo en aquella oca- 
sión Don Quijote, debe volver uno por la ver- 
dad radical. Como por ella volvió el hidalgo. 
El cual si pecaba era de jactancioso, pues aun 
entonces afirmó que él se sabía las reglas de ca- 
ballería mejor que cuantos caballeros las profc 
saron en el mundo. 

Yendo después por aquellzis soledades de Sie- 



152 MIGUEL DE UNAMUNO 

rra Morena volvió a dar Don Quijote en su verda- 
dero tema, y fué al decir a Sancho que le lleva- 
ba par aquellas partes el deseo de hacer en ellas 
una hazaña con que he de ganar — dijo — perpe- 
tuo nombre y fama en todo lo descubierto de la 
tierra. Y para lograrlo se propone imitar a su 
modelo, Amadís de Gaula. Sabía bien que a la 
perfección se llega imitando a hombres y no tra- 
tando de poner en práctica teorías. Y para imi- 
tarle en la penitencia que hizo en la Peña Pobre, 
mudando su nombre en el de Beltenebros, deci- 
dió Don Quijote hacer en Sierra Morena del des' 
esperado, del sandio y del furioso, aventura más 
fácil que la de hender gigantes, descabezar ser- 
pientes, matar endriagos, desbaratar ejércitos, 
fracasar armadas y dehacer encantamentos. 

Y como el heroico loco era muy cuerdo, no 
quiso imitar a D. Roldan en lo de arrancar ár- 
boles, enturbiar las aguas de las claras fuentes, 
matar pastores, destruir ganados, abrasar cho- 
zas, derribar casas, arrastrar yeguas y otras cien 
mil insolencias dignas de eterno nombre y escri' 
tura, sino sólo en lo esencial y aun venir a con- 
tentarse con la sola imitación de Amadís, que sin 

/"" ; hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimien- 
V tos, alcanzó tanta faw.a como el que más. El 
. " punto estaba en alcanzar fama y renombre, y si 
/ las locuras de daño no eran para ello necesarias, 
^ eran ya locuras de locura. 

Y requerido por Sancho de por qué razón 
habría de volverse loco sin que Dulcinea le hu~ 
biese faltado, contestó con aquella preñadísima 
sentencia que dice: Ahí está el punto y ésa es 
la fuerza de mi negocio, que volverse loco un 
caballero andante con causa,, ni grado ni gra- 
cias; el toque está en desatinar sin ocasión y dari 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 153 

a entender a mi dama que si en seco hago esto, 
qué hiciera en mojado. Sí, Don Quijote mío, el 
toque .está en desatinar sin ocasión, en generosa 
rebelión contra la lógica, durísima tirana del es- 
píritu. Los más de los que en esta tu patria son 
tenidos por locos, desatinan con ocasión y con 
motivo y en mojado, y no son locos, sino maja- 
deros forrados de lo mismo, cuando no bellacos 
de lo fino. La locura, la verdadera locura nos 
está haciendo mucha falta, a ver si nos cura de 
esta peste del sentido común que nos tiene a 
cada uno ahogado el propio. 

Ahogado se lo tenía a Sancho, pues dudó de ti, 
heroico Caballero, cuando le hablaste de nuevo 
del yelmo de Mambrino y estuvo a punto de 
creer patraña tus promesas todas porque sus 
ojos carnales le hacían ver el yelmo como si fue- 
se bacía de barbero. Pero bien le respondiste: 
eso que a ti te parece bacía de barbero, me pa- 
rece a mí el yelmo de Mambrino y a otro le pa- 
recerá otra cosa. Esta es la verdad pura; el mun- 
do es lo que a cada cual le parece, y la sabidu- 
ría estriba en hacérnoslo a nuestra voluntad, des- 
atinando sin ocasión y henchidos de fe en lo ab- 
surdo. El carnal Sancho creyó, al ver empezar 
a Don Quijote la penitencia que iba de burlas 
y no de veras, mas desengañóle su amo. No, 
Sancho amigo, no, la verdadera locura va de ve- 
ras siempre; son los cuerdos los que van de 
burlas. 

Y ¡qué locura! Entonces fué cuando Don Qui- 
jote declaró a Sancho lo de ser Dulcinea Al- 
donza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo 
y de Aldonza Nogales, y Sancho nos declaró 
las prendas terrenales de ella, moza de chapa, 
hecha y derecha y de pelo en pecho, que tira- 



154 MIGUEL DE UNAMUNO 

ba la barra como el más forzudo zagal de todo 
el pueblo. Se puso un día encima del campana- 
rio de la aldea a llamar a unos zagales suyos 
que andaban en un barbecho de su padre y aun- 
que estaban de allí a media legua, asi lo oyeror 
como si estuvieran al pie de la torre. Y se la oye 
ahora, que convertida en Dulcinea, pregona \x 
nombre, Sancho socarrón. Tiene mucho de cor- 
tesana — añadió — ; con todos se burla y de todc 
hace mueca y donaire... Sí, de todos sus favo- 
ritos se burla la Gloria. 

Dejó de hablar Sancho, juzgando a Dulcinea, 
o mejor a Aldonza, según sus groseros ojazos, 
y su amo le contó el cuento de la viuda her- 
mosa, moza, libre y rica que se enamoró del 
mozo rollizo e idiota. Para lo que le quería... 
Sí, para el que quiere estrujar idealidad del mun- 
do nada hay en él de bajo ni de grosero, y muy 
bien puede Aldonza Lorenzo encarnar a Dul- 
cinea, 

Pero hay aquí algo más íntimo. Alonso Qui- 
\ jano el Bueno que había recatado en los más 
\^ recónditos recovecos de su corazón durante doce 
^ años aquel amor que fué acaso lo que llevándo- 
\ le a engolfarse en libros de caballería le llevó a 
hacerse Don Quijote, Alonso Quijano, roto aho- 
ra, merced a la locura caballeresca, su vergon- 
zante recato, confiesa a Sancho su amor. ¡A San- 
cho! Y al confesarlo, lo profana. El muy bella- 
co del escudero no se percata de lo que se le 
\ abre al conocimiento y a la confianza y habla 
, de Aldonza como de una garrida moza cual- 
quiera de lugar. Y entonces Don Quijote, ape- 
P> sadumbrado al ver cuan a lo burdo entendió 
;>^ Sancho sus amores, sin conocer que para todo 
buen enamorado es su amor único y comqj 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 155 



lo ha habido en la tierra antes, le cuenta la 
..Uitanciosa historia de la viuda y el idiota, para 
concluir en lo de por lo que yo quiero a Dub 
cinea del Toboso, tanto üale como la más 
alta princesa de la tierra. ¡Pobre Caballero! y 
cómo tuviste que callar y sepultar en lo más 
escondido de tu seno que a no haberte atado 
la vergüenza del de demasiado amor que se te 
prendió en el otoño de tus años, para otra cosa 
que para invocarla por los caminos bajo el nom- 
bre de Dulcinea habrías querido a la hermosa 
hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Noga- 
les! Di cno hubieras dado por ella la gloria, esa 
gloria que por ella ibas a buscar? 

Acabado el coloquio, escribió Don Quijote 
la csurta a Dulcinea, aun no sabiendo leer Al- 
donza Nogales, y la cédula de los tres pollinos 
que se entregarían a Sancho. ¡Ah, Sancho, San- 
cho, llevas el más grande de los cometidos, 
una misiva de amor a ¡Dulcinea, y necesitas 
llevar con ella una cédula de tres pollinos! 

Siguióse nuevo coloquio y en él dijo Don 
Quijote aquello de: A fe, Sancho, que a lo que 
parece no estás tú más cuerdo que yo. Cierto 
es ello, pues le contagiaste, noble Caballero. 

Al ir a partir Sancho, desnudóse su amo con 
toda piiesa los calzones, quedó en carnes y en 
pañales y luego sin más ni más dio dos zapa- 
tetas en el aire y dos tumbos la cabeza abajo 
y los pies en alto descubriendo cosas que por 
no verlas otra vez, volvió Sancho la rienc^a á 
Rocinante y se dio por satisfecho de que podía 
jurar que su amo quedaba loco. 



CAPITULO XXVI 



Donde »e prosiguen las finezas que de enamorado hizo Don Quijote 
en Sierra Morena. 



Y quedóse Don Quijote rezando en un rosa- 
rio de agallas grandes de alcornoque, paseán- 
dose por un pradecillo, escribiendo y grabando 
en las cortezas de los árboles y por la menuda 
arena muchos versos, suspirando y llamando a 
los faunos, silvanos y ninfas de aquellos con- 
tornos. 

¡Admirable aventura 1 ¡Aventura del género 
contemplativo más bien que del activo! Hay 
gentes, Don Quijote mío, ciegas al valor de es- 
tas aventuras de suspirar y dar sin más ni más 
zapatetas en el aire. Sólo el que las dio o es 
capaz de darlas, puede dar cima a grandes em- 
presas. Desgraciado del que a solas consigo 
mismo es cuerdo y cuida que los demás le 
miran. 

Esta penitencia de Don Quijote en Sierra Mo- 
rena nos trae a la memoria aquella otra de Iñigo 
de Loyola en la cueva de Manresa y sobre 
todo cuando en el mismo Manresa y en el mo- 
nasterio de Santo Domingo «vínole al pensa- 



158 MIGUEL DE UNAMUNO 

miento — como nos dice el P. Rivadeneira, li- 
bro I, cap. VI — un ejemplo de un santo que 
para alcanzar de Dios una cosa que le pedía, 
determinó de no desayunarse hasta alcanzarla. 
A cuya imitación — añade — propuso él también 
de no comer ni beber hasta hallar la paz tan 
deseada de su alma, si ya no se viese por ello 
a peligro de morir». 

Al terrránar un piadoso autor la vida de San 
Simeón Estilita, añade: ((esta vida es más para 
admirada que para imitada», y Teresa de Jesús, 
en el párrafo tercero del capítulo XIII de su 
Vida, nos dice que el demonio ((nos dice o hace 
entender que las cosas de los Santos son para 
admiradas, mas no para hacerlas los que so- 
mos pecadores)) y eso dice ella también, mas 
que ((hemos de mirar cuál es de espantar y 
cuál de imitar». Y así podría creerse que la 
penitencia de Don Quijote en Sierra Morena 
es más para admirada que para imitada. Pero 
yo os digo que de la misma fuente de que bro- 
taron sus más hazañosas proezas, de esa mis- 
ma fuente brotó también lo de las zapatetas en 
el aire, siendo inseparable lo uno de lo otro. 
Aquellas locuras encendieron su amor a Dul- 
cinea, y ese amor fué su brújula y su resorte 
de acción. 

Lo bello es lo superfino; lo que tiene su fin 
en sí; la flor de la vida. Y esas zapatetas en el 
aire son bellísimas, porque no tienen otro fin 
que el de darlas. Aunque sí, otro fin tuvieron, 
fin de propia educación. Oidme una parábola: 

Llegaron a segar un campo dos segadores. 
El uno, ansioso de segar mucho, empezó a cor- 
tar sin cuidarse de afilar la guadaña y al poco 
rato, mellada ella y embotado el filo, derribaba 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 159 

la yerba, mas sin cortarla. El otro, deseoso de 
segar bien, se pasó casi toda la mañana en afi- 
lar su instrumento, y al caer de la tarde ni éste 
ni aquél habían ganado su jornal. Así hay quien 
sólo se cuida de obrar sin afilar ni pulir su vo- 
luntad y su arrojo, y quien se pasa la vida en 
afile y pulimento, y en prepararse a vivir le 
llega la muerte. Hay, pues, que segar y pulir la 
guadaña, obrar y prepararse para la obra. Sin 
vida interior no la hay exterior. 

Y esas zapatetas sin más ni más en el aire, 
y esos rezos, esos grabados en las cortezas de 
los árboles, suspiros e invocaciones, son ejer- 
cicio espiritual para arremeter molinos, alan- 
cear corderos, vencer vizcaínos, libertar galeo- 
tes y ser por ellos apedreado. Allí, en aquel 
retiro y con aquellas zapatetas, se curaba de 
las burlas del mundo, burlándose de él, y des- 
ahogaba su amor; allí cultivaba su locura he- 
roica con desatinos en seco. 

En tanto tomó Sancho camino del Toboso y 
al llegar cerca de la venta en que lo mantearon, 
topó con el cura y el barbero de su lugar. Los 
cuales no bien le vieron, preguntáronle por Don 
Quijote y dónde quedaba, y Sancho, guiado de 
un certero instinto, intentó ocultarlo. Y ¡qué 
bien comprendías, fiel escudero, que los ma- 
yores enemigos del héroe son sus propios deu- 
dos y parientes, los que le quieren con cariño 
de la carne! No le quieren por él ni por su obra, 
sino quiérenle para ellos. No le quieren por su 
obra, que es su alma y su razón de ser; no le 
quieren en la eternidad, sino en el tiempo. Cuen- 
ta Marcos el evangelista, en el capítulo III de su 
Evangelio, que cuando Jesús había elegido sus 
apóstoles, estaba rodeado de mucha gente, 



160 MIGUEL DE UNAMUNO 

que ni aun podían comer pan (ver. 20) y al 
oirlo los suyos, o I Ticcp' auTOu, los de su fami- 
lia, su madre y hermanos, fueron á prenderle 
diciendo: «está fuera de sí», esto es, está loco 
(ver. 21) y al decirle al Maestro: «He ahí tu 
madre y tus hermanos que te buscain fuera», 
respondió diciendo: «¿Quién, mi madre y mis 
hermanos? He aquí mi madre y mis hermanos 
— ^y miró a los que le rodeaban — ; quien hiciere 
la voluntad de Dios ese es mi hermano y mi 
hermana y mi madre» (vers. 31 á 35). Para na- 
die es más loco el héroe, el santo, el redentor, 
que para su propia familia, para sus padres y 
hermanos. 

El cura y el barbero obraban al querer redu- 
cir a Don Quijote a su casa, conforme al cora- 
zón del alma y la sobrina del hidalgo, que le 
creían fuera de sí. Pero los sobrinos de Don 
Quijote son quienes se encienden en su hidal- 
ga caballerosidad, son sus parientes en espíri- 
tu. El héroe acaba por no poder tener amigos; 
por ser a la fuerza un solitario. 

Bien hizo, pues, Sancho en querer ocultar al 
cura y al barbero dónde paraba su amo, pero 
no le valió la treta, porque como estaba solo, 
sin el amparo de su señor, le atacaron por el 
miedo y le hicieron cantar de plano. Y lo can- 
tó todo, asombrando a los vecinos, que se ad- 
miraron de nuevo considerando cuan Vehemen- 
te había sido la locura de Don Quijote, pues 
había llevado tras sí el juicio de aquel pobre 
hombre, c Vehemente? Más que vehemente; 
contagiosa con el contagio del heroísmo. Y no 
puede ni debe llamarse pobre hombre a quien 
tan rico de espíritu se iba haciendo con sólo 
haber entrado a servir a tal caballero. 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 161 



No quisieron cansarse en sacarle del error 
en que estaba — agrega el historiador — , parecían 
doles que pues que no le dañaba nada la con- 
ciencia, mejor era dejarle en él y a ellos les se- 
ria de más gusto oir sus necedades. Ved cómo 
toman estos dos mundanos cura y barbero las 
cosas de Sancho; le dejan en lo que creen su 
error y era fe en el heroísmo, para sacar gusto 
de oir las que reputan sus necedades. Haced 
luego nada heroico o decid algo sutil o nuevo 
para dar gusto a los que os lo tomarán como 
mercis ingeniosidades. 

Presumo que leerán estos mis comentarios no 
pocos curas y barberos manchegos, o que me- 
recían serlo, y hcista llego a sospechar que los 
más de los que me los lean andarán más cerca 
que de otra cosa de aquellos cura y barbero, y 
creerán bueno dejarme en los que juzguen mis 
errores para sacar gusto de mis necedades. Di- 
rán, como si lo oyera, que sólo busco y rebus- 
co ingeniosas paradojas para hacerme pasar 
por original, pero yo sólo les digo que si no ven 
ni sienten todo lo que de pasión y encendi- 
miento de ánimo y hondas inquietudes y ardo- 
rosos anhelos pongo en estos comentarios a la 
vida de mi señor Don Quijote y de su escude- 
ro Sancho y he puesto en otras de mis obras, 
si no ven ni sienten eso, digo, los compadezco 
con toda la fuerza de mi corazón y los tengo 
por unos miserables esclavos del sentido común 
y unos espíritus aparenciales que se pasean en- 
tre sombras recitando de coro las viejas coplas 
de Calaínos. Y me encomiendo a nuestra seño- 
ra Dulcinea, que dará al cabo cuenta de ellos y 
de mí. 

En acabando de leer esto se sonreirán tam- 



162 MIGUEL DE UNAMUNO 

bien murmurando: ¡Paradojas! ¡Nuevas pzirado- 
jasl ¡Siempre paradojas! Pero venid acá, espíri- 
tus alcornoqueños, hombres de dura cerviz, ve- 
nid y decidme iqué entendéis por paradoja y 
queréis decir con eso? Sospecho que os queda 
otra dentro, desgraciados rutineros del sentido 
común! Lo que no queréis es remejer el poso 
de vuestro espíritu ni que os lo remejan; lo que 
rehusáis es zahondar en los hondones del alma. 
Buscáis la estéril tranquilidad de quien descan- 
sa en institutos extemos, depositarios de dog- 
mas, y os divertís con las necedades de Sancho. 
Y llamáis paradoja a lo que os cosquillea el 
ánimo. Estáis perdidos, irremisiblemente per- 
didos; la haraganería espiritual es vuestra per- 
dición. 



CAPÍTULO XXVll 

De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, 
con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia. 



Y volviendo a nuestra historia os recordfiré, 
pues cuantos me leís la conocéis ya, lo ideado 
por el cura y el barbero para sacar a Don Qm- 
jote de aquella penitencia, que juzgando curi- 
barberilmente e^stimaban inútij, vistiéndose el 
cura en hábito de doncella andante, ya que los 
curas acostumbran vestirse, como las donce- 
llíis y las que lo fueron, por la cabeza, y de escu- 
dero el rapa-barbas, e irse £isí adonde Don Qui' 
jote estaba, fingiendo ser ella una doncella afli 
gida y menesterosa y todo lo demás que se nos 
cuenta al respecto, para sacar a Don Quijote de 
Sierra Morena y llevarle a su casa. Y así, disfra- 
zado de doncella el cura, montado en su muía 
a mujeriegas y con el barbero, con su cola de 
buey por barba, fueron á seducir al Caballero. 
Y al poco cayó el cura en la cuenta de lo inde- 
cente que para su carácter era tal mojiganga y 
cambiaron los papeles. Le caía mejor barba de 
cola de buey que no vestido de doncella. Y en- 
gañaron a Sancho, al sencillo y fiel Sancho, para 
que vendiese a su amo dándole barbero por don- 
cella andante. 



CAPÍTULO XXIX 



Que trata de la nueva y agradable aveotura que ai cura y al barbero 
sucedió en la misma sierra. 



Mas ni aun esto fué menester, porque la suer- 
te les deparó a la hermosa Dorotea — casi todas 
las damas que figuran en esta historia son her- 
mosas — , que se prestó a hacer el papel de don- 
cella menesterosa, princesa Micomicona, y tan 
al vivo se atavió para ello, que cayó en el lazo 
el incauto Sancho. 

Estaba a todo esto Don Quijote en camisa, 
flaco, amarillo, muerto de hambre y suspirando 
por su señora Dulcinea. Ya vestido le encontró 
la princesa Micomicona, hincóse de hinojos ante 
él, pidióle Don Quijote que se levantara, re- 
husó ella hacerlo hasta que se le otorgara el don 
que pediría, siéndole de antemano otorgado por 
el Caballero, como no hubiera de cumplirse en 
daño o mengua de su rey, de su patria y de 
aquella que de su corazón y libertad tenía la 
llave. Esto es prometer con cautela y sin com- 
prometerse. Pidióle entonces la princesa se fue- 
ra con ella sin entrometerse en otra aventura 
hasta vengarla de un traidor que le tenía usur- 
pado el reino, y Don Quijote le aseguró podía 



166 MIGUEL DE UNAMUNO 

desechar toda melancolía, pues con la ayuda de 
Dios y la de su brazo veríase ella presto resti- 
tuida a su reino. Si Dios movía el brazo del 
Caballero, sobraba la segunda ayuda. Quiso la 
princesa besarle las manos, no lo consintió él, 
que en todo era comedido y cortés caballero, y 
se aprestó a seguirla. 

Aquí hay que admirar cómo unía y juntaba 
en uno Don Quijote su fe en Dios y su fe en sí 
mismo, al decir a la princesa lo que le dijo de 
cómo se vería presto restituida a su reino y sen- 
tada en la silla de su antiguo y grande estado, 
a pesar y a despecho de los follones que con- 
tradecirlo quisieren. Y es que no hay fe en sí 
mlslmo como la del servidor de Dios, pues éste 
ve a Dios en sí; como la fe del que, cual Don 
Quijote, si bien llevado del cebo de la fama, 
busca ante todo el reino de Dios y su justicia. 
Dásele todo lo demás por añadidura y a la cabe- 
za de todo lo demás fe en sí mismo, necesaria 
para obrar. 

Encontrándose los PP. Láinez y Salmerón con 
grandes dificultades de parte de la Señoría de 
Venecia para fundar el Colegio de Padua, y te- 
niendo por desahuciado el negocio, escribió Lái- 
nez a Iñigo de Loyola «en qué términos esta- 
ba, pidiéndole que para que Nuestro Señor le 
diese buen suceso, dijese una misa por aque 
negocio, porque él no hallaba otro remedio. Dije 
el Padre la misa, como se le pedía, el mismc 
día de la Natividad de Nuestra Señora, y aca- 
baba, escribió a Láinez: «Ya hice lo que me pe- 
distes; tened buen ánimo, y no os dé pena 
este negocio, que bien le podéis tener por aca- 
bado como deseáis. Y así fué». (Rivadeneira, li 
bro 111, cap. VL) 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 167 

Y viene lo triste de la aventura de Don Quijo- 
te, y es que entre tanto estábase el barbero aún 
de rodillas teniendo gran cuenta de disimular la 
risa y de que no se le cayese la barba, con cuya 
caída quizá quedaran todos sin conseguir su bue- 
na — según Cervantes — intención. Hasta aquí to- 
das han sido aventuras de las que la suerte le 
procuraba al hidalgo al azar de los caminos y 
veredas, aventuras naturales y ordenadas por 
Dios para su gloria; mas ahora empiezan las que 
le armaron los hombres y con ellas lo más re- 
cio de su carrera. Ya tenemos al héroe siendo, 
en cuanto héroe, juguete de los hombres y mo- 
tivo de risa; ya está la compañía de los hom- 
bres en campaña contra él. El barbero disimu- 
la* la risa paira no ser conocido. Sabe que 
la risa, arrancándonos la máscara de la se- 
riedad, barba tém quitadiza como postiza es, 
nos pone al descubierto. 

Empieza ahora, digo, lo triste de la carrera 
quijotesca. Sus más hermosas y más espontáneas 
aventuras quedan ya cumplidas; en adelante las 
más de ellas lo serán ya de tramoya y armadas 
por hombres maliciosos. Hasta aquí desconocía 
el mundo al héroe, y éste, a su vez, trataba de 
hacérselo a su antojo; ahora el mundo le cono- 
ce y le acepta, más para burlarse de él, y si- 
guiéndole el humor, fraguarle a su antojo. Ya 
estás, mi pobre Don Quijote, hecho regocijo y pe- 
ríndola de barberos, curas, bachilleres, duques y 
desocupados de toda laya. Empieza tu pasión, 
V la más amarga, la pasión por la burla. 

Mas por esto mismo ganan tus aventuras en 
profundidad lo que en arrojo pierden, porque 
concurre a ellas, sea como fuere y de un modo 
o de otro, el mundo. Quisiste hacer del mundo 



168 MIGUEL DE UNAMUNO 

tu mundo, enderezando entuertos y asentando la 
justicia en él; ahora el mundo recibe a tu mundo 
como a parte suya y vas a entrar en la vida co- 
mún. Te desquijotizas algo, pero es quijotizan- 
do a cuantos de ti se burlen. Con la risa los 
llevas tras de ti, te admiran y te quieren. Tú ha- 
rás que el bachiller Sansón Carrasco acabe por 
tomar en veras sus burlas, y pase de pelear por 
juego a pelear por honra. Déjale, pues, al bar- 
bero que se sotorría bajo sus barbas postizas. 
«He aquí el hombre», dijeron en burla a Cristo 
Nuestro Señor; «he aquí el loco», dirán de ti, 
mi señor Don Quijote, y serás el loco, el único, 
el Loco. 

Y Sancho, el pobre Sancho, sabedor en gran 
parte de la farsa, pues vio tras bastidores y en- 
tre bambalinas preparar la comedia, creía, sin 
embargo, con fe heroica, en el reino Micomicón 
y aun soñaba con traer de él negros y venderlos 
para enriquecerse. ¡Oh fe robusta! Y no se nos 
diga que se la atizaba la codicia, no; sino que 
era, por el contrario, su fe la que le despertaba 
la codicia. 

Hízose entonces el cura el encontradizo, sa- 
ludó a su vecino Alonso Quijano como a su buen 
compatriota Don Quijote de la Mancha, la flor 
y nata de la gentileza..., la quinta esencia de los 
caballeros andantes, consagrándole así juguete 
de sus convecinos, y el ingenioso hidalgo, así 
que le hubo conocido, intentó apearse, ya que el 
cura estaba en pie. Rendía parias al burlador, 
pues era éste, al fin y al cabo, el cura de almas 
de su pueblo. 

Un contratiempo hizo que se le cayeran las 
postizas barbas al barbero, y el cura acudió a 
pegárselas con un ensalmo de que se admir 



ü 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 169 

Don Quijote sobre manera y rogó al cura que 
cuando tuviese lugar le enseñase aquel ensal- 
mo. ¡Ay, mi pobre Caballero, y cómo empieza 
a obrar en ti la tramoya en que los burladores 
te envuelven! Ya no inventas tú las maravillas; 
'as inventem. 

Mas no contento el cura con su papel de bur- 
lador, quiso tomar el de reprensor también y 
enderezó una agria reprimenda al hombre va- 
liente que libertó a los galeotes, fingiendo no 
conocerlo. Y el Caballero, al cual se le mudaba 
la color á cada palabra, callaba, sin darse por 
aludido, pues era al fin su cura, su confesor el 
que hablaba. 



y 



CAPITULO XXX 



Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas 
de mucho gusto y pasatiempo. 



Y hubiera callado del todo, si Sancho no lo 
delata y dice que fué su amo quien dio libertad 
a aquellos grandísimos bellacos. Había hablado 
su hombre, el que para él era su mundo. Maja- 
dero — dijo a esta sazón Don Quijote — , a los ca- 
balleros andantes no les toca ni atañe averiguar 
si los afligidos, encadenados y opresos que en- 
cuentran por los caminos van de aquella mane- 
ra o están en aquella angustia por sus culpas o 
por sus gracias; sólo les toca ayudarles como a 
menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y 
no en sus bellaquerías, con todo lo demás que 
añadió, retando a quien le pareciese mal lo que 
había hecho, salva la santa dignidad del señor 
Kcenciado. Admirable respuesta, y digna corona 
a Ids razones que expuso al libertar a los galeo- 
tes. Natural era que el cura, como los demás 
curas con que en el curso de su obra topó el hi 
dalgo, discurriera por lo mundano y terrestre, 
que al fin los mundanos y terrestres le pagaban 
para que hiciese de cura, mas a Don Quijote 



172 MIGUEL DE UNAMUNO 

cumplíale sentir por lo divino y celestial. ¡Oh, mi 
señor Don Quijote, y cuándo llegaremos a ver 
en cada galeote ante todo y sobre todo un me- 
nesteroso, poniendo los ojos en la pena de sil 
maldad y no en otra alguna cosa! Hasta que a 
la vista del más horrendo crimen no sea la ex- 
clamación que nos brote: ¡pobre hermano! por 
el criminal, es que el cristianismo no nos ha ca- 
lado más adentro que el pellejo del alma. 

Prosiguiendo en sus burlas, a seguida de esto 
endilgó la princesa Micomicona a Don Quijote 
la sarta de disparates que había urdido para 
justificarse. Y dióse el triste caso de creérselas 
Don Quijote y Sancho, pues siempre el heroís- 
mo es crédulo. Y allí fué el reir de los burlado- 
res. Don Quijote renovó sus promesas, mas no 
aceptó lo de casarse con la princesa, cosa que 
disgustó a Sancho, y tales cosas dijo éste po- 
niendo a la Micomicona sobre Dulcinea, que su 
amo no lo pudo sufrir y alzando el lanzan, sin 
hablarle] palabra á Sancho y sin decirle esta 
boca es mía, le dio tales dos palos, que dio con 
él en tierra. 

Este silencioso castigo, lo único serio entre tan 
torpes burlas, nos levanta el ánimo, y serias y 
muy serias fueron las razones con que Don Qui- 
jote justificó su castigo, haciendo ver que si no 
fuese por el valor que infundía Dulcinea en su 
pecho, no le tendría para matar una pulga, pues 
no era el valor suyo, sino el de Dulcinea, el que 
tomando a su brazo por instrumento de sus ha- 
zañas, llevaba éstas a feliz término. Y así es en 
verdad que cuando vencemos es la Gloria la que 
por nosotros vence. Ella pelea en mi y Vence en 
mi, y yo viüo y respiro en ella y tengo vida y 
ser. ¡Heroicas palabras, que debemos llevar gra- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 173 



badas en el corazón! Palabras que son al quüo- 
tismo lo que al cristianismo es aquella sentencia 
de Pablo de Tarso: ((Con Cristo estoy juntamen- 
te crucificado, y vivo; no ya yo, mas vive Cristo 
en mí». (Gal. 11,20.) 

Y así es siempre en toda obra grande entre 
los hombres, y es que la tal obra, si ha de ser 
de veras grande, ha de hacerse en obsequio de 
hombre; de hombre o de mujer, mejor de mu- 
jer que de hombre. El fin del hombre es la hu- 
manidad y la humanidad personalizada, hecha 
individuo, y cuando toma por fin a la naturale- 
za es humanizándola antes. Dios es el ideal de la 
humanidad, el hombre proyectado al infinito y 
eternizado en él. Y así tiene que ser. iPor qué 
habláis de error antropocéntrico ? ¿No decís que 
una esfera infinita tiene el centro en todas par- 
tes, en cualquiera de ellas? Para cada uno de 
nosotros el centro está en sí mismo. Pero no 
puede obrar si no lo polariza; no puede vivir si 
no se descentra. Y ¿a dónde ha de descentrarse 
sino tendiendo a otrp como él? El amor de hom- 
bre a hombre, de hombre a mujer quiero decir, 
ha producido las maravillas todas. 

Yo oivo y respiro en ella y tengo vida y ser. 

1 decir esto de tu Dulcinea, mi Don Quijote, 
cno se acordaba tu Alonso el Bueno de aquella 
\ldonza Lorenzo por la que suspiró doce años 
sin atreverse a confesarle su inmenso amor? 
¡Vivo y respiro en ella! En ella vivió y respiró 
y tuvo vida y ser tu Alonso el Bueno, el que 
llevas dentro, metido en tu locura, en ella vivió 
y respiró doce largos años de cruel atormenta- 
dora cordura. Con ella amasó sus recatados en- 
sueños: de su dulce imagen, entrevista tan sólo 
cuatro veces, bebió sus esperanzas, pues que 



174 MIGUEL DE UNAMUNO 

jamás habría de isazonéirse en recuerdos. En 
ella tuvo vida y ser, una vida oculta y silenciosa, 
una vida que corría bajo su espíritu como las 
aguas del Guadiana corren un buen trecho b * ^ 
tierra, pero regando allí, en aquellos soterra 
ños, las raíces de las futuras heizañas de su i 
rrera. ¡Oh, mi Alonso el Bueno, vivir y respi 
rar en Aldonza, sin que ella lo sepa ni se oc 
cata de ello, tener la vida y el ser en la dulce 
imagen que alimenta el alma! 

Mas no se dio por vencido el carnal Sancho, 
sino que insistió en lo de que su amo se casase 
con la princesa, quedándole libre el amancebar- 
se luego con Dulcinea. íQué has dicho, Sancho, 
qué has dicho? ¡No sabes cómo atravesando el 
alma de Don Quijote has llegado a herir la he- 
bra más sensible del corazón de Alonso Qui ja- 
no! Además, Dulcinea no admite partijas ni 
aparcerías, y quien la quiera toda entera ha 
de entregarse todo y entero a ella. Muchos hay 
que pretenden casarse con la Fortuna y aman- 
cebarse con la Gloria, pero así les va, pues aqué- 
lla les araña de celos y ésta se burla de ellos, 
hurtándoseles. 

Y siguiendo en su plática amo y escudero, 
acabó aquél por pedirle perdón de los palos que 
le diera, sabido que Sancho no vio a Dulcinea 
tan despacio que hubiera podido notar su her' 
mosura y sus buenas partes punto por punto. 
Pero asi a bulto — añadió — me parece bien. Es 
la concesión que los Sanchos, cuando se les ha 
pegado, hacen, mintiendo, en pro de Dulcinea, 
a la que no han visto ni conocen. Y luego fué 
Sancho, instado por la princesa, a besar la mano 
a Don Quijote, pidiéndole perdón, y el genero- 
so hidalgo se lo otorgó, bendiciéndole. ¡Bendi- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 175 

tos dos palos del lanzón, Sancho amigo, que te 
han valido ser bendecido por tu amo! De seguro 

le al recibir el perdón tan redundante, diste 
por bueno el castigo que hizo lo merecieras. 

Apartáronse después cuno y escudero a de- 
partir de sus cosas, y entonces recobró Sancho 
su asno, encontrándose lo traía Ginés de Pasa- 
monte, disfrazado de gitano, el cual al ver a 
Don Quijote y su escudero, puso pies en polvo- 
rosa. 



CAPITULO XXXI 

De los sabrosos razonamientos que pasaron entre Don Quijote 
y Sancho Panza su escuelero, con otros sucesos. 



Y a seguida pasaron aquellos sabrosos raizo- 
namientos entre Don Quijote y Sancho acerca 
del encuentro de éste con Dulcinea. Cuando 
Sancho dijo haberla encontrado ahechando dos 
hanegas de trigo en un corral de su casa, res- 
pondió Don Quijote: Pues haz cuenta que los 
granos de aquel trigo eran granos de perlas to- 
cados de sus manos, y al decir Sancho que el 
trigo era rubión, pues yo te aseguro — dijo Don 
Quijote — que ahechado por sus manos hizo pan 
candeal, sin duda alguna. Agregó el escudero 
que al recibir la carta, mandó la ahechadora la 
pusiese sobre un costal, que no la podía leer 
hasta que acabara de acribar lo que allí tenía, 
a lo cual dijo Don Quijote: Discreta señora; eso 
debió de ser por leella despacio y recrearse en 
ella. Añadió Sancho que olía Dulcinea a hom- 
bruno, y no serta eso — respondió Don Quijo- 
te — , sino que tú debías de estar romadizado, 
o te debiste de oler á ti mismo, porque yo sé 
bien lo que huele aquella rosa entre espinas, 



178 MIGUEL DE UNAMUNO 

aquel lirio del campo, aquel ámbar desleído. 
Dijo luego Sancho que Dulcinea, no sabiendo 
leer ni escribir, rasgó y desmenuzó la carta en 
piezas, por que no se supiese en el lugar sus 
secretos, bastándole lo oído al escudero sobre 
las penitencias de su amo, y diciéndole quería 
ver a éste y se pusiese camino del Toboso. Cuan- 
do Sancho respondió a su amo no haberle dado 
Dulcinea, al despedirle, joya alguna, sino un 
pedazo de pan y queso por las bardas del co- 
rral, es liberal en extremo — dijo Don Quijote — y 
si no te di6 joya de oro, sin duda debió de ser 
porque no la tendría allí a la mano para dárte- 
la; pero buenas son mangas después de pascua; 
yo la veré y se satisfará todo. 

Ruego al lector relea todo este admirable 
diálogo, por cifrarse en él la íntima esencia del 
quijotismo en cuanto doctrina del conocimien- 
to. A las mentiras de Sancho fingiendo sucesos 
según la conformidad de la vida vulgar y aparen- 
cial, respondían las altas verdades de la fe de 
Don Quijote, basadas en vida fundament€J y 
honda. 

No es la inteligencia sino la voluntad la que 
nos hace el mundo, y al viejo aforismo esco- 
lástico de nihil volitum quin praecognitum, nada 
se quiere sin haberlo antes conocido, hay que 
corregirlo con un nihil cognitum quin praevoli' 
tum, nada se conoce sin haberlo antes querido. 



Que en este mundo traidor 
nada es verdad ni es mentira; 
todo es según el color 
del cristal con que se mira. 



como dijo nuestro Campoamor. Lo cual ha de 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 



179 



corregirse también diciendo que en este mun- 
do todo es verdad y es mentira todo. Todo es 
verdad en cuanto alimenta generosos anhelos y 
pare obras fecundas; todo es mentira mientras 
ahogue los impulsos nobles y aborte monstruos 
estériles. Por sus frutos conoceréis a los hom- 
bres y a las cosas. Toda creencia que lleve a 
obras de vida es creencia de verdad, y lo es de 
mentira la que lleve a obras de muerte. La vida 
es el criterio de la verdad, y no la concordancia 
lógica, que lo es sólo de la razón. Si mi fe me 
lleva a crear o aumentar vida ¿para qué que- 
réis más prueba de mi fe? Cuando las matemá- 
ticas matan, son mentira las matemáticas. Si ca- 
minando moribundo de sed ves una visión de 
eso que llamamos agua y te abalanzas a ella y 
bebes y aplacándote la sed te resucita, aque- 
lla visión lo era verdadera y el agua agua de 
verdad. Verdad es lo que moviéndonos a obrar 
de un modo o de otro haría que cubriese nuestro 
resultado a nuestro propósito. 

Uno de esos que se dedican a la llamada filo- 
sofía dirá que Don Quijote estableció en esa 
plática con Sancho la doctrina, ya famosa, de 
la relatividad del conocimiento. Claro está que 
todo es relativo, pero c^^o es relativa también 
la relatividad misma? Y jugando con los con- 
ceptos, o no sé si con los vocablos, podría de- 
cirse que todo es absoluto, absoluto en sí, re- 
lativo en relación a lo demás. En esto, en jue- 
go de palabras, cae toda lógica que no se basa 
en la fe y no busca en la voluntad su último 
sustento. La lógica de Sancho era una lógica 
como la escolástica, puramente verbal; partía 
del supuesto de que todos queremos decir lo 
mismo cuando expresamos las mismas palabras. 



180 MIGUEL DE UNAMUNO 

y Don Quijote sabía que con las mismas pala- 
bras solemos decir cosas opuestas, y con opues- 
tas palabras la misma cosa. Gracias a lo cual 
podemos conversar y entendernos. Si mi pró- 
jimo entendiese por lo que dice lo mismo que 
entiendo yo, ni sus palabras me enriquecerían 
el espíritu, ni las mías enriquecerían el suyo. 
Si mi prójimo es otro yo mismo cP^ra qué le 
quiero? Para yo, me basto y aim me sobro yo. 

Los granos de trigo son de rubión o de can- 
deal según las manos que los tocan, y aquellas 
manos, mi Don Quijote, no han de posarse en 
las tuyas. Y en lo que el Caballero estuvo pro- 
fundísimo fué en afirmar que si Dulcinea huele 
a hombruno a los Sanchos es porque están ro- 
madizados y se huelen a sí mismos. Aquellos a 
quienes el mundo sólo les huele a materia es 
que se huelen a sí mismos; los que sólo ven 
pasajeros fenómenos es que se miran a sí mis- 
mos y no se ven en lo hondo. No es contem- 
plando el rodar de los astros por el firmamento 
como te hemos de descubrir. Dios y Señor nues- 
tro que regalaste con la locura á Don Quijote 
es contemplando el rodar de los anhelos amo 
rosos por el cimiento de nuestros corazones. 

El pan y el queso que por las bardas del co 
rral te dio Dulcinea, se te ha convertido, San 
cho amigo, en joya de eternidad. Por ese par 
y ese queso vives y vivirás mientras quede er 
hombres memoria de hombres y aun much< 
más allá; por ese pan y ese queso con que tí 
creías mentir, gozas de verdad duradera. Que 
riendo mentir, decías la verdad. 

Siguieron departiendo amo y escudero y ei 
el curso de la plática volvió Sancho a sus tre 
ce de que se casase Don Quijote con la prince 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO ^81 

sa, y por rehusarlo le dijo: y ¿cómo está vues' 
ira merced lastim.ado de esos cascosl Paia. San 
cho la locura de su amo cifrábsise tan sólo 
en deJ2u: la fortuna por la Gloria, y así son los 
Sanchos todos; tienen por cuerdo al loco que 
con su locura prosperó en bienestar y suerte y 
estiman loco al cuerdo a quien su cordura le 
impidió cobrar fortuna. Sancho quería amai y 
servir a Dios por lo que pudiese; el puro amor 
no cupo en él. 



CAPITULO XXXll 

Que trata de lo que sucedió en la venta á toda la cuadrilla de 
Don Quijote. 



Después de estas pláticas, y del encuentro con 
Andrés, el criado de Juan Haldudo el rico, de 
quien dijimos, llegaron a la venta, y mientras 
dormía Don Quijote enzarzóse el cura con el 
ventero y su familia á hablar de libros de caba- 
llerías, y soltó lo de que los libros en que se 
narran las aventuras de Don Cirongilio y de Fé- 
lix Marte son mentirosos y están llenos de dis- 
parates y devaneos, y el del Gran Capitán lo es 
de historia verdadera, así como el de Diego 
García de Paredes. 

Pero véngase acá, señor Licenciado, y díga- 
me: ahora, al presente, y en el momento en 
que vuestra merced habla así ¿dónde estaban y 
están en la tierra el Gran Capitán y Diego Gar- 
cía de Paredes? Luego que un hombre se mu- 
rió y pasó acaso a memoria de otros hombres 
íen qué es más que una de esas ficciones poé- 
ticas de que abomináis? Vuestra merced debe 
eaber por sus estudios lo de operan aeqmiur 
eise, el obrar se sigue al ser, y yo le añado que 



184 MIGUEL DE UNAMUNO 

sólo existe lo que obra y existir es obrEur, y si 
Don Quijote obra, en cuantos le conocen, obras 
de vida, es Don Quijote mucho más histórico y 
real que tantos nombres, puros nombres, que 
andan por esas crónicas que vos, señor Licen- 
ciado, tenéis por verdaderas. Sólo existe lo que 
obra. Ese investigar si un sujeto existió o no 
existió proviene de que nos empeñamos en ce- 
rrar los ojos al misterio del tiempo. Lo que fué 
y ya no es, no es más que lo que no es, pero 
será algún día; el pasado no existe más que el 
porvenir ni obra más que él sobre el presente. 
¿Qué diríamos de un caminante empeñado en 
negar el camino que le resta por recorrer y no 
teniendo por verdadero y cierto sino el recorri- 
do ya? Y ¿quién os dice que esos sujetos cuya 
existencia real negáis no han de existir un día, 
y por lo tanto existen ya en la eternidad, y has- 
ta que no hay nada concebible lo cual en la eter- 
nidad no sea real y efectivo? 

Tenía razón el ventero, quijotizado ya — pues 
no en vano recibió bajo el techo de su casa al 
héroe — , tenía razón al deciros, señor Licencia- 
do: Callad, señor, que si oyese esto (las haza- 
ñas de don Cirongilio de Tracia) se üoloeria 
loco de placer: dos higas para el Gran Capitán 
y para ese Diego García que dice. En lo eterno 
son más verdaderas las leyendas y ficciones que 
no la historia. Y en la disputa entre vos, señor 
cura racionalista, y el ventero lleno de fe, lle- 
vaba éste la mejor parte. Lograsteis, sí, señor 
Licenciado, tentar la fe de Sancho, que oía la 
disputa, pero fe no conquistada entre tentacio- 
nes de duda no es fe fecxmda en obras dura- 
deras. 

Antes de proseguir conviene digeonos aquí 



V IDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 



185 



algo, aunque sea de refilón, pues otra cosa no 
merecen, de esos sujetos vanos y petulsmtes que 
se atreven a sostener que Don Quijote y Sancho 
mismos no han existido nimca, ni pasan de ser 
meros entes de ficción. 

Sus rsizones, aparatosas e hinchadas, no me- 
recen siquiera refutación; tan ridiculas y absur- 
das son. Da bascas y grima el oirías. Pero como 
hay personas sencillas que seducidas por la apa- 
rente autoridad de los que vierten tan apestosa 
doctrina, les prestan oído atento, conviene lla- 
marles la atención sobre ello y que se atengan 
a lo que viene ya recibido desde tanto tiempo, 
con asenso y aplauso de los más doctos y más 
graves. Para consuelo y corroboración de las 
gentes sencillas y de buena fe, espero, con la 
ayuda de Dios, escribir un libro en que se prue- 
be con buenas razones y con mejores y muy 
numerosas autoridades — que es lo que en esto 
vale — cómo Don Quijote y Sancho exisítieron 
real y verdaderamente, y pasó todo cuanto se 
nos cuenta de ellos, tal y como se nos cuenta. 
Y eJlí probaré que aparte de que el regocijo, 
consuelo y provecho que de esta historia se saca 
es razón más que bastante en abono de su ver- 
dad, allende esto, si se la niega hay que negsu: 
otras muchas cosas también y así vendríamos 
a zapar y socavar el orden en que se asienta 
hoy nuestra sociedad, orden que, como es sa- 
bido, es hoy el criterio supremo de la verdad de 
toda doctrina. 



capítulos XXXIII Y XXXIV 



Elstos dos capítulos se ocupan con la novela 
de El Curioso impertinente, novela por entero 
impertinente a la acción de la historia. 



CAPITULO XXXV 

Que trata de la brava y descomunal batalla que Don Quijote tuvo 

con unos cueros de vino tinto, y se da fin á la novela de El Curioso 

impertinente. 



Tras la disputa entre el cura y el ventero y 
estando leyendo la impertinente novela de El 
Curioso impertinente, ocurrió la triste aventura 
del acuchillamiento de los pellejos de vino por 
Don Quijote, en sueños y mientras dormía. De- 
bió Cervantes habernos callado esta aventura, 
aunque Don Quijote se ensayase en sueños para 
sus hazañas de despierto. Y menos mal que no 
fué sino vino lo que se perdió, y así se perdiese 
todo él, por la falta que hace. 

Para poder juzgar con justicia de esta aventu- 
ra sería menester conocer lo que no conoce- 
mos y es qué soñaba entonces Don Quijote. Juz- 
garla de otro modo sería un juicio como el que 
habría hecho uno de nuestros petulantes sabios 
si hubiese oído a Iñigo de Loyola cuando en el 
hospital de Luis de Antezana, en Alcalá de He- 
nares, hospital ((infamado en aquella sazón de 
andar en él de noche muchos duendes y tras- 
gos», al encontrarse una vez «a boca de noche)) 



190 MIGUEL DE UNAMUNO 



con que se estremeció todo el aposento, «se le 
espeluznaron los cabellos, como que viese al- 
guna espantable y temerosa figura; mas luego 
tornó en sí, y viendo que no había que temer, 
hincóse de rodillas y con grande ánimo comenzó 
a voces a llamar, y como a desafiar a los de- 
monios diciendo — según el P. Rivadeneira, en 
el capítulo IX del libro V de la VlDA nos cuen- 
ta — : Si Dios os ha dado algún poder sobre mí, 
infernales espíritus, heme aquí; ejecutadle en mí, 
que yo ni quiero resistir ni rehuso cualquiera 
cosa que por este camino venga; mas si no es 
ha dado poder ninguno ¿qué sirven, desventu- 
rados y condenados espíritus, estos miedos que 
me ponéis? ^Para qué andáis espantando con 
vuestro cocos y vanos temores los ánimos de los 
niños y hombres medrosos tan vanamente? Bien 
os entiendo; porque no podéis dañarnos con las 
obras, nos queréis atemorizar con esas falsas 
representaciones». Y añade el buen Padre his- 
toriador que «con este acto tan valeroso no sólo 
venció el miedo presente, mas quedó para adc 
lante muy osado contra las opresiones diabóli- 
cas y espantos de Satanás». 

Al narrar esta aventura de los pellejos el 
puntualísimo historiador nos descubre un por- 
menor secreto y es que tenía Don Quijote las 
piernas no nada limpias. Pudo habérselo calla- 
do. Pero en ello nos mostró que al fin el Caba- 
llero era de su casta, casta que nunca hizo en- 
trar el aseo entre los deberes caballerescos. Y 
tan es así, que aunque se nos diga de un ca- 
ballero español que era limpio, luego se ve que 
no extrema la virtud de la limpieza. Y así aun- 
que en el capítulo XVIII del libro IV de la VlDA 
DEL BIENAVENTURADO PaDRE IgNACIO DE LOYOLA 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 191 

nos diga de él Rivadeneira que «aunque amaba 
la pobreza, nunca le agradó la poca limpieza», 
en el capítulo Vil del libro V de la misma nos 
cuenta que «a un novicio dio penitencia rigu- 
rosa porque se lavaba las manos algunas veces 
con jabón, pareciéndole mucha curiosidad para 
novicio». Bien es verdad que entre las propie- 
dades en que se distingue el que tiene habili- 
dad perteneciente al arte militar, que era el 
profesado por Don Quijote y por Loyola, seña- 
la el Dr. Huarte, en el capítulo XVI de su ya 
citado Examen como la tercera de ellas el «ser 
descuidados del ornamento de su persona; son 
casi todos desaliñados, sucios, las calzas caídas, 
llenas de arrugas, la capa mal puesta, amigos 
del sayo viejo y de nunca mudar el vestido» y 
da la razón de ello diciendo que «el grande en- 
tendimiento y la mucha imaginativa hacen bur- 
la de todas las cosas del mundo, porque en nin- 
guna de ellas hallan valor ni sustancia», aña- 
diendo que í( solas las contemplaciones divinas 
les dan gusto y contento, y en éstas ponen la 
diligencia y cuidado, y desechan las demás». 

Verdad es que en tiempo de Don Quijote, 
Iñigo de Loyola y el Dr. Huarte no se había aún 
inventado esto de los microbios y de la asepsia y 
antisepsia, ni andaban las gentes tan embrujadas 
en pensar que en acabando con esos bichillos aca- 
baríamos o poco menos con la muerte, y que la 
felicidad depende de la higiene, género de su- 
perstición no menos dañoso ni menos ridículo que 
el de creer y pensar que abrazándose uno a la 
porquería gana el cielo. Un hombre sucio será 
siempre algo más que un cerdo limpio, aunque 
es mejor aún que se limpie el hombre. 

Y volviendo a la aventura, hay que notar cómo 



192 MIGUEL DE UNAMUNO 

Sancho, el buen Sancho, creía en el desca- 
bezamiento del gigante, y que el vino era sein- 
gre y todos reían. Todos reían, la ventera se que- 
jaba por la pérdida de sus cueros, a5aidándola 
Maritornes, y la hija callaba y de cuando en cuan- 
do se sonreía. ¡Poético rasgo! La hija, ensiniora- 
da de los libros de caballerías, se sonreía! ¡Dul- 
ce rocío sobre la pasión de risas que padecía 
Don Quijote! En aquel tormento de risotadas, 
la sonrisa de la hija del ventero era un hálito de 
piedad. 



CAPITULO XXXVI 

Que trata de otros raros sucesos que en la venta sucedieron. 



Tras esto se enredaron los sucesos de la ven- 
La con la llegada de nuevos comparsas, y el des- 
encanto de Sancho al encontrarse con que la 
princesa Micomicona era Dorotea, la de Fernan- 
do, lo cual bastó para persuadirle de que la ca- 
beza del gigante había sido un odre de vino. 

¡Oh. pobre Sancho, y cuan bravamente peleas 
Dor tu fe y cómo vas conquistándola entre turn- 
aos y desalientos, perdiendo hoy terreno en ella 
jara recobrarlo mañana! ¡Tu carrera fué una ca- 
rera de lucha interior, entre tu tosco sentido 
:omún, azuzado por la codicia, y tu noble aspi- 
¡ ación al ideal, atraída por Dulcinea y por tu 
mo! Pocos ven cuan de combate fué tu carrera 
scuderil; pocos ven el purgatorio en que vivis- 
e; pocos ven cómo fuiste subiendo hasta aquel 
Tado de sublime y sencilla fe que llegarás a 
lostrar cuando tu amo muera. De encantamien- 
)3 en encantamientos llegaste a la cumbre de la 
: salvadora. 



is 



CAPITULO XXXVIII 

Que trata del curioso discurso que hizo Don Quijote de las armas 
y las letras. 



Con el buen suceso de los encuentros de la 
venta aumentaron los burladores de Don Quijo- 
te, a los que enderezó éste su discurso de las le- 
tras y las armas. Y como no lo dirigió a cabreros, 
lo pasaremos por alto. 



1 



capítulos XXXIX. XL, XLI Y XLII 



Elstán llenos con la historia del cautivo y el re- 
lato de cómo encontró el oidor a su hermano. 



CAPITULO XLIII 



Donde se cuenta la agradable historia del mozo de muías, con otros 
extraños acaecimientos en la venta sucedidos. 



Dejemos lo del mozo de muías, que no nos 
importa. 

Reunida toda aquella gente, quedóse Don 
Quijote a hacer la guardia del castillo. Y el de- 
monio, que no descansa, insinuó a la hija de la 
ventera, la de la sonrisa, y a Maritornes, que hi- 
ciesen una burla á Don Quijote, en pago de su 
guardia. 

A sol£is y mientras hacía su guardia, recorda- 
ba en voz alta Don Quijote a su señora Dulci- 
nea, cuEmdo la hija de la ventera le comenzó a 
cecear y a decirle: señor mió, llegúese acá la 
vuestra merced, si es servido. Y el frágil Caballe- 
ro ablandóse y cedió, y en vez de hacer oídos 
sordos a los reclamos de retozona semidoncella, 
se metió a exponerle la imposibilidad en que 
estaba de satisfacerla, sin advertir el cuitado que 
discutir con la tentación, reconociéndola así be 
Hgerancia, es ya camino para ser vencido por 
ella. Y así fué que le pidieron una de sus ma- 
nos, llamándolas hermosas. Y el cuitado hidal- 



200 MIGUEL DE UNAMUNO 

go, rendido al requiebro, le dio la mano a que 
no había tocado otra de mujer alguna, y no para 
que la besara, sino para que por ella admirasen 
la fuerza del brazo que tal mano tenía. 

¿Admirar? ¿No ves, sencillo Caballero, el pe- 
ligroso juego en que te metes al dar tu mano a 
la admiración de unas damas? ¿No sabes acaso 
que la admiración de una mujer hacia un hom- 
bre no es sino forma de algo más íntimo que la 
admiración misma? No se admira sino lo que 
se ama, y en la mujer no hay mas que un modo 
de admirar al hombre. Y admirar no tus propó- 
sitos, no una obra o hazaña tuya, no tus pensa- 
mientos, sino admirar tu mano! ¡Oh, si hubie- 
ras logrado que la admirase Aldonza Lorenzo; 
que te la hubiese cojido entre las suyas para que 
por la contextura de sus nervios, la trabazón úe 
sus músculos, la anchura y espaciosidad de sus 
venas sacase qué tal debía ser la fuerza del bra- 
zo que tal mano tenía, y sobre todo la fuerza 
del corazón que regaba de sangre aquellas ve- 
nas! 

Cometiste, buen Caballero, una imperdona- 
ble Ujereza al dar á admirar tu mano a damas 
que te la pedían para burlarse He ti y lo pagaste 
caro. Lo pagó caro, porque se quedó preso de 
la mano por un cabestro. Maritornes y la hija 
del ventero se ¡fueron muertas de risa y le deja- 
ron asido de manera que fué imposible soltarse. 
Fíate luego de mujeres retozonas y regocijadas. 

Creyólo encantamiento Don Quijote y no era 
sino castigo a su blandura y petulancia. El héroe 
no debe dar a admirar sus manos, así sin más 
ni más y al primero o a la pnmera que las pida, 
sino guardarlas más bien de miradas curiosas y 
lijeras. iQué importa a los demás las manos con 



VI DA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 201 

que se hace las cosas? Fea costumbre es esa 
de meterse en casa del combatiente generoso y 
revisar sus armas, inquirir cómo trabaja y vive 
y examinarle las manos. Si escribes, que nadie 
sepa cómo escribes, ni a qué horas, ni con qué 
pluma ni de qué modo. 

En tanto Don Quijote maldecía ante si su 
poca discreción y discurso al no estar aler- 
ta frente á los encantamientos y alli fué el 
maldecir de su fortuna y el exagerar la falta 
que haría en el mundo su presencia y el acor" 
darse de nuevo de Dulcinea y el llamar a San- 
cho Panza y a los sabios Lirgandeo y Alquife, 
y a su buena amiga Urganda, y allí le tomó la 
mañana tan desesperado y confuso que brama- 
ba como un toro. Y aun así, preso de la mano, 
increpó a cuatro hombres de a caballo, que lla- 
maron a la venta al amanecer, mostrando en ello 
su indomable fortaleza. 



CAPITULO XLIV 

Donde se prosiguen lot inauditos sucesos de la venta. 



Y luego que Maritornes le soltó, temerosa de 
lo que sucediese, Don Quijote subió sobre Ro- 
cinante, embrazó su adarga, enristró su lanza 
y retó a quien dijese que había sido con justo 
título encantado, ¡Bravo, mi buen hidalgo! 

Procure siempre acertarla 
el honrado y principal; 
pero 8Í la acierta mal, 
deíendeiia, y no enmendarla 

como dice el conde Lozano a Peranzules en Las 
MOCEDADES DEL CiD. 

Los de a caballo fueron a su asunto, y Don 
Quijote, que vio que ninguno de los cuatro ca' 
minantes hacía caso de él, ni le respondían a 
su demanda, moría y rabiaba de despecho y 
saña... Sí, mi pobre Don Quijote, sí; gustamos 
más de que se rían de nosotros que no de que 
no nos hagan caso. Comprendo tu despecho y 
82Lña. Entre aquel corro de burladores lo peor 
para ti es que no hiciesen, ni aun de burlas, 
caso de tus retos ni bravatas. 



204 MIGUEL DE UNAMUNO 

Poco después de esto trabóse el ventero a 
puñetazos con dos huéspedes que buscaban es- 
currírsele sin pagar, y acudieron la ventera y su 
hija a Don Quijote como más desocupado, para 
que socorriese al marido y padre, a lo cual res- 
pondió muy de espacio y con mucha flema: jer 
mosa doncella, no ha lugar por ahora vuestro 
petición, porque estoy impedido de entremeter- 
me en otra aventura en tanto no diere cima a 
una en que mi palabra me ha puesto, añadien- 
do que corriese a decir a su padre entretuviera 
la batalla mientras él obtenía licencia de la prin- 
cesa Micomicona. Obtúvola, mas ni aun así puso 
mano a su espada Don Quijote, al ver que eran 
gente escuderil. E hizo bien. 

Pues qué ¿no hay sino acudir al Caballero 
cuando se nos antoja y ahora burlarnos de él y 
colgarle de la mano^y querer luego que nos 
sirva y acorra en nuestros aprietos con aquella 
misnia mano injuriada antqs? Está muy bien 
burlarse del loco, mas luego, cuando lo necesi- 
tamos acudimos a él. ¡Desgraciado del héroe 
que pone su heroísmo al servicio de los que 
se le vienen delante, y así lo rebaja! Si tu próji- 
mo anda a puñetazos con bellacos como él, dé- 
jale y allá se las haya, sobre todo si es porque 
quieren escurrírsele sin pagar; tu entremetimien- 
to será dañoso. No cuando él crea deber ser so 
corrido, sino cuando crea yo deber socorrerle 
No des a nadie lo que te pida, sino lo que en 
tiendas que necesita, y soporta luego su íngratí 
tud. 

A poco de esto entró en la venta el barberc 
del yelmo de Mambrino y la tramó con Sancho 
llamándole ladrón al ver los aparejos del suyc 
en el asno de éste, y Sancho se defendió brava 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 205 

mente contentando a su amo, que propuso en su 
corazón armarle caballero. Mentó el barbero la 
bacía y entonces se interpuso Don Quijote, y 
mandó traerla y juró que era yelmo y lo puso 
a la consideración de los allí presentes. ¡Subli- 
me fe que afirmó en voz alta, bacía en la mano, 
y a la vista de todos, que era yelmo! 



CAPITULO XLV 

Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de 
la albarda, y otras aventuras sucedidas con toda verdad. 



^Qué les parece a vuestras mercedes, seño' 
res — dijo el barbero — , de lo que afirman estos 
gentiles hombres, pues aún porfían que ésta no 
es bacía, sino yelmo? Y quien lo contrario dije- 
re — dijo Don Quijote — le haré yo conocer que 
miente si fuere caballero, y si escudero que re- 
miente mil Veces. 

Así, así, mi señor Don Quijote, así; es el va- 
lor descarado de afirmar en voz alta y á la vis- 
ta de todos y de defender con la propia vida 
la afirmación, lo que crea las verdades todas. 
Las cosas son tanto más verdaderas cuanto más 
creídas y no es la inteligencia, sino la voluntad, 
la que las impone. 

Bien hubo de verlo el pobre barbero de quien 
la bacía fué cuando no era aún yelmo. Primero 
fué Sancho, cuando Don Quijote dijo juro por 
la orden de caballería que profeso que este yeh 
mo fué el mismo que yo le quité, sin haber aña- 
dido en él ni quitado cosa alguna, quien agregó 
en tímido apoyo de su amo: En eso no hay duda, 
porque desde que mi señor le ganó hasta ahora 
no ha hecho con él más de una batalla, cuando 



208 MIGUEL DE UNAMUNO 

libró a los sin ventura encadenados; y si no fue- 
ra por este haciyelmo, no lo pasara entonces muy 
bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel 
trance. 

¿Bacíyelmo? ¿Badyelmo, Sancho? ¡No hemos 
de ofenderte creyendo que esto de llamarle ba- 
ciyelmo fué una de tus socarronerías, no!; es la 
marcha de tu fe. No podías pasar de lo que tus 
ojos te enseñaban, mostrándote como bacía la 
prenda de la disputa, a lo que la fe en tu amo te 
enseñaba, mostrándotela como yelmo, sin aga- 
rrarte a eso del baciyelmo. En esto sois muchos 
los Sanchos, y habéis inventado lo de que en el 
medio está la virtud. No, amigo Sancho, no; no 
hay baciyelmos que valgan. E^ yelmo o es bacía 
según quien de él se sirva, o mejor dicho es ba- 
cía y es yelmo a la vez porque hace a los dos 
trances. Sin quitarle ni añadirle nada puede y 
debe ser yelmo y bacía, todo él yelmo y toda 
ella bacía; pero lo que no puede ni debe ser, 
por mucho que se le quite o se le añada, es ba- 
ciyelTT.o. 

Más resueltos encontró el barbero de la bacía 
al otro barbero maese Nicolás, y a Don Fernan- 
do, el de Dorotea, y al cura y a Cardenio y al 
oidor, que con grande asombro de otros de los 
presentes lo diputaron por yelmo. Como burla 
pesada quiso tomarlo uno de los cuatro cuadri- 
lleros allí presentes, incomodóse, trató de bo- 
rrachos a los que afirmaban lo contrario, lanzóle 
un mentís Don Quijote y fuese sobre él y armó- 
se la de San Quintín, dándose de golpes los unos 
a los otros. Y fué Don Quijote quien con sus 
voces, y recordando la discordia del Céimpo de 
Agramante, apaciguó el cotarro. 

íQué? ¿Os extraña la general pendencia por 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 209 

81 era la bacía bacía o si era yelmo? Otras más 
entreveradas y más furiosas se han armado en 
el mundo por otras bacías y no de Mambrino. 
Por si el pan es pan y el vino vino, y por cosas 
parecidas. Eln torno a Caballeros de la fe se arre- 
dilan cameros humanos, y por llevarles el humor 
o por cualquier otra cosa sostienen que la bacía 
es yelmo, como aquellos dicen, y se vienen a 
las manos por sostenerlo, y es lo fuerte del caso 
que los más de cucintos pelean sosteniendo que 
es yelmo, tienen para sí que es bacía. El heroís- 
mo de Don Quijote se comunicó a sus burlado- 
res, quedaron quijotizados a su pesar, y Don 
Fernando medía con sus pies a un cuadrillero 
por haber éste osado sostener que la bacía no 
era yelmo, sino bacía. ¡Heroico Don Fernando! 

Ved, pues, a los burladores de Don Quijote 
burlados por él, quijotizados a su despecho mis- 
mo, y metidos en pendencia y luchando a brazo 
partido por defender la fe del Caballero, aun sin 
compartirla. Seguro estoy, aunque Cervantes no 
nos lo cuenta, seguro estoy de que después de 
la tunda dada y recibida, empezaron los parti- 
darios del Caballero, los quijotanos o yelmistas, 
a dudar de que la bacía lo fuera y a empezar a 
creer que fuese el yelmo de Mambrino, pues 
con sus costillas habían sostenido tal credo. Cum- 
ple afirmar aquí una vez más que son los márti- 
res los que hacen la fe más bien que la fe a los 
mártires. 

Eji pocas aventuras se nos aparece Don Qui- 
jote más grande que en esta en que impone su 
fe a los que se burlan de ella, y los lleva a defen- 
derla a puñetazs y a coces y a sufrir por ella. 

íY a qué se debió ello? No a otra cosa si no 
a su valor de afirmar delante de todos que aque- 

14 



210 MIGUEL DE UNAMUNQ 

lia bacía, que como tal la veía él, lo mismo que 
los demás, con. los ojos de la cara, era el yelmo 
de Mambrino, pues le hacía oficio de semejan- 
te yelmo. 

No le faltó ((esse descarado heroismo d'affir- 
mar, que, batendo na térra com pé forte, ou pa- 
ludamente elevando os olhos ao Ceo cria a tra- 
vés da universal illusao Sciencias e Religioes» 
como dice Ega de Queiroz al final de su A RE- 
LIQUIA. 

Es el valor de más quilates, el que afronta no 
daño del cuerpo, ni mengua de la fortuna ni me- 
noscabo de la honra, sino el que le tomen a uno 
por loco o por sandio. 

Este valor es el que necesitamos en España, y 
cuya falta nos tiene perlesiada el alma. Por fal- 
ta de él no somos fuertes ni ricos ni cultos; por 
falta de él no hay canales de riego ni pantanos, 
ni buenas cosechas; por falta de él no llueve más 
sobre nuestros secos campos, resquebrajados de 
sed, o cae a chaparrones el agua arrastrando el 
mantillo y arrasando a las veces las viviendas. 

Que í también esto os parece paradoja? Id poi 
esos campos y proponed a un labrador una me- 
jora de cultivo o la introducción de una nueva 
planta o una novedad agrícola y os dirá: «Eso 
no pinta aquí». acLo habéis probado?», pregun- 
taréis, y se limitará a repetiros: «Eso no pinta 
aquí». Y no sabe si pinta o no pinta, porque no 
lo ha probado, ni lo ensayará nunca. Lo proba 
ría estando de antemano seguro del buen éxito 
pero ante la perspectiva de un fracaso y tras é 
la burla y chacota de sus convecinos, tal vez e 
que le tengan por loco o por iluso o por mente- 
cato, ante esto se arredra y no ensaya. Y luegc 
se sorprende del triunfo de los valientes, de los 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 211 

que arrostran motajos, de los que no se atienen 
al «en donde fueres haz lo que vieres» y el 
«í adonde vas, Vicente?, ¡adonde va la gente!», 
de los que se sacuden del instinto rebañego. 

Hubo en esta provincia de Salamanca un 
hombre singular, que surgido de la mayor indi- 
gencia amasó unos cuantos millones. Estos cha- 
rros del rebaño no se explicaban tal fortuna sino 
suponiendo que había robado en sus mocedades, 
porque estos desgraciados, tupidos de sentido 
común y enteramente faltos de valor moral, no 
creen sino en el robo y en la lotería. Mas un día 
me contEU-on una proeza quijotesca de ese gíoia- 
dero, el Mosco. Y fué que trajo de las costas del 
Cantábrico hueva de besugo para echarla en una 
charca de una de sus fincas. Y al oirlo me lo ex- 
pliqué todo. El que tiene valor de arrostrar la 
rechifla que ha de atraerle forzosamente el traer 
hueva de besugo para echarla en una charca de 
Castilla, el que hace esto, merece la fortuna. 

cQue es ello absurdo? — decís. iY quién sabe 
qué es lo absurdo? ¡Y aunque lo fuera! Sólo el 
que ensaya lo absurdo es capaz de conquistar 
lo imposible. No hay mas que un modo de dar 
una vez en el clavo, y es dar ciento en la he- 
rradura. Y sobre todo no hay más que un modo 
de triunfar de veras: arrostrar el ridículo. Y por 
no tener valor para arrostrarlo tiene esta gente 
su agricultura en la postración en que yace. 

Sí, todo nuestro mal es la cobardía moral, la 
falta de arranque para afirmar cada uno su ver- 
dad, su fe, y defenderla. La mentira envuelve y 
agarrota las almas de esta casta de borregos mo- 
dorros, estúpidos por opilación de sensatez. 

Se proclama que hay principios indiscutibles 
y cuando se trata de ponerlos en tela de juicio, 



212 MIGUEL DE UNAMUNO 

no falta quien ponga el grito en el cielo. No ha 
mucho pedí que se pidiera la derogación de cier- 
tos artículos de nuestra ley de Instrucción Públi- 
ca, y una mazorca de mandrias se pusieron a 
berrear que era inoportuno e impertinente, y 
otras palabrotas más fuertes y más groseras. ¡In- 
oportuno! Estoy harto de oir llamar inoportunas 
a las cosas más oportunas, a todo lo que corta 
la digestión de los hartos y enfurece a los ton- 
tos. ¿Qué se teme? cQ^e se trabe pendencia y 
se encienda la guerra civil de nuevo? ¡Mejor que 
mejor! Es lo que necesitamos. 

Sí, es lo que necesitamos : una nueva guerra 
civil. Es menester afirmar que deben ser y son 
yelmos las bacías y que se arme sobre ello pen- 
dencia como la que se armó en la venta. Una 
nueva guerra civil, con unas o con otras armas. 
¿No oís a esos desgraciados de corazón engu- 
rruñido y seco que dicen y repiten que estas o 
las otras disputas a nada práctico conducen? 
cQué entienden por práctica esas pobres gen- 
tes? ¿No oís a los que repiten que hay discusio- 
nes que deben evitarse ? 

No faltan menguados que nos estén cantando 
de continuo el estribillo de que deben dejarse a 
un lado las cuestiones religiosas; que lo primero 
es hacerse fuertes y ricos. Y los muy mandrias no 
ven que por no resolver nuestro íntimo negocio, 
no somos ni seremos fuertes ni ricos. Lo repito, 
nuestra patria no tendrá agricultura, ni industria, 
ni comercio, ni habrá aquí caminos que lleven a 
parte adonde merezca irse mientras no descubra- 
mos nuestro cristianismo, el quijotesco. No ten- 
dremos vida exterior poderosa y espléndida y glo- 
riosa y fuerte mientras no encendamos en el co- 
razón de nuestro pueblo el fuego de las eternas 

i 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 213 

inquietudes. No se puede ser rico viviendo de 
mentira, y la mentira es el i>an nuestro de cada 
día para nuestro espíritu. 

cNo oís a ese burro grave que abre la boca y 
dice: «¡eso no puede decirse aquí»? iNo oís ha- 
hlai de paz, de una pciz más mortal que la muer- 
te misma, a todos los miserables que viven pre- 
sos de la mentira? ¿No os dice nada ese terrible 
artículo, padrón de ignominia para nuestro pue- 
blo, que figura en los reglamentos de casi todas 
las sociedades de recreo de España y que dice: 
«se prohibe discusiones políticas y religiosas»? 

¡Paz! ¡paz! ¡paz! Croan a coro todas las ranas 
y los renacuajos todos de nuestro charco. 

¡Paz! ¡paz! ¡paz! Sí, sea, paz, pero sobre el 
triunfo de la sinceridad, sobre la derrota de la 
mentira. Paz, pero no una paz de compromiso, 
no un miserable convenio como el que negocian 
los políticos, sino peiz de comprensión. Paz, sí, 
pero después que los cuadrilleros reconozcan a 
Don Quijote su derecho a afirmar que la bacía 
es yelmo; mas aún, después que los cuadrilleros 
confiesen y afirmen que en manos de Don Qui- 
jote es yelmo la bacía. Y esos desdichados que 
gritan «¡paz! ¡paz!» se atreven a tomar en labios 
el nombre del Cristo. Y olvidan que el Cristo dijo 
que él no venía a traer paz, sino guerra, y que por 
él estarían divididos los de cada casa, los padres 
contra los hijos, los hermanos contra los herma- 
nos. Y por él, por el Cristo, para establecer su rei- 
nado, el reinado social de Jesús — que es todo lo 
contrario de lo que llaman los jesuítas el reinado 
social de Jesucristo — , el reinado de la sinceridad 
y de la verdad y del amor y de la paz verdaderas; 
para establecer el reinado de Jesús tiene que ha- 
ber guerra. 



214 MIGUEL DE UNAMUNO 

¡Raza de víboras la de esos que piden paz! 
Piden paz para poder morder y roer y emponzo- 
ñar más a sus anchas. De ellos dijo el Maestro 
que «ensanchan sus filaterias y estienden los fle- 
cos de sus mantos» (Mar. XXIII, 5). ¿Sabéis qué 
es esto? Eran las ñlacterias unas cajitas que con- 
tenían pasajes de la Escritura y que llevaban los 
judíos en la cabeza y el brazo izquierdo en cier- 
tas ocasiones. Eran como esos amuletos que se 
cuelga del cuello de los niños para preservarles 
de no sé qué mal y consisten en unas bolsitas, 
bordadas muy cucamente, con lentejuelas, por 
alguna monja que, bordándolas, mató el aburri- 
miento, y dentro de las cuales bolsas se mete 
unos papelitos en que van impresos pasajes del 
Evangelio, de ese Evangelio que jamás habrá de 
leer el niño que lleva al cuello el amuleto, y en 
latín dichos pasajes, para mayor claridad. Eso 
eran las filaterias, y llevaban además los fariseos 
en los flecos o randas de los mantos pasajes tam- 
bién de las Escrituras. Era como eso que hoy lle- 
van muchos sobre la solapa de la levita o de la 
chaqueta: un corazón pintado en un disco de 
seco y duro barro. Y estos del amuleto, de lá 
filacteria moderna, estos y sus congéneres son los 
que osan hablar de paz y de oportunidad y de 
pertinencia. No, ellos mismos nos han enseñado 
la fórmula: no caben nefandos contubernios en- 
tre los hijos de la luz y los de las tinieblas. Y ellos, 
los cobardes servidores de la mentira, son los j 
hijos de las tinieblas, y nosotros, los fieles de 
Don Quijote, somos los hijos de la luz. 

Y volviendo a la historia vemos que se sose- 
garon todos, pero uno de los cuadrilleros em- 
pezó a examinar a Don Quijote, contra quien 
llevaba mandamiento de prisión por haber líber- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 215 

tado a los galeotes y asióle del cuello y pidió 
ayuda a la Santa Hermandad, pero revolvióse 
el Caballero contra él y por poco lo ahoga. Se- 
paráronlos, pero los cuadrilleros pedían su pre- 
sa, aquel robador y salteador de sendas y de 
carreras. 

Reíase de oír decir estas razones Don Quijo- 
te, reíase y hacía bien en reirse, él, de quien los 
otros se reían; reíase con risa heroica y caballe- 
resca, no burlona, y con mucho sosiego los re- 
prendió por llamar saltear caminos a acorrer a 
los miserables, alzar los caídos, remediar los me- 
nesterosos. Y allí, arrogante y noble, invocó su 
fuero de caballero andante, cuya ley es su espa" 
da, sus fueros sus bríos, sus premáticas su vo- 
luntad. 

¡Bravo, mi señor Don Quijote, bravo! La ley 
no se hizo para ti ni para nosotros tus creyen- 
tes; nuestras premáticas son nuestra voluntad. 
Dijiste bien; tenías bríos para dar tú solo cua- 
trocientos palos a cuatrocientos cuadrilleros que 
se te pusieran delante, o por lo menos para in- 
tentarlo, que en el intento está el valor. 



CAPITULO XLVI 

De la notable aventura de los cuadrilleros y la gran ferocidad de 
nuestro buen caballero Don Quijote. 



Y así los cuadrilleros hubieron de resignarse a 
pretexto de estar Don Quijote loco, y el barbe- 
ro hubo de avenirse a que la bacía era yelmo 
merced a ocho reales que por ella le dio el 
cura a socapa, que si por aquí hubiesen empe- 
zado habríase evitado la p>endencia, pues no hay 
barbero antiquijotano o baciísta que por ocho 
reales no declare que son yelmos las bacías to- 
das habidas y por haber, y más si antes le han 
carmenado las costillas por sostener lo contra- 
rio. Y ¡qué bien conocía el cura la manera de 
hacer confesar la fe a los barberos, que andan 
muy cerca de los carboneros! No sé cómo no se 
ha hecho la fe del barbero tan proverbial como 

del carbonero. Lo merece. 

Y no bien había llevado Don Quijote a sus 
burladores a pelear por fe que no comi>artían y 
lo sosegó luego todo, cuando trataron de en- 
jaularle y lo pusieron por obra, disfrazándose 
para ello. Sólo disfrazados pueden los burlado- 
res enjaular al Caballero. Encerráronle en una 



218 MIGUEL DE UNAMUNO 

jaula, clavaron los maderos y le sacaron en hom- 
bros con unas ridiculas palabras que declamó 
maese Nicolás para hacer creer a Don Quijote 
que iba encantado, como lo creyó. Y luego aco- 
modaron la jaula en un carro de bueyes. 



CAPITULO XLVll 



Del extraño modo con que fué encantado Don Quijote de la Mancha, 
con otros famosos sucesos. 



¡Ejicerrado en una jaula de madera tirada en 
carro de bueyes 1 Muchas y muy graves histo- 
UBiS de caballeros andantes había leído Don Qui- 
jote, pero jamás vio ni oyó que les llevasen de 
tal manera a los caballeros andíuites, sino siem- 
pre por los aires con extraña lijereza, encerra- 
dos en alguna parda y escura nube o en algún 
carro de fuego. Pero es que la caballería y los 
encantos de su tiempo seguían otro camino dis- 
tinto del seguido por los antiguos, y así cum- 
plía péura que se consumase la burlesca pasión 
de nuestro CabEillero. 

El mundo obliga a los caballeros a ir ence- 
ados en jaula y a paso de buey. Y aun finge 
que llora al verlos ir así, como lo fingieron la 
ventera, su hija y Maritornes. Y emprendió su 
camino la carreta, entre los cuadrilleros, llevsm- 
do Sancho de la rienda a Rocinante. Don Quijote 
iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendi- 
dos los pies y arrimado a las verjas con tanto si- 
lencio y tanta paciencia como si no fuera hom- 



220 MIGUEL DE UNAMUNO 

hre de carne... Y claro que no lo era, sino hom- 
bre de espíritu. Admiremos una vez más a Don 
Quijote en esta aventura, en su silencio y en su 
paciencia. 

Y no paró aquí su pasión, sino que yendo así 
hubo de topsu: con un canónigo, hombre de so- 
brado sentido común. Y a las primeras de cam- 
bio, enterándole Don Quijote de quién era, le 
mostró ingenuamente el fondo de su heroísmo, 
al decirle que era caballero andante, pero no 
de los olvidados de la fama, sino de aquellos 
que ha de poner ésta su nombre en el templo ac 
la inmortalidad, para que sirva de ejemplo y de- 
chado de los venideros siglos. 

¡Oh, mi heroico Caballero, que encerrado en 
jaula y a paso de bueyes llevado, aún crees, y 
crees bien, que tu nombre será puesto para los 
venideros siglos en el templo de la inmortalidad! 
Se admiró el canónigo al oir a Don Quijote y 
aún más de oir al cura confirmar lo dicho por él, 
cuando vele aquí que Sancho metió su malicioso 
juicio, dudando fuese encantado su amo, pues 
comía, bebía, hablaba y hacía sus necesidades, 
y encar4ndojfi_iiDiLjeLc_ura_le_ec^^^ la 

su ejnvidia. 

Acertaste, fiel escudero, acertaste; la envidia 
y sólo la envidia enjauló á tu amo, la envidia 
disfrazada de caridad, la envidia de los hombres 
cuerdos que no pueden sufrir locura heroica, la 
envidia que ha erigido al sentido común en ti- 
rano nivelador. Esclavos de él eran el canónigo 
y el cura ¡es natural! y se pusieron á departir 
aparte, ensartando el primero un sin fin de ram- 
plonadas y oquedades a cuenta de literatura. 

¡Y cuan profundamente castellana fué aquella 
plática entre canónigo y cura! En el contacto y 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 221 

trato de estos espíritus alcomoqueños, lejos de 
gastárseles el corcho de que están recubiertos, 
se les acrecienta, como con el roce crece, en 
vez de menguar, el callo. ¡Qué alegría hubieron 
de sentir al encontrarse tan reizonables el uno 
para el otro! Está visto que esta casta sólo 
llega a lo eterno humemo, a lo divino más bien, 
o cuando rompe gracias a la locura la corteza 
que le aprisiona el alma, o cuando con la simpli- 
cidad lugareña le rezuma el alma de ella. No le 
falta inteligencia; sino le falta espíritu. Es brutal- 
mente sensata, y el supuesto espiritualismo cris- 
tiano que dice profesar no es, en el fondo, sino 
el más crudo materialismo que puede concebir- 
se. No le basta sentir a Dios, quiere que le de- 
muestren matemáticamente su existencia, y aún 
más. necesita tragárselo. 



CAPITULO XLVIII 

Donde prosigue el canónigo ia materia de los libros de caballerías, 
con otras cosas dignas de su ingenio. 



Mientras cura y c2inónigo se satisfacían con 
volgciriclades, llegóse Sancho a su amo y le re- 
veló lo de ir allí el cura y el barbero del lugar- 
replicándole Don Quijote que bien podrían pa- 
recerle ellos mismos, pero no por eso debía 
creer que lo fuesen realmente, sino cosa de en- 
cantamiento para dar ocasión al pobre escude- 
ro a ponerse en un laberinto de imaginaciones. 
Y así es en verdad, que ni los curas ni los barbe- 
ros son lo que parecen, sino figuras de encanta- 
miento para meternos en un laberinto de imagi- 
naciones. Y agregó el Caballero: yo me veo en- 
jaulado y sé de mí que fuerzas humanas, como 
no fueran sobrenaturales, no fueran bastantes a 
enjaularme, (,qué quieres que diga o piense sino 
que la manera de mi encantamiento excede a 
cuantas yo he leído? 

¡Oh fe robusta y maravillosa! No hay, en efec- 
to, fuerza humana que pueda esclavizar y enjau- 
lar de veras a otro hombre, pues cargado de gri- 
lletes y esposas y cadenas será siempre libre el 



224 MIGUEL DE UNAMUNO 

libre, y si alguien se ve sin movimiento, es que 
se halla encantado. Habláis de libertad y buscáis 
la de fuera; pedís libertad de pensamiento en 
vez de ejercitaros en pensar. Desea con ansia 
volar, aunque llevado en el encierro de una jau- 
la y a paso de buey, y tu deseo hará que te bro- 
ten alas, y la jaula se te ensanchará convirtién- 
dosete en Universo y volarás por su firmamento. 
Todo contratiempo que te ocurra ten por seguro 
que proviene de encantamientos, pues no hay 
hombre capaz de enjaular a hombre. 

Pero Sancho no cejaba en su propósito para 
probarle a su amo que no iba encantado, como 
creía, le preguntó si le había venido gana de ha- 
cer lo que no se excusa, a lo que respondió Don 
Quijote: Ya, ya te entiendo, Sancho; y muchas 
veces, y aun ahora la tengo; sácame deste peli' 
gro, que no anda todo limpio. 



CAPITULO XLIX 

Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con 
su señor Don Quijote. 



Y entonces Sancho, triunfante, exclamó: /co- 
jido le tengo!, queriendo por ello probarle que 
no iba en verdad, como en verdad iba, encan- 
tado. A lo que respondió el Caballero: Verdad 
dices, Sancho, pero ya te he dicho que hay mu- 
chas maneras de encantamientos. 

Claro está, tantas como personas. Y de que 
sea uno esclavo de su cuerpo, jaula estrecha y 
pobre y más a paso de buey llevada que aque- 
lla en donde iba encantado nuestro hidalgo, de 
que sea uno esclavo de su cuerpo no se ha de 
sacar que no es toda la vida de este bajo mundo 
sino puro encantamiento. Así discurren los San- 
chos materialistas, que deducen no hay sino lo 
aparencial y lo que se ve y se toca y se huele de 
que tengamos todos, héroes y no héroes, que 
hacer aguas menores y mayores. La necesidad 
de tener que hacer lo que no se excusa es el 
argumento Aquiles del sanchopancismo filosófi- 
co, disfrácese como se disfrazare. Pero bien, 
^^"o Don Quijote: yo sé y tengo para mi que voy 

15 



226 MIGUEL DE UNAMUNO 

encantado, y esto me basta para la seguridad de 
mi conciencia. ¡Admirable respuesta que pone 
la seguridad de la conciencia por encima de los 
engaños de los sentidos 1 ¡Admirable respuesta 
que opone a las necesidades de limpiarse el cuer- 
po la necesidad de asegurarse la conciencia! Rara 
vez se ha dado una más robusta fórmula de la 
fe. Lo que basta para la seguridad de la con- 
ciencia eso es la verdad y sólo eso. La verde 
no es relación lógica del mundo aparencial a la 
razón, aparencial también, sino que es i>enetra- 
ción íntima del mundo sustancial en la concien- 
cia, sustancial también. 

Sacáronle a Don Quijote de la jaula para que 
hiciese lo que no se excusa, y limpio ya su cuer- 
po, pasó por otra más dura prueba y fué tener 
que oir las hueras sensateces del canónigo, em- 
peñado en demostrarle que ni iba encantado ni 
había caballeros andantes en el mundo. Y a ello 
respondió muy bien Don Quijote que si no era 
cierto lo de Amadís y Fierabrás, no lo sería más 
lo de Héctor y los Doce Pares y Roldan y el 
Cid. Y así es, como ya he dicho, pues hoy chay 
más realidad en el Cid que en Amadís ó en Don 
Quijote mismo? Mas el canónigo, hombre de 
dura cerviz y tupido de bastísimo sentido común, 
se salió, como todos los ergotistas más o menos 
canónigos, con simplezas como la de no haber 
duda de que hubo Cid, ni menos Bernardo del 
Carpió, pero sí de que hicieran las hazañas que 
de ellos se cuenta. Era, al parecer, el tal canóni- 
go uno de esos pobres hombres que manejan la 
crítica ó cedazo y se ponen a puntualizar, pape- 
lotes en mano, si tal cosa fué o no como se cuen- 
ta, sin advertir que lo pasado no es ya y que sólo 
existe de verdad lo que obra, y que una de esas 



VIDA DE DON QUIJOTE V SANCHO 227 

llamadas leyendas cuando mueve a obrar a los 
hombres, encendiéndoles los corazones, o les 
consuela de la vida, es mil veces más real que 
el relato de cualquier acta que se pudra en un 
archivo. 



CAPITULO L 

De las discretas altercaciones que Don Quijote y el canónigo tuvieron, 
con otros sucesos. 



cQue no son ciertos los libros de caballerías? 
Léalos y verá el gusto que recibe de su leyenda — 
retrucó triunfadorcimente Don Quijote. ¡Válga- 
me Dios, y que no comprendiese el canónigo la 
fuerza incontrastable de este argumento, cuan- 
do había tantas otras cosas tenidas por él como 
las más verdaderas de todas, más verdaderas aún 
que las percibidas por el sentido, y cosas cuya 
verdad se saca del consuelo y provecho que se 
recibe de ellas y de que bastan para la seguridad 
de la conciencia! Que todo un canónigo de la 
Santa Iglesia Católica Apostólica Romana no 
comprendiese cómo el consuelo, por ser con- 
suelo, ha de ser verdad, y no que hayamos de 
buscar en la verdad lógica consuelo. ¡Oh, y si 
aplicándolo a los libros de caballería celestial o 
de ultratumba, le hubiesen retrucado al canó- 
nigo el argumento! ¿Qué habría dicho enton- 
ces? ¿Si los argumentos que él enderezaba con- 
tra la locura caballeresca, se los hubiesen rebo- 
tado enderezados contra la locura de la cruz? 



230 MIGUEL DE UNAMUNO 

Don Quijote esgrimió el tan socorrido argumen- 
to del consentimiento de las gentes, ¿por qué 
no había de tener valor en su boca? Y sobre 
todo de mí sé decir — añadió — que después que 
soy caballero andante soy valiente, comedido, 
liberal, bien criado, generoso, cortés^ atrevido, 
blando, sufridor de trabajos... ¡Suprema razón! 
\ Suprema reizón que no podía rechazar el canóni- 
1 go, pues sabía bien que de haber hecho a los 
hombres humildes, mansos, caritativos y pron- 
¡tos a sufrir hasta la muerte, se deduce la verdad 
I de las leyendas que los hacen tales. Y si no los 
¡hacen así, entonces son mentira y no verdad las 
¡leyendas. 

j Pero ¡con qué canónigos se topa uno. Dios 
f mío, por esos andurriales de la vida! A este con 
' que topó Don Quijote y que era la sesudez 
en pasta, ino podría habérsele desentrañado un 
añico siquiera de locura? Es muy de dudarlo; 
el seso le había carcomido las entrañas. Estos 
hombres tan razonables no suelen tener sino ra- 
zón; piensan con la cabeza tan sólo, cuando debe 
pensarse con todo el cuerpo y con el alma toda. 
No consiguió el canónigo convencer a Don 
Quijote, ni era posible le convenciese. ¿Y por 
qué? Por la reizón misma que decía Teresa de 
Jesús (Vida, XVI, 5) que no logran los predi- 
cadores que dejen los pecadores sus vicios pú- 
blicos: fcporque tienen mucho seso los que los 
predican» y «no están sin él con el gran fuego 
del amor de Dios como lo estaban los apóstoles 
y ansí calienta poco esta llama». Y así Don Qui- 
jote había movido a sus burladores a que sostu- 
vieran y defendieran a costa de sus costillas que 
^ la bacía no era bacía sino yelmo, y el sesudo ca- 
nónigo no logró convencerle a él de que no bu- 



VIDA DE DON QUUOTE Y SANCHO ^31 

biese habido cabzilleros andeoites en el mundo, 
porque Don Quijote con el gran fuego del amor 
de Dulcinea, encendido y atizado secretamente 
por aquellas cuatro furtivas vistas de Aldonza 
en doce largos £iños de pensar, estaba sin seso 
y calentaba su llama a cuantos de buena fe se le 
acercaban. No hay sino ver a Sancho, que gra- 
cias a ello sintió que hasta conocer a su £uno j 
había vivido, aiui sin saberlo, en arrecidísima y 
vida. ^ 



capítulos li y LIl 

Que trata de lo que contó el cabrero á todos los que llevaban á 
Don Quijote 

y 

De la pendencia que Doo Quijote tuvo con el cabrero con la rara 

avcfitura de los disciplinantes, á quien dio felice fin á costa de su 

sudor. 



Ocurrió luego el lance del cabrero y la aven- 
tura de los disciplinantes, y a los pocos días en- 
traron al enjaulado caballero en su aldea, al 
mediodía de un domingo, para mayor burla y 
chacota. Y volvió Sancho lleno de fe en las ca- 
ballerías, como se lo mostró a su mujer, pues 
es linda cosa esperar los sucesos atravesando 
montes, escudriñando selvas, pisando peñas, vi- 
sitando castillos, alojando en ventas a toda dis- 
creción sin pagar ofrecido sea al diablo el ma' 
ravedí. 

Y así acabó la segunda salida del Ingenioso 
Hidalgo y la primera parte de su historia. 



SEGUNDA PARTE 



CAPITULO PRIMERO 



De lo que el cura y el barbero pasaron con Don Quijote cerca de 
su enfermedad. 



Cuando llevaba muy sosegado Don Quijote un 
mes ya en su casa, nutriéndose de cosas confor- 
tativas para el corazón y el cerebro, creyéronle 
los suyos curado de su heroísmo cabcJleresco. 
Fueron a tentarle y probarle y entonces ocurrió 
entre él y el cura y el barbero la plática aquella 
que nos ha conservado Cervantes y lo de ¡caba- 
llero andante he de morir! que dijo Don Quijo- 
te a su sobrina. Y a seguida el cuento del loco 
de Sevilla, por el barbero, y la melancólica res- 
puesta del hidalgo: Ah, señor rapista, señor ra- 
pista, y cuan ciego es aquel que no ve por tela 
de cedazo, y todo lo que a esto se sigue. 

En cierto tiempo en que yo corría una revuel- 
ta galerna íntima del espíritu, recibí una carta 
de un amigo en que a vueltas de mil elogios pera 
dorar la pildora me daba a entender que me 
tenía por loco, pues me desasosegaban cuida- 
dos que a él nunca le quitaron el sueno. Y al 
leerlo me dije: ¡Válgame Dios y cómo confun- 
den las gentes la locura con la mentecatería, pues 



238 MIGUEL DE UNAMUNO 

este mi pobre amigo por creerme loco me juz- 
ga tan ciego que no he de ver por tela de ce- 
dazo; ¡me tiene por tonto que no he de enten- 
derle I Pero me consolé pronto de la amistad de 
mi amigo. cNo ves que ese tan solícito amigo te 
toma por loco al colmarte de atenciones? 



CAPITULO II 

Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la 
sobrina y ama de Don Quijote, con otros sucesos graciosos. 



Mientras estaban en esas pláticas Don Quijo- 
te, el cura y el barbero, se armó en el patio una 
más que regular peltrera entre Sancho de un lado 
y del otro el ama y la sobrina, pues no querían 
éstas dejarle entrar, reprochándole de haber 
sido él quien distraía y sonsacaba a su señor y 
le llevaba por aquellos andurriales, y replicán- 
doles Sancho que él era el sonsacado y el dis- 
traído con engañifas. 

Alas cabe aquí hacer notar que acaso el ama 
y ia sobrina no andaban muy lejos de la verdad, 
pues ambos a la par* Don Quijote y Sancho, se 
sonsacaban y distraían y se llevaban mutuamente 
por los andurriales del mundo. El que cree diri- 
gir suele ser en mucha parte el dirigido, y la 
fe del héroe se alimenta de la que alcanza a in- 
fundir en sus seguidores. Sancho era la humani- 
dad para Don Quijote, y Sancho, desfallecido y 
enardeciéndose a veces en su fe, alimentaba la 
de su señor y amo. Solemos necesitar de que^ 
•^os crean para creernos, y si no fuera iñoñsb'uo- 



240 MIGUEL DE UNAMUNO 

sa herejía y hasta impiedad manifiesta sosten- 
dría que Dios se alimenta de la fe que en él te- 
nemos los hombres. Pensamiento que disfrazán- 
dolo con los dioses paganos, expresó profundí- 
sima y egregiamente Góngora en aquellos dos 
diamantinos — por la dureza y por el esplendor — 
versos que dicen: 

ídolos a los troncos la escultura, 
a los ídolos dioses hizo el ruego. 

En una misma turquesa forjaron a caballero y 
escudero, como suponía el cura. Lo más grande y 
más consolador de la vida que en común hicie- 
ron, es el no poderse concebir al uno sin el otro, 
y que muy lejos de ser dos cabos opuestos, como 
hay quien mal supone, fueron y son no ya las 
dos mitades de una naranja, sino un mismo ser 
visto por dos lados. Sancho mantenía vivo el 
sanichopancismo de Don Quijote y éste quijoti- 
zaba a Sancho, sacándole a flor de alma su en- 
traña quijotesca. Que aunque él dijera Sancho 
nací y Sancho pienso morir, lo cierto es que hay 
dentro de Sancho mucho Don Quijote. 

Y así cuando se quedaron solos, dijo el hidal- 
go a su escudero lo de juntos salimos* juntos fui- 
mos y juntos peregrinamos; una misma fortuna 
y una misma suerte ha corrido por los dos, y lo 
otro de soy tu cabeza y tú mi parte... y por esta 
razón el mal que a mí me toca o tocare, a ti te 
ha de doler y a mí el tuyo, preñadísimas pala- 
bras en que mostró el caballero cuan a lo hondo 
sentía lo uno y mismo que con su escudero era. 



capítulos III Y IV 

Del ridículo razonamiento que pasó entre Don Quijote, Sancho 
Panza y el bachiller Sansón Carrasco 

y 

Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de 

sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de 

contarse. 



Siguieron hablando de lo que de ellos se de- 
cía por el mundo, radical cuidado de Don Quijo- 
te, y luego hizo Sancho venir al bachiller Sansón 
Carrasco, bachiller por esta Salamanca de mis 
pecados, típico personaje que entra aquí en ta- 
blado. Es este bachiller por Salamanca el hom- 
bre más representativo, después de nuestros dos 
héroes, que en la historia de éstos juega papel; 
es el cogollo y cifra del sentido común amigo de 
burléis y regocijos, el cabecilla de los que traían 
y llevaban, dejándola uno para tomarla otro, la 
Vida del Ingenioso Hidalgo. Quedóse a comer 
con Don Quijote y de refilón a burlarse de él 
para hacer honor a su mesa. 

Y el candido Don Quijote — siempre lo fueron 
los héroes — al oir hablar de la historia que de 
sus hazañas andaba compuesta, se encendió en 

16 



242 MIGUEL DE UNAMUNO 

sed de renombre, pues una de las cosas que más 
debe de dar contento a un hombre virtuoso y 
eminente, es verse — ^dijo — viviendo andar con 
buen nombre por las lenguas de las gentes, im- 
preso y en estampa, y así y por ello decidió vol- 
ver a salir y declaró al bachiller su intento y cayó 
en la simplicidad de pedirle consejo de por qué 
parte comenzaría su jornada. 



CAPITULO V 

De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su 
mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación. 



De esta plática se saca muy en claro cómo ha- 
bía Don Quijote infundido en su escudero soplo 
de ambición y el del Sancho nací, Sancho he de 
morir, quería morir Don Sancho y señoría y abue- 
lo de condes y marqueses. 



CAPITULO VI 

De lo que paió A Don Quijote con su sobrina y con su ama; y es 
uno de los importantes capítulos de toda la historia. 



i Y tan importante como es! Pues mientras San- 
cho altercaba con su mujer, disputaban con Don 
Quijote su £ima y su sobrina, caseros estorbos 
«de su heroísmo. 

Y hubo de oir el buen caballero que una rapa- 
za como su sobrina, que apenas si sabía menear 
doce palillos de randas, se atreviera a negar que 
haya habido caballeros andantes en el mundo. 
Triste cosa es venir a oir en la propia casa y de 
labios de una rapazuela, que las repite de coro, 
las simplezas del vulgo. 

Y pensar que esta rapaza de Antonia Quijana 
es la que domeña y lleva hoy a los hombres en 
España! Sí, es esta atrevida rapaza, esta gallini- 
ta de corral, alicorta y picoteadora» es ésta la 
que apaga todo heroísmo naciente. Es la que de- 
cía a su señor tío aquello de y que con todo esto 
dé en una ceguera tan grande y en una sandez 
tan conocida, que se dé á entender que es valien- 
ie siendo viejo, que tiene fuerzas estando enfer- 



246 MIGUEL DE UNAMUNO 

mo, y que endereza tuertos estando por la edad 
agobiado, y $obre todo que es caballero no lo 
siendo, porque aunque lo puedan ser los hidal- 
gos, no lo son los pobres. Y hasta el esforzado 
Caballero de la Fe, vencido por la modesta ente- 
reza de aquella humilde rapazuela, se ablandó a 
contestarla: Tienes mucha razón, sobrina, en lo 
que dices. 

Y si tú mismo, denodado Don Quijote, te de- 
jaste convencer, aunque sólo fuese de palabra y 
pasajeramente, por aquella gatita casera i qué 
mucho el que se rindan a su sabiduría de cocina 
los que la buscan para perpetuar en ella su lina- 
je? Ella, la muy sirrtplona, no comprende que 
pueda un viejo ser valiente y tener fuerzas un 
enfermo y enderezar tuertos el agobiado por la 
edad, y sobre todo no comprende que pueda un 
pobre ser caballero. Y aunque simplona y casera 
y de tan corto alcance de corazón como de ca- 
beza, si se atreve contigo, su tío, ¿no se ha de 
atrever con los que la solicitan para novia o la 
poseen como maridos? Le han enseñado que el 
¡matrimonio se instituyó «para casar, dar gracia 
a los casados y criar hijos para el cielo» y de tal 
modo lo entiende y lo practica, que aparta a su 
marido de que nos conquiste ese cielo mismo 
para el que ha de criar sus hijos. 

Hay un sentido común y junto a él un senti 
miento común también; junto á la ramploneríc 
de la cabeza nos embarga y embota la ramplo 
nería del corazón. Y de esta ramplonería eres tú 
Antonia Quijana, lectora mía, la guardiana y 
celadora. La alimentas en tu corazoncito mien 
tras espumas la olla de tu tío o mientras meneaí 
los palillos de randas. ¿Correr tu marido tra; 
de la gloria? iLa gloria? Y eso ¿con qué se 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 247 

come? El laurel es bueno para asaborar las pa- 
tatas cocidas, es un excelente condimento de la 
cocina casera. Y tienes de él bastante con el que 
cojes en la iglesia el Domingo de Ramos. Ade- 
más, sientes unos furiosos celos de Dulcinea. 

No sé si caerán bajo los lindos ojos de alguna 
Antonia Quijana estos mis comentarios a la vida 
de su señor tío; hasta lo dudo, porque nuestras 
sobrinas de Don Quijote no gustan de leer cosa 
para la que tenga que fruncir la atención y ru- 
miar algo lo leído; les basta noveluchas de diá- 
logo muy cortado o de argumento que suspenda 
el ánimo por lo terrible, o ya libricos devotos tu- 
pidos de superlativos acaramelados y de desabo- 
ridas jaculatorias. Además presumo que los di- 
rectores de vuestros espirituelos os prevendrían 
contra mis peligrosos extravíos de pluma si vues- 
tra propia insustancialidad no os sirviera de for- 
tísimo escudo. Estoy, pues, casi seguro de que 
no hojearéis con vuestras ociosas manos, hechas 
a menear palillos de randas, estas empecatadas 
páginas, pero si por un azar os cayesen bajo la 
mirada, os digo que no espero surja de entre 
vosotras ni una nueva Dulcinea que lance a un 
nuevo Don Quijote a la conquista de la fama, ni 
otra Teresa de Jesús, dama andante del amor 
que de tan hondamente humano se sale de lo hu- 
mano todo. Ni encenderéis un amor como el que 
Aldonza Lorenzo, sin de ello percatarse, encen- 
dió en el corazón de Alonso el Bueno, ni lo en- 
cenderéis en el vuestro como aquel amor de Te- 
resa para Jesús que hizo le atravesase el corazón 
un serafín con un dardo. 

También ella, Teresa, así como Alonso Quija- 
no anduvo doce años enamorado de Aldonza, 
así tuvo ella trato con quien por vía de casamien 



^48 MIGU EL PE UNAMUNO 

to le pareció podía acabar en bien, y aquel con 
quien confesaba le dijo que no iba contra Dios 
(Vida, cap. 11)» pero comprendió el premio que 
da el Señor a los que todo lo dejan por él y que 
el hombre no aplaca la sed de amor inñnito y 
aquellos libros de caballerías a que fué aficiona 
da le llevaron, a través de lo terreno del amor, 
al amor sustauícial, y anheló gloria eterna y en- 
golfarse en Jesús, ideal de hombre. Y dio en he- 
roica locura y llegó a decir a su confesor: «su 
plico a vuestra merced seamos todos locos, por 
amor de quien por nosotros se lo llamaron» 
(Vida, cap. XVI). Pero ¿tú, mi Antonia Quijana, 
tú? Tú no enloqueces ni en lo humano ni en io 
divino; tendrás poco seso tal vez, pero por poro 
que sea te llena y tupe la cabecita toda, que es 
más pequeña aún que él» y no te queda en ella 
sitio para el cogüelmo del corazón. 

Tienes muy buen sentido, discreta Antonia, 
sabes contar los garbanzos y remendar los csd- 
zones a tu marido, sabes cuidar la olla de tu tío 
y menear los palillos de randas, y para pasto de 
lo supremo de tu espíritu tienes tus funciones de 
celadora de este o del otro coro y la obligación 
de recitar a tal hora del día estas o las otras un- 
tuosas palabras que te dan por escrito. No dijo 
para ti Teresa lo de «no haga caso del entendi- 
miento, que es im moledor» (VlDA, cap. XV), 
porque te da poca molienda tu entendimienteci- 
11o enroderado por tu director de espíritu y me- 
noscabado y engurruñido desde que te lo descu 
brieron. Ese tu espíritu, tu almita que acaso fué 
soñadora otraño, te la alicortaron y encanijaron en 
un terrible potro; te la han brezado desde que 
lanzó su primer medroso vagido, te la han bre- 
zado con el viejo estribillo de 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 249 



duerme niño chiquito 
que üiene el Coco 
a llevarse a los niños 
que duermen poco. 

te la han brezado con la gangosa canción con 
que tú misma, mi pobre Antonia, brezas a tus 
hijos, cuando eres madre, para que se duerman. 
Y mira, Antonia, no hagas por un momento caso 
alguno de los que te quieren gallinita de corral, 
no les hagas caso y medita en ese plañidero es- 
tribillo con que aduermes a tus hijos. Medita en 
eso de que venga el Coco y se lleve a los niños 
que duermen poco; medita, mi querida Antonia, 
en eso de que sea el mucho dormir lo que haya 
de librarnos de las garras del Coco. Mira, mi 
Antonia, que el Coco viene y se lleva y se traga 
a los dormidos, no a los despiertos. 

Y ahora, si por un momento logré distraerte 
de tus faenas y quehaceres, de las que llaman la- 
bores de tu sexo, perdónamelo o no me lo per- 
dones. Yo soy quien no me perdonciría nunca el 
no haberte dicho que sólo te queremos de veras- 
te queremos mujer fuerte, los que te hablamos re- 
cio y duro, no los que te ameirran, como ídolo, 
a un altar y te tienen allí presa atufándote con 
el incienso de fáciles requiebros, ni los que te 
aduermen el espíritu brezándotelo con ñoñsis 
canciones de una piedad de alfeñique. 

Y tú, mi Don Quijote, triste cosa es que cuan- 
do te retraes a tu casa, al amor de tu hogar, 
como a castillo roquero que te mantenga lejos de 
las flechas envenenadas del mundo, y no te deje 
oir las voces de los que hablan por no callarse, 
tnste cosa es que te muelan entonces todavía los 
oídos con ecos de esas mismas voces importu- 
nas. Triste cosa es que en vez de ser tu hogar 



250 MIGUEL DE UNAMUNO 

expansión de tu espíritu y ámbito que de él te 
hizo, sea trasunto de lo de fuera. No te habría 
dicho eso Aldonza, de seguro, no te lo habría 
dicho. 



CAPITULO VII 



De lo que pasó Don Quijote con su escudero, con otros sucesos 
famosísimos. 



Y a la pena de tener que oir tales cosas en su 
propia casa uniósele la de ver cómo vacilaba la 
fe de Sancho, el cual pedía salario fijo, cosa no 
conocida entre caballeros andantes, a quienes 
siempre sirvieron a merced sus escuderos. La fe 
de Sancho, en continua conquista de sí misma, 
no le había aún dado esperanza, y quería sala- 
rio. No estaba para entender la profundísima 
sentencia entonces pronunciada por su amo, y 
fué la de vale más buena esperanza que ruin 
posesión, c Y es que la entendemos en todo su al- 
cance yo y tú, lector mío? ¿No nos atenemos más 
bien, como buenos Sanchos, a lo de (cmás vale 
pájaro en mano que ciento volando»? ¿No olvi- 
damos hoy y siempre que la esperanza crea 
o que la posesión mata? Lo que hemos de acau- 
dalar para nuestra última hora es riqueza de 
esperanzas, que con ellas, mejor que con recuer- 
dos, se entra en la eternidad. Que nuestra vida 
sea un perduradero sábado santo. 

Con justa razón enojado Don Quijote al ver 



252 MIGUEL DE UNAMUNO 

que Sancho, movido de su carnalidad, le pedía 
salario, como si le hubiera mayor que el de se- 
guirle y servirle en su ccirrera de gloria, le recha- 
zó de escudero entonces. Y ante el rechazo en- 
cendióse la fe del pobre Sancho, se le anubló ei 
cielo y se le cayeron las alas del corazón, porque 
tenia creido que su señor no se iría sin él por 
todos los haberes del mundo. 

Rompió esta plática el bachiller Carrasco, que 
acudió a felicitar a Don Quijote y a ofrecérsele 
por escudero... ¡impía oferta! Y al oirlo Sancho 
enternecióse, se le llenaron de lágrimas los ojos 
y entregóse a su amo. 

Pero í creías acaso, pobre Sancho, que te iba 
a ser vividera la vida sin tu amo? No, ya no eres 
tuyo; eres de él. También tú andas, aunque no 
lo sepas ni lo creas, enamorado de Dulcinea del 
Toboso. 

No faltará quien reproche a Don Quijote el 
haber arrancado de nuevo a Sancho del sosie- 
go de su vida y de la tranquilidad de su trabajo, 
haciéndole dejar mujer e hijos por correr tras 
engañosas aventuras; no faltan corazones tan 
apocados como para sentir así. Pero nosotros 
consideremos que .una vez que Sancho hubo en- 
centado la sabrosidad de su nueva vida, no qui- 
so volver a la otra, y a despecho de los arredres 
y trompicones de su fe, se le nublaba el cielo y 
se le caían las alas del corazón al ocurrirle el re- 
celo de que su amo y señor fuera a dejarle. 

Hay espíritus menguados que sostienen ser 
mejor cerdo satisfecho que no hombre desgra- 
ciado y los hay también para endechar a la que 
llaman santa ignorancia. Pero quien haya gus- 
tado la humanidad la prefiere, aun en lo hondo 
de la desgracia, a la hartura del cerdo. Hay, 



VIDA DE DON OUUOTE Y SANCHO 253 

pues, que desasosegar a los prójimos los espíri- 
tus, hurgándoselos en el meollo, y cumplir la 
obra de misericordia de despertar al dormido 
cuando se acerca un peligro o cuando se presen- 
ta a la contemplación alguna hermosura. Hay 
que inquietar los espíritus y enfusar en ellos 
fuertes anhelos, aun a sabiendas de que no han 
de alcanzar nunca lo anhelado. Hay que sacarle 
a Sancho de su casa, desarrimándole de mujer 
e hijos, y hacer que corra en busca de aventu- 
ras; hay que hacerle hombre. Hay un sosiego 
hondo, entrañado, íntimo, y este sosiego sólo 
se alcanza sacudiéndose del aparencial sosie- 
go de la vida casera y aldeana; las inquietudes 
del ángel son mil veces más sabrosas que no el 
reposo de la bestia. Y no ya sólo las inquietudes, 
sino hasta las penas, aquel «recio martirio sa- 
broso» de que nos habla en su VlDA (XX, 8) 
Teresa de Jesús. 

cQué es eso de la seuita ignorancia? La igno- 
rancia ni es ni puede ser santa. íQué es eso de 
envidiar el sosiego de quien nunca vislumbró el 
supremo misterio ni miró más allá de la vida y 
de la muerte? Sí, sé la canción, sé lo de «¡qué 
buena almohada es el catecismo! hijo mío, duer- 
me y cree; por acá se gana el cielo en la cama)). 
¡Raza cobarde, y cobarde con la más desastrosa 
cobardía, con la cobardía moral que tiembla y 
se arredra de encarar las supremas tinieblas! 

Mira, Sancho, si todos esos que envidian, de 
pico al menos, la tranquilidad de que gozabas 
antes de haberte sacado de tus casillas tu amo, 
supieran lo que es la lucha por la fe, créeme, no 
te ponderarían tanto la del carbonero. Mi cuer- 
po vive gracias a luchar momento a momento 
contra la muerte, y vive mi alma porque lucha 



254 MIGUEL DE UNAMUNQ 

también contra su muerte momento a momento. 
Y así vamos a la toma de una nueva afirmación 
sobre los escombros de la que nos desmoronó 
la lógica, y se van amontonando los escombros 
de todas ellas, y un día, vencedores, sobre la 
pingorota de este inmenso montón de afirmacio- 
nes desmoronadas» proclamarán los nietos de 
nuestros nietos la afirmación última, y crearán 
así la inmortalidad del hombre. 

Por bien empleados debió de dar Sancho to 
dos sus trabajos y miserias y escaseces, incluso 
lo del manteamiento, a trueque de haberse reno- 
vado y quijotizado junto a Don Quijote; con tal 
de haberse trasformado del zafio y oscuro San- 
cho Panza que era en el inmortal escudero deJ 
inmortal Don Quijote de la Mancha, que es para 
siempre jamás. Henchidos, pues, de lágrimas 
los ojos entregóse a su amo. 

Y en su consecuencia a los pocos días y al 
anochecer sin que nadie lo viese sino el bachi- 
ller, que quiso acompañarles media legua del 
lugar, se pusieron camino del Toboso. 



CAPITULO VIH 

Donde se cuenta lo que le sucedió á Don Quijote yendo a ver a su 
señora Dulcinea del Toboso. 



Y de camino disertó Don Quijote sobre Erós- 
trato y el deseo de alcanzar fama, raigambre de 
su heroísmo. Y no dejó de abismarse entonces 
Don Quijote en los abismos de la cordura de 
Alonso el Bueno, observando la vanidad de la 
fama que en este presente y acahahle siglo se 
alcanza, la cual fama por mucho que dure se ha 
de acabar con el mismo mundo, que tiene su fir. 
señalado. 

En sou a gloria, genio jocundo 

De radioso paiz solar; 

Seras o poeta maior do mundo... 



Dizem que o mundo debe acavar. 



dice Sagramor en el poema de Eugenio de Cas- 
tro. 

En esta tercera y última salida de Don Quijote 
hemos de ver cómo se hunde en las simas de 
su cordura, hasta llegar a la inmersión en ellas 
con su muerte ejemplar. 

Movido por las palabras de su amo y viendo 



256 MIGUEL DE UNAMUNO 

Sancho cuan más grande es la fama de los santos 
que no la de los héroes, dijo a Don Quijote aque- 
llo de que se dieran a ser santos y alcanzarían más 
brevemente la buena fama que pretendían, po- 
niéndole el ejemplo de San Diego de Alcalá y 
San Pedro de Alcántara, canonizados por aque* 
líos días. 

«Veréis que un día seré adorado por el mundo 
entero», solía decir el pobrecito de Asís, según 
nos cuentan los Tres Compañeros (4) y Tomás 
de Ce laño (2. Cel., 1. I), y los mismos móviles 
que empujaron a unos al heroísmo empujaron 
a otros a la santidad. Así como Don Quijote, 
enardecido por la lectura de los libros de caba- 
llerías se lanzó al mundo- así Teresa de Cepeda, 
siendo aún niña y encendida por la lectura de 
las vidas de santos, que le parecía «compraban 
muy barato el ir á gozar de Dios», concertó con 
su hermano irse a tierra de moros, pidiendo por 
amor de Dios, para que allá los descabezasen, 
y visto lo imposible de ello, ordenaron hacerse 
ermitaños, y en una huerta que había en casa 
procuraban, como podían, hacer ermitas (VlDA, 
I, 2). De Iñigo de Loyola hemos dicho ya lo que 
nos cuenta al respecto su secretario que fué, el 
P. Pedro de Rivadeneira. 

íQué es todo esto sino caballería andante a 
lo divino o religioso? Y en cabo de cuenta íqué 
buscaban unos y otros, héroes y santos, sino so- 
brevivir? Los unos en la memoria de los hom- 
bres, en el seno de Dios los otros. ¿Y cuál ha 
sido el más entrañado resorte de vida de nuestro 
pueblo español sino el ansia de sobrevivir, que 
no a otra cosa viene a reducirse el que dicen ser 
nuestro culto a la muerte? No, culto a la muerte, 
no; sino culto a la inmortalidad. 



VIDA DE DON QUUOTE \ SANCHO 257 

El mismo Sancho, que tan apegado aparece a 
la vida que pasa y no queda, declaraba que más 
vale ser humilde ¡railecito de cualquier orden 
que sea, que valiente y andante caballero, a lo 
que le contestó muy sesudamente Don Quijote 
que no todos podemos ser frailes y muchos son 
los caminos por donde lleva Dios a los suyos al 
cielo. Y si no todos podemos ser frailes, no pue- 
de ser que sea el estado de frailería o monacato 
más perfecto en sí que otro cualquiera, pues no 
cabe que el estado de mayor perfección cristia- 
na no sea igualmente asequible en cualquier es- 
tado, sino se reserve, por fuerza de ley natural, 
a un número de personas, ya que de aspirar a 
él todos el linaje se acabaría. Y dijo muy bien 
Don Quijote, respondiendo a Sancho, que si hay 
en el cielo más frailes que caballeros andantes 
es por ser mayor el número de religiosos que el 
de caballeros merecedores de tal nombre, c ^ 
cuando el religioso sea a la vez caballero?, se 
preguntará. Ya nos hablará de ellos Don Quijote. 



17 



CAPITULO IX 

Donde te cuenta lo que en él se verá. 



Y ¿cuándo disertó así Don Quijote acerca de 
la gloria y de su vanidad última y de cómo aca- 
ba al acabarse el mundo? Cuando iba al Toboso 
a ver á Dulcinea, e iba dentro de él Alonso el 
Bueno a ver a Aldonza Lorenzo, por la que sus- 
piró doce años. Gracias a la locura ha vencido 
el vergonzoso hidalgo su vergonzosidad sublime, 
y vestido de Don Quijote y arrebujado en él va 
a ver al blanco de sus ansias, a curarse de su 
locura al verla y al abrazarla. Nos acercamos al 
momento crítico de la vida del Caballero. 

Y así, en tales pláticas llegaron amo y escude- 
ro al Toboso, patria de la sin par Dulcinea. 

Llegaron a ella y dijo Don Quijote a su escu- 
dero: Sancho, hijo, guía al palacio de Dulcinea, 
quizá podrá ser que la hallemos despierta. 

Observemos que al pedirle tan elevado minis- 
terio y favor tan señalado, se adulcigua el Ca- 
ballero y le llama a Sancho hijo, y observemos 
además cómo son los Sanchos, la baja humani- 
dad, los que guían a los héroes al palacio de la 
Gloría. 



260 MIGUEL DE UNAMUNO 

Y allí fueron los aprietos de Sancho el embus- 
tero, buscando escapatorias a su sandez, hasta 
que declaró no haber visto jamás a Dulcinea, al 
modo mismo que su amo decía no haberla visto 
sino estar enamorado de ella de oídas. De oídas 
estamos enamorados de la Gloria los que lo es- 
tamos, sin que jamás la hayamos visto ni oído. 
Pero por dentro anda Aldonza, vista y bien vis- 
ta» aunque sólo sea cuatro veces en doce años. 
Y al cabo el malicioso Sancho consiguió que el 
candido de su amo se saliese del Toboso a es- 
perar emboscado en alguna floresta a que diese 
el socarrón con Dulcinea. 



CAPITULO X 

Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar á la 
señora Dulcinea y de otros sucesos tan ridículos como verdadero». 



Y aquí fué el soliloquio de Sancho al pie de 
un árbol y el declararse que su amo era un loco 
de atar y él no le quedaba en zaga, siendo más 
mentecato que aquél, pues le seguía y servía, y 
aquí fué el decidir engañarle haciéndole creer 
que ana labradora, la primera que me topare 
por aquí — pensó — es la señora Dulcinea; y cuan- 
do él no lo crea lo juraré yo. Y ya tenemos con 
esto al fiel Sancho decidido a jugársela a su amo 
y a venir a ser así uno más entre sus burladores 
¡caso de triste meditación! Y hemos de conside- 
rar también en él cómo teniendo Sancho a su 
amo por loco de atar y capaz de ser por él enga- 
ñado, y que tomaba unas cosas por otras y juzga- 
ba lo blanco por negro y lo negro por blan- 
co, con todo y con esto se dejaba a su vez él 
engañar o más bien arrastrar de la fe en Don 
Quijote y sin creerlo creía en él, y viendo que 
eran molinos de viento los gigantes y manadas 
de carneros los ejércitos de enemigos, creía en 
la ínsula tantas veces prometida. 

¡Oh poder maravilloso de la fe, retuso a todo 



262 MIGUEL DE UNAMUNO 

empuje de desengaños! ¡Oh misterios de la fe 
sanchopancesca que sin creer cree y viendo 
y entendiendo y declarando que es negro, hace 
al que la acaudala sentir y obrar y esperar como 
si fuese blanco! De todo ello hemos de con- 
cluir que Sancho vivía, sentía, obraba y espe- 
raba bajo el encanto de un poder extraño que le 
dirigía y llevaba contra lo que veía y entendía, 
y que su vida toda fué una lenta entrega de sí 
mismo a ese poder de la fe quijotesca y quijo- 
tizante. Y así cuando él creyó engañar a su 
amo resultó el engañado él y fué el instrumento 
para encantar real y verdaderamente á Dulcinea. 
La fe de Sancho en Don Quijote no fué una 
fe muerta, es decir, engañosa, de esas que des- 
cansan en ignorancia, no fué nunca fe de car- 
bonero, ni menos fe de barbero, descansadora 
en ocho reales. Era, por el contrario, fe ver- 
dadera y viva, fe que se alimenta de dudas. 
Porque sólo los que dudan creen de verdad y 
los que no dudan ni sienten tentaciones contra 
su fe, no creen de verdad. La verdadera 
fe se mantiene de la duda; de dudas, que son 
su pábulo» se nutre y se conquista instante a 
instante, lo misimo que la verdadera vida se 
mantiene de la muerte y se renueva segundo a 
segundo, siendo una creación continua. Una vida 
sin muerte alguna en ella, sin deshacimiento 
en su hacimiento incesante, no sería mas que 
perpetua muerte, reposo de piedra. Los que no 
mueren, no viven; no viven los que no mueren 
a cada instante para resucitar al punto, y los 
que no dudan, no creen. La fe se mantiene re- 
solviendo dudas y volviendo a resolver las que 
de la resolución de las anteriores hubieren sur- 
gido. 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 263 

Sancho veía las locuras de su amo y que los 
molinos eran molinos y no gigantes, y sabía 
bien que la zafia labradora a la que iba a en- 
contrar a la salida del Toboso no era, no ya 
Dulcinea del Toboso, mas ni aun Aldonza Lo- 
renzo, y con todo ello creía a su amo y tenía 
fe en él y creía en Dulcinea del Toboso y has- 
ta en su encantamiento acabó por creer, como 
veremos. Esta la tuya es fe, Sancho, y no la 
de esos que dicen creer un dogma sin entender, 
ni aun a la letra, siquiera su sentido inmediato, 
y tal vez sin conocerlo; ésta es fe y no la del 
carbonero que afirma ser verdad lo que dice un 
libro que no ha leído porque no sabe leer ni 
tampoco sabe lo que el libro dice. Tú, Sancho, 
entendías muy bien a tu amo, pues todo lo que 
te decía eran dichos muy clsiros y muy enten- 
dederos, y veías, sin embargo, que tus ojos te 
mostraban otra cosa y sospechabas que tu amo 
desvariaba por loco y dudabas de lo que veías, 
y a pesar de ello le creías pues ibas tras de sus 
pasos. Y mientras tu cabeza te decía que no, 
decíate tu corazón que sí, y tu voluntad te lle- 
vaba en contra de tu entendimiento y á favor 
de tu fe. 

En mantener esa lucha entre el corazón y la 
cabeza, entre el sentimiento y la inteligencia, 
y en que aquel diga ¡sí! mientras esta dice ¡no! 
y ¡no! cuando la otra ¡sí!, en esto y no en po- 
nerlos de acuerdo consiste la fe fecunda y sal- 
vadora; para los Sanchos por lo menos. Y <iun 
para los Quijotes, porque veremos dudar a Don 
Quijote mismo. Y no nos quepa duda de que 
con los ojos de la carne Don Quijote vio los 
molinos como tales molinos y las ventas como 
ventas y de que allá, en su fuero interno, reco- 



264 MIGUEL DE UNAMUNO 

nocía la realidad del mundo aparencial — aun- 
que una realidad aparencial también — en que 
ponía el mundo sustancial de su fe. Y buena 
prueba de ello es aquel maravilloso diálogo que 
sostuvo con Sancho cuando éste volvió a Sie- 
rra Morena a darle cuenta de su visita a Dul- 
cinea. El loco suele ser un comediante profun- 
do, que toma en serio la comedia, pero que no 
se engaña y mientras hace en serio el papel de 
Dios o de rey o de bestia, sabe bien que ni es 
Dios, ni rey, ni bestia; quiere serlo y basta. ¿Y 
no es loco todo el que toma en serio el mundo? 
¿Y no deberíamos ser locos todos? 

Y ahora llegamos al momento tristísimo de 
la carrera de Don Quijote; a la derrota de Alon- 
so Quijano el Bueno dentro de él. 

Aconteció, pues, que al volverse Sancho a 
su amo salían del Toboso tres labradoras sobre 
tres pollinos o pollinas, y se las presentó a Don 
Quijote como Dulcinea y dos doncellas dicién- 
dole que venía a verle. ¡Santo Dios! cQué es 
lo que dices, Sancho amigo? — dijo Don Quijo- 
te... — mira no me engañes ni quieras con fal- 
sas alegrías alegrar mis verdaderas tristezas. Y 
cqué sacaría yo de engañar a üue^a merced? 
— respondió Sancho. Salieron al caminO' no 
columbró en él Don Quijote sino a las tres la- 
bradoras, porfió Sancho que eran Dulcinea y 
sus doncellas, atúvose a sus sentidos, contra su 
costumbre el amo, y trocáronse los papeles, 
siquiera en apariencia. 

El paso este del encantamiento de Dulcinea 
es grandemente melancólico. Sancho hizo su 
comedia, teniendo del cabestro al jumento de 
una de las tres labradoras, hincándose de rodi- 
llas y enderezándole aquel saludo que nos ha 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 265 

conservado la historia. Don Quijote miraba con 
ojos desencajados y vista turbada a la que San 
cho llamaba reina y señora, y en que él, Don 
Quijote, esperó ver a Dulcinea, y debajo de él, 
Alonso Quijano, esperaba a Aldonza Lorenzo, 
suspirada en silencio doce años por sólo cuatro 
goces de su vista. Don Quijote se puso de hi- 
nojos y miraba con ojos desencajados y vista 
turbada a la que Sancho llamaba reina y seño' 
ra, sin descubrir en ella sino una moza aldea- 
na y no de muy buen rostro, porque era ca- 
rirredonda y chata. Ve aquí, Caballero, ^ue 
tu Sancho, la humanidad que te acompaña y 
guía, te presenta a la Gloria, por la que tanto 
suspiraste, y no ves en ella sino una moza al- 
deana y no de muy buen rostro. 

Pero es aún más triste el paso, pues si Don 
Quijote no veía a Dulcinea, tampoco el pobre 
Alonso Quijano el Bueno veía á su Aldonza. 
Doce años de solitario sufrir, doce años de no 
haber podido vencer su encojimiento soberano, 
doce años de esperar lo imposible, y por impo- 
sible con más ahinco esperado, a que ella, Al- 
donza. su Aldonza, por un inaudito milagro se 
percatara del amor de su Alonso, y se fuera a 
él; doce años de soñar en el imposible procu- 
rando acallar con la lectura de los libros de ca- 
ballerías el todopoderoso amor, y ahora en que, 
gracias a Dios, ya loco, rota la vergüenza, se 
cumple lo imposible y va a recibir el premio de 
«u locura: ahora... ¡ahora esto! ¡Qué santa, 
qué dulce, qué redentora suele ser la locura! 
Loco Alonso Quijano, por merced del Señor 
que se compadece de los buenos, rompió aque- 
lla tremenda costra de la timidez del hidalgo 
lugareño, y se atrevió a escribir a su Aldonza, 



266 MIGUEL DE UNAMUNO 



aunque fuese bajo la advocación de Dulci 
nea, y ahora, en premio, Aldonza misma vie 
ne desde el Toboso a verle. Se cumplió 1 
imposible, merced a la locura. jAl cabo de doc 
años ! 

¡Oh momento supremo tanto tiempo suspi 
rado! ¡Santo Dios! cfQué es lo que dices, Sar 
cho amigo? ¡Ahora, ahora va a redimirse de s 
locura, ahora va a lavársela en el torrente d 
las lágrimas de la dicha; ahora va a cobrar c 
premio de su esperanza en lo imposible! ¡Oh, 
cuántas tinieblas de locura se disiparían baj 
una mirada de amor! 

No quieras con falsas alegrías alegrar mis véi 
¿.aderas tristezas. Pensemos en esto de alegrái 
sele las tristezas a Don Quijote; las tristeza 
de doce anos, las tristezas de su locura. iPue 
qué, creéis que Alonso el Bueno no se dab 
cuenta de que estaba loco y no aceptaba su le 
cura como único remedio de su amor, com 
regalo de la piedad divina? Al saber que su le 
cura daba fruto, alborotóse el corazón del hidal 
go, y mandó á Sancho, en albricias de aquella 
no esperadas nuevas, el mejor despojo de 1 
primera aventura que tuviese y si esto no t 
contenta, te mando — le dijo — las crias que est 
año me dieren las tres yeguas miaS' que tú se 
bes que quedan para parir en el prado concej 
de nuestro pueblo. Primero le ofrece Don Qui 
jote del caudal del caballero andante, despoja 
de aventura, en albricias de anunciarle la veni 
da de Dulcinea, mas luego asoma Alonso Qui 
jano, y con el corazón anegado en gozo porqu 
viene a verle Aldonza, ofrece el hidalgo de si 
caudal, no ya despojo de aventura, sino cría 
de las yeguEus. cNo veis aquí cómo el amo 



VIDA PE DON QUIfOTE Y SANCHO 2ft7 

saca a flor de la locura quijotesca la cordura 
de Quijano? 

Ya te dan fruto tus locuras, buen caballero, 
pues merced a ellas sale a verte Aldonza, sa- 
cando del exceso de tu desvarío cuan grande 
debe ser tu amor. Y vino en seguida el tremen- 
do golpe, el golpe que hundió en su locura al 
pobre Alonso el Bueno, hasta su muerte. Aho- 
ra, ahora es cuando se remacha la suerte de 
Alonso. Esperaba a Aldonza y lo vehemente 
de la esperanza no le dejaba dudar y puesto de 
hinojos, como mejor decía a aquel callado cul- 
to de doce años miraba con ojos desencajados 
y vista turbada a la que Sancho llamaba reina 
y señora y como no descubría en ella sino una 
moza aldeana y no de muy buen rostro, por- 
que era carirredonda y chata, estaba suspenso 
y admirado, sin osar desplegar los labios. ¡Ni 
la locura te valió, buen Caballero! Cuando al 
cabo de doce años vas a tocar el premio de ella, 
la brutal realidad te da en el rostro. ¿No es aca- 
so así con todo amor? 

Mas no te pese, mi Don Quijote, y sigue con 
tu locura solitaria; no te pese de no llegar a 
comprometerte con la dicha; no te pese de no 
votarte a la felicidad; no te pese de que no se 
haya llenado tu anhelo de doce anos, en brazos 
de tu Aldonza. 

Y tú, oh extremo del valor que puede desear- 
se, término de la humana gentileza, único re- 
medio deste afligido corazón que te adora, ya 
que el maligno encantador me persigue y ha 
puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para 
ellos solos y no para otros ha mudado y trans- 
formado tu sin igual hermosura y rostro en el 
de una labradora pobre, si ya también el mió 



268 MIGUEL DE UNAMUNO 

no le ha cambiado en el de algún vestiglo para 
hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mi- 
rarme blanda y amorosamente, echando de ver 
en esta sumisión y arrodillamiento que a tv 
contrahecha hermosura hago, la humildad con 
que mi alma te adora. ¿No os entran ganas de 
llorar oyendo este plañidero ruego? ¿No oís 
cómo suena en sus entrañas, bajo la retórica 
caballeresca de Don Quijote, el lamento infi- 
nito de Alonso el Bueno, el más desgarrador 
quejido que haya jamás brotado del corazón 
del hombre? ¿No oís la voz agorera y eterna 
del eterno desengaño humano? Por primera, 
por última, por única vez habla Don Quijote de 
su propio rostro, de aquel rostro de Alonso que 
se encendía en rubor al pensar en Aldonza... 
La humildad con que mi alma te adora... Humil- 
dad de doce años, humildad alimentada en lar- 
gas noches de soledad y de absurdas esperan- 
zas, humildad nutrida con el más grandioso te- 
mpr y encojimiento que jamás se viera. Lo in 
menso de su amor le había hecho humilde, y ja- 
más osó dirigirla una palabra sólo. 

Seguid leyendo la historia de este encuentro 
y sacándola por vosotros mismos, lectores míos 
el jugo que tenga; a mí me apesadumbra tantc 
que me priva de imaginación para rehacerla, 3 
voy a pasar a otra cosa. Leed vosotros la res 
puesta grosera que la moza dio a Don Quijote 
y cómo dio con ella en tierra a corcovos, su bo 
rrica, y cómo Don Quijote acudió a levantarla 
cosa que evitó ella subiéndose de un salto sobrí 
la borrica y dándole un olor a ajos crudos que le 
encalabrinó y atosigó el alma. No puede leers< 
sin angustia este martirio del pobre Alonso. 



CAPITULO XI 



De la extraña aventura que le sucedió al valeroso Don Quijote con 
el carro ó carreta de las cortes de la muerte. 



Reanudaron amo y escudero su camino, bur- 
lándose el socarrón Sancho de la candidez de su 
amo. Y entonces fué cuando toparon con la ca- 
rreta de la muerte o de la compañía de Ángulo 
el Malo, que Don Quijote, aleccionado y entris- 
tecido por lo que acababa de pasarle, tomó por 
lo que realmente era. Y entonces fué también 
cuando Rocinante, alborotado por el cascabeleo 
del moharracho, dio con su amo en tierra y todo 
lo que se sigue. Y cómo quiso castigar el Caballe- 
^■0 a los farsantes* y le esperaron éstos en ala y 
armados de guijarros, y convenció Sancho a su 
amo, hombre cuerdo y sesudo al fin, de que no 
debía meterse con semejante tropa, pues entre 
todos los que allí estaban, aunque parecían re- 
Ves, príncipes y emperadores, no había ningún 
caballero andante. Y así Don Quijote mudó ya de 
m determinado intento. Y al ver que Sancho, 
por su parte, no quería vengarse, fué cuando le 
I iijo \o de: Pues ésa es tu determinación, Sancho 
-^••-no, Sancho discreto, Sancho cristiano y San- 



270 MIGUEL DE ÜNAMUNO 



cho sincero, dejemos estas iantasmas y volvamoí 
a buscar mejores jj más calificadas aüenturas. 

La del carro de la muerte parece una de laí 
más heroicas que llevó a feliz término nuestrc 
hidalgo, pues en ella se nos muestra venciéndost 
a sí mismo con su cordura. ¡Es que le pesaba so 
bre el corazón el encantamiento de su dama 
El mundo comedia es, y gran locura querer lu 
chaír con gentes que no son lo que parecen, sin< 
míseros farsantes que representan su papel y en 
tre los cuales apenas si se halla de higos a bre 
vas un caballero andante. En el tablado de 
mundo es novedad sorprendente ver entrar ui 
caballero de verdad, de los que matan y hace] 
en serio la escena del desafío cuando los otro 
hacen que la hacen y por hacer el papel no más 
Tal es el héroe. Y al héroe le esperan los come 
diantes todos en ala y armados de piedras. De 
jad, pues, a los farsantes y recordad la profur 
da sentencia de Scmcho: nunca los cetros y core 
ñas de los emperadores farsantes jueron de or 
puro sino de oropel ó hoja de lata. Recordadla 
tened en cuenta que la creencia de los que e 
la comedia del mundo hacen el papel de maeí 
tros, cobrando por ello su salario, es ciencia d 
oropel u hoja de lata. 



CAPITULO XII 

De U extraña aventura que le sucedió al valeroso Don Quijote con 
el bravo caballero de los Espejos. 



Conversando sobre lo que es la comedia del 
mundo se quedaron amo y escudero debajo de 
anos altos y sombrosos árboles, cuando les rom- 
pió el sueño la llegada del caballero de los E,s- 
pejos. Y allí fué la plática de los escuderos de 
un lado y de los caballeros por el otro, y el de- 
clarar Sancho que a su amo un niño le haría en- 
tender que era de noche en la mitad del día, 
iencillez por la que le quería como a las telas de 
m corazón y no se amañaba a dejarle por más 
Jjsperates que hiciera. Aquí se nos declara la 
azóii del amor que Sancho profesaba a su amo, 
ñas no la de la admiración. 

cPues qué creíais, Sancho? El héroe es siem- 
bre por dentro un niño, su corazón es infantil 
iiempre; el héroe no es mas que un niño grande. 
Fu Don Quijote no fué sino un niño, un niño 
lurante los doce largos años en que no logró 
omper la vergüenza que le ataba, un niño al en- 
golfarse en los libros de caballerías, un niño al 
anzarse en busca de aventuras. ¡Y Dios nos con- 
"•-ve siempre niños, Sancho amigo! 



CAPÍTULOS Xlll Y XIV 

Donde se prosigue la aventura del caballero del Bosque con el dis- 
creto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos. 



Mientras platicaban los escuderos entre sí tam- 
bién platicaban los caballeros, y de esta plática 
y de haber afirmado el de los Espejos ser vence- 
dor de Don Quijote surgió el que concertasen un 
duelo bajo condiciones de que el vencido queda- 
ra sujeto a obedecer al vencedor. Y así que fué 
de día fué el lance, derribando Don Quijote al 
de los Espejos, el bachiller Sansón Carrasco, pues 
lo era otro, que habiendo ido por lana y a lle- 
^e al hidalgo a su casa, salió para la suya 
quilado. 
Al descubrirle la visera y ver al bachiller, atri- 
buyólo Don Quijote a magia, mas Sancho, que 
■e había encaramado a un árbol para ver la pe- 
kea, le pidió metiese la espada por la boca al que 
)arecía el bachiller Sansón Carrasco. ¡Ah, San- 
no- Sancho, y cuan bien se aviene tu impiadosa 
rueldad de ahora con tu cobardía de antes! 
Volvió al cabo en sí el bachiller, confesó aven- 
•nr Dulcinea del Toboso en hermosura a Casil 
de Vandalia y prometió ir a presentarse a 

18 



274 MIGUEL DE UNAMUNO 

ella. Todo lo confieso, juzgo y siento como vos 
lo creéis, juzgáis y sentís — respondió el derren- 
gado caballero, el burlador burlado, el vencido 
bachiller. Así, mal que les pese, tienen que de- 
clarar los bachilleres ser verdad lo que por tal 
proclaman los hidalgos; así los burladores son 
burlados; así el sentido común debe andar por 
los suelos a botes de la lanza del heroísmo. Pues 
que ¿no hay sino hacerse el loco para reducir a 
cordura a los que lo son de veras? 



CAPITULO XV 

Donde se cuenta y da noticia de quién era el caballero de I( 
ELspejos y su escudero. 



Eln este capítulo de la historia se nos cuenta 
cómo el caballero de los Espejos no era otro que 
Sansón Carrasco, bachiller por Salamanca, que 
de acuerdo con el cura y el barbero, ideó aquella 
traza para obligar a Don Quijote a que se redu- 
jese a su casa. 

Y el maligno Carrasco juró vengarse de Don 
Quijote, moliéndole a palos las costillas, locura 
mil veces más desatinada y más de verdad locu- 
ra que la del hidalgo; locura, en fin, de pasión de 
hombre sensato, que son las peores y las más 
ponzoñosas de las locuras todas. El loco que lo 
es por fuerza lo será siempre' y el que lo es de 
grado lo dejará de ser cuando quisiera — decía el 
bachiller. 

Pero venid acá, señor bachiller por Salaman- 
ca, venid y decidme ¿cuál es peor desvarío, el 
que arranca de la cabeza o el que del corazón 
brota, la enfermedad del imaginai o la del que- 
rer? Y el que de grado o por voluntad se hace 

loco, es que tiene la voluntad enferma o tor- 



276 MIGUEL DE UNAMUNO 

cida, y para esto hay peor remedio que para 
las enfermedades del entendimiento. Y los que, 
como su merced, tienen el entendimiento tupido 
de cordura socarrona, y allende esto se lo han 
atiborrado de lugares comunes escolásticos en 
las aulas de Salamanca, suelen tener la voluntad 
loca de malas pasiones, de rencor, de soberbia, 
de envidia. ¿Pues qué razón había para ir a pe- 
lear Sansón Carrasco contra Don Quijote? 

c'He sido yo sú enemigo por ventura? (Hele 
dado yo jamás ocasión de tenerme ojeriza? c^oy 
yo su rival o hace él profesión de las armas para 
tener envidia a la jama que yo por ellas he ga- 
nado? — decía Don .Quijote. Sí, generoso Caba- 
llero, sí; fuiste y eres su enemigo como lo es 
todo hidalgo heroico y generoso de todo bachi- 
ller socarrón y rutinero; le diste ocasión de ojeri- 
za, pues cobraste con tus locas hazañas una fama 
que él nunca alcanzó con sus cuerdos estudios 
y bachillerías salamanquesca^ y era tu rival y 
te tenía envidia. Y aunque declaró, y acaso así lo 
creyese él mismo, que salió al campo con la mira 
de reducirte a cordura, la verdad es que le mo- 
vió a ello, tal vez siri él percatarse de tal motivo, 
su deseo de unir su nombre al tuyo y de andar 
junto contigo en lengua de la fama, como lo con- 
siguió. 

cY no sería acaso que buscaba llegase a oídos 
de aquella andaluza Casilda, con la que se pasó 
en claro las noches a la reja, allá en las callejas 
de Salamanca, y a la que envolvió en su Casil- 
dea de Vandalia, su hazañosa proeza y su locu- 
ra? cNo oiría acaso hablar de ti con admiraciór 
a esa Casilda, que habría leído la primera parte 
de tu historia? Todo podía ser. 

Pero tú le venciste, para que se vea que k 



VIDA DE DON OUIjOTE Y SANCHO 277 

>cura generosa da más arrestos y más bríos que 
no la cordura menguada y socarrona, y sobre 
todo para que el bueno del bachiller por Sala- 
manca aprendiese aquello de quod natura non 
dat, Salmantica non praestat, vieja verdad a pe- 
sar de aquel arrogante lema del escudo de la 
vieja Escuela que dice: Omnium scientiarum 
princeps, Salmantica docet. 



capítulos XVI Y XVII 



De lo que sucedió á Don Quijote con un discreto caballero 
de la Mancha 

y 

Donde »c declara el último punto y extremo adonde llegó y pudo 

llegar el inaudito ánimo de Don Quijote, con la felicemente acabada 

aventura de los leones. 



Acabado este lance se encontró Don Quijote 
con el discretísimo Don Diego de Miranda, yen- 
do con el cual toparon con los carros de los leo- 
nes. Y allí fué la estupenda y nunca bien ponde- 
rada aventu-a, y cuando Don Quijote exclamó el 
inmortal: (leoncitos a mi? ^a mí leoncitos y a 
tales horas? pues por Dios que han de Ver esos 
señores que cusa los envían si soy yo hombre que 
se espanta de leones. Quiso convencerle Don 
Diego con que los leones no iban contra él, mas 
despachólo Don Quijote con que él sabía si iban 
o no a él aquellos señores leones y amenazó al 
leonero si no les abría la jaula. Pidió el leonero 
desuncir las muías y pK>nerse en salvo y oh hom- 
bre de poca fe — respondió Don Quijote — ; apéate 
I desunce y haz lo que quisieres. 
¡Maravillosa proeza! I nunca visto valor de Don 



280 MIGUEL DE UNAMUNO 

Quijote' y valor en seco, sin motivo ni objetivo, 
valor puro, valor acendrado! ¿No sería tal vez que 
mientras Don Quijote mostraba ostentar así su 
valentía, por debajo de él el pobre Alonso el 
Bueno, agobiado por el desencanto sufrido al no 
encontrarse con la suspirada Aldonza, buscaba 
morir en las garras y quijadas del león con muer- 
te no tan torturadora como la que de continuo le 
estaba dando su amor desventurado? 

Ello fué que no sirvieron ruegos ni razones, 
sino que Don Quijote se apeó temiendo que Ro- 
cinante se espantaría con la vista de los leones... 
arrojó la lanza y embrazó el escudo y desenvai- 
nando la espada, paso ante paso, con maravi" 
lioso denuedo y corazón valiente se fué a poner 
delante del carro, encomendándose a Dios de 
todo corazón y luego a su señora Dulcinea. Al 
mismo historiador le arranca expresiones de ad- 
miración esta intrepidez singular. Abierta la jau- 
la, lo primero que (el león) htzo fué revolverse 
(en ella) donde venia echado y tender la garra 
y desperezarse todo; abrió luego la boca y bos- 
tezó muy despacio, y con casi dos palmos de len- 
gua que sacó fuera se despolvoreó los ojos y se 
lavó el rostro: hechfo esto sacó la cabeza fuera de 
la jaula y miró á todas partes con los ojos hechos 
brasas, vista y ademán para poner espanto a la 
misma temeridad. Sólo Don Quijote lo miraba 
atentamente, deseando que saltase ya del carro 
y viniese con él a las manos, entre las cuales 
pensaba hacerle pedazos, mientras acaso espera- 
se en tanto el pobre Alonso el Bueno que entre 
las garras de la bestia acabase de sufrir su pobre 
y llagado corazón y se deshiciese en él la imagen 
de aquella Aldonza, suspirada doce años. Pero 
el generoso león, más comedido que arrogante, 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 281 

no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, des- 
pués de haber mirado a una y otra parte, como 
se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus tra- 
seras partes a Don Quijote, y con gran flema y 
remanso se volvió a echar en la jaula. 

¡Ah. condenado Cide Hamete Benengeli, o 
quienquiera que fuese el que escribió tal haza- 
ña, y cuan menguadamenite la entendiste! No 
parece sino que al narrarla te soplaba al oído el 
envidioso bachiller Sansón Carrasco! No, no fué 
así, sino lo que en verdad pasó es que el león se 
espantó o se avergonzó más bien al ver la fiere- 
za de nuestro caballero, pues Dios permite que 
las fieras sientan más al vivo que los hombres la 
presencia del poder incontrastable de la fe. O 
¿no sería acaso que el león, soñando entonces eñ 
la leona recostada, allá, en las arenas del desier- 
to, bajo una palmera, vio a Aldonza Lorenzo en 
el corazón del Caballero? (jNo fué su amor lo que 
le hizo a la bestia comprender el amor del hom- 
bre y respetarle y avergonzarse anle él? 

No, el león no podía ni debía burlarse de Don 
Quijote, pues no era hombre sino león, y las 
fieras naturales, como no tienen estragada la vo- 
luntad por pecado original alguno, jamás se bur- 
lan. Los animales son enteramente serios y ente- 
ramente sinceros, sin que en ellos quepa soca- 
rronería ni malicia. Los animales no son bachi- 
lleres, ni por Salamanca ni por ninguna otra par- 
te, pwDrque les basta lo que la naturaleza les da. 
Lo que le pasó al león, enjaulado entonces 
mo en un tiempo lo estuvo Don Quijote, es 
'- al ver a éste se avergonzó, y que esto debió 
r así nos lo prueba y corrobora el que ya en 
otra ocasión- siglos antes, se había otro león aver- 
gonzado ante otro hazañoso caballero, el Cid 



282 MIGUEL DE UNAMUNO 

Ruy Díaz de Vivar, según nos lo cuenta su viejo 
romance (PoEMA DEL CiD, versos 2278 a 2301). 
El cual dice que estando el Cid en Valencia con 
todos sus vasallos y sus yernos los infantes de 
Carrión, y durmiendo el Campeador en un esca- 
ño, salióse de la red y se desató el león, sem- 
brando miedo en la corte. Despertó el que en 
buen hora nació, y al ver lo que acontecía 

Mió CiíJ fiíicó el cobdo, en pie se levantó; 
el manto trae al cuello e adelinó pora león; 
el león quando lo vio assí, envergonzó: 
ante mió ^id la cabega premió e el rostro fincó. 
Mió ^id don Rodrigo al cuello lo lomó, 
e lieva lo adestrando, en la red lo metió. 

(2296-2301.) 

Así ante Don Quijote, nuevo Cid Campeador, 
envergonzó el león, que acaso fuera uno de los 
dos que hoy figuran en nuestro escudo de ar- 
mas, y el avergonzado ante el Cid el otro. 

Aún insistió Don Quijote en que se irritase al 
león; mas el leonero le convenció de que no de- 
bía hacerse. Y fué entonces cuando el Caballero 
pronunció aquellas profundísimas palabras de 
bien podrán los encantadores quitarme la ven- 
tura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible. 
Y ¿qué más hace falta? 

Y no se me venga ahora aquí diciendo que 
me aparto del puntuaKsimo texto del historiador 
porque es preciso entender bien en que no pue- 
de uno apartarse de él, sin muy grave temeridac 
y aun peligro de su conciencia, y en que somoí 
libres de interpretarlo a nuestro sabor y conse 
jo. En cuanto fe refiere a hechos y aparte lo! 
evidentes errores de copista — rectificables to 
dos — ^no hay sino acatar la infalible autoridac 



VIDA DL DON QUUOTE Y SANCHO 283 

del texto cervantino. Y así debemos creer y con- 
fesar que el león volvió las espaldas a Don Qui 
jote y se volvió a echar en la jaula. Pero que 
fuese por comedimiento y que considerase ni- 
ñerías y bravatas las de Don Quijote y que no 
lo hiciese por vergüenza al ver su valor, o ya 
compadecido de su amor desgraciado, es una li- 
bre interpretación del historiador, que no vale 
sino por la autoridad personal y puramente hu 
mana del historiador mismo. Sucede con esto 
como con el comentario que pone al discurso de 
los cabreros, llamándolo inútil razonamiento, y 
que es una glosa desdichada que se ha interpo- 
lado en el texto. 

Hago estas prevenciones porque no quiero, he 
de repetirlo una vez más, que se me confunda 
con la perniciosa y pestilente secta de los hom- 
bres vanos e hinchados de huera ciencia histo 
rica, que se atreven a sostener que no hubo tales 
Don Quijote y Sancho en el mundo, y otras atro- 
ces osadías semejantes, a que les lleva su desme- 
dido afán de lograr notoriedad sosteniendo nove- 
dades y singularidades. Y ved aquí cómo el mis- 
mo noble impulso de dejar nombre y fama que 
movió a Don Quijote a llevar a cabo sus haiza- 
ñas, les mueve a otros a negarlas. ¡Qué abismo 
de contradicciones es el hombre! 

Y volviendo a nuestra historia, hemos de aña- 
dir que luego de avergonzado el león y al expli- 
car Don Quijote a Don Diego de Miranda su 
aparente locura en tal proeza, descubrió una 
vez más la raíz de ella al declarar que andaba a 
la busca de tan arriesgadas aventuras sólo por 
alcanzar gloriosa jama y duradera» y explicó, 
con atinadísimas razones, cómo debe el caballe- 
ro dar en temerario — pues reconoció ser teme- 



284 MIGUEL DE UNAMUNO 

ridad exorbitante lo del león — ya que es más fá- 
cil dar el temerario en verdadero valiente que 
no el cobarde subir a la verdadera valentía y en 
esto de acometer aventuras... antes se ha de pe- 
car por carta de más que de menos. ¡Concerta- 
dísimas y muy cuerdas razones con las que se 
justifica todo exceso ascético o heroico! 

Conviene también pararse a considerar cómo 
esta aventura del león fué una aventura por par- 
te de Don Quijote, de acabada obediencia y de 
perfecta fe. Cuando el Caballero topó al azar de 
los caminos con el león aquél fué, sin duda al- 
guna, porque Dios se lo enviaba a él, y su for- 
tísima fe le hizo decir que él sabía si iban o no 
a él aquellos señores leones. Y con sólo verlos 
entendió la voluntad dfel Señor y obedeció se- 
gún la tercera y más perfecta manera de obe- 
decer que hay, según Iñigo de Loyola — ^véase el 
cuarto aviso que dictó sobre esto, según lo trae 
el P. Rivadeneira, en el capítulo IV del libro V 
de la Vida — y es «cuando hago esto o aquello 
sintiendo alguna señal de Superior, aunque no 
me lo mande ni ordene)). Y así Don Quijote en 
cuanto vio al león, sintió la señal de Dios, y arre- 
metió sin prudencia alguna, pues como decía el 
mismo Loyola — véase el mismo capítulo ante- 
dicho^ — (da prudencia no se ha de pedir tantc 
al que obedece y ejecuta cuanto al que manda 
y ordena)). Y Dios quiso, sin duda, probar la fe 
y obediencia de Don Quijote como había pro- 
bado las de Abraham mandándole subir al mon- 
te Moria a sacrificar a su hijo. (Gen., cap. XXII ) 



capítulos XVIIL XIX, XX, XXI, 
XXII Y XXIII 

Que traían Je lo que sucedió a Don Quijote en casa del caballero 
del Verde Gabán, de la aventura del pastor enamorado, de las 
b^das de Camacho, y en los dos últimos de la aventura de la 
cueoa de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, y de 
las admirables cosas que el extremado Don Quijote contó que había 
visto en ella. 



Llegaron a casa de Don Diego, conoció gJlí 
Don Quijote al hijo de aquél, Don Lorenzo, y 
al oirle negar que hubiese habido caballeros an- 
dantes no trató ya de sacarle de su engaño, sino 
que propuso rogar al cielo le sacase de el. ¡Ah, 
mi pobre Caballero, y cómo te ha dejado el en- 
cantamiento de tu Dulcinea! 

Tras esto ocurrió lo de las bodas de Camacho 
en que nada hay que notar, y después se dirigió 
Don Quijote a la cueva de Montesinos, que está 
en el corazón de la Mancha. 

\ntes de hundirse en ella hizo una oración en 
Lij¿ baja pidiendo a Dios le ayudase y le die^e 
buen suceso en aquella al parecer peligrosa y 
nueüa aventura, y en voz alta dijo lue0o: oh se- 



286 MIGUEL DE UNAMUNO 

ñora de mis acciones y movimientos, clarísima y 
sin par Dulcinea del Toboso, si es posible que 
lleguen a tus oídos las plegarias y rogaciones 
deste tu venturoso amante, por tu inaudita be- 
lleza te ruego las escuches, que no son otras que 
rogarte no me niegues tu favor y amparo ahora 
que tanto lo he menester. Ved cómo a canto de 
meterse en tan inaudito empeño ruega primero 
a Dios y a Dulcinea luego, a Dios en voz baja y. 
a Dulcinea en alta voz. Con Dios primero, sí, 
pero a solas, que no necesita de que nos desga- 
ñitemos para oírnos, pues oye hasta el resollar 
de nuestro silencio; mas con Dulcinea nos es 
menester dar grandes voces e invocarla a pecho 
henchido y boca llena, entre los hombres. 

Y prosiguió diciendo Don Quijote: Yo voy a 
despeñarme, a empozarme y a hundirme en el 
abismo que aquí se me representa, sólo por que 
conozca el mundo que si tú me favoreces no ha- 
brá imposible a quien yo no acometa y acabe. 
Amad a Dulcinea y no habrá imposible que se 
os resista y tese. ¡Ahí está el abismo; adentro 
de él! 

Y en diciendo esto se acercó a la sima, vio no 
Ser posible descolgarse ni hacer lugar a la entra- 
da si no era a fuerza de brazos o a cuchilladas, 
y asi poniendo mano a la espada, comenzó a 
derribar y a cortar de aquellas malezas que a la 
boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y es' 
truendo salieron por ella una infinidad de gran- 
dísimos cuervos y grafos> tan espesos y cOn tanto 
priesa que dieron con Don Quijote en el suelo; y 
si él fuera tan agorero como católico cristiano, 
lo tuviera a mala señal y excusara de encerrarse 
en lugar semejante. Parémonos a considerarlo. 

Si te empeñas en empozarte y hundirte en la 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 287 

sima de la tradición de tu pueblo para escudri- 
ñarla y desentrañar sus entrañas, escarbándola 
y zahondándola hasta dar con su hondón, se te 
echarán al rostro los grandísimos cuervos y gra- 
jos que anidan en su boca y buscan entre las 
breñas de ella abrigo. Tendrás primero que de- 
rribar y cortar las malezas que encubren a la 
cueva encantada, o más bien tendrás que des- 
escombrar su entrada, obstruida por escombros. 
Lo que llaman tradición los tradicionalistas no 
son sino rastrojos y escurrajas de ella. Los gran- 
dísimos cuervos y grajos que guardan la boca de 
esa sima encantada y en la que fraguaron sus 
escondrijos, jamás se empozaron ni hundieron 
en las entrañas de la sima, y se atreven, no em- 
bargarte, a graznar diciéndose moradores de su 
interior. La tradición por ellos invocada no lo 
es de verdad; se dicen voceros del pueblo y 
nada nay de esto. Con el machaqueo de sus 
graznidos han hecho creer al pueblo que cree 
lo que no cree, y es menester empozarse en las 
entrañas de la sima para sacar de allí el alma 
viva de las creencias del pueblo. 

Y antes de hundirse y empozarse uno en esa 
sima de las verdaderas creencias y tradiciones 
del pueblo, no las del carbonero de la fe, tiene 
que derribar y cortar las malezas que cubren su 
entrada. Cuando lo hagáis os dirán que queréis 
cegar la cueva y taparla y ahogar a los moradores 
de ella; os llamarán malos hijos y descastados y 
todo cuanto se les ocurra. Haced oídos sordos a 
graznidos tales. 

Y allí, en la cueva, gozó Don Quijote de visio- 
nes que se dejan muy a la zaga a las más mara- 
villosas de que otros hayan gozado, sin que sea 
menester repetir aquí lo de que si a uno se le 



MIGUEL DE UNAMUNO 



aparece un ángel en sueños es que soñó que se 
le aparecía un ángel. Invito al lector a que relea 
en el capítulo XXIII de la Segunda Parte el re- 
lato de las asombrosas visiones de Don Quijote 
y juzgando, como debe juzgarse, por el conten- 
to y deleite que de su lectura reciba, me diga 
luego si no son más fidedignas que otras no me- 
nos asombrosas con que dicen que Dios regaló 
a siervos suyos, soñadores en la profunda cueva 
encantada del éxtasis. Y no sirve sino creer a 
Don Quijote, que siendo hombre incapaz de 
mentir, afirmó que lo por él contado lo vio por 
sus propios ojos y lo tocó con sus mismas ma- 
nos, y esto baste y aun sobre. Sancho quiso ne- 
gar la verdad de tales visiones y más cuando oyó 
decir a su amo que vio a Dulcinea encantada 
en la moza labradora que aquél le había mostra- 
do, mas Don Quijote respondió sesudamente: 
Como te conozco, Sancho, no hago caso de tus 
palabras. Ni debernos nosotros tampoco hacer 
caso de palabras sanchopancescas cuando de 
rendir fe a visiones se trate. 



CAPITULO XXIV 

Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias 
al verdadero entendimiento desta grande historia. 



Al llegar a esta aventura de visión se cree el 
historiador obligado a dudar de su autenticidad, 
mostrando en ello su poca fe, y hasta se propa- 
sa a suponer que al tiempo de morir se retractó 
de ella Don Quijote y dijo que la había inventa- 
do por parecerle que convenía y cuadraba bien 
con las aventuras que había en su historia. ¡Oh 
menguado historiador, cuan poco se te alcanza 
de achaque de visiones! 

Sin duda no leíste, o si lo leíste- pues se publicó 
veintidós años antes que tú publicases la histo- 
ria de Don Quijote, no meditaste bien el libro de 
la Vida del bienaventurado P. Ignacio de Lo- 
YOLA, del P. Pedro de Rivadeneira, quien en el 
capítulo VII del libro I nos cuenta las visiones 
del caballero andante de Cristo y cómo «se le 
representó la manera que tuvo Dios en hacer el 
mundo» y «vio la sagrada humanidad de nues- 
tro Redentor Jesucristo, alguna vez también a 
la gloriosísima Virgen» y otras maravillosas vi- 
nones, entre ellas la del Demonio, que se le 

19 



290 MIGUEL DE UNAMUNO 

apareció muchas veces «no sólo en Manresa y 
en los caminos, sino en París también y en Roma; 
pero su semblante y aspecto... era tan apocado 
y feo, que no haciendo caso del, con el báculo 
que traía en la mano fácilmente le echaba de sí». 

De los que nieguen tales visiones y digan que 
son imposibles, digamos lo que de ellos dice el 
piadosísimo P. Rivadeneira y esj que «seráh 
comúnmente hombres que no saben, ni entien- 
den, ni han oído decir qué cosa sea espíritu, ni 
gozo ni fruto espiritual... ni piensan que hay 
otros pasatiempos y gustos, ni recreaciones sino 
las que ellos, de noche y de día, por mar y por 
tierra, con tanto cuidado y solicitud y artificio 
buscan para cumplir con sus apetitos y dar con- 
tento a su sensualidad. Y así no hay que hacer 
caso de ellos». ¡Prudentísimas palabras, que de- 
bía conocer y haber leído Don Quijote, pues con- 
testó a Sancho lo de: Como te conozco, Sancho 
no hago caso de tus palabras! 

Con gran acierto trae a colación aquí el Pa- 
dre Rivadeneira lo del Apóstol (I. Cor. II) de 
que los hombres carnales no son quién para juz- 
gar de las cosas y visiones de los espirituales 3 
se consuela y nos consuela el buen padre cor 
que había también ((cristianos y cuerdos, y leídoí 
en historias y vidas de Santos» que aunque en 
tienden que en cosas de visiones ((es meneste: 
mucho tiento , porque puede haber engaño 3 
muchas veces le hay», no por eso ha de dejarst 
de darlas crédito. Conviene que el lector lea la; ' 
razones todas que aduce el piadoso Padre his 
toriador de Iñigo de Loyola para convencerno 
de la verdad de las visiones de éste, pues quiei 
tan grandes obras llevó a cabo, bien pudo ver 1< 
que vio, y ((necesariamente habemos de conce 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 291 

der lo que es más, concedamos lo que es me- 
nos, y entendamos que todos los rayos y res- 
plandores que vemos en las obras que hizo, sa- 
lieron destas luces y visitaciones divinas». ¿Cómo, 
en efecto, negaremos que vio lo que vio Don 
Quijote en la cueva de Montesinos siendo caba- 
llero incapéiz de mentir y habiendo arremetido a 
molinos y yangüeses» enzarzado a sus burlado- 
res en defender lo del yelmo, vencido al Caba- 
llero de los Espejos y avergonzado al león? El 
que estas, y otras no menos asombrosas haza- 
ñas llevó a cabo, bien pudo ver en la cueva de 
Montesinos cuanto se le antojara ver en ella. Y 
si lo vio, de lo cual no debe cabemos duda, 
cqué diremos de la realidad de sus visiones? Si 
la vida es sueño ipoi qué hemos de obstinarnos 
en negar que los sueños sean vida? Y todo cuan- 
to es vida es verdad. Lo que llamamos realidad 
¿es algo más que una ilusión que nos lleva a 
obrar y produce obras? El efecto práctico es el 
ínico criterio valedero de la verdad de una visión 
"siquiera. 



CAPITULO XXV 



Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titeretero, 
con las memorables adivinanzas del mono adivino. 



De allí continuaron su camino, ardiendo Don 
Quijote en deseos de saber para qué llevaba ar- 
mas un hombre que se les adelantó, y como re- 
husara éste darle cuenta de ello hasta que aca- 
base de dar recado a su bestia, ayudóle a ello 
Don Quijote, ahechándole la cebada y limpian- 
do el pesebre, maravilloso ejemplo de humil- 
dad que no suele ser lo mentado que merece 
serlo. Y ésta es sin duda una de las grandes 
aventuras de nuestro Caballero, la de haber ahe- 
i chado cebada y limpiado un pesebre, no más, al 
parecer, que por oir pronto un relato deleitoso; 
el relato de los regidores rebuznantes. 

Y como no nos está bien el creer que sólo por 

^oir tal cosa se redujera Don Quijote a ejercer 

I menesteres tan impropios de su oficio de caba- 

o andante, hemos, por fuerza, de suponer lo 

o para ejercitar su humildad y ejercitarla sen- 

imente y buscando un pretesto, con lo que 

tó la soberbia del humilde. No se las echó de 

tal, ni hizo ostentación de humildad, sino que 



294 MIGUEL DE UNAMUNO 

pura y sencillamente, como quien hace la cosa 
más natural y corriente del mundo, y sin conce- 
derle importancia al acto, con aquellas manos 
que alancearon molinos, libertaron galeotes, 
vencieron al vizcaíno y al Caballero de los Es- 
pejos y esperaron, sin temblar, al leoncito; con 
aquellas mismas manos ahechó cebada y lim- 
pió el pesebre, dando por razón aquellas senci- 
llísimas palabras de: no quede por eso, que yo 
os ayudaré a todo. 

Lo hizo más sencillamente aún que Iñigo de 
Loyola después de haber recibido el cargo de 
Prepósito general de la Compañía que formó 
cuando «se entró en la cocina y en ella por mu- 
chos días sirvió de cocinero y hizo otros oficios 
bajos de casa», porque Iñigo lo hacía con inten- 
ción de enseñar, «para provocar a todos con su 
ejemplo al deseo de la verdadera humildad» — 
dice el P. Rivadeneira, Eb. III, cap. II — ^y en 
Don Quijote no hubo ni esa segunda intención 
de aleccionar a otros, sino pura y simplemente 
ahechó la cebada y limpió el pesebre como si 
fuese cosa suya, como la violeta perfuma y el 
ruiseñor canta. No quede por eso, que yo os 
ayudaré á todo. 

Yo os ayudaré a todo, es lo que dice Don 
Quijote a todo hombre sencillo y limpio de se- 
gundas intenciones. 

En esta aventura se ve acaso más que en 
otra alguna cómo era el espíritu de Alonso Qui- 
jano' a quien sus virtudes le valieron el sobre 
nombre de Bueno, el espíritu que guiaba di de 
Don Quijote, y cómo en la bondad del hombre 
está la raíz del heroísmo del caballero. ¡Oh, m 
señor Don Quijote, y cuan grande te me apa 
reces ahechando cebada y limpiando el pese 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 295 

brc, sin ostentación alguna de humildad y como 
!{í tal cosa hicieras! A bueno es a lo que nadie 
le ha ganado, a sencillamente bueno. Y por eso 
tienes un altar en el corazón de todos los bue- 
nos que no en tu locura sino en tu bondad pa- 
ran su vista. Tú mismo, mi señor, cuando qui- 
siste alabar a tu escudero le llamaste por de 
pronto y ante todo Sancho bueno, y luego dis- 
creto, cristiano y sincero. Es lo que hay que 
ser en el mundo, señor mío, bueno, sencilla- 
mente bueno, bueno a secas, bueno sin adje- 
tivo ni teologías ni aditamento alguno, bueno 
y no más que bueno. Y si tan noble dictado se 
confunde con el de tonto tú llegaste en tu bon- 
dad hasta la locura entre tantos cuerdos burla- 
dores, es decir, malos. Porque en nada como 
en la burla se conoce la maldad humana y el 
demonio es el gran burlador, el emperador y 
padre de los burladores todos. Y si la risa pue- 
de llegar a ser santa y liberadora y, en fin, bue- 
na, no es ella risa de burla, sino risa de con- 
^-nto. 



CAPÍTULO XXVI 



Donde se proigue la graciosa aventura del lilerelero, con otras cosas 
en verdad harto buenas. 



Encontrándose Don Quijote en la venta y des- 
pués de haber oído el relato de los alcaldes re- 
buznadores fué cuando llegó Maese Pedro con 
el mono adivino y el retablo de la libertad de 
Melisendra. Pasmado Don Quijote al ver que 
Maese Pedro, luego que oyó al mono, le cono- 
ció, lo tuvo por cosa demoniaca, y pasó des- 
pués a ver el retablo y asistir a la representa- 
ción de la libertad que a Melisendra dio su es- 
poso Don Gaiferos. 

Salieron allí entonces Cario Magno y Roldan, 
el alcázar de Zaragoza, moros, Mcirsilio de 
Sansueña, Don Gaiferos... Y cuando lleván- 
dose éste a su esposa Melisendra partió en su 
seguimiento lucida caballería, púsose en pie 
Don Quijote, acudió en ayuda de Don Gaife- 
ros después de pronunciado su discurso a los 
perseguidores, a estilo homérico, y comenzó a 
llover cuchilladas sobre la titerera morisma, de- 
rribando a unos, descabezando a otros, estro- 
peando a éste» destrozando a aquél y entre otros 



298 MIGUEL DE UNAMUNO 

muchos' tiró un altibajo tal, que si Maese Pedro 
no se ahaja, se encoje y agazapa, le cercenara 
la cabeza con más facilidad que si fuera he.- 
cha de masa de mazapán. 

¡Brava y ejemplarísima pelea! ¡Provechosa lec- 
ción! Y no servía que Maese Pedro advirtiese 
a Don Quijote que aquellos que derribaba, des- 
trozaba y mataba no eran verdaderos moros 
sino unas figurillas de pasta, pues no por eso 
dejaba de menudear aquél cuchilladas. Y hacía 
bien, muy requetebién. Arman los maeses Pe- 
dros sus retablos de farándula y pretenden que 
por ser las de ellos figurillas de pasta, declara- 
das tales, se les respete. Y lo que el Caballero 
andsinte debe derribar, descabezar y estropear 
es lo que a título de ficción hace más daño que 
el error mismo. Porque es más respetable el 
error creído que no la verdad en que no se 
cree. 

— Mire, señor, que no haga el ridículo ni se 
meta a perseguir figurillas de retablo; que esta- 
mos todos en el secreto y es éste un juego de 
compadres en que a nadie se engaña; mire que 
aquí no se trata sino de pasar el tiempo y ha- 
cer que hacemos, y ni Cario Magno es Cario 
Magno, ni Roldan Roldan, ni Don Gaiferos es 
tal Don Gaiferos, y aquí a nadie se embauca» 
sino que se deleita y regocija a la galería, que 
aunque finge creer la comedia tampoco la cree 
en verdad; mire, señor, no malgaste sus ener- 
gías en pelear con figurillas de pasta... 

— Pues porque son de pasta las figurillas y 
estamos en ello todos — respondo — es por lo 
que hay que descabezarlas y destrozarlas, pues 
nada más pernicioso que la mentira por todos 
consentida. Todos estamos en el secreto, se- 



VIDA DE DON QUIJOTE \' SANCHO 299 

creto a voces, todos sabemos y nos lo decimos 
al oído los unos a los otros, que el tal Don 
Gaiferos no es Don Gaiferos, ni hay tal liber- 
tad de Melisendra, y si es así ¿por qué duele e 
irrita que se encarame uno a la pingorota de la 
torre más aha del pueblo y grite desde ella a 
voces, como vocero de la sinceridad, lo que 
todos se dicen al oído, derribando, descabe- 
zando y estropeando así al embuste? Hay que 
limpiar el mundo de comedias y de retablos. 

Y acude Maese Pedro cariacontecido y ex- 
ciama: mire, pecador de mi, que me destruye 
y echa a perder toda mi hacienda. Pues no vi- 
vas de eso, Ginesillo de Pasamente: es lo que 
le debemos responder. Trabaja y no armes re- 
tablos. Y en resolución digamos con Don Qui- 
jote: ¡viva la andante caballería sobre cuantas 
cosas hoy viven en la tierra! ¡Viva la andante 
caballería y muera la farándula! 

¡Muera la farándula! Hay que acabar con los 
retablos todos, con todas las ficciones sancio- 
nadas. Don Quijote» tomando en serio la co- 
media, sólo puede parecer ridículo a los que 
toman en cómico la seriedad y hacen de la vida 
teatro. Y en último caso cpo^ qué no ha de en- 
trar en la representación y formar parte de ella 
el descabezamiento, estropicio y destrozo de 
los comediantes de pasta? Es fuerte cosa que se 
quejen de quien toma en serio la comedia los 
que representan ésta lo más seriamente del mun- 
do, y ponen todo su cuidado en que no se falte 
una tilde a las reglas del arte cómico. Porque 
habréis observado, buenos lectores, que nada 
hay más insoportable que la exigencia de que 
se guarden estrechamente los ritos, etiquetas y 
rúbricas de las cosas de pura representación. 



300 MIGUEL DE UNAMUNO 

y que sean los que se dan de maestros de ce- 
remonias los que menos respeten la verdadera 
seriedad de la vida. Sabrá muy bien cuándo se 
debe llevar corbata negra y cuándo blanca, has- 
ta qué hora levita y desde qué hora fraque, y 
qué tratamiento debe dársele, pero éste mismo 
no sabrá por dónde buscar á su Dios, ni cual 
es su destino último. Y no hablemos de los que 
rebelándose contra la ética quieren imponernos 
la tiranía de la estética y sustituir a la concien- 
cia moral con esa quisicosa que llaman el buen 
gusto. Cuando empiezan a prevalecer tales 
doctrinas los obreros tienen que declararse 
cursis. 

Tratando Teresa de Jesús en el capí- 
tulo XXXVII de su Vida de cómo «no cumple 
perder punto en puntos de mundo» por no dar 
«ocasión a que se sientan los que tienen su 
honra puesta en estos puntos» y de los que di- 
cen que «los monasterios ham de ser corte de 
crianza» dice que no puede entender esto. 
Agrega que ni aun tiempo hay para aprender 
tales cosas, pues sólo «para títulos de cartas es 
ya menester haya cátedra adonde se lea cómo 
se ha de hacer, a manera de decir, porque ya 
deja papel de una parte, ya de otra, y a 
quien no se solía poner magnífico, hase de po- 
ner ilustre». La animosa monja no sabía en qué 
ha de parar esto, porque no teniendo aún cin- 
cuenta años cuando escribía lo trascrito, decía 
((en lo que he vivido he visto tantas mudanzas, 
que no sé vivir». Y añadía así: «Por cierto yo 
he lástima a gente espiritual que está obliga- 
da a estar en el mundo por algunos santos 
fines' que es terrible la cruz que en esto llevan. 
Si se pudieran concertcir todos y hacerse igno« 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 301 

rantes, y querer que los tengan por tales en es- 
tas ciencias, de mucho trabajo se quitarían». ¡Y 
de tanto! Los espirituales deben concertarse, en 
efecto, y hacerse ignorantes en puntos de mun- 
do y querer que los tengan por tales. Cuantos 
amamos a la verdad sobre todas las cosas debe- 
mos concertarnos para ignorar las premáticas 

mandamientos de ese dichoso buen gusto con 
H'ae se la disfraza, y j>ara pisotear las buenas 
formas y dejar que nos llamen cursis y querer 
que nos tengan por tales. 

Hay una gavilla suelta de faranduleros que lle- 
van prendido de la boca el amomiado credo, 
herencia de sus bisabuelos, como llevan el es- 
cudo de la casa grabado en la sortija o en el 
puño del bastón, y respetan esas venerandas tra- 
diciones de nuestros mayores como respetan 
cualquier otra antigualla, por bien parecer y ha- 
rerse pasar por distinguidos. Es de buen tono 

viste muy bien eso que llaman ser conserva- 
aor. Y esa gavilla de farsantes ha declarado cur- 
silería todo lo que es pasión y arranque y brío 
y de mal gusto los tajos y mandobles a las tite- 
reras y los guiñoles todos que tienen armados. 
Y cuando esos mamarrachos, alcornoques secos 
y vacíos, digan y repitan la gran sandez de «lo 
cortés no quita a lo valiente», salgárnosles a la 
cara y digámosles en ella y en sus barbas, si las 
tuvieran- que lo cortés quita a lo valiente, y 
que el verdadero valor, el valor quijotesco pue- 
de, suele y debe consistir muchas veces en atre- 
pellar toda cortesía y aparecer, hasta, si preciso 
fuere, brosero. Sobre todo con los Maese Pedros 
que viven de retablos. 

c Conocéis cosa más terrible que oiir la misa 
de un cura ateo, que la celebra por cobrar el pie 



302 MIGUEL DE UNAMUNO 

de altar? ¡Muera toda farándula, toda ficción 
sancionada! 

Pasando por León fui a ver y contemplar su 
primorosa catedral gótica, aquella gran lámpara 
de piedra, en cuyo seno canturrean los canóni- 
gos al son pastoso del órgano. Y contemplando 
sus mimbreñas columnas, sus altos ventanales de 
pintadas vidrieras por donde la luz al entrar se 
destrenza y desparrama en colores vanos, y la 
enramada de nervios que sostiene a la bóveda, 
pensé así: ¡Cuántos deseos silenciosos, cuántos 
anhelos callados, cuántos pensares recónditos no 
habrá recibido esta pedernosa fábrica, junto con 
oraciones cuchicheadas o tan sólo pensadas, con 
ruegos, con imprecaciones, con requiebros de 
amor al oído de la amada, con quejas, con re- 
convenciones! ¡cuántos secretos vertidos en el 
confesonario! ¿Y si todos estos deseos, anhelos, 
pensares, oraciones, cuchicheos, ruegos, impre- 
caciones, requiebros» quejas y secretos, si todo 
esto empezase a cantar por debajo de la rutine- 
ra salmodia litúrgica del coro canónico? En la 
caja de una vihuela, en sus entrañas, duermen 
las notas todas que se le arrancaron á eüa, así 
como las notas todas que pasaron junto a ella, 
rozándola, al pasar en vuelo, con sus alas sono- 
ras; y si todas esas notas- propias y ajenas, que 
allí duermen, despertaran, estallaría la caja de 
la vihuela por el empuje de la tempestad sonora. 
Y así, si despertase todo eso que duerme en el 
seno de la catedral, vihuela de piedra, y ronjpie- 
ra a cantar todo ello, derrumbaríase la catedral 
rota por el empuje del clamor inmenso. Las vo- 
ces, libertadas, buscarían el cielo. Derrumbaría- 
se la catedral de piedra, vencida y agobiada por 
la iviolencia del propio esfuerzo, al ponerse a 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 303 

cantar, pero de entre sus escombros, que segui- 
rían cantando, resurgiría una catedral de espí- 
ritu, más aérea, más luminosa y a la vez más só- 
lida, una inmensa seo que elevaría al cielo co- 
lumnas de sentimiento que se ramificaran bajo la 
bóveda de Dios, echando a tierra su peso muer- 
to por arbotantes y contrafuertes de ideas. Y 
esto no sería comedia litúrgica. ¡Oh y quién pu- 
diese hacer cantar a nuestras catedrales toda 
oración, toda palabra, todo pensar y todo sentir 
que en su seno han acojido! ¡quién pudiese 
animarles las entrañas, las entrañas mismas de 
la encantada cueva de Montesinos! 

Volvamos al retablo. Un retablo hay en la ca- 
pital de mi patria y la de Don Quijote, donde se 
representa la libertad de Melisendra o la regene- 
ración de España o la revolución desde arriba, 
y se mueven allí, en el Parlamento, las figurillas 
de pasta según les tira de los hilos Maese Pedro. 
Y hace falta que entre en él un loco caballero 
andante, y sin hacer caso de voces, derribe, des- 
cabece y estropee a cuantos allí manotean, y des- 
truya y eche a perder la hacienda de Maese Pe- 
dro. 

El cual volvió a la carga y el pobre Don Qui- 
jote, como llevaba en sí al bueno de Alonso el 
Bueno, convencióse de que todo había sido cosa 
de encantamiento y ofreció pagar el destrozo. Y 
harto hizo con pagarlo. Aunque si bien se mira 
justo es que al que vive de mentiras, cuando se 
le han quebrado éstas, se le remedie en lo posi- 
ble el daño hasta que aprenda a vivir de la ver- 
dad. Porque es lo que se dice: si quitáis a los 
faranduleros la farándula, de la cual tan sólo 
han aprendido a vivir ¿cómo vivirán? Y cierto es 
también que Dios no quiere la muerte del peca- 



304 MÍGUEL DE UNAMUNO " 

dor, sino que se convierta y viva, y para que 
pueda convertirse ha de vivir y para que viva 
es menester sustentarle. 

¡Oh Don Quijote el Bueno! y cuan magnáni- 
mamente después de haber derribado» descabe- 
zado y estropeado la mentira pagaste lo que 
ella valía, dando cuatro reales y medio por el 
rey Marsilio de Zaragoza, cinco y cuartillo por 
Cario Magno, y así por los otros, ha^ta cuarenta 
y dos reales y tres cuartillos. ¡Si no costara más 
hacer añicos el retablo parlamentario y el otro 



CAPITULO XXVII 

Donde se da cuenta de quiénes eríin Maese Pedro y su mono, con 

el mal suceso que Don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, 

que no la acabó como él quisiera y lo tenía pensado. 



Luego de eso de Maese Pedro, el cual ya sa- 
bemos qué picaro era, fué cuando Don Quijote 
se halló entre la gente armada del pueblo de 
los rebuznadores e intentó persuadirlos a que 
no peleasen por tal niñería y corroborándole 
Sancho, dio en la mala ocurrencia de rebuznar, 
por donde se armó la pedrea de que a todo ga- 
lope salió Don Quijote, encomendándose de todo 
corazón a Dios, que de aquel peligro le librase. 

Y aquí, al contar esta la primera vez que huye 
el denodado vencedor del vizcaíno, del Caballe- 
ro de los Espejos y del león, el que tantas veces 
afrontó a tropas de hombres, dice el historiador: 
cuando el valiente huye, la superchería está des- 
cubierta, y es de varones prudentes guardarse 
para mejor ocasión. Y ccómo iba a hacer frente 
Don Quijote a un pueblo que tiene a gala rebuz- 
nar? La manera de expresarse colectivamente 
un pueblo es un a modo de rebuzno, aunque 
cada uno de los que lo componen use de lengua- 

20 



306 MIGUEL DE UNAMUNO 

je articulado para sus menesteres individuales, 
pues sabido es cuan amenudo ocurre que el jun- 
tarse hombres racionales o semi-racionales si- 
quiera, formen un pueblo asno. 

Antes de dictar ordenamientos para regir al 
pueblo, oigamos su parecer — se dice — , consul- 
témosle. Y es ello algo así como si un albéitar 
en vez de escudriñar a un asno y tantearle y pul- 
sarle y registrarle para descubrir de qué padece 
y dónde le duele y de qué remedio ha menester, 
le consulta y espera a que rebuzne para recetar- 
le, arrogándose el papel de truchimán de rebuz- 
nos. No, sino cuando no se logra convencer al 
pueblo rebuznador, huir de él como prudente y 
no temerario caballero. Y no hacer caso de los 
Sanchos egoístas que se quejan porque no lof 
defendimos cuando tuvieron el mal acuerdo de 
rebuznar ante rebuznadores. 

Y volvió después de esto Sancho a lo del sa 
lario, y Don Quijote quiso saldar cuentas y des 
pedirle y entonces es cuando le dijo aquella 
durísimas palabras de asno eres y asno has di 
ser y en asno has de parar cuando se te acabe e 
curso de la vida, al oir lo cual rompió a llorar e 
pobre escudero y confesó que para ser asno df 
todo no le faltaba sino la cola. Y le perdonó f 
magnánimo caballero, mandándole procurara ei 
sanchar el corazón. Y fué y es uno de los má 
señalados beneficios que Sancho debió y debe 
Don Quijote, el de que éste le convenciera y 1 
convenza de que para ser asno del todo no le fa 
ta sino la cola. Cola que no le brotará ni crecei , 
mientras siga y sirva a Don Quijote. 



CAPITULO XXIX 

De la famosa aventura del barco encantado. 



Y en esto llegaron a orillas del río Ebro y se 
encontraron allí con un pequeño barco sin remos 
ni otras jarcias algunas, y ¡es claro! barco sin re- 
mos ni otras jarcias y atado en la orilla, ¡aven- 
tura al canto! Donde veas algo en facha de es- 
pera, es que te espera a ti, no lo dudes. Y si es 
barco métete en él, desatrácalo y que te lleve a 
la buena de Dios. 

Así hizo Don Quijote y no bien se habían 
apartado obra de dos varas de la orilla, cuando 
Sancho, que, como buen manchego, debía de 
ser hidrófobo, rompió a llorar. Y tan hidrófobo, 
pues al tentarse para comprobar si habían pasa- 
do la línea equinoccial, en pasando la cual mue- 
ren los piojos, topó no ya con algo, sino con al- 
gos. Y el barco fué a dar a una aceña, en que se 
hizo trizas, no sin antes haberse ido al agua Don 
Quijote y Sancho. 

Y éste sí que es típico dechado de aventuras 
de obediencia, más aún que la del león. Re- 
cuerda lo que siendo General de la Compañía 
de Jesús «dijo diversas veces» Iñigo de Loyola, y 



308 MIGUEL DE UNAMUNO 

es que «si el Papa le mandase que en el puerto 
de Ostia entrase en la primera barca que hallase 
y que sin mástil, ni gobernalle, sin vela, sin re- 
mos, sin las otras cosas necesarias para la nave- 
gación y para su mantenimiento, atravesase la 
mar, que lo haría y obedecería no sólo con paz, 
mas aun con contentamiento y alegría de su áni- 
mo». (Riv., lib. V, cap. IV.) 

cY para qué había puesto Dios allí aquel bar- 
quichuelo, sino para que, obedeciéndole, em- 
barcase en él Don Quijote a busca de una aven- 
tura desconocida ? Nadie sabe para qué le es más 
propio ni cuál la hazaña ( 1 ) que le está reser- 
vada. 

Tu hazaña, tu verdadera hazaña, la que hará 
valer tu vida, no será acaso la que vayas tú a 
buscar, sino la que venga a buscarte, y ¡ay de 
los que van en busca de la dicha mientras está 
ella llamando a las puertas de su casa! Por algo 
se dijo lo de que las más grandes obras son obras 
de circunstancias. 



( 1 ) Sentí por un momento la tentación de añadir «ni la aceña> 
diciendo «ni cuál la hazaña ni la aceña que le está reservada», per< 
he vencido pronto la tentación ésa. Odio los calembures y juegos d< 
palabras, que revelan el más menguado y más depreciable ingenio 



CAPITULO XXX 

De lo que le avino á Don Quijote con una bella cazadora. 



Ahora empiezan las tristes aventuras de Don 
Quijote en casa de los Duques; ahora es cuando 
topó con la bella cazadora, la duquesa, que le 
llevó a su morada a regocijarse con él y burlarse 
de su heroísmo; ahora empieza la pasión del ca- 
ballero en poder de sus burladores. Aquí ds 
donde la historia de nuestro Ingenioso Hidalgo 
se hunde en despeñaderos de lamentable mise- 
ria; aquí es donde a su magnanimidad y discre- 
ción responden la bellaquería y sandez de aque- 
llos proceres que creían sin duda nacidos los 
héroes para divertirlos y servirles de juguete y 
zarandillos. ¡Oh desdichado que caminas al tem- 
plo de la fama y corres tras la inmortalidad de 
la gloria, mira que si los grandes de la tierra te 
agasajan y miman y regalan es para que adornes 
sus mansiones o para divertirse contigo como con 
un juguete! Tu presencia no es sino ornato de su 
mesa y figuras en ella como figuraría una fruta 
rara o el último ejemplar de un pajarraco que se 
extingue. Cuando más parecen reverenciarte 
más se burlan de ti. Mira que en el fondo no hay 



310 MIGUEL DE UNAMUNO 

soberbia como la soberbia de aquellos que no 
pueden atribuir a propio mérito, sino al azar del 
nacimiento, las preminencias de que gozan. No 
seas juguete de los grandes. Recorre la historia 
y ve en lo que vinieron a dar los héroes que se 
redujeron a ser ornamento de los salones. 



CAPITULO XXXI 

Qu« trata de muchas y grandes cotM. 



Recibieron de solemne burla a Don Quijote en 
casa de los Duques, vistiéronle a usanza caba- 
lleresca y le llevaron a comer. 

Y eillí fué donde se encontró, en la mesa, con 
aquel grave eclesiástico destos que gobiernan 
las casas de los príncipes; destos que como no 
nacen principes no aciertan a enseñar cómo lo 
han de ser los que lo son; destos que quieren 
que la grandeza de los grandes se mida con la 
estrechez de sus ánimos y el cual enderezó a Don 
Quijote, llamándole Don Tonto, aquella repren- 
sión áspera y desabrida, recomendándole se vol- 
viese a su casa a criar a sus hijos, si los tenía, y 
a curar de su hacienda, dejando de andar va- 
gando por el mundo y dando que reir a cuantos 
le conocían y no conocían. 

¡Oh, y cómo dura y persiste y no acaba en 
nuestra España la ralea de estos graves y sesu- 
dos eclesiásticos que quieren que la grandeza 
de los grandes se mida con la estrechez de sus 
ánimos! ¡Don Tonto! ¡Don Tonto! Y ¡cómo te 
viste tratar, mi loco sublime, por aquel grave va- 



312 MIGUEL PE UNAMUNO 

ron, cifra y compendio de la verdadera tontería, 
hulmana! El grave eclesiástico no debía de ha- 
ber leído los Evangelios ni debía de conocer 
aquel sermón de Jesús desde la montaña en que 
dijo: «cualquiera que dijere a su hermano raca 
será culpado del concejo, y cualquiera que le 
dijere tonto será reo del infierno del fue- 
go» (Mat., V, 22). Reo se hizo, pues, del infier- 
no del fuego por haber llamado a Don Quijote 
tonto. 

Ya estás, señor mío, frente a la encarnación 
del sentido común . Y no nos quepa duda de que 
si Cristo Nuestro Señor hubiese en tiempo de 
Don Quijote vuelto al mundo o si hoy volviese a 
él, formaría aquel grave eclesiástico entonces o 
formarían hoy sus sucesores, entre los fariseos 
que le reputarían por loco o dañino agitador y 
le buscarían nueva muerte afrentosa. 



CAPITULO XXXIl 

De la reapuesla que dio Don Quijote á su reprensor, con otros grave» 
y graciosos sucesos. 



Pero a fe que si fué desabrida la reprimenda, 
también fué estupenda la réplica de Don Quijo- 
te a ella, tal cual en este capítulo se contiene, 
"^o hay sino releerla. No hay sino releerla la sobe- 
rana lección a los que sin haber visto más mun- 
do que el que puede contenerse en Veinte o 
treinta leguas de distrito se meten de rondón a 
dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballe- 
ros andantes. 

Mis intenciones siempre las enderezo á hue- 
nos fines, que son de hacer bien a todos y mal 
a ninguno: si el que e^to entiende, si el que esto 
obra, si el que desto trata, merece ser llamado 
bobo, díganlo vuestras grandezas — exclamó Don 
Quijote. Pero es que se las había con uno de 
esos hombres de voluntad mezquina y de cora- 
zón estrecho que han inventado lo de que hay 
ideas buenas é ideas malas, y se empeñan en 
ser definidores de la verdad y del error, y en 
que se siguen al mundo grandes males de que 
hombres crean las visiones de la cueva de 



314 MIGUEL DE UNAMUNO 

Montesinos y no otras visiones no menos visio- 
narias que ellas. Los tales, locos, 6 mejor men- 
guados de corazón, no de cabeza, no hacen 
sino perseguir a los que tienen por locos de la 
cabeza, y entercarse en hacernos creer que 
traen perdido el mundo los caballeros andantes 
que enderezan sus intenciones á buenos fines, 
crean lo que creyeren, y no los graves eclesiás- 
ticos que miden la grandeza de los grandes con 
la estrechez de sus ánimos. Como sus seseras 
resecas y amojamadas son incapaces de parir 
imaginación alguna, atiénense como a incon- 
movible norma de conducta a las empedernidas 
y encostradas imágenes que en depósito recibie- 
ron, y como no saben abrirse sendero a campo 
traviesa y por la espesura de la selva, fija en la 
estrella norte la mirada, obstínanse en que va- 
yamos los demás en su desvencijado carro por 
las roderas del camino de servidumbre públi- 
ca. Esas gentes no hacen sino censurar a los que 
de veras hacen algo. Cuando alguien tiene cuita, 
acude a los caballeros andantes y no a ellos, ni 
al perezoso cortesano que antes busca nuevas 
para referirlas y contarlas, que procura hacer 
obras y hazañas para que otros las cuenten y las 
escriban como dirá más adelante el mismo Don 
Quijote cuando se le presente Trifaldín, el he- 
raldo de la Dueña Dolorida. 

Dijo muy bien Don Quijote: Si me tuüierar 
por tonto los caballeros, los magníficos, los ge- 
nerosos, los altamente nacidos, tuüiéralo poi 
afrenta irreparable; pero de que me tengan poi 
sandio los estudiantes^ que nunca entraron n; 
pisaron las sendas de la caballería, no se me de 
un ardite. Razones dignas del Cid quien segur 
el sabido romance, cuando aquel monje Ber- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 315 

ardo se atrevió a hablarle en lugar del rey Al- 
onso, platicando en el claustro de San Pedro 
le Cárdena, 

¿Quién vos mete, dijo el Cid, en el consejo de guerra 
fraile honrado, a vos agora, la vuesa cogulla puesta? 
Subid vos a la tribuna, y rogad a Dios que venzan, 
que non venciera Josué si Moisén non lo ficiera. 
Llevad vos la capa al coro, yo el pendón a la frontera. 

que más de aceite que sangre, manchado el hábito muestra, 
eprimenda que hizo exclamar al Rey lo de: 

Cosas tenedes, el Cid, que farán fablar las piedras, 
pues por cualquier niñería facéis campaña la iglesia. 

Y cuando los graves eclesiásticos no pueden 
:on los caballeros andantes, vuélvense a sus 
iscuderos. Pero también Sancho sabe respon- 
1er: soy quien júntate a los buenos, y serás uno 
¡e ellos... yo me he arrimado a buen señor, y 
\a muchos meses que ando en su ^/ompañía y 
le de ser otro como él, Dios queriendo. Y lo 
querrá Dios, Sancho bueno^ Sancho discreto, 
5ancho cristiano, Sancho sincero, lo querrá Dios. 
Tú lo dijiste: júntate a los buenos! Porque tu 
imo fué y es y será bueno, ante todo y sobre 
odo bueno, y en pura fuerza de bondad loco, 
^ su locura le ha merecido gloria en el mun- 
lo mientras éste dure y gloria también en la 
ítemidad. ¡Oh, Don Quijote, mi San Quijote! 
5Í, los cuerdos canonizamos tus locuras, y que 
os graves eclesiásticos de ánimo estrecho se 
excusen de reprender lo que no pueden reme- 
üar. y sin decir más ni comer más se fué, dice 
^ ^historiador refiriéndose al grave eclesiástico. 



316 MIGUEL DE UNAMUNO 

¡Se fué!... ¡Se fué!... Oh y si pudiésemos decir 
siempre lo mismo... 

Recordemos aquí, lector, que esta repri- 
menda del grave eclesiástico a Don Quijote no 
deja de tener parentesco con la reprimenda que 
el Vicario del convento de dominicos de San 
Esteban de Salamanca, de esta Salamanca en 
que escribo y en que se graduó de bachiller 
Sansón Carrasco, enderezó a Iñigo de Loyola 
según nos cuenta su historiador en el capítu- 
lo XV del libro I de su VlDA. Cuando le invita- 
ron a que fuese a aquella casa, pues los frailes 
tenían gran deseo de oirle y hablarle, y fué, y 
después de haber comido los llevaron a una ca- 
pilla y preguntó el Vicario a Ignacio en qué es- 
tudios se había criado y qué género de letras 
había profesado, y dijo luego: «Vosotros sois 
unos simples idiotas, y hombres sin letras, como 
vos mismo confesáis; pues ¿cómo podéis ha- 
blar seguramente de las virtudes y de los vi- 
cios?» Y luego encerraron a Ignacio y sus com- 
pañeros y de allí los llevaron a la cárcel. Lo- 
yola, por su parte, «en más de treinta años, 
nunca llamó a nadie bobo, ni dijo otra palabra 
de que se pudiese agraviar» según su biógrafo 
en el capítulo VI del libro V de su VlDA. 

¿Cómo, sin licencia ni título, ni grados con- 
feridos por tribunal ordinario, cómo se atrevía 
así Ignacio a hablar de la virtud y del vicio? Y 
a Don Quijote ¿quién le dio licencia para me- 
terse a caballero andante o con qué derecho 
se entremetía a enderezar tuertos y corregir 
abusos, aunque no lo hicieren los graves ecle- 
siásticos que para hacerlo cobraban su salario? 
Ni el Vicario del monasterio de San Esteban 
de Salamanca, ni el grave eclesiástico que go- 



VIDA DE DON OUUOT£ Y SANCHO 317 

bernaba la casa de los Duques sufrían que se 
saliese nadie del oficio que la sociedad les tu- 
viera asignado. cQ^é orden puede haber, en 
efecto si no se atiene y atempera cada uno a 
lo que se le pide y no más que a ello? Cierto 
que no cabría así progreso, pero el progreso 
es fuente y raíz de muchos males. Bien se dijo 
lo de ¡zapatero, a tus zapatos! Ignacio habría 
hecho mejor en seguir la carrera a que sus 
padres le dedicaron, o por lo menos no meter- 
se a predicar hasta haberse graduado de teólo- 
go, y Don Quijote debía haberse casado con 
Aldonza Lorenzo para criar a sus hijos y cui- 
dar de su hacienda. Ambos graves eclesiásti- 
cos, el de casa de los Duques y el del conven- 
to de San Esteban de Salamanca, fueron pre- 
decesores de aquel que escribió en el Catecis- 
mo: «eso no me lo preguntéis a mí, que soy 
ignorante; doctores tiene la Santa Madre Igle- 
sia que os sabrán responder». 

«Buenos estamos — como dijo el Vicario de 
San Esteban de Salamanca — : tenemos el mundo 
lleno de errores, y brotan cada día nuevas he- 
rejías y doctrinas ponzoñosas; y vos no queréis 
declararnos lo que andáis enseñando...)) Medra- 
dos estamos, en efecto, si ha de salir por ahí 
cada uno a su antojo, éste enderezando entuer- 
tos y aquél predicando, el uno alanceando mo- 
linos y el otro fundando Compañías! ¡Al carril, 
al carril todos! ¡Sólo en el carril hay orden! 
Y le estupendo es que sea ésta hoy la doctrina 
de los que se dicen hijos del reprendido en el 
convento de San Esteban y herederos de su es- 
píritu. 

Acabada la comida en casa de los Duques sí- 
gfuió la burla, no tan amarga ni burlesca como 



318 MIGUEL DE UNAMUNO 

la gravedad del grave eclesiástico, y fué lo tris- 
te que fueron ya las doncellas las que, sin con- 
tar con sus amos los Duques, se propasaron a 
añadir burlas de su propia cuenta a las burlas 
tramadas por aquéllos. Ni él ni yo sabemos de 
achaque de burlas — dijo Don Quijote refirién- 
dose a Sancho. Y era verdad, pues jamás se 
vio loco más serio que Don Quijote. Y cuando 
la locura se acompaña de la seriedad, reálzase 
y se eleva mil codos sobre la cordura retozona 
y burladora. 



CAPITULO XXXIII 



De la sabrosa plática que la Duquesa y sus doncellas pasaron con 
Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note. 



Entre burlas y regocijo confesó Sancho a la 
Duquesa que tenía a Don Quijote por loco re- 
matado y él, pues con todo y con eso le seguía 
y servía e iba atenido a las vanas promesas 
suyas, sin duda alguna debía de ser más loco 
y tonto que su amo. 

Pero ven acá, pK)bre S£mcho, ven y dinos cío 
crees de veras así? Y aun creyéndolo ino sien- 
tes que es mejor para tu fama y tu salud eterna 
seguir al loco generoso que no a un cuerdo 
mezquino? cNo dijiste hace poco al grave ecle- 
siástico, cuerdo hasta reventar de cordura, que 
hay que juntarse a los buenos, por locos que 
ellos sean, y que habías de ser otro como él, 
como tu amo, Dios queriendo? ¡Ah, Sancho, 
Sancho, y cómo bamboleas en tu fe y perino- 
leas y te revuelves como veleta a todos vientos 
y al son que te tocan bailas! Pero sabemos bien 
que crees creer una cosa y crees otra, y que 
mientras te figuras sentir de un modo estás, en 



320 MIGUEL DE UNAMUNO 

tu interior, sintiendo de otro modo muy diver- 
so. Bien dijiste lo de: ésta fué mi suerte y mi 
malandanza; no puedo más, seguirle tengo; so' 
mos de un mismo lugar; he comido su pan; quié- 
role bien; es agradecido; dióme sus pollinos, y 
sobre todo, yo soy fiel... Sí, y tu fidelidad te saJ- 
vará, Sancho bueno, Sancho cristiano. E-stabas 
y estás quijotizado, y en prueba de ello pronto 
te hizo dudar la Duquesa de que hubieras in- 
ventado lo del encanto de Dulcinea y acabaste 
por confesar que de tu ruin ingenio no se puede 
ni se debe presumir que fabricases én un ins- 
tante tan agudo embuste. Sí, Sancho, sí; cuando 
creemos ser burladores solemos muchas veces 
ser los burlados, y cuando se nos figura hacer 
algo en chanzas es que el Supremo Poder que 
de nosotros se sirve para sus ocultos e inescu- 
driñables fines nos lo hace hacer en veras. Cuan- 
do creemos ir por un camino nos están llevando 
por otro, y así no hax sino dejarse guiar de 
las buenas intenciones del corazón y que Dios 
las haga fructificar, pues si nosotros sembramos 
la semilla, arando antes la tierra que la re- 
cibe, es el cielo el que la riega y airea y da 
lumbre. 

Debo aquí, antes de pasar adelante, protes- 
tar contra la malicia del historiador, que al fin 
de este capítulo XXXIII que vengo explicando 
y comentando, dice que las burlas que hicieron 
los Duques al CabEdlero fueron tan propias y 
discretas, que son las mejores aventuras que ^ 
en esta grande historia «e contienen. ¡No, no, 
y mil veces no! Las tales burlas no fueron ni 
propias ni menos discretas, sino torpísimas, y 
si ellas sirvieron para poner a mayor luz el in- 
sondable espíritu de nuestro hidalgo y alumbrar 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 321 

el abismo de la bondad de su locura, débese 
tan sólo a que la grandeza de Don Quijote y 
su heroísmo eran tales, que convertían en ve- 
ras sublimes las más bajas y torpes burlas. 



21 



CAPITULO XXXIV 

Que da cuenta de la noticia que tuvo de cómo se había de desen- 
cantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras 
más famosas deste libro. 



Entre esas burlas que el histariador estima 
propias y discretas, no lo siendo ni de lejos, es- 
tuvo la del modo cómo se había de desencan- 
tar a Dulcinea, dándose Sancho tres mil tres- 
cientos azotes 

en ambas sus valientes posaderas 
al aire descubiertas, de tal modo 
que le escuezan, le amarguen y le enfaden. 

Y los azotes había de dárselos de propia vo- 
luntad, sin que valiesen los que por fuerza que- 
ría propinarle Don Quijote. Negóse Sancho a 
dárselos, porfiaron negándole el gobierno de la 
nsula si no prometía vapularse, y al fin, venci- 
Jo de razones y de codicia, lo prometió. Y Don 
Quijote se colgó del cuello de Sancho dándole 
Tu7 besos en la frente y en las mejillas, recom- 
pensa más que colimada a su final resignación. 

Y ¿por qué no te has de azotar por amor de 



3¿4 MIGUEL DE UNAMUNO 

Dulcinea, Sancho amigo, si es a ella a quien de- 
bes la perpetuidad de tu fama? Vale más que te 
azotes por Dulcinea que no por lo que sueles 
Eizotarte de ordinario; vale más Dulcinea que 
no gobierno de ínsula alguna. Si al azotarte, sí 
al trabajar pusieses siempre tu mira en Dulcinea, 
sería siempre santo tu trabajo. Cuando traba- 
jes de zapatero pon tu hito en hacerlo mejor que 
ningún otro, y aspira a la gloria de que tus pa- 
rroquianos no padezcan callos en los pies. 

Hay una forma la más elevada de trabajo, 
cual es la de convertirlo en oración, y aserrar 
madera, colocar mampuesto, coser zapatos, cor- 
tar calzones o componer relojes a la mayor hon- 
ra y gloria de Dios, pero hay otra forma, por 
menos encumbrada más humana y más conse 
guidera, y es hacerlo por Dulcinea, por la glo- 
ria. ¡Cuántos pobres Sanchos que se desesperar 
y reniegan bajo el yugo del trabajo se sentiría! 
alijerados de él y henchidos de alegría en si 
labor, si al trabajar, es decir, al azotarse pusie 
ran su mira en desencantar a Dulcinea, en co 
brar nombre y fama con su trabajo! Esfuér 
zate, Sancho, por ser en tu pueblo el primer» 
de tu oficio y toda la pesadumbre y graveza d. 
tu trabajo se disipará ante tan honrado proposita 
El pundonor dignifica al artesano. 

Cuenta el GÉNESIS no que Dios condenara a 
hombre al trabajo, pues dice que le puso en < 
paraíso para que lo cuidara y trabajase (11, 15 
sino que le condenó, luego de haber Adán p< 
cado, a la penosidad del trabajo, a que le fuesi 
éste penoso y molesto, a que con dolor comi< 
ra de la tierra que no le produciría sino espina 
y cardos, a comer su pan amasado con sud' 
(III, 17-19). Y el amor a la gloria, el ansia < 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 



325 



desenczintar a Dulcinea, convierte en rosas los 
cardos y en suaves pétalos las pinchosas espi- 
nas. Y ¿cómo quieres, Sancho, que fuese a vi- 
vir Adán en el paraíso sin trabajarlo? iQué pa- 
raíso podía ser ese en que no se trabajaba? No, 
no puede haber verdadero paraíso alguno sin 
algún trabajo en él. 

Ya sé que hay Sanchos que cantan esta copla: 

Cada vez que considero 
que me tengo de morir, 
tiendo la capa en el suelo 
y no me harto de dormir. 

Ya sé que hay Sanchos que se representan la 
gloria eterna como un eterno nada hacer, como 
un campo celeste en que tendidos a la bartola 
se está viendo lucir el sol increado, pero para 
ellos la suprema recompensa debe ser la nada, 
el sueño inacabable sin ensueños ni despertar. 
Nacieron cansados y con la pesadumbre de los 
trabajos y penas de sus abuelos y tatarabuelos a 
cuestan; ("descansen sobre sus nietos y tatara- 
nietos durmiendo en las honduras de éstos! Y 
esperen así que Dios los despierte al trabajo 
divino. 

Ten por seguro, Sancho, que si al fin y a la 
postre se nos da, como te tienen prometido, 
una visión beatífica de Dios, esa visión habrá 
de ser un trabajo, una continua y nunca acaba- 
dera conquista de la Verdad Suprema e Infinita, 
un hundirse y chapuzarse cada vez más en los 
abismos sin fondo de la Vida Eterna. Unos irán 
en ese glorioso hundimiento más de prisa que 
otros y ganando más hondura y más gozo que 
ellos, pero todos irán hundiéndose sin fin ni 



326 MIGUEL DE UNAMUNO 

acabamiento. Si todos vamos al infinito, si to- 
dos vamos infinitándonos, nuestra diferencia es- 
tribará en marchar unos más de prisa y otros 
más despacio, en crecer éstos en mayor medida 
que aquéllos, pero todos avanzcindo y creciendo 
siempre y acercándonos todos al término inase- 
quible, al que ninguno ha de llegar jamás. Y es 
el consuelo y la dicha de cada uno el saber que 
llegará alguna vez a donde llegó otro cualquiera, 
y ninguno a parada de última queda. Y es me- 
jor no llegar a ella, a quietud, pues si el que ve 
a Dios, según las Escrituras, se muere, el que al- 
canza por entero a la Verdad Suprema queda 
absorbido en ella y deja de ser. 

Trabajo, Señor, da a Sancho, y danos a todos 
los pobres mortales trabajo siempre, procúranos 
azotes, y que siempre nos cueste esfuerzo con- 
quistarte y que jamás descanse en Ti nuestro es- 
píritu, no sea que nos anegues y derritas en Tu 
Seno. Danos Tu paraíso. Señor, pero para que 
lo guardemos y trabajemos, no para dormir en 
él; dánoslo para que empleemos la eternidad en 
conquistar palmo a palmo y eternamente los in- 
sondables abismos de Tu infinito seno. 



capítulos xl, xli, xlii y xliii 

De la venida de Clavileño y de otras cosas. 



Viene luego en nuestra historia el relato de la 
Dueña Dolorida, que al historiador le parece de 
perlas, según lo declara al principio del capítu- 
lo XL, y a mí me parece de lo más burdo y mías 
torp>emente tramado que puede darse. Todo el 
valor de esta grosera burla consiste en preparar 
la del caballo Clavileño, en el cual habrían 
de ir Don Quijote y su escudero por los aires 
al reino de Gandaya, vendados los ojos antes 
ambos. 

Resistióse Sancho a subirse en Clavileño, pues 
no era brujo para gustar de andar por los aires, 
ni era cosa que sus insulcuios dijeran que su go- 
bernador se andaba paseando por los vientos, 
mas el Duque le dijo: Sancho amigo, la ínsula que 
no os he prometido no es movible ni fugitiva... 

pues vos sabéis que sé yo que no hay ningún 
género de oficio destos de mayor cuantía que no 
se grangee con alguna suerte de coecho, cual 
más, cual menos, el que yo quiero llevar por este 
gobierno es que vais con vuestro señor Don Qui- 
jote a dar cima y cabo a esta memorable aventu- 
ra, con otras razones que añadió. A lo cual no 



328 MIGUEL DE UNAMUNO 

más señor — dijo Sancho — , yo soy un pobre escu- 
dero, y no puedo llevar a cuestas tantas corte- 
sías; suba mi amo, tápenme estos ojos y enco- 
miéndenme á Dios, y avísenme si cuando vamos 
por esas altanerías podré encomendarme a nues- 
tro Señor o invocar los ángeles que me favorez- 
can. Entonces declaró Don Quijote que desde la 
memorable aventura de los batanes, nimca ha- 
bía visto a Sancho con tanto temor. A pesar de 
lo cual montó el escudero en Clavileño, detrás 
de su Euno, y pidió, con lágrimas en los ojos, que 
rezasen por él. Y luego, cuando iban por los 
aires imaginarios, se ceñía y apretaba a su amo, 
lleno de miedo cerval. 

El resto de la aventura es cosa tristísima si la 
hemos de juzgar a lo mundano, pero ¡cuántos se 
remontan en Clavileño sin moverse del lugar en 
que montaron y atraviesan así la región del aire 
y la del fuego! Es tan triste la aventura, que 
quiero llegar a cuando al acabarla y después de 
haberse visto Don Quijote y Sancho sin más daño 
que un revolcón y chamuscamiento, libre ya el 
escudero de su miedo, dio en inventar mentiras, 
y al oirías Don Quijote se acercó a Sancho y le 
dijo estas preñadas palabras: Sancho, pues vos 
queréis que se os crea lo que habéis visto en el 
cielo, yo quiero que vos me creáis a mi lo que 
vi en la cueva de Montesinos, y no digo más. 

Vele aquí la fórmula más comprensiva y a 
la vez más vasta de la tolerancia: si quieres que 
te crea, créeme tú. Sobre el crédito mutuo se 
cimenta la sociedad de los hombres. La visión 
del prójimo es para él tan verdadera como para 
ti lo es tu propia visión. Siempre, sin embargo, 
que sea verdadera visión y no embuste y pa- 
traña. 



VID A DE DON QUIJOTE Y SANCHO, 329 

Y en esto estriba la diferencia entre Don Qui- 
,_Le y Sancko, y es que Don Quijote vio de ve- 
ras lo que dijo había visto en la cueva de Mon- 
tesinos — ^a pesar de las maliciosas insinuaciones 
de Cervantes en contrario — y Sancho no vio lo 
que dijo haber visto en las esferas celestiales 
yendo en lomos de Clavileño, sino que lo inventó 
mintiendo, por imitar a su amo o desahogar su 
miedo. No nos es dado a todos gozar de visiones 
y menos aún el creer en ellas y creyéndolas ha- 
cerlas verdaderas. 

Poneos en guardia contra los Sanchos que apa- 
reciendo defensores y sustentadores de la ilusión 
y de las visiones, en realidad no defienden sino 
la mentira y la farándula. Cuando os digan de 
Un embustero que acaba por creer los embus- 
tes que urde, contestad redondamente que no. 
El arte no puede ni debe ser alcahuete de la 
mentira; el arte es la suprema verdad, la que se 
crea en fuerza de fe. Ningún embustero puede 
ser poeta. La poesía es eterna y fecunda como la 
visión; la mentira es estéril como una muía y 
dura menos que la nieve marzera. 

Y admiremos la suprema generosidad de Don 
Quijote que estando seguro de que él vio lo que 
dijo haber visto en la cueva de Montesinos y 
más seguro aún, si cabe, de que Sancho no vio 
lo que decía haber visto en las celestes esferas 
9e limitó a decirle: si vos queréis que os crea... 
yo quiero que vos me creáis. \ Cristianísima ma- 
nera de salir al paso y cerrárselo a los embuste- 
ros que juzgando a los demás por sus propias 
mañas, toman por embustes las visiones quijo- 
tescas! Y hay, no obstante, una vara infalible 
para deslindar de la mentira la visión. 

Don Quijote se hundió y empozó en la cueva 



330 MIGUEL DE UNAMUNO 

de Montesinos lleno de coraje y denuedo, sin 
hacer caso de Sancho que quería disuadirle de 
ello, a cuyas amonestaciones contestó lo de ¡ata 
y calla!, y haciendo oídos sordos al guía, bajó 
lleno de valor, y Sancho montó en Clavileño ate- 
íido de miedo y con lágrimas en los ojos y no 
muy de su voluntad. Y así como el valor es el 
padre de las visiones, así la cobcirdía es la madre 
de los embustes. El que acomete una empresa 
henchido de bravura y fiado en el triunfo o sin 
importársele de la derrota, llega á ver visiones, 
pero no trama mentiras, y el que teme un desen- 
lace adverso, el que no sabe afrontar serenamen- 
te el fracaso, el que empeña en su intento esa 
mezquina pasión del amor propio que se arre- 
dra ante el no salirse con la suya, éste tramva 
mlentiras para precaverse de la derrota y no sabe 
ver visiones. 

Así en esta nuestra patria y patria de Dor 
Quijote y Sancho como es la cobardía moral Ic 
que tiene presas a las almas, y los hombres recu- 
lan ante un probable fracaso y tiemblan de ha 
ber de caer en ridículo, verbenean que «s uní 
lástima las mentiras, y escasean que da pena laí 
visiones. Los embusteros ahogan a los visiona 
ríos. Y no sabremos ver visiones reconfortante; 
y encorazonadoras y gozar de ellas, mientras n( 
aprendamos a afrontar el ridículo, y a arrostra 
el que los tontos y los menguados de corazón no: 
tomen por locos o caprichudos o soberbios y < 
saber que el quedarse solo no es quedar derrota 
do como dicen los mentecatos, y a no andarno 
siempre calculando de antemano el llamad» 
triunfo. Don Quijote no pensó al meterse en I 
cueva en cómo saldría de ella ni en si saldrí. 
siquiera, y por eso vio allí dentro visiones. ^ 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 331 



Sancho, como mientras iba a su pesar y con los 
ojos vendados, sobre Clavileño, no pensaba sino 
en cómo habría de salir de aquella aventura en 
que por quiebras de su oficio escuderil se veía 
nuetido, así que se vio sano y libre rompió a en- 
sartar embustes. 

Y esta otra diferencia hay al respecto entre 
Don Quijote y Sancho, y es que Don Quijote se 
metió en la cueva por sí y ante sí, sin que nadie 
le forzase a ello ni le mandase hacerlo, pudiendo 
muy bien haberse ahorrado tal proeza para cuyo 
cumplimiento hubo de desviarse de su camino, 
y Sancho montó en Clavileño porque el Duque 
se lo impuso como condición i>ara darle el go- 
bierno de la ínsula. Don Quijote se despeñó, em- 
pozó y hundió en la cueva sólo por que conocie- 
ra el mundo que si Dulcinea le favorecía no ha- 
bría imlposible que él no acometiera y acabase, 
y Sancho montó en Clavileño por amor al go- 
bierno de la ínsula. Y de lo encumbrado y des- 
interesado del propósito del caballero nació su 
valor y de su valor las visiones de que gozó, y 
de lo interesado y pobre del propwSsito del escu- 
dero nació su miedo y de su miedo los embustes 
que urdió. Ni Don Quijote buscaba gobierno al- 
guno sino sólo mostrar la fortaleza con que le 
animaba Dulcinea y hacer que los hombres de- 
clararan así la grandeza de ésta, ni Sancho bus- 
caba gloria alguna sino sólo el gobierno de la 
ínsula, Y por esto Don Quijote vio visiones vale- 
rosamente, y Sancho fraguó embustes cobarde- 
mente . 

El interés, sea del género que fuese y aunque 
se disfrace de amor a la gloria, la rebusca de 
fo^^Jna, de posición, de honores, de distincio- 
'"'"s mundanas, de aplausos del momento, de 



332 MIGUEL DE UNAMUNO 

cargos o preminencias de aparato, de lo que nos 
dan los otros a cambio de servicios reales o ilu- 
sorios o a trueque de promesas y halagos, todo 
esto engendra cobardía moral, y la cobardía mo- 
ral pare mentiras conejilmente, y el desinterés 
de no buscar sino a Dulcinea y saber esperar 
a que los hombres nos reconocerán al cabo fie- 
les servidores y favoritos de ella, infunde valor 
y el valor nos regala visiones. Armémíonos, pues, 
de visiones quijotescas y desbaratemos con ella^ 
los embustes sanchopancescos. 



CAPITULO XLIV 

Cómo Sancho Panza fué llevado al gobierno y de la «oledad y 
pobreza de Don Quijote. 



Partióso luego de esto Sancho para el go- 
bierno de su ínsula, después de recibidos los 
consejos de su amo, y apenas se hubo partido 
Sancho, cuando Don Quijote sintió su soledad; 
tristísimo rasgo que nos ha consei^vado la histo- 
ria. Y ¿cómo no había de sentir su soledad, si 
Sancho era el linaje humano para él y en ca- 
beza de Sancho amaba a los hombres todos? 
¿cómo no si había Sancho sido su confidente y el 
único que le oyó aquello de los doce años en 
que había querido en silencio a Aldonza Loren- 
zo más que a la lumbre de sus ojos, que la tie- 
rra comería un día? ¿no estaba entre ellos dos 
solos el secreto misterioso de su vida? 

Sin Sancho Don Quijote no es Don Quijote, 
y necesita el amo más del escudero que el escu- 
dero del amo. jCosa triste la soledad del héroe! 
Porque los vulgares, los rutineros, los Sanchos, 
pueden vivir sin caballeros andantes, i>ero el 
caballero andante ¿cómo vivirá sin pueblo? Y 
es lo triste que necesita de él, y ha de vivir sin 
embargo solo, i Oh soledad, oh triste soledad! 



334 MIGUEL DE UNAMUNO 

Encerróse Don Quijote a solas, sin consentir 
le sirvieran doncellas, y a la luz de dos velas de 
cera, se desnudó, y al descalzarse ¡oh desgracia 
indigna de tal persona! se le soltaron, no suspi- 
ros ni otra cosa que desacreditase la limpieza 
de su policía, sino hasta dos docenas de puntos 
de una media que quedó hecha zelosía. Afligió- 
se en extremo el buen señor — añade la historia — 
y diera él por tener allí un adarme de seda ver- 
de una onza de plata. Y a seguida diserta el his- 
toriador sobre la pobreza, y entre otras cosas 
dice: cpor qué quieres estrellarte con los hidal- 
gos y bien nacidos más que con la otra gente? 

Agradezcamos al puntualísimo historiador de 
Don Quijote el que nos haya conservado este 
suceso íntimo del habérsele suelto al caballero 
las dos docenas de puntos de la media y de su 
aflicción por ello. Es algo de una profundísima 
melancolía. Quédase el héroe a solas y encerra- 
do en su aposento, lejos de los hombres, y cuan- 
do éstos le creen acaso con la mente ocupada 
en sus futuras empresas o encendiéndose en 
nuevos anhelos de perdurable glofria, está el 
buen señor — ¡y qué bien cae lo de llamarle buen 
señor en este caso! — afligido por el soltamiento 
de los puntos de la media. 

¡Oh pobreza, pobreza! — digo yo también — y 
¡cómo ocupas las soledades de los caballeras an- 
dantes y de los hombres todos! Por no confesar- 
se pobre se deslustra el héroe, y sus desmayos 
y aflicciones y tristezas es porque se le deshicie- 
ron las medias y no tiene con qué sustituirlas. 
Le veis triste, le veis abatido, juzgáis que el des- 
aliento le gana o que el caballeresco ánimo se 
le mengua, y no es sino que piensa en lo mucho 
que rompen botas sus hijitos. ¡Oh pobreza, po- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 335 



breza, y cuándo te llevaremos de bracete con 
la vista alta y el corazón sereno! El más terrible 
enemigo del heroísmo es la vergüenza de apare- 
cer pobre. Pobre era Don Quijote y al verse con 
las medias sueltas de puntos, se afligía. Arreme- 
tió a molinos, embistió a yaingüeses, venció al 
vizcaíno y a Carrasco, esperó a pie firme y sin 
temblar al león, para venir a afligirse luego de 
tener que presentarse ante los Duques con la 
media deshecha, mostrando su pobreza. ¡Tener 
que hacer un papel en el mundo siendo pobre! 
cY si los pobres mundanos supiéramos el des- 
canso que da el hacer voto de pobreza y no aver- 
gonzarse de ella? Iñigo de Loyola, a imitación de 
otros fundadores, instituyó voto de pobreza en 
la Compañía por él fundada, y de cuan bien les 
va a sus hijos con ella nos certifica el P. Alonso 
Rodríguez en el capítulo III del Tratado III de 
la Tercera parte de su EJERCICIO DE PERFECCIÓN. 
En que nos dice que si deja uno criados en el 
mundo, halla en la Compañía muchos que le 
sirvgm, y que usi vais a Castilla, a Portugal, a 
Francia, a Italia, a Alemania, a las Indias y a 
cualquier parte del mundo, hallaréis que nos tie- 
nen ya puesta allá casa con otros tantos oficiales 
de asiento», por manera que dejando las rique- 
zas del mundo ((más señor sois vos de las cosas 
y riquezas del mundo que los mismos ricos; que 
no son ellos los señores de sus haciendas y ri- 
quezas sino vos», y así, en efecto, entienden mu- 
chos de los jesuítas. Y agrega con mucho tino el 
buen Padre que mientras el rico está danido 
vuelcos de noche porque su hacienda y riquezas 
le quitan el sueño, el religioso ((¡cuan sin cuida- 
do y sin tener cuenta si vale caro o barato, o si 
es buen año o malo, lo tiene todo!» 



336 MIGUEL DE UNAMUNO 

También el pobre Don Quijote hizo algo así 
como voto de pobreza al principio de su carre- 
ra y salió de su casa sin bleinca y se negaba a 
pagcir, creyéndose libre de ello por fuero de ca- 
ballería, mas el ventero que le armó caballero 
le persuadió a que llevase dineros y camisas lim- 
pias y le obedeció vendiendo una cosa y empe' 
ñando otra y malbaratándolas todas. Y por ha- 
ber así quebrantado su voto de pobreza, la po- 
breza le persigue y le acuita, y se acongoja al 
soltársele los puntos de las medias. 

¡Oh pobreza, pobreza!, antes que confesarte 
preferimos pasar por bellacos, por duros de 
corazón, por falsos, por malos amigos y hasta 
po. viles. Inventamos miserables embustes para 
rehusar lo que no podemos dar por carecer nos- 
otros de ello. La pobreza no es la escasez de re- 
cursos pecuniarios para la vida, sino el estado de 
ánimo que tal escasez engendra; la pobreza es 
algo íntimo, y de aquí su fuerza. 

¡Oh necesidad infame, a cuántos honrados fuerzas 
A que por salir de ti, hagan mil cosas mal hechas! 

como dice el tan sabido romance refiriéndose al 
engaño con que el Cid sacó dinero a los judíos, 
dándoles un arca llena de arena. 

Mira a ése; no sale de casa sino a favor de 
las espesas sombras de la noche, porque enton- 
ces no se ve cómo su traje relumbra de puro 
roce; tiene vergüenza de aparecer pobre más 
aún que de serlo. Mira ese otro; es un Catón, 
un hombre rígido e incorruptible; repite cada 
día que hay que predicar con el ejemplo y la pu- 
reza de la vida, mas en cuanto se mete a mur 
murar, no inquiere sino cuánto gana éste o cuan 



VIDA DE DON QUUQTE Y SANCHO 337 

to tiene aquél y no hace sino pensar en lo cara 
que es la vida. 

¡Oh pobreza, pobreza!, tú has hecho el hedion- 
do orgullo de nuestra Elspaña. ¿No conocéis aca- 
so el orgullo de la pobreza y de la más baja y 
declarada, de la pobreza del mendigo? Es cosa 
maravillosa que sea la pobreza, lo que más nos 
afrenta y aflige, una de las cosas que nos dé 
más orgullo. Aunque no sea sino orgullo fingido 
y un modo de encubrir aquélla; es una vergüen- 
za disfrazada de orgullo para defenderse, como 
el miedo de esos inofensivos animalitos que lo 
disfrazan de terribilidad y se ponen amedrenta- 
dores, hinchándoseles la gola cuando más muer- 
tos de miedo se sienten. Sucede con esto como 
con aquello de que muchos se ensoberbezcan de 
su humildad. 

Es menester que os fijéis en la gravedad y aun 
altanería con que pordiosean muchos pordiose- 
ros. Os contaré un caso al propósito y es el de 
un mendigo que acostumbraba a pedir a un señor 
los sábados, y una vez le pidió no siendo sábado 
y aquél le dio una perra chica, mas percatán- 
dose luego de habérsela dado en día no sábado. 
le llamó al mendigo la atención sobre ello, rogán- 
dole no se saliese de la costumbre. Y al oír esto 
el medigo, le alargó la limosna, devolviéndosela, 
y le dijo: «^Ah, pero ahora salimos con ésas? 
Tome, tome su perra chica y busque otro pobre». 
Que es como si dijera: c Conque vengo a hacerle 
la merced de ponerle en ocasión de que ejercite la 
virtud de la caridad y gane así méritos para el 
i cíelo, y me viene con condiciones y reparos? 
me, tome su limosna, y busque quien le favo- 
ca en tomársela. 

Y ( oh pobreza la más triste y miserable de to- 



338 MIGUEL DE UNAMUNO 

das!, la de tener que presentarse con las medias 
enterizas, la de tener que conservar el traje del 
papel que en la comedia del mundo representa- 
mos! Triste caso es el del pobre cómico que no 
puede mudarse de camisa y tiene que guardar y 
limpiar y conservar enteros los disfraces con que 
se gana su vida en el tablado; triste caso es no 
tener en las crudas noches del invierno una po- 
bre capa con que guardarse del frío y tener que 
guardar el vistoso manto con que se hace el pa- 
pel de rey en la comedia. Y más triste aún que 
no pueda uno en esas noches abrigarse con el 
manto teatral. 

Don Quijote se afligía y avergonzaba de tener 
que aparecer pobre. Era, al fin, hijo de Adán. Y 
Adán mismo, nos cuenta el GÉNESIS (cap. III, 
versículos 7 a 10) que después que hubo pecadc 
conoció estar desnudo, es decir, que era pobre 
y al llamarle Dios se escondió, y es que teníe 
miedo por verse desnudo. Y el miedo a la desnu 
dez, a la pobreza, ha sido siempre y sigue sien 
do el primer resorte de acción de los pobres mor 
tales. Terribles fueron aquellos tenebrosos tiem 
pos medioevales, hacia el milenio, cuando em 
pujaba a los espíritus más que el ansia de 1. 
gloria celestial, el temor al infierno, pero ca- 
véis que en nuestra sociedad es más el horror 
la pobreza que no la sed de riquezas lo que lar 
za a los más de los hombres a sus más loca 
empresas? Es más avariciosidad que ambición 1 
que nos mueve, y si examinamos a los que pasa \ 
por más ambiciosos, encontraremos un avar 
dentro de ellos. Toda garantía nos parece po( 
para preservarnos y preservar a los nuestros c 
la tan aborrecida y tan temida pobreza, y amoj 
tonamos riquezas para taparle todo agujero P' 



VIDA DE DON QUUOTE Y SANCHO 339 

donde se nos meta en casa. El delito hoy, el ver- 
dadero delito, es ser pobre; aquellas de nues- 
tras sociedades que se dicen más adelantadas y 
cultas, distínguense por su odio a la pobreza y 
a los pobres; nada hay más triste que el ejerci- 
cio de la beneficencia. Diríase que se quiere su- 
primir los pobres, no la pobreza, exterminarlos, 
como si se tratase de exterminar una plaga de 
animales dañinos. Se trata de acabar con la po- 
breza no por amor al pobre, sino para que su 
presencia no nos recuerde el terrible término. 

Y iqué de extraño tiene que se buscase el cie- 
lo no más que por huir de la indigencia? El an- 
sia de renombre y fama, la sed de gloria que mo- 
vía a nuestro Don Quijote ino era acaso en el 
fondo el miedo a oscurecerse, a desaparecer, a 
dejar de ser? La vanagloria es, en el fondo, el 
terror a la nada, mil veces más terrible que el in- 
fierno misrrto. Porque al fin en un infierno se es, 
se vive, y nunca, diga lo que dijere el Dante, pue- 
de mientras se es, perderse la esperanza, esen- 
cia misma del ser. Porque la esperanza es la 
flor del esfuerzo del pasado por hacerse porve- 
nir y ese esfuerzo constituye el ser mismo. 

Y ven ahora acá, mi Don Quijote, y llama a 
tu Alonso el Bueno, y dime: esa tu vergüenza 
de ser pobre ¿no entró, en parte al menos, en la 
grandiosa vergüenza que te impidió declararte á 
Aldonza Lorenzo? Tú conocías lo de «contigo 
pan y cebolla» y algo más que pan y cebolla po- 
días ofrecerla, como era una olla de algo más 
vaca que ternera, salpicón las más noches, lan- 
tejas los viernes... y algún palomino de añadidu- 
ra los domingos, pero cera eso bastante para 
ella? Y aun siéndolo ¿lo sería para los frutos que 
de vuestro amor pudiesen nacer?... Pero dejo 



340 MIGUEL DE UNAMUNO 



esto, pues sé bien cuan profundamente te con- 
mueves y ruborizas si se te habla de ello. 

No nos extrañe, pues, que Don Quijote se re- 
costase pensativo y pesaroso, así de la falta que 
Sancho le hacia, como de la irreparable desgracia 
de sus medias, a quien tomara los puntos aunque 
fuera con seda de otro color, que es una de las 
mayores señales de miseria que un hidalgo puede 
dar en el discurso de su prolija estrecheza. Yf'qué 
maravillosa conjunción la que el historiador esta- 
blece aquí entre la soledad y la pobreza de Don 
Quijote! ¡Pobre y solo! Aún se puede soportar 
la pobreza en compañía o la soledad en riqueza, 
pero ¡pobre y solo! 

cDe qué le servían, estando pobre y solo, los 
requiebros del Altisidora? Hizo bien en, cerrar la 
ventana al oirlos. 



CAPITULO XLVI 



Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió Don Quijote 
en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora. 



Mas luego, apiadado de la dolencia de amor 
de la desenvuelta moza, mandó le pusiesen un 
laúd por la noche en el aposento, que yo con' 
solaré lo mejor que pudiere a esta lastimada don- 
cella — dijo. Y llegadas las once horas de la no- 
che halló Don Quijote una vihuela en su aposen- 
to; templóla, abrió la reja, y sintió que andaba 
gente en el jardín y habiendo recorrido los tras- 
tes de la vihuela, y afinádola lo mejor que supo, 
escupió y remondóse el pecho, y luego con voz 
ronquilla, aunque entonada, cantó un romance 
que trae el historiador y que el mismo Don Qui- 
jote aquel día había compuesto. 

El verdadero héroe es, sépalo o no, poeta, 
porque cQ^é sino poesía es el heroísmo? La 
misma es la raíz de la una y del otro, y si el hé- 
roe es poeta en acción, es el poeta héroe en ima- 
ginativa. El caballero andante, que hace profe- 
sión de las armas, necesita raíces de poeta, por- 
que su arte es arte militar, del cual no dudaba 
el Dr. Hucurte, como en el cap. XVI de su ExA- 



342 MIGUEL DE UNAMUNO 

MEN nos dice, sino que «pertenece a la imagina- 
tiva, porque todo lo que el buen capitán ha de 
hacer dice consonancia, figura y corresponden- 
cia. . . para todo lo cual es tan impertinente el en- 
tendimiento, como los oídos para ver». Y todo 
ello no es sino redundancia de vida, esfuerzo que 
en redondearse y cumplirse se perfecciona, y 
acaba, obra cuyo fin es la obra misma. Llega a 
un punto la savia en que ha de volverse por don- 
de fué, y al llegar allá, al punto que no es cami- 
no para otro, sino término, se vuelve sobre sí 
y da sobre el brote que así forma, la flor, y la 
flor lo es de belleza. 

Don Quijote canta, Don Quijote es poeta, cosa 
que ya temía la gatita muerta de su sobrina cuan- 
do en el escrutinio que el cura y el barbero hi- 
cieron en la librería, al querer perdonar La Dia- 
na de Jorge de Montemayor, manifestó temores 
de que su tío diera en poeta, que según dicen es 
enfermedad incurable y pegadiza — ^^añadió. ¡Ay 
Antonia, Antonia, y qué ojeriza tienes a la poe- 
sía y qué rencor le guardas! Pero tu tío es poeta^ 
y si no hubiera nunca cantado, no habría sido el 
héroe que fué. No que el ser cantor le hiciera 
ser héroe, sino que de la plenitud del heroísmo 
le brotó el canto. 

No apruebo, pues, las razones que el P. Riva- 
deneira en el cap. XXII del libro III de su VlDA 
DE San Ignacio nos da para justificar el que la 
Compañía de Jesús no tenga coro. Dícenos que 
«no es de esencia de la Religión el tener coro», 
y, en efecto, puede haber ruiseñor mudo, pero 
será ruiseñor enfermo, y añade, con Santo To- 
más, que los que tienen por oficio enseñar al 
pueblo y apacentarle con el pan de la doctrina 
((no deben ocuparse en cantar, porque ocupados 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 343 

con el canto, no dejen lo que tanto importa». 
Pero c^s que hay doctrina más íntima ni más 
profunda que la que se da cantando? En los 
consejos mismos que se dan a hombre no es la 
letra sino la música de ellos lo que aprovecha y 
edifica. Música es el espíritu y la carne es letra, 
y toda doctrina del corazón es canto. 

Curioso es, en efecto, que siendo tales y tan 
grandes las semejanzas entre Don Quijote e Iñi- 
go de Loyola y recreándose éste y enternecién- 
dosele el ánima y hallando a Dios con el canto, 
al que era muy inclinado, según en el capítu- 
lo V del libro V de su VlDA nos cuenta su bió- 
grafo, no pusiera coro en la Compañía, y de ésta 
no tenerlo hemos de deducir las imperfecciones 
que la acompañan y la esterilidad poética que 
sobre ella pesa. Jamás pudo albergarse a sus 
anchas cigarra en ese hormiguero de clérigos re- 
gulares. Y no se diga que no nacimos todos para 
cantar, que no se trata aquí de «para» alguno, 
sino que todo el que de veras ha nacido en espí- 
ritu y no sólo en carne, sólo por ello canta, can- 
ta, porque ha nacido, y si no canta es que no 
nació sino en carne. Y si fundamos la Compa- 
ñía de Dulcinea del Toboso, no nos olvidemos 
del coro, y sea el canto en ella florecimiento de 
afectos heroicos y de encumbrados anhelos. 

Cantando estaba Don Quijote cuando echa- 
ron sobre él, en torpísima burla, un saco de 
gatos, y al defenderse de ellos le saltó uno al 
rostro y le asió de las narices con las uñas y los 
dientes,, por cuyo dolor Don Quijote comenzó 
a dar los mayores gritos que pudo, y costó qui- 
társele. 

¡Pobre mi señor! Se avergüenzan ante ti leo- 
nes y se te agarran a las narices gatos. De gatos 



344 MIGUEL DE UNAMUNO 



que huyen y no de leones que se ven libres, es 
de lo que debe apartarse el héroe. «Con pulgas 
y con mosquitos puede Dios hacer guerra a to- 
dos los emperadores y monarcas del mundo» 
dice el P. Alonso Rodríguez (EJERCICIO DE PER- 
FECCIÓN, Parte tercera. Tratado primero, capítu- 
lo XV). ¡líbrenos Dios de pulgas, de mosquitos 
y de gatos en huida, y mándenos en cambio leo- 
nes a los que se abre la jaula! 

Mas aun así y con todo y con ser temibles ene- 
migos las pulgas y los mosquitos, no debe dejar- 
se de hacerles la guerra, y para que se la haga- 
mos nos los manda Dios. Podía alguno haberle di- 
cho a Don Quijote, para disuadirle de perseguir 
a pulgEis y mosquitos humanos, lo de que el águi- 
la no caza moscas — aquila non capit muscas — 
pero le diría mal. Las moscas, y sobre todo las 
ponzoñozas, son un excelente digestivo para el 
águila, un activísimo fermento para la cocción de 
sus alimentos. 

Y es que, en efecto, el veneno mismo que in- 
yectado con aguijón en los canalillos del torren- 
te circulatorio de la sangre nos escuece, molesta 
y daña o nos levanta un bubón y acaso puede 
llegar a matarnos, ese mismo veneno tomado por 
la boca no sólo es inofensivo, sino que puede 
ayudarnos a hacer una pronta y acabada diges- 
tión. Y es gracias a lo digestivo de la ponzoña 
de esas moscas venenosas que con aguijón y todo 
traga, luego de cazadas, el águila, como puede 
ésta, una vez descansado su estómago, mirar 
cara á cara al sol. 

í Creéis acaso que puede ponerse alma y vida 
en un trabajo que se emprende por amor a Dul- 
cinea y para que nos haga famosos no sólo en 
los presentes sino en los venideros siglos, si no 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 



345 



nos espolean a él las miseriucas del lugarejo o 
lugarón en que comemos, dormimos y vivimos? 
El mejor libro de Historia Universal, el más du- 
radero y extendido y el de historia más verdade- 
ramente universal sería el de quien acertase a 
contar con toda su vida y su hondura las renci- 
llas, los chismes, las intrigas y los cabildeos que 
se traen en Carbajosa de la Sierra, lugar de 
trescientos vecinos, el alcalde y la alcaldesa, el 
maestro y la maestra, el secretario y su novia, de 
una parte, y de la otra el cura y su ama, el tío 
Roque y la tía Mezuca, asistidos unos y otros por 
coro de ambos sexos. cQ^é fué la guerra de Tro- 
ya a que debemos la IlÍADA? 

Y las moscas, pulgas y mosquitos deben que- 
dar muy satisfechos, porque vamos a ver: a al- 
gún sujeto que intrigue, cabildee y se revuelva 
en esta ciudad en que escribo iqué otra proba- 
bilidad puede quedarle de pasar, de un modo o 
de otro y bajo uno u otro nombre a la posteri- 
dad, sino el que acierte yo, o acierte otro que 
como yo ame a Dulcinea, a pintarle con sus ras- 
gos uiversales y eternos? 

Miles de veces se ha dicho y repetido que lo 
más grande y más duradero en arte y literatura 
se construyó con reducidos materiales, y todo el 
mundo sabe que cuanto se pierde en extensión 
se gana en intensidad. Pero es que al ganarse en 
intensidad se gana en extensión también, por 
paradógico que os parezca; y se gana en dura- 
' ción. El átomo es eterno, si existe el átomo. Lo 
que es de cada uno de los hombres, lo es de to- 
dos: lo más individual es lo más general. Y por 
mi parte prefiero ser átomo eterno a ser mo- 
mento fugitivo de todo el Universo. 

Lo absolutamente individual es lo absoluta- 



346 MIGUEL DE UNAMUNQ 

mente universal, pues hasta en lógica se identifi- 
ca a las proposiciones individuales con las univer- 
sales. Por vía de remoción se llega, en el hom- 
bre, al contratante social de Juan Jacobo, al bí- 
pedo implume de Platón, al homo sapiens de 
Linneo, o cd mamífero vertical de la ciencia mo- 
derna, al hombre por definición, que como no es 
de aquí ni de allí, ni de ahora ni de antes, no es 
de ninguna parte ni de tiempo alguno, resultan- 
do ser, por lo tanto, un homo insipidus. Y asi 
cuanto más se estrecha y constriñe la acción a 
lugar y tiempo limitados, tanto más universal y 
más secular se hace, siempre que se ponga alma 
de eternidad y de infinitud, soplo divino en ella. 
La mentira más grande en historia es la llamada 
historia universal. 

Ved a Don Quijote; Don Quijote no fué a 
Flandes, ni se embarcó para América, ni intente 
tomar parte en ninguna de las grandes empre- 
SEIS históricas de su tiempo, sino que anduvo po} 
los polvorientos caminos de su Mancha a soco 
rrer a los menesterosos que en ellos topase y £ 
enderezar los tuertos de allí y de entonces. Si 
corazón le decía que vencidos los molinos de 
viento de la Mancha quedaban vencidos en ello 
todos los demás molinos y castigado Juam Hal 
dudo el rico quedaban castigados todos los amo 
ricos despiadados y avariciosos. Porque no o 
quepa duda de que el día en que sea vencid< 
del todo y por entero un malicioso, la malici. 
empezará a desaparecer de la tierra y desapare < 
cera pronto de ella. 

Don Quijote fué, queda ya dicho, fiel discípu 
lo del Cristo, y Jesús de Nazaret hizo de su vid 
enseñanza eterna en los campos y caminos d 
la pequeña Galilea. Ni subió a más ciudad que 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 347 

Jenisalén, ni Don Quijote a otra que a Beirce- 
lona, la Jerusalén de nuestro Cabcdlero. 

Nada hay menos universal que lo llamado cos- 
mopolita, o mundial como ahora han dado en 
decir; nada menos eterno que lo que pretende- 
mos poner fuera de tiempo. En las entrañas de 
las cosas, y no fuera de ellas, están lo eterno y 
lo infinito. La eternidad es la sustancia del mo- 
mento que pasa, y no la envolvente del pasado, 
el presente y el futuro de las duraciones todas, 
la infinitud es la sustancia del punto que miro, 
y no la envolvente de la anchura, largura y altu- 
ra de las extensiones todas. La eternidad y la in- 
finitud son las sustancias del tiempo y del espa- 
cio respectivamente, y éstos sus formas, estando 
aquéllas virtualmente todas enteras, en cada mo- 
mento de una duración la una, en cada punto 
de una extensión la otra. 

Cacemos, pues, y traguémonos a las moscas 
ponzoñosas que zumbando y esgrimiendo su 
aguijón, revolotean en torno nuestro, y Dulcinea 
nos dé el poder convertir esta caza en combate 
épico que se cante en la duración de los siglos 
por el ámbito de la tierra toda. 



CAPÍTULOS XLVII, XLIX. Ll, Lili Y LV 

Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza. 



Deja aquí el historiador a Don Quijote, y sal- 
teando los capítulos entre las cosas de éste y 
Icis de su escudero, pasa a contarnos cómo go- 
bernó Sancho la ínsula, gobernamiento a que 
sólo cabe poner de comentario aquellas pala- 
bras de Pablo de Tarso en el versillo 18 del 
capítulo III de su segunda epístola a los Co- 
rintios, donde dice: ((Nadie se engañe a sí mis- 
mo; si alguno entre vosotros padece ser sabio 
en este siglo, hágase simple para ser de veras 
sabio». 

Con razón dijo el mayordomo oyendo a San- 
cho: cada día se ven cosas nuevas en el mun- 
do; las burlas se vuelven en veras, y los bur- 
ladores se hallan burlados. ¿Y cómo no? 

Sancho, el gobernador por burlas, ordenó co~ 
sas tan buenas, que hasta hoy se guardan en 
aquel lugar y se nombran: las Constituciones del 
Gran Gobernador Sancho Panza. Y no nos ex- 
trañe esto, pues los más de los grandes legisla- 
dores no pasan de Ssmcho Panzas, que a no 
serlo mal podrían legislar. 



350 MIGUEL DE UNAMUNO 

Y llegó, por fin, el fin del gobierno de San- 
cho y con este fin se sumergió Panza en las 
honduras de su heroísmo. Dejando el gobierno 
de la ínsula, por el que tanto había suspirado, 
acabó de conocerse Sancho, y pudiera haber 
dicho a sus burladores lo que Don Quijote dijo 
a Pedro Alonso cuando éste le recojió en su 
primera salida, y es aquello de: yo sé quién soy. 
Dije que sólo el héroe puede decir yo sé quién 
soy y ahora añado que todo el que puede de- 
cir yo sé quién soy, es héroe, por humilde y 
oscura que su vida se nos aparezca. Y Sancho, al 
dejar la ínsula, supo quién era. 

Luego que le molieron y quebrantaron en eJ 
burlesco asalto a la ínsula, vuelvo en sí del des- 
mayo que el temor y el sobresano le produ- 
jeron, preguntó qué hora era, calló, vistióse, se 
fué a la caballeriza, siguiéndole todos los que 
allí se hallaban, y llegándose al rucio le abrazó 
y le dio un beso de paz en la frente y no sin lá- 
grimas en los ojos, le dijo: venid vos acá, com- 
pañero mío y amigo mío, y conllevador de mis 
trabajos y miserias; cuando yo me avenía con 
vos, y no tenía otros pensamientos que los que 
me daban los cuidados de remendar Vuestros apa" 
rejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dicho- 
sas eran mis horas, mis días y mis años; pero 
después que os dejé y me subí sobre las torres 
de la ambición y de la soberbia, se me han entra- 
do por el alma adentro mil miserias, mil trabajos 
y cuatro mil desasosiegos. Y luego de enalbar- 
dar el rucio, añadió otras no menos bien concer- 
tadas razones pidiendo le dejaran volver a su 
antigua libertad. 

Yo no nací — dijo — para ser gobernador ni para 
defender ínsulas ni ciudades de los enemigos 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 351 

que quísderen acometerlas. Mejor se me en- 
tíende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar 
las viñas que dar leyes ni de defender provincias 
ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: 
quiero decir, que bien se está cada uno usando 
el oficio para que fué nacido. Y tú, Sancho, no 
naciste para mandar sino paira ser mandado, y 
el que para ser mandado nació halla su libertad 
en que le manden y su esclavitud en mandar; 
naciste no para guiar a otros, sino para seguir 
a tu amo Don Quijote, y en seguirle está 
tu ínsula. ¡Ser señor! ¡Y qué de congojas y mi- 
serias trae consigo! Bien decía Teresa de Jesús, 
cuando en el cap. XXXIV de su VlDA nos 
habla de aquella señora que había de ayudarle 
en fundar el monasterio de San José, que vién- 
dola vivir aborreció del todo el desear ser seño- 
ra, porque «ello es una sujeción, que una de las 
mentiras que dice el mundo, es llamar señores 
a las personas semejantes, que no me parece 
son sino esclavos de mil cosas». 

Creíste, Sancho, salir de casa de tu mujer y 
tus hijos y los dejaste por buscar para ti y para 
ellos el gobierno de la ínsula, pero en realidad 
saliste llevado del heroico espíritu de tu amo y 
fuiste conocido, aunque sin darte de ello clara 
cuenta, que el seguirle y servirle y vivir con él 
era tu ínsula. iQué vas a hacer sin tu amo y se- 
ñor? (i De qué te ha servido el gobierno de tu ín- 
sula si no tenías allí a tu Don Quijote y no po- 
días mirarte en él y servirle y admirarle y que- 
rerle? Porque ojos que no ven, corazón que no 
siente. 

Quédense en esta caballeriza — añadió Sancho — 
las alas de la hormiga, que me levantaron en el 
oiré para que me comiesen vencejos y otros pá- 



352 MIGUEL DE UNAMUNO 1 

jaros, y volvamos a andar por el mundo con pie 
llano... Habrás oído muchas veces, buen San- 
cho, que hay que ser ambicioso y esforzarse por 
volar para que nos broten alas, y yo te lo he 
dicho muchas veces y te lo repito, pero tu am- 
bición debe cifrarse en buscar a Don Quijote; la 
ambición del que nació para ser mandado debe 
ser buscar quien bien le mande y que pueaa de 
él decirse lo que del Cid decían los burgaleses 
según el viejo RoMANCE DE MYO CiD 

Dios, qué buen vassalo si ouiesse buen sefíorl 

Al dejar ese gobierno por el que tanto tiem- 
po suspiraste y que te parecía ser la razón y el 
fin de todos tus andantes trabajos, al dejarlo y 
volverte a tu amo, llegas al meollo de ti mismo 
y puedes hombrearte con tu Don Quijote y de- 
cir como él y con él: ¡yo sé quién soy! Eres hé- 
roe como él, tan héroe como él. Y es, Sancho, 
que el heroísmo se pega cuando nos acercamos 
al héroe con el corazón puro. Admirar y querer 
al héroe con desinterés y sin malicia es ya par- 
ticipar de su heroismo; es como el que sabe go- 
zar de la obra del poeta, que es a su vez poeta 
por saber gozarla. 

Teníante por interesado y codicioso, Sancho, 
y al salir de tu ínsula pudiste exclamar: salien- 
do yo desnudo como salgo, no es menester otra 
señal para dar a entender que he gobernado 
como un ángel. Y así era la verdad, y así lo re- 
conoció el Dr. Recio. Ofreciéronle compañía 
para el camino y todo aquello que quisiese para 
el regalo de su iDersona y para la comodidad de 
su viaje. Pero Sancho dijo que no quería rnas 
que un poco de cebada para el rucio y medio 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 353 

queso y medio pan para él. No se olvidaba de 
su amigo y compañero el rucio, del sufrido y 
noble animal que le ligaba a la tierra. Abra- 
záronle iodos y él llorando abrazó a todos y 
los dejó admirados así de sus razones como de 
su determinación tan resoluta y discreta. Y que- 
dóse solo en los caminos del mundo, lejos de su 
casa, sin la ínsula y sin Don Quijote, abandonado 
a sí mismo, dueño de sí. ¿Dueño? Le tomó la 
noche algo escura y cerrada y solo, sin su amo, 
fuera de su lugar, iqué iba a sucederle? Cayeron 
él y el rucio en una honda y escurtsima sima. 

Mira, Sancho, es lo que tiene que sucederte 
en cuanto te encuentres lajos de tu lugar, del 
lugar de los tuyos, sin ínsula y sin amo: caerte 
en sima. Pero no te vino mal esa caída, porque 
allí, en lo hondo de la sima, pudiste ver mejor 
lo hondo de la sima de tu vida y cómo el que 
se vio ayer gobernador de una ínsula, mandando 
a sus sirvientes y sus vasallos, hoy se había de ver 
sepultado en una sima sin haber persona algu- 
na que le remediase, ni criado ni vasallo que 
acuda a su socorro. Y allí, en el fondo de la 
sima, comprendiste que no habrías de tener en 
ella la ventura que tu amo Don Quijote tuvo en 
la cueva de Montesinos, pues allí vio él visiones 
hermosas y apacibles — ^te decías — y yo veré aquí, 
a lo que creo,, sapos y culebras. Sí, hermano 
Sancho; no son las visiones para todos ni es el 
mundo de las simas mas que una proyección del 
^ mundo de la sima de nuestro espíritu; tú hubie- 
ras visto en la cueva de Montesinos sapos y cu- 
lebras como en esa cueva en que caíste los 
viste, y tu amo hubiera visto en esa tu sima 
visiones hermosas y anac.iW*»«= como las vio en 
la cueva de Montesinos. Para tí no ha de haber 

23 



354 MIGUEL DE UNAMUNO 



más visiones que las de tu amo; él ve el mundo 
de las visiones y tú lo ves en él; él lo ve por su 
fe en Dos y en sí mismo y tú lo ^es por tu 
fe en Dios y en tu amo. Y no es menos grande tu 
fe que la fe de Don Quijote, ni son menos propias 
de ti las visiones que ves por tu amo que son 
propias de él las que él ve por sí mismo. El mis- 
mo Dios se las suscita y te las suscita, a él en él 
mismo, y a ti en él. No es menos héroe el que 
cree en el héroe que el héroe mismo creído 
por él. 

Mas el pobre Sancho dio en lamentarse en 
el fondo de la sima y en llorar su desgracia, 
viendo ya que sacaría de allí sus huesos mon- 
dos, blancos y raídos y los de su buen rucio 
con ellos; viéndose morir lejos de su patria y de 
los suyos, sin que nadie le cierre los ojos ni se 
duela de su muerte al tiempo de morir, que es 
morir dos veces y quedarse solo con la muerte. 
Y así le llegó el día; y cQué iba a hacer el po- 
bre Sancho, solo con su rucio, sino dar voces y 
pedir socorro? Y explorar su sima, pues para 
algo había servido a Don Quijote. Y entonces es 
cuando exclamó aquellas tan preñadas senten- 
cias: ¡Válame Dios todopoderoso! esta que para 
mi es desventura, mejor fuera para aventura de 
mi amo Don Quijote. Él sí que tuviera estas pro- 
fundidades y mazmorras por jardines floridos y 
por palacios de Galiana, y esperara salir desta 
escuridad y estrecheza a algún florido prado; 
pero yo sin ventura, falto de consejo y menos- 
cabado de ánimo, a cada paso pienso que debajc 
de los pies de improviso se ha de abrir otra sime 
más profunda que la otra, que acabe de tra* 
garme. 

Sí, hermano Sancho, sí; el menoscabo de ti 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 355 

ánimo te impide y te impedirá encontrar jardi- 
nes floridos y palaicios de Galiana en las profun- 
das s:mas a que caigas. Pero mira, ahora en que 
en el fondo de la sima de tu desgracia recono- 
ces lo mucho que de tu amo te separa, ahora es 
cuando estás más cerca de él, pues cuanto más 
sientas tu distancia de él, más a él te acercas. 
Te pasa con tu amo, aunque en finito y relati- 
vo, lo que en infinito y absoluto nos pasa a tu 
amo, a ti, a mí y a todos los mortales, con Dios, 
y es que cuanto más sentimos el infinito que de 
El nos separa, más cerca de El estamos, y cuan- 
to menos acertamos a definirle y representár- 
noslo, mejor le conocemos y queremos más. 

Y yendo así con el rucio jf con sus pensa- 
mientos por aquellas profundidades Sancho, 
dando voces, las oyó... ¿quién había de oirías? 
c quién otro sino el mismísimo Don Quijote? 
El cual habiendo salido una mañana a imponer- 
se y ensayarse en lo que había de hacer en el 
trance de la honra de la hija de Doña Rodrí- 
guez, fué llevado por Dios a la boca de la sima, 
donde oyó las voces que Sancho daba. Y Don 
Quijote le creía alma en pena, y le ofrecía sufra- 
gios para sacarle del purgatorio, que pues su pro- 
fesión era de favorecer y acorrer a los necesita- 
dos de este mundo, también lo sería para aco- 
rrer y ayudar a los menesterosos del otro. 

Mira, Sancho, cómo tu amo al oirte en la sima 
y en la sima no verte, tiénete por muerto y te ofre- 
ce sus sufragios. Y entonces, al oir tú la voz de tu 
amo, exclamaste lleno de júbilo: ¡nunca me he 
muerto en todos los días de mi vida! Ya no pien- 
sas en que recojan tus huesos mondos, blancos y 
roídos, ni en que has de morir solo con la muerte; 
r^í^i.. ^ tu amo y olvidando que has de morir, re- 



356 MIGUEL DE UNAMUNO 

cuerdais tan sólo que no te has muerto nunca to- 
davía. Y rebuznó el rucio, y al oirlo comprendió 
Don Quijote que no se trataba de alma en pena, 
sino de su escudero, que le acompañaba. Y es 
la señal muy cierta, pues cuando de las cosas 
que nos parecen del otro mundo salen rebuznos, 
es que no se trata sino de cosas del mundo éste. 
Y Don Quijote hizo que le sacaran de la sima. 
Y así fué sacado Sancho de la sima en que 
cayera al salir del gobierno de su ínsula y encon- 
trarse solo, de aquella sima por la que caminó 
llevando tras de sí y guiémdo a su rucio. Que 
esta diferencia entre otras había entre amo y 
escudero, y es que aquél se dejaba guiar de su 
caballo y el escudero guiaba a su rucio. Y así su- 
cede que en la marcha por el bajo mundo se 
deja el Quijote llevar por su animal, y el Sancho 
lo Uev^ 



CAPITULO LVI 

De lo que sucedió a Don Quijote con Doña Rodríguez, !a dueña 

de la Duquesa, con otros acontecimiento» dignos de escritura y de 

memoria eterna. 



En la melancólica aventura de la dueña Doña 
Rodríguez sólo hay que advertir la encantadora 
simplicidad de esta buena mujer, que entre tan- 
tos burladores, acudió en veras a Don Quijote. 
Y entonces se preparó el singular duelo del ca- 
ballero con Tosilos para obligar al seductor de 
la hija de Doña Rodríguez a que tomase a ésta 
por suegra, y el inesperado desenlace de él mer- 
ced al súbito enamoréirse Tosilos de la ex donce- 
lla y declarar cómo la quería por mujer. Y he 
aquí cómo entr etantos burladores la simple, la 
boba, la sincera Doña Rodríguez logró poner a 
su desdoncellada hija a punto de casarse, gra- 
cias a Don Quijote. Pues siempre ocurre que 
quien con pureza de intención y de veras y no 
en burlan, acude a Don Quijote, sin burlarse de 
él, consigue su propósito. Difícil es esta fe en 
un mundo de burladores, pero ijno creéis que 
quien tomase a Don Quijote tan en serio como 
Doña Rodríguez y su hija le tomaron lograría 



358 MIGUEL DE UNAMUNO 

sus propósitos, a no atravesársele aviesos burla- 
dores, como se les atravesaron a ellas? 

Cierto es que al descubrirse que el caballero 
que se dio por vencido no era el seductor sino 
Tosilos, se llamaron a engaño la seducida y su 
señora madre, pero bien dijo Don Quijote a la 
ex doncella al encontrarse con aquel nuevo caso 
de encantamiento: tomad mi consejo y apesar 
de la malicia de mis enemigos casaos con él, 
que sin duda es el mismo que vos deseáis alcan- 
zar por esposo. ¡Y tan el mismo! Como que lo 
aceptó, pues más quería ser mujer legítima de 
un lacayo, que no amiga y burlada de un caba- 
llero. De mano de Don Quijote tomó inesperado 
esposo, y ésta es la aventura a que por el pron- 
to dio más feliz remate nuestro caballero. Y le 
dio tal por haberse encontrado con gentes senci- 
llas y humildes, de las que toman el mundo en 
serio y acuden en serio a Don Quijote; por ha- 
berse encontrado con burlada moza que anhela- 
ba espKJso, contentándose con el que Don Qui- 
jote le diera. 

¡Hermosa conformidad! Y tal es la condición 
para que pueda el héroe hacer en nosotros su 
beneficio y es que nos hallemos dispuestos a 
recibir de su mano lo que nos diere, siempre que 
remedie nuestra necesidad. ¿E-res, lectora, una 
burlada doncella y quieres remediar tu desgra- 
cia? c necesitas marido que cubra tu vergüenza? 
pues no pretendas que haya él de ser éste ó 
aquél, y menos tu burlador; conténtate con el 
que te depare Don Quijote, que es buen casa- 
mentero . 

Y al concluir de contar esta tan afortunada 
aventura, añade el historiador estas terribles pa- 
labras : A clamaron todos la victoria por Don Qui-^ 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 359 

ote, y los más quedaron tristes y melancólicos 
de ver que no se habían hecho pedazos los tan 
esperados combatientes. ¡Oh, y qué terrible es 
en sus burlas el hombre! Más de temer es la bur- 
la del hombre que no la seria acometividad de 
una fiera salvaje, que os ataca por hambre. 
Puestos los hombres en el despeñadero de las 
burlas no paran hasta bajar a crímenes y villa- 
nías; por burlas comenzaron muchos de los más 
horrendos delitos; por buscar deleite y regocijo 
se ha llevado a muchos a trabarse de manos 
homicidas. 

¡Cosa terrible la burla! Dicen que por burl^^ 
señor mío Don Quijote, se escribió tu histo- 
ria, para curarnos de la locura del heroísmo, y 
añaden que el burlador logró su objeto. Tu nom- 
bre ha llegado a ser para muchos cifra y resu- 
men de burlas y sirve de conjuro para exorcizar 
heroísmos y achicar grandezas. Y no recobrare- 
mos más nuestro aliento de antaño mientras no 
volvamos la burla en veras y hagamos el Quijo- 
te muy en serio y no por compromiso y sin creer 
en ti. 

Ríense los más de los que leen tu historia, 
loco sublime, y no pueden aprovecharse de su 
meollo espiritual mientras no la lloren. ¡Pobre 
de aquel a quien tu historia. Ingenioso Hidalgo, 
no arranque lágrimas, lágrimas del corazón, no 
ya de los ojos! 

En una obra de burlas se condensó el fruto 
de nuestro heroísmo; en una obra de burlas se 
eternizó la pasajera grandeza de nuestra Espa- 
ña; en una obra de burlas se cifra y compendia 
nuestra filosofía española, la única verdadera y 
hondamente tal; con una obra de burlas llegó el 
alma de nuestro pueblo, encarnada en hombre, 



360 MIGUEL DE UNAMUNO 

a los abismos del misterio de la vida. Y esa obra 
de burlas es la más triste historia que jamás se 
ha escrito; la más triste, sí, pero también la más 
consoladora para cuantos saben gustar en las 
lágrimas de la risa la redención de la misera- 
ble cordura a que la esclavitud de la vida pre- 
sente nos condena. 

Yo no sé si esa obra, mal entendida y peor 
sentida, puede tener en ello parte, mas es el 
caso que se cierne sobre nuestra pobre patria 
una atmósfera abochornada de gravedad abru- 
madora. Por dondequiera hombres graves; enor- 
memente graves, graves hasta la estupidez. Ense- 
ñan con gravedad, predican con gravedad, mien- 
ten con gravedad, engañan con gravedad, dispu- 
tan con gravedad, juegan y ríen con gravedad, 
faltan con gravedad a su palabra , y hasta eso que 
llaman informalidad y lijereza son la lijereza e in- 
formalidad más graves que se conoce. Ni aun a 
solas dan unos tumbos y zapatetas en el aire, en 
seco y sin motivo alguno, y de tal modo pareció 
agotarse en la historia de Don Quijote el repuesto 
todo de heroísmo que en España hubiera, que 
no es fácil se encuentre hoy en el mundo pue- 
blo más incapaz que el español de comprender 
y sentir el humor. Aquí se toma por donaires y 
se ríe las más chocarreras torpezas de cualquier 
ingenio afrailado; hay asnos en figura humana 
que celebran como agudo chiste el que se le 
diga a alguien que se le ven las orejas de bu- 
rro. Después que tú, Don Quijote, te fuiste de 
este mundo se ha llegado a reir como gracias las 
insípidas sandeces de un tal Fray Gerundio de 
Campazas y luego que Sancho dejó de luchar 
en la conquista de su fe, se nos vino un Bertoldo 
italiano y está bertoldizando a nuestro pueblo. 



VIDA DE DON OUUOTE Y SANCHO 361 

Mentira parece que en el pueblo en que Don 
Quijote elevó a heroicas hazañas las más mise- 
rables burlas, se rieran los retorcidos chistes de 
aquel fúnebre Quevedo, hombre grave y tieso 
ú los ha habido, y fuesen reídas las pretendidas 
gracias, puramente de corteza, cuando no de 
pellejo de corteza, es decir, de vocablo, de su 
3ran Tacaño. 



CAPITULO LVII 



Que trata de cómo Don Quijote se despidió del Duque, y de lo que 

le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la 

Duquesa. 



Harto Don Quijote de su ociosidad en casa 
de los Duques y dolido allá, por muy dentro de 
sí, aunque su historiador no nos lo apunte, de 
las burlas que se le hacían, decidió marcharse. 
Y no nos quepa duda de que las tales burlas ni 
se le pasaban inadvertidas ni dejaban de doler- 
le, pues aunque su locura las tomara poi buenas 
y las aprovechase en heroísmo, no dejaba de 
trabajar por debajo de ella su cordura, a oscu- 
ras, y tal vez sin que él mismo se percatara de 
ello. 

Y así pidió un dia licencia a los Duques para 
partirse y se la dieron con muestras de que en 
gran manera les pesaba de que los dejase. A 
Sancho le dieron, a escondidas de su amo, un 
bolsico con doscientos escudos de oro, el triste 
precio de las burlas, el salario de los juglares, 
lespués de sufrir una vez más los burlescos 



364 MIGUEL DE UNAMUNO 

requiebros de Altisidora, se salió Don Quijote 
del castillo, enderezando su camino a Zara- 
goza. 

Toma ya libre huelgo el Caballero de la Fe; 
respiremos con él. 



i. 



CAPITULO LVIII 

Que trata de cómo menudearon sobre Don Quijote aventuras tantas, 
que no se daban vagar unas á otras. 



Cuando Don Quijote se üió en la campaña 
rasa, libre y desembarazado de los requiebros 
de Altisidora, le pareció que estaba en su cen- 
tro y que los espíritus se le renovaban para pro- 
seguir de nuevo el asunto de sus caballerías, y 
volviéndose a Sancho, le dijo: la libertad, San- 
cho, es uno de los más preciados dones que a 
los hombres dieron los siglos... con todo lo que 
se sigue. 

Sí, ya estás libre de burlas y chacotas, ya es- 
tás libre de Duques y doncellas y lacayos, ya es- 
tás libre de la vergüenza de aparecer pobre. Se 
comprende bien que en metad de aquellos ban- 
quetes sazonados y de aquellas bebidas de nie- 
ve te pareciera estar metido entre las estreche- 
zas de la hambre. Bien decías: Venturoso 
aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, 
sin que le quede obligación de agradecerlo a 
otro que al mismo cielo. lY quién es ése? 

En estos y otros razonamientos toan los an- 
dantes caballero y escudero y ocupado el co- 



366 MIGUEL DE UNAMUNO 

razón de Don Quijote por los dejos de su escla- 
vitud en casa de los Duques y el recuerdo de 
su soledad y su pobreza, cuando se encontrc 
con una docena de labradores que llevaban, cu- 
biertas con unos lienzos, unas imágenes de re- 
lieve y entalladura para el retablo de su aldea 
Pidió Don Quijote cortésmente que se las mos 
trasen y le enseñaron las de San Jorge, Sar 
Martín, San Diego Matamoros y San Pablo, ca 
balleros andantes del cristianismo los cuatro 3 
que pelearon a lo divino. Y Don Quijote al ver 
los dijo: Por buen agüero he tenido, hermanos 
haber visto lo que he visto, porque estos san 
tos y caballeros profesaron lo que yo profeso 
que es el ejercicio de las armas; sino que la di 
ferencia que hay entre mí y ellos es que ello 
fueron santos y pelearon a lo divino y yo sci 
pecador y peleo a lo humano. Ellos conquista 
ron el cielo a fuerza de brazos, porque el cieh 
padece fuerza, y yo hasta ahora no sé lo qw 
conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si m 
Dulcinea del Toboso saliese de los que padece 
mejorándose mi ventura y adobándoseme el jui 
cío, podría ser que encaminase mis pasos po 
mejor camino del que llevo. 

¡Hondísimo pasaje! Aquí la temporal locur 
del caballero Don Quijote se derrite en la etei 
na bondad de la cordura del hidalgo Alonso < 
Bueno, y no hay acaso en toda la tristísima epc 
peya de su vida pasaje que nos labre más hoi 
da pesadumbre en el corazón. Aquí Do Quijc 
te se adentra y entraña en la cordura de Alons 
Quijano el Bueno, zahonda en sí mismo, torn 
a ser niño y a mamar, según aquello de Teres 
d-e Jesús (VlDA, XIII, 1 1 ) de que lo adel conoc 
miento propio jamás se ha de dejar ni hay alrn 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 367 

en este camino tan gigante que no haya menes- 
ter muchas veces tornar a ser niño y a mamar». 
Sí, Don Quijote se vuelve aquí a su niñez espi- 
ritual, a la niñez cuyo recuerdo es el alivio de 
nuestra alma, pues es el niño que llevamos to- 
dos dentro quien ha de justificarnos algún día. 
Hay que hacerse como niños para entrar en el 
reino de los cielos. Aquí se le agolpaban en la ca- 
beza y en el corazón a Don Quijote aquellos 
años de sus remotas mocedades de que nada 
nos dice su historia, todos aquellos misteriosos 
años en que libre todavía del encanto de los li- 
bros de caballerías había contemplado con paz, 
en serenas tardes, la mansedumbre de la repo- 
sada Mancha. 

¿Y no había, pobre Caballero, en el poso de 
este tu desencanto un recuerdo de aquella ga- 
rrida Aldonza por la que suspirabas doce años 
ya sin más que haberla visto cuatro veces? Si 
mi Dulcinea del Toboso saliese de los (traba- 
jos) que padece... decías, mi pobre Don Qui- 
jote, y en tanto pensaba dentro de ti Alonso 
Quijano: ¡oh, si el imposible por ser imposible 
se cumpliese merced a mi locura, si Aldonza 
movida a compasión y encantada por la locura 
de mis proezas, viniese a romper mi vergüenza, 
esta vergüenza de pobre hidalgo entrado en años 
y henchido de amor, ¡oh, entonces, mejorándo- 
se mi ventura y adobándoseme el juicio, enca- 
minaría mis pasos a una vida de amor dichoso! 
¡Oh mi Aldonza, mi Aldonza, tú pudiste llevar- 
me por mejor camino del que llevo! ¡pero... es 
ya tarde! ¡Te encontré muy tarde en mi vida! 
¡Oh misterios del tiempo! ¡Contigo habría yo 
o héroe, pero un héroe sin locura; contigo 
' mi esfuerzo heroico habríase enderezado a 



368 MIGUEL DE UNAMUNO 



hazañas de otra laya y otro alcance; contigo ei 
vez de estas burlas, habría derramado fecunda 
veras por los campos de mi patria! 

Y ahora, dejando a Alonso el Bueno, volva 
mos a Don Quijote para oir al caballero em 
peñado en la hazañosa empresa de enderezai 
los tuertos del mundo a fin de alcanzar mercec 
a ello eternidad de nombre y fama, oir le cómc 
confiesa no saber lo que conquista a fuerza df 
sus trabajos, y verle volver su mirada a la scJ- 
vación de su alma y a la conquista del cielo, que 
padece fuerza. 

((¿De qué aprovecha al hombre si ganar< 
todo el mundo y perdiere su alma? O mué re 
compensa dará el hombre por su alma?» — dic< 
el Evangelio (Mat., XVI. 26). 

Esas palabras de descorazonamiento en su 
obra, de Don Quijote, esa su bajada a la cor 
dura de Alonso el Bueno, es lo que más a las 
claras pone su hermandad espiritual con los mis 
ticos de su propia tierra castellana, con aque 
lias almas llenas de la sed de los secos parame 
ros sobre que moraban y de la serena limpieze 
del terso cielo bajo el cual penaban. Son a le 
vez la queja del alma al encontrarse sola. 

cPor qué afanarse? ¿Para qué todo? Bástek 
a cada día su maHcia. ¿Para qué ir a endere 
zar los tuertos del mundo? El mundo lo lleva 
mos dentro de nosotros, es nuestro sueño, come 
lo es la vida; purifiquémonos y lo purificaremos 
La mirada limpia, limpia cuanto mira; los oído 
castos c£.stigan cuanto oyen. La mala intenciór 
de un acto ¿está en quien lo comete o en quiei 
lo juzga? La horrible maldad de un Caín o de 
un Judas ¿no será acaso condensación y símbo 
lo de la maldad de los que han fomentado suí 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 369 

leyendas? ¿No es la maWad nuestra lo que nos 
hace descubrir cuanto hay de malo en nuestro 
hermano? ¿No es la paja que te anubla el ojo lo 
que te permite ver la viga del mío? Tal vez el 
Demonio carga con las culpas de los que le te 
men... Santifiquemos nuestra intención y que- 
dará santificado el mundo; purifiquemos nuestra 
conciencia y puro saldrá el ambiente. «La caridad 
cubre multitud de pecados» — dice la primera de 
las dos epístolas atribuidas al apóstol Pedro (IV, 
8). Los limpios de corazón ven a Dios en todo, 
y todo lo perdonan en su nombre. Las ajenas 
intenciones caen fuera de nuestro influjo, y 
sólo en la intención está el mal. 

Y sobre todo, en esos tus actos heroicos ¿qué 
buscas? cElnderezar entuertos por amor a la 
justicia, o cobrar eterno nombre y fama por en- 
derezarlos? La verdad es, pobres mortales, que 
no sabemos lo que conquistamos a fuerza de 
trabajos. Mejóresenos la ventura, adóbesenos el 
juicio y enderezaremos nuestros pasos por mejor 
camino del que llevamos, por otro camino que 
no el de la vanagloria. 

¡Buscar renombre y fama! Ya lo dijo Segis- 
mundo, hermano de Don Quijote: 

¿Quién por vanagloria humana 
pierde una divina gloría? 
¿qué pasado bien no es sueño? 
¿quién tuvo dichas heroicas 
que entre sí no diga, cuando 
las revuelve en su memoria: 
sin duda que fué sonando 
cuanto vi? Pues si esto toca 
mi desengaño, si sé 
que es el gmto llama hermosa 
que la convierte en cenizas 
cualquiera viento que sopla, 

24 



370 MIGUEL DE UNAMUNO 



acudamos á lo eterno, 
que es la fama vividora 
donde ni duermen las dichas 
ni las grandezas reposan. 

(La Vida bs Sdeíío, III, jo.) 

Acudamos a lo eterno, sí, y así mejorada 
nuestra ventura y adobado nuestro juicio, enca- 
minemos nuestros pasos por mejor camino del 
que llevamos, encaminémonos a conquistar el 
cielo, que padece fuerza, 

la fama vividora 
donde ni duermen las dichas, 
ni las grandezas reposan. 

Ya antes, mucho antes que el Segismundo cal- 
deroniano, el grave Jorge Manrique, al ceintar 
la muerte de su padre, Don Rodrigo, Maestre 
de Santiago, nos dijo de las tres vidas: la vida 
de la carne, la vida del nombre y la vida del 
akna. Cucmdo después de tanta hazaña descan- 
saba Don Rodrigo 

en la su villa de Ocaña, 

vmo la muerte a llamar 

a su puerta, 

diciendo: buen Caballero, 

dexad el mundo engañoso, 

y su halago, 

muestre su esfuerzo famoso 

vuestro corazón de acero 

en este trago. 

Y pues de vida y salud 

hicisteis tan poco cuenta 

por la fama, 

esfuércese la virtud 

para sufrir esta afrenta 

que os llama. 

No se os haga tan amarga 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 371 



la batalla temerosa 

que esperáis. 

pues otra vida más larga 

de fama tan gloriosa 

acá dexáis. 

Aunque esta vida de honor 

tampoco no es eternal, 

ni verdadera; 

mas con todo muy mejor 

que la otra temporal 

perecedera. 



Y con esta confianza 

y con la fe tan entera 

que tenéis 

partid con buena esperanza, 

que esta otra vida tercera 

ganaréis. 



cNo es acaso la mayor locura dejar perder 
la gloria inacabable por la gloria pasajera, la 
eternidad del espíritu por que dure nuestro nom- 
bre tanto como durare el mundo, un instante 
de eternidad? Mayormente, cuanto que buscan- 
do la gloria celestial se conquista, por añadidu- 
ra, la terrena. Bien lo decía Femando de Pulgar, 
consejero, secretario y cronista de los Reyes Ca- 
tólicos, quien en su libro de los CLAROS VARO- 
NES DE CastÍLLA, al hablar del Conde de Haro, 
O. Pedro Fernández de Velasco, nos dice que 

3te noble Conde, no señoreado de ambición 
por aver fama en esta vida, mas señoreando la 
tentación por aver gloria en la otra, gobernó la 
república tan rectamente qud ovo el premio 
que suele dar la verdadera virtud: la qual conos- 
cida en el alcan<;;ó tener tanto crédito e autori- 
dad, que si alguna grande y señalada confianza 
se avía de fazer en el Reyno, quier de personas, 
quier de fortalezas o de otra cosa de qualquier 



372 MIGUEL DE UNAMUNO 

qualidad siempre se confiaban en él». Quiere 
decirse que buscando el reino de Dios y su jus- 
ticia, haber gloria en la otra vida, consiguió de 
añadidura fama en ésta, por donde se ve una 
vez más cómo e) mejor negocio es la virtud y la 
carrera más lucrativa y provechosa la de Scinto. 
La carrera más provechosa y lucrativa es la 
de santo, en efecto. También Iñigo de Loyola 
fué en sus mocedades, según dije que el P. Ri- 
vadeneira nos lo cuenta, amigo de leer libros 
de caballerías y buscó «alcanzar nomlbre Ide 
hombre valeroso, y honra y gloria militar» ( VlDA, 
libro 2, cap. II). Pero leyó otros y «trató muy 
de veras consigo mismo de mudar la vida y en- 
derezar la proa de sus pensamientos a otro puer- 
to más cierto y más seguro que hasta allí, y des- 
tejer la tela que había tejido, y desmarañar los 
embustes y enredos de su vanidad» (libro 2, 
capítulo II). Y este Iñigo ino tuvo alguna Al- 
donza por la que suspiró años y más años y 
que le llevó á su vida de santidad, luego de 
rompérsele la pierna? 

¡Abismático pasaje, henchido de suprema 
melancolía el del encuentro de Don Quijote 
con las cuatro imágenes de los caballeros an- 
dantes a lo divino! Por buen agüero lo tuvo el 
Caballero, y era, en efecto, el agüero de sus 
próximas conversión y muerte. Pronto mejora- 
da su ventura y adobado su juicio enderezará 
sus pasos por mejor camino, por camino de la 
muerte . 

¡Abismático pasaje! iY a quién de nosotros, 
los que seguimos o queremos seguir en algo ¿ 
Don Quijote, no nos ha ocurrido cosa pareci 
da? El triste dejo del triunfo es el desencanto 
No, no era aquello. Lo que hiciste o dijiste nc 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 373 

merecía los aplausos con que te lo premiaron. 
Y llegas a casa y te encuentras en ella solo, y 
entonces, vestido como estás, te echas sobre 
la cama y dejas volar tu imaginación por el 
vacío. En nada te fijas, en nada concentras tu 
imaginación; te invade un gran desaliento. No, 
no era aquello. No quisiste hacer lo hecho, no 
quisiste decir lo dicho; te aplaudieron lo que 
no era tuyo. Y l^ega tu mujer, rebosante de ca- 
riño, y al verte así, tendido, te pregunta qué 
tienes, qué te pasa, por qué te preocupas, y la 
despides, acaso desabíridamente, con un ás-í 
pero y seco: ¡déjame en paz! Y quedas en gue- 
rra. Y en tanto creen los que te censuran que 
estás embriagado con el triunfo, cuando en ver- 
dad estás triste, muy triste, abatido, enitera- 
rmente abatido. Te has cobrado asco a ti mis- 
mo; no puedes volver atrás, no puedes retro- 
' aer el tiempo y decir a los que iban a escu- 
charte: «todo esto es mentira; yo ni aun sé lo 
que voy a decir; aquí venimos a engañamos; 
voy a ponerme en espectáculo; vamonos, pues, 
cada uno a su casa, a ver si se nos mejora la 
ventura y adobamos nuestro juicio)). 

El lector echará de ver, de seguro, que es- 
cribo estas líneas bajo un apretón de desalien- 
to. Y así es. Es ya de noche, he hablado esta 
tarde en público y aún se me revuelven en el 
oído tristemente los aplausos. Y oigo también 
los reproches, y me digo: ¡tienen razón! Tie- 
nen razón: fué un número de feria; tienen ra- 
zón: me estoy convirtiendo en un cómico, en 
un histrión, en un profesional de la palabra. Y 
ya hasta mi sinceridad, esta sinceridad de que 
he alardeado tanto, se me va convirtiendo en 
'ópéco de retórica. ¿No sería mejor que me re- 



374 MIGUEL DE UNAMUNO 

cojiese en ca&a una temporada y callase y es- 
perara? Pero ¿es esto hacedero? ¿podré resis- 
tir mañana? ¿no es acaso una cobardía deser- 
tar? ¿no hago algún bien a alguien con mi pa- 
labra aunque ella me desaliente y ai>esadimi- 
bre? Esta voz que me dice: ¡calla, histrión! ¿es 
voz de un ángel de Dios o es la voz del demo- 
nio tentador? ¡Oh Dios mío, Tú sabes que te 
ofrezco los aplausos lo mismo que las censu- 
ras. Tú sabes que no sé por dónde ni adonde 
me llevas; Tú sabes que si hay quienes me 
juzguen mal, me juzgo yo peor que ellos; Tú, 
Señor, sabes la verdad, Tú solo; mejórame la 
ventura y adóbame el juicio, a ver si enderezo 
mis pasos por mejor camino del que llevo! 

No sé lo que conquisto a fuerza de mis tra- 
bajos, digo con Don Quijote. Y Don Quijote 
tuvo que decirlo en uno de esos momentos ett 
que sacude al alma el soplo del aletazo del ángel 
del misterio; en un momento de angustia. Porque 
hay veces que sin saber cómo ni de dónde, 
nos sobrecoje de pronto y al menos esperarlo, 
atrapándonos desprevenidos y en descuido, d 
sentimiento de nuestra mortalidad. Cuanldo 
más entonado me encuentro en el tráfago de los 
cuidados y menesteres de la vida, estando dis- 
traído, en fiesta o en agradable charla, de re- 
pente parece como si la muerte aleteara sobre 
mí. No la muerte, sino algo peor, una sensa- 
ción de anonadamiento, una suprema angustia. 
Y esta angustia, arrancándonos del conoci- 
miento aparencial, nos lleva de golpe y porra- 
zo al conocimiento sustancial de las cosas. 

La creación toda es algo que hemos He per- 
der un día o que un día ha de perdemos, pues 
¿qué otra cosa €s desvanecemos del míunido 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 375 

sino desvanecerse el mundo de nosotros? ¿Te 
puedes concebir como no existiendo? Inténta- 
lo; concentra tu imaginación en ello y figúrate 
a ti mismo sin ver, ni oir, ni tocar, ni recordar 
nada; inténtalo y acaso llames y atraigas a ti 
esa angustia que nos visita cuando menos la 
esperamos, y sientas el nudo que te aprieta el 
gíiznate del akna, por donde resuella tu espí- 
ritu. Como el arrendajo al roble, así la cuita 
imperecedera nos labra a picotazos el corsizón 
para ahoyar en él su nido. 

Y en esa angustia, en esa suprema congoja 
del ahogo espiritual, cuando se te escurran las 
ideas, te alzarás de un vuelo congojoso, i>ara 
recobrarlas cil conocimiento sustancial. Y ve- 
rás que el mundo es tu creación, no tu repre- 
sentación, como decía el tudesco. A fuerza de 
ese supremo trabajo de congoja conquistarás 
la verdad, que no es, no, el reflejo del Univer- 
so en la mente, sino su asiento en el corazón. 
La congoja del espíritu es la puerta de la ver- 
dad sustancial. Sufre, para que creas y creyen- 
do vivas. Frente a todas las negziciones de la 
lógica que rige las relaciones aparenciales de 
as cosas, se alza la afirmación de la cardiaca, 
que rige los toques sustanciales de ellas. Aun- 
que tu cabeza diga que se te ha de derretir la 
conciencia un día, tu corazón, desp>ertado y 
ahmnbrado por la congoja infinita, te enseñará 
que hay un mundo en que la razón no es guía. 
La verdad es lo que hace vivir, no lo que hace 
pensar. 

A la vista de las imágenes i>adecíó un re- 
lámpago de desmayo Don Quijote. De no ha- 
berlo nunca padecido, sería en puro sobrehu- 
mano, inhumano, y como tal mo'delo imposible 



376 MIGUEL DE UNAMUNO 

para los hombres de cada día. Y iqué mucho 
lo padeciera si el mismo Cri®to, abrumado por 
la tristeza, en el oKvar pidió a su PaHre si po- 
día ahorrarle las heces del cáliz de la amargu- 
ra? Don Quijote dudó por un momento de la 
Gloria, pero ésta, su amada, le amaba a su vez 
ya y era, por tanto, su madre, como lo es del 
amado toda su amante verdadera. Hay quien 
no descubre la hondura toda del cariño que su 
mujer le guarda sino al oiría, en momento de 
congoja, un desgarrador ¡hijo mío! yendo a es' 
tr echar le matemalnxente en sus brazos. Todo 
amor de mujer es, si verdadero y entrañable, 
aimor de madre; la mujer prohija a quien ama. 
Y así Dulcinea es ya madre espiritual, no tan 
sólo señora de los pensamientos, de Don Qui- 
jote, y aunque se le hubiese a éste pasado por 
las mientes desahijarse de ella, veréis que ella 
le recobra con amoroso reclamo, como al ter- 
nearillo recental que; corre a triscar suelto le 
requierencia la vaca, al sentirse con las ubres 
perinchidas, rompiendo con dulce abrullo el 
aire que los sei>ara. Veréis cómo le detiene y 
le retiene con verdes lazos. 

Y fué que iban, después de lo narrado, en- 
tretenidos amo y escudero en razones y pláti- 
cas, entrando por una selva que fuera del ca- 
mino estaba, cuando a deshora y sin pensar 
en ello, se halló Don Quijote enredado entre 
unas redes de hilo verde, que desde unos ár- 
boles a otros estaban tendidas y que resulta- 
ron estarlo por unas hermosísimas doncellas y 
unos mozos principales que disfrazados de 
pastores y zagalas querían, formando una nue- 
va y pastoril Arcadia, pasarlo en recitar églo- 
gas de Garcilaso y de Camoens. Conocieron a 



VIDA DE DON QUUOTE V SANCHO 377 

Don Quijote y le rogaron se detuviese con 
ellos, como así lo hizo, y en su compañía de 
ellos comió. Y a fuer de agradecido y para pa- 
gar el agasajo ofreció lo que podía y tenía de 
su cosecha, cual fué sustentar durainte dos días 
naturales en mitad de aquel camino real que 
va a Zaragoza, que aqxiellas señoras contra- 
hechas en pastoras que allí estaban, eran las 
más hermosas doncellas y más corteses que 
había en el mundo, exceptuando tan sólo a la 
sin par Dulcinea del Toboso, única señora de 
sus i>ensamientos. 

¡Vele aquí cómo vuelve ya a su locura nues- 
tro admirable caballero! Cuando más ensimis- 
mado iba en meditar la vanidad y locura del 
esfuerzo de sus trabajos, le prenden y vuelven 
verdes redes al fresco sueño de la locura y de 
la vida. Volvió el Caballero al sueño de la vida, 
a su generosa locura, resurgiendo reconforta- 
do, de la egoísta cordura de Alonso el Bueno. 
Y entonces, al retornar a su sublime locura, 
entonces es cuando vuelve a su magnánima in- 
teínción y ofrece lo que ofreció sostener en 
honra y prez de sus agasajadoras. De aquella 
sumersión en los abismos de la oquedad del 
esfuerzo humano, tomó huelgos y recobró nue- 
vo cuajo la energía creadora del Caballero de 
la Fe, al modo como Anteo, al toque de la Tie- 
rra, su madre; y se lanzó a la santa resignación 
de la acción, que nunca vuelve, como la mujer 
de L.ot, la cara al pasado, sino que siempre se 
orienta al porvenir, único reino del ideal. 

Se echó Don Quijote al camino, plantóse en 
él y lanzó su reto. Y aquí dirá el lector lo que 
ya varias veces se habrá dicho en el curso de 
esta F>eTegr}na historia y es: ¿qué tiene que ver 



378 MIGUEL DE UNAMUNO 



k verdad de una proposición con el valor de 
quien la sustenta y la fortaleza de su brazo? 
Porque venza en lid de arme^ el sustentador 
de esto o de aquello iha. de tenerse lo que él 
sustentaba por más verdadero que lo susten- 
tado por el vencido? 

Ya te he dicho, lector, que son los mártires 
los que hacen la fe más bien que ser la fe le 
que hace mártires. Y la fe hace la verdad. 

Verdad entre burla y juego, como es hija de la fe, 

es peña que al agua y viento para siempre está en un ser. 

como según el conocido romance dijo Rodrig< 
Díaz de Vivar, 

ahinojado ante el Rey, 
delante los que juzgaba, antes de los años dier. 

Es verdadero, te lo repito, cuanto moviéndono 
a obrar hace que cubra el resultado a nuestr* 
propósito y es por lo tanto la acción la que ha 
ce la verdad. Déjate, pues, de lógicas. Y ^cóm^ 
se hace que los hombres crean las cosas y le 
lleven a llenar sus propósitos si no es mante 
niéndolas con valor? Las gentes creen verdade 
ra la eimpresa que venció por el esfuerzo dt 
ánimo y del brazo de quien la sustentaba, y £ 
creerla verdadiera, la hacen taJ si les lleva 
obrar con buen éxito. Las manos, pues, abona 
a la leixgua, y con hondo sentido dijo Per< 
Vermuez a Ferrando, el infante de Carrión, e 
aquellas famosas cortes, lo de 

Delant myo Qid e delante todos oviste te de alabar 
Que mataras al moro e que fizieres barnax; 
Croviorontelo todos, ma non saben la verdad. 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 379 



E eres fermoso, mas mal barragán. 
Lengua sin manos, cuemo osas fablar. 

(POBMA DBL. QlD, 3324-332*^0 

Y continúa echándole en cara que huyó del 
león al que avergonzó el Cid, por lo cual valía 
menos entonces — poro menos vales oy (3334) — 
y luego abandonó a su mujer, la hija del Cid y 

por cuanto las dexastes menos valedes vos 

(3344) 

V acaba exclamcmdo: 

De cuanto he dicho verdadero seré yo. 

(3357) 

Todos creyeron a Fernando, mas era por ig- 
norar la verdad; que era hermoso, pero «mal 
barragán». Lengua sin manos, ccómo oséis ha- 
blar? 

No faltará todavía chinche escolástico como 
para venirme con que confundo la verdad ló- 
gica con la verdad moral y el error con la 
mentira, y que puede haber quien se mueva a 
obrar por manifiesta ilusión y logre, sin embar- 
go, su propósito. A lo que digo que entonces 
la tal ilusión es la verdad más verdadera, y 
que no hay más lógica que la moral. Y de cuan- 
to digo verdadero seré yo. Y basta. 

Salió Don Quijote al camino, plantóse en él, 
lanzó su reto y entonces fué cuando una mana- 
da de toros y cabestros le derribaron y pisotea- 
ron. Así sucede, que cuando retáis a cabcJle- 
ros a defender una verdad, vienen toros y ca- 
bestros y hasta bueyes y os pisotean. 



CAPITULO LIX 



Donde se cuenta el oxtraordinario suceso, que se puede tener por 
aventura, que le sucedió á Don Quijote. 



Levantóse Don Quijote, montó y sin despe- 
dirse de la Arcadia fingida, reanudó más en- 
tristecido aún su camino. Parque venía ya tris- 
te desde ccisa de los Duques. Y viendo comer 
a Sancho: Come, Sancho amigo — dijo Don Qui- 
jote — , sustenta la vida, que más que a mí te rm- 
porta, y déjame morir a manos de mis pensa- 
mientos y a fuerza de mis desgracias. ¡Déjame 
morir! ¡Déjame morir a manos de mis pensa- 
mientos! ¿Pensabas acaso, p>obre Caballero, en 
el encantamiento de Dulcinea y pensaba tu 
Alonso en el encanto de Aldonza? 

Yo, Sancho — prosiguió Don Quijote — , nací 
para vivir muriendo, y tú para morir comiendo. 
¡Preñadísima sentencia! Sí, para vivir murien- 
do nació todo género de heroísmo. Al verse 
el Caballero pisado y acoceado y molido de 
los pies de animales inmundos y soeces pensó 
dejarse morir de hambre. La cercanía de la 
muerte, que se le venía encima a muy raudos 
pasos, iba alumbremdo su m*ente y disipando 



382 MIGUEL DE UNAMUNO 

• 

de ella la cerrazón de la locura. Comprendíi 
ya que eran animales inmundos y soeces loi 
que le acocearon y molieron y no los tuvo po 
cosa de encantamiento y magia. 

¡Pobre mi señor! La fortuna se te ha vuel 
to de espaldas y te desdeña. Mas no por eso h 
esperas menos, y tu esperanza es tu verdaderí 
fortuna, tu dicha el esi>erarla. ¿No esperaste 
durante doce arrastrados años y no esperaba; 
todavía lo imposible, con tanto más grande es 
peranza cuanto más imposible es lo esperado í 
Bien se ve que no habías olvidado aquello qu< 
leíste en el canto segundo de la áspera Arau 
CANA de mi paisano Ercilla y es que 

el más seguro bien de la fortuna 
es no haberla tenido vez alguna. 

Descansaron un rato amo y escudero, reanu 
daron camino y llegaron a una venta, que poi 
tal venta la tomó Don Quijote, pues salió, come 
vemos, de casa de los Duques en vía de cura- 
ción de su locura y desempañada la vista. Las 
burlas se le iban aclarando. Las burlas le abrie- 
ron los ojos para conocer a los animales in- 
mundos y soeces. 

Y aun tuvo que apurar en la venta otro tor- 
mento y fué el de conocer las patrañas que 
acerca de él había propalado la falsa segunda 
parte de su historia. 



CAPITULO LX 

De lo que le sucedió á Don Quijote yendo a Barcelona. 



Continuaron camino de Barcelona y en él, 
sesteando entre unas espesas encinas o alcoi- 
noques, sucedió el más triste suceso de tantos 
tan tristísimos como la historia de nuestro Don 
Quijote encierra. Y fué que desespera<lo Don 
Quijote de la flojedad y caridad poca de San- 
cho su escudero, pues a lo que creía solos cinco 
azotes se había dado^ número desigual y pe- 
queño para los infinitos que le faltaban por 
darse si había de desencantar a Dulcinea, de- 
terminó azotarle a pxesar suyo. Intentó hacerlo, 
resistióse el escudero, forcejeó Don Quijote y 
viéndolo Sancho Panza, se puso en pie y arre- 
metiendo a su amo, se abrazó con él a brazo 
partido, y echándole una zancadilla dio con él 
en el suelo boca arriba; púsole la rodilla dere- 
cha sobre el pecho y con laé manos le tenia 
las manos de modo que ni le dejaba rodear ni 
alentar. 

Basta ya, que oprime al ánimo más recio la 
lectura de este tristísimo paso. Tras las burlas 
de los Duques, la aflicción por la pobreza, el 



384 MIGUEL DE UNAMUNO 

desmayo del heroísmo ante las imágenes de los 
cuatro caballeros y el molimiento por pies de 
animales inmundos y soeces, sólo faltaba, como 
suprema tortura, la rebeldía de su escudero. 
Sancho se había visto gobernador y a su amo 
a las patas de los cabestros. El paso es de hon- 
dísima tristeza. 

Don Quijote le decía: ccómo, traidor, con- 
tra tu amo y señor natural te desmandas? c'Con 
quien te da su pan te atreves? ¿El pan? No 
sólo el pan, sino la gloria y la vida misma per- 
duraderas. Ni quito rey ni pongo rey — respondió 
Sancho — , srno ayudóme a mí que soy mi señor. 

¡Oh, pobre Sancho, y a qué desfalladero de 
torpeza te arroja la carne pecadora! Te des- 
mandas contra tu amo y señor natural, contra el 
que te da el eterno pan de tu vida eterna, cre- 
yéndote señor de ti mismo. No, pobre Bancho, 
no; los Sanchos no son señores de sí mismos. 
Esa proterva razón que para rebelarte aduces 
de ¡soy mi señor! no es mas que un eco del clno 
serviré!)) de Lucifer, el príncipe de las tinieblas. 
No, Sancho, no; tú no eres ni puedes ser señor 
de ti mismo, y si mataras a tu amo, en aquel 
mismo instante te matarías para siempre a ti 
mismo. 

Pero bien mirado tampoco está del todo mal 
que Sancho se rebele así, pues de no haberse 
nunca rebelado no sería hombre, hombre de 
verdad, entero y verdadero. Y esa rebelión, si 
bien se mira, fué un acto de cariño, de hondo 
cariño a su amo que se desmandaba y salía, en 
la tristeza de su locura agonizante, de las bue- 
nas prácticas caballerescas. Después de aque- 
llo, 'después de haberle tenido sujeto bajo su 
rodilla, después de haberle vencido, es seguro 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 



385 



que Sancho quiso y respetó y admiró más a su 
amo. Así es el hombre. 

Y Don Quijote prometió no tocarle en el pelo 
de la ropa, dejándose vencer de su escudero. Es 
la primera vez en su vida toda en que el Caba- 
llero de los Leones se deja vencer humildemente 
y sin defenderse siquiera; se deja vencer de su 
escudero. 

Y este mismo Sancho que arremete a su amo 
y le pone la rodilla sobre el pecho, al sentir so- 
bre su cabeza y pendientes de un árbol dos pies 
de persona con zapatos y calzas, tiembla de mie- 
do y da voces llamando a Don Quijote que le 
acorra y favorezca. 

No bien acaba de desmandarse contra su amo 
y señor natural al grito revolucionario de ¡yo soy 
mi señor! cuando no es ya señor de sí mismo, 
sino que tiembla de miedo al sentir sobre su ca- 
beza unos pies calzados, y llama a su amo y se- 
ñor natural, al que le amparaba del miedo. Y 
Don Quijote ¡claro está! acudió a la llamada, 
porque era bueno. Y supuso fueran pies de fo- 
ragidos y bandoleros que en aquellos árboles 
estaban ahorcados. 

Así lo vieron al amanecer en que cuarenta 
bandoleros vivos que de improviso les rodearon, 
diciéndoles en lengua catalana que se estuvieran 
quedos, y se detuvieran hasta que llegase su ca- 
pitán. Y el pobre Don Quijote hallóse a pie, su 
caballo sin freno, su lanza arrimada a un árbol, y 
finalmente sin defensa alguna, y asi tuvo por 
bien cruzar las manos e inclinar la cabeza guar- 
dándose para mejor sazón y coyuntura. ¡Ejem- 
plarísimo Caballero! Y ¡cómo le han enseñado 
las burlas de los Duques, las coces de los cabes- 
tros y la arremetida de Sancho! Es que barrun- 

25 



386 MIGUEL DE UNAMUNO 



ta aun sin conocerla, la cercanía de su muerte. 

Llegó el capitán, Roque Guinart, vio la triste 
y melancólica figura de Don Quijote y le animó. 
Había oído hablar de él. Y allí conoció Don Qui- 
jote la concertada república de los bandoleros y 
pretendió persuadir con buenas palabras, y no 
obligarle por fuerza a Roque Guinart a que se 
hiciese caballero andante. Sirvió el encuentro 
pgira que el caballero admirase la vida del ca- 
balleresco bandolero, la equidad con que se re- 
partían los despojos del robo y su generosidad 
con los viandantes. Y él, Don Quijote, que con 
grande escándalo de las personas graves había 
dado libertad a los galeotes, no intentó siquiera 
deshacer la república de los bandidos. 

Esto de la justicia distributiva y el buen orden 
que en repartir los despojos del botín se obser- 
vaba en la banda de Roque Guinart, es condi- 
ción de toda sociedad de bandoleros. Fernando 
de Pulgar, al hablamos en sus CLAROS VARONEí 
DE Castilla del bandolero D. Rodrigo de Vi 
11 adrando. Conde de Ribadeo, que con sus ban 
das y su gran poder «robó, quemó, destruyó, 
derribó, despobló Villas e Lugares e pueblos ae 
Borgoña e de Francia» nos dice que «tenía dos 
singulares condiciones: la una, que facía g/ar 
dar la justicia entre la gente que tenía, e no con 
sentía fuerza ni robo ni otro crimen; e si algunc 
lo cometía, él por sus manos lo punía». Por don 
de se ve cómo es en el seno de las sociedadej 
organizadas para el robo donde más severamen 
te se persigue el robo mismo, así como en lo; 
ejércitos, organizados para ofender y destruir 
es donde más duramente se castigan las ofensa 
y lo que a la destrucción del ejército mismo tien 
da. Y así cabe depir de todo género de justícii 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 387 

humana que brotó de la injusticia, de la necesi- 
dad que ésta tenía de sostenerse y perpetuarse 
La justicia y el orden nacieron en el mundo para 
mantener la violencia y el desorden. Con reizón 
ha dicho un pensador que de los primeros ban- 
doleros a sueldo surgió la guardia civil. Y los 
romanos, formuladores del derecho que aún sub- 
siste, los del ita ius esto iqué eran sino unos ban- 
doleros que empezaron su vida por un robo se- 
gún la leyenda por ellos mismos forjada? 

Conviene, lector, te pares á considerar esto de 
que nuestros preceptos morales y jurídicos ha-, 
yan nacido de la violencia y de que pcira poder 
matar una sociedad de hombres se haya dicho a 
cada uno de éstos que no deben matarse entre 
sí, y se les haya predicado que no deben robar- 
se unos a otros para que así mejor se dediquen 
al robo en cuadrilla. Tal es el verdadero abolen- 
go y linaje de nuestras leyes y nuestros precep- 
tos; tal la fuente de la moral al uso. Y este su 
abolengo y linaje se descubre en ella y por esto 
Qos sentimos inclinados a perdonar y aun querer 
a los Roque Guinart, porque en ellos no hay 
doblez rú falsía, sino que aparecen sus bandas 
tal y como son, mientras los pueblos naciones 
que se dicen llamados a cumplir el derecho y 
servir a la cultura y a la paz son sociedades fari- 
3eas. c Conocéis algún rasgo quijotesco de una 
aación de hombres como tal nación? 

Consideremos, por otra parte, cómo del mal 
sale el bien — porque al fin es un bien, si bien 
transitorio, el de la justicia distributiva — y tiene 
i 2ste sus raíces en aquél, o son más bien caras 
de una misma figura. De la guerra brota la paz, 
/ del robo en cuadrilla el castigo al robo. La so- 
ciedad tiene que tomar sobre sí los crímenes para 



388 MIGUEL DE UNAMUNO 

libertar de ellos, y de su remordimiento, a lo 
que la forman. Y ¿no hay acaso un remordí 
miento social, desparramado entre sus miembro 
todos? Sin duda y el hecho éste 'del remordimier 
to social, tan poco advertido de ordinario, es ( 
móvil principal de todo progreso de la especie 
Acaso lo que nos mueve a ser buenos y justo 
con los de nuestra sociedad es cierto oscuro sen 
timiento de que la sociedad misma es mala e in 
justa; el remordimiento colectivo de una tropa d' 
guerra es tal vez lo que les mueve a prestars' 
servicios entre sí y aun a prestárselos, a las ve 
ees, al enemigo vencido. Por conocer la insolen 
cia de su oficio se guardaban fe entre sí lo 
compañeros de Roque. 

Este precioso episodio de Roque Guinart € 
el que más íntima relación guarda con la eser 
cia de la historia de Don Quijote. Es un refleje 
a la vez, del culto popular al bandolerismo, cu 
to jamás borrado de nuestra España. Roque Gu 
nárt es un predecesor de los muchos bandidc 
generosos cuyas hazañas, trasmitidas y esparc 
das merced a los pliegos de cordel y coplas c 
ciegos, han admirado y deleitado a nuestro put 
blo; de Diego Corrientes, llamado por antonc J 
masia el bandido generoso; del guapo Franci; 
co Esteban; de José María, el Rey de Sierr 
Morena; del gaucho Juan Moreira allá en la A: 
gentina, y de tantos otros más, cuyo patrón e 
el cielo de nuestro pueblo es San Dimas. 

Cuando crucificaron a Nuestro Señor Jesv 
Cristo, uno 1 : ios malhechores que estaban co 
gados junto fi El, le injuriaba diciendo: «Si T 
-^^es el Cristo, sálvate a Ti mismo y a nosotro 
Y respondiendo el otro, reprendióle diciendo 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 389 

•Ni aun tú temes a Dios estando en la misma con- 
Jenación? Nosotros, a la verdad, justamente i>a- 
decemos, porque recibimos lo que merecieron 
auestros hechos, mas Este ningún mal hizo. Y 
üjo a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando fue 
res en tu reino. Y entonces Jesús le dijo: De 
/eras te digo que hoy estarás conmigo en el 
Daraíso. (Luc, XXIII, 39-43). 

No se encuentra otra vez alguna en el Evan- 
gelio una afirmación tan redonda de «serás con- 
nigo en el paraíso», una tan firmemente dada 
ieguridad de salvación. Una vez canoniza el 
Cristo y es a un bandolero en el momento de la 
Tiluerte. Y al canonizarle canoniza la humildad 
le nuestro bandolerismo. Y ¿por qué cuando 
ústigó duramente a tantos escribas y fariseos, 
lombres honrados según la ley? Porque éstos 
e tenían por justos a sí mismos, como el fariseo 
le la parábola, mientras el bandolero, como el 
jublicano de la misma, reconoció su culpa. Fué 
u humildad lo que premió Jesús. El bandolero 
e confesó culpable y creyó en el Cristo. 

Nada aborrece miás el pueblo que al Catón 
lue se tiene por justo y parece ir diciendo: mi- 
adme y aprended de mí a ser honrados. Roque 
juinart, por el contrario, no ensalzaba su esta- 
lo, sino que confesó a Don Quijote que no ha- 
>ía modo de vivir más inquieto ni sobresaltado 
(ue el suyo, y que perseveraba en él, por deseo 
^le venganza, a despecho y a pesar de lo que 
ntendía, y añadió: y como un abismo llama a 
'tro y un pecado o otro pecado, hanse eslabóna- 
lo las venganzas, de manera que no sólo las 
lias, pero las ajenas, tomo a mi cargo; pero 
^ro.s es servido de que aunque me veo en l.i mi- 
del laberinto de mis confusiones, no pierdo 



390 MIGUEL DE UNAMUNO 

la esperanza de salir del a puerto seguro. Es ur 
eco de la oración de San Dimas. Y nos parecí 
oir aquello de Pablo de Tarso: «no hago el bier 
que quiero, sino el mal que no quiero hago 
miserable hombre de mí cQuién me librará d( 
este cuerpo de muerte?» 

«No hago el bien que quiero, sino el mal que 
no quiero hago». Palabras que nos sugiere 1j 
conducta de Roque Guinart y que nos piden i 
girtos nos paremos a meditarlas. Y a medita 
en que no es lo mismo cumplir la ley que sei 
bueno. Hay, en efecto, quien se muere sin ha 
ber abrigado un solo buen deseo y sin haber, £ 
pesar de ello, cometido un solo delito, y quien 
por el contrario, llega a la muerte con una vid? 
cargada de delitos y de generosos deseos a 1í 
vez. Son las intenciones y no los actos lo qu< 
nos empuerca y estraga el alma, y no pocas ve 
ees un acto delictuoso nos purga y limpia de h 
intención que lo engendrara. Más de un renco 
roso homicida habrá empezado a sentir amor i 
su víctima luego que sació su odio en ella, mien 
tras hay gentes que siguen odiando al enemig< 
que se mudó, después de muerto. Ya sé qu 
son muchos los que anhelan una humanidad e: 
que se impidan los crímenes aunque los malo 
sentimientos envenenen las almas, pero Dios no 
dé una humanidad de fuertes pasiones, de odio 
y de amores, de envidias y de admiraciones, d 
ascetas y de libertinos, aunque traigan consig 
estas pasiones sus naturales frutos. El criterio ji 
rídico sólo ve lo de fuera y mide la punibilida 
del acto por sus consecuencias; el criterio estríe 
tamente moral debe juzgarlo por su causa y n 
por su efecto. Lo que ocurre es que nuestra me 
ral corriente está manchada de abogacía y nue 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 391 

tro criterio ético estropeado por el jurídico. El 
matar no es malo por el daño que reciben el 
muerto o sus deudos o parientes, sino por la 
perversión que al espíritu del matador lleva el 
sentimiento que le impulsa a dar a otro la muer- 
te; la fornicación no es pecado por daño algu- 
no que reciba la fornicada — pues de ordinario 
no lo recibe tal y sí sólo deleite — sino porque 
el sucio deseo distrae al hombre de la contem- 
plación de su fin propio y le tiñe de falsedad 
cuanto percibe. Con hondo sentimiento se llama 
entre los gauchos desgracia, no al ser muerto, 
ano al haber tenido que matar a otro. Y poor ello, 
aunque en el mundo de la servidumbre, en el 
mundo aparencial de las trasgresiones del dere- 
cho, caigamos en delito, nos salvaremos si con- 
servamos sana intención en el mundo de la li- 
bertad, en el mundo esencial de los anhelos ín- 
timos. 

Y además ¿no endurecerá en sus fechorías al 
facineroso la desconfianza del perdón? Recordad 
aquí a los galeotes. Creo que sí todos los hom- 
bres se persuadieran de que hay un perdón final 
para todos y una vida perdurable, en una u otra 
forma, se harían todos mejores. El temor al cas- 
tigo no evita más fechorías que las que provoca 
la desesperanza de perdón. Recordad a Pablo 
el ermitaño y a Enrico el bandolero del drama 
de Tirso de Molina que lleva por título El CON- 
DENADO POR DESCONFIADO, profunda quintesencia 
de la fe española, recordad que si Pablo, mace- 
rado en penitencias, se pierde por desconfiar de 
su salvación, por confiar en ella se salva Enrico 
el foragido. Volved a leer este drama. Recordad 
a aquel Enrico, hijo de Anareto, que conservó 
entre sus maldades entrañable cariño a su tuUi- 



392 MIGUEL DE UNAMUNO 

do padre y fe en la misericordia de Dios, reco- 
nociendo la justicia del castigo. Recordadle di- 
ciendo: 

Mas siempre tengo esperanza 
en que tengo de salvarme, puesto que no va fundada 
m¡ esperanza en obras mías, sino en saber que se hermana 
Dios con el más pecador, y con su piedad le salva 

(II. 17) 

y recordadle arrepentido, gracias a su padre. 

cQue esto repugna al sentido moral? Al san- 
chopancesco, sí; al quijotesco, no. Un filósofo 
alemán de hace poco, Nietzsche, metió ruido en 
el mundo escribiendo de lo que está allende el 
bien y el mal. Hay algo que está no allende, sino 
dentro del bien y del mal, en su raíz común. cQué 
sabemos nosotros, pobres mortales, lo que son 
el bien y el mal vistos desde el cielo? ¿Os es- 
candaliza a(Saso que una muerte de fe abone toda 
una vida de maldades? ¿Sabéis acaso si ese úl- 
timo acto de fe y de contrición no es el brotar 
a la vida exterior, que se acaba entonces, senti- 
mientos de bondad y de amor que circularon en 
la vida interior, presos bajo la recia costra de 
las maldades? Y ¿es que no hay en todos, absolu- 
tamente en todos, esos sentimientos, pues sin 
ellos no se es hombre? Sí, pobres hombres, con- 
fiemos, que todos somos buenos. 

¡Pero es que así no viviremos nunca segu- 
ros! — exclamáis — ¡con tales doctrinas no cabe or- 
den social! Y ¿quién os ha dicho, apocados es- 
píritus, que el destino final del hombre se suje- 
te a asegurar el orden social en la tierra y a evi- 
tar esos daños aparentes que llamamos delitos y 
ofensas? ¡Ah, pobres hombres, siempre veréis 
en Dios un espantajo o un gendarme, no un Pa- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 393 

Jre, no un Padre que perdona siempre a sus hi- 
os, no más sino por ser hijos suyos, hijos de sus 
entrañas, y como tales hijos de Dios, buenos 
íiempre por dentro de dentro aunque ellos mis- 
nos ni lo sepan ni lo crean. Tengo, pues, para mí 
que Roque Guinart y sus compañeros eran mejo- 
res de lo que ellos mismos se creían. Reconocía el 
buen Roque la insolencia de su oficio, pero se 
sentía atado a él como a un sino fatal. Era su 
estrella. Y pK>día haber dicho con el gaucho 
Martín Fierro lo de 

Vamos, suerte, vamos juntos. 
Puesto que juntos nacimos, 
Y ya que juntos vivimos. 
Sin podernos dividir, 
Yo abriré con mi cuchillo 
El camino pa seguir. 

Y volviendo a nuestra historia, conviene re- 
cordar aquí lo que D. Francisco Manuel de 
Meló en su HISTORIA DE LOS MOVIMIENTOS, SE- 
PARACIÓN Y GUERRA DE CATALUÑA EN TIEMPO DE 
Felipe IV, obra publicada unos cuarenta años 
después de la historia de nuestro Caballero, 
dice al describir a los catalanes «por la mayor 
parte hombres de durísimo natural» que «en 
las injurias muestran gran sentimiento y por 
eso son inclinados a venganza», y añade: «La 
tierra, abuiulante en asperezas, ayuda y dis- 
pone su ánimo vengativo a terribles efectos con 
pequeña ocasión; el quejoso o agraviado deja 
los pueblos y se entra a vivir en los bosques, 
donde en continuos asaltos, fatigan los cami- 
nos; otros sin más ocasión que su propia inso- 
íervcia, siguen a estotros; éstos y aquéllos se 
mantienen por la industria de sus insultos. Lia- 



394 MIGUEL DE UNAMUNO 

man comúnmiente andar en trabajo aquel es- 
pacio de tiempo que gastan en este modo de 
vivir, como en señal de que le conocen por 
desconcierto; no es acción entre ellos reputa- 
da por afrentosa, antes al ofendido ayudan 
siempre sus deudos y amigos». Y habla luego 
de los famosos bandos de Narros y Cadells 
«no menos clebrados y dañosos a su patria que 
los Gü elfos y Gibelinos de Milán, los Pafos y 
Médicis de Florencia, los Beamonteses y Agra- 
monteses de Navarra y los Gamboinos y Oña- 
cinos 'de la antigua Vizcaya». 

Al bando de los Narros pertenecía Roque 
Guinart y como de tal bando despachó un men- 
sajero a Barcelona dando cuenta a sus amigos 
de cómo iba Don Quijote para que con él se 
solazasen, que él quisiera que careciesen de 
este gusto los Cadells sus contrarios; pero que 
esto era imposible a causa que las locuras y 
discreciones de Don Quijote y los donaires de 
su escudero Sancho Panza no podían dejar de 
dar gusto general a todo el mundo. ¡Pobre Don 
Quijote, ya querían hacerte monopolio de un 
bando y solaz a él sólo reservado! fLo que se 
le ocurre a un catalán, aunque sea bandolero! 



uAPITULOS LXI, LXII Y LXIII 

De lo que le sucedió á Don Quijote en la entrada de Barcelona. 
coD otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto. 



A los tres días por caminos desusados, por 
atajos y sendas encubiertas partieron Roque, 
Don Quijote y Sancho con otros seis escuderos 
a Barcelona, a cuya playa llegaron la víspera 
de San Juan en la noche, y allí se les despidió 
Roque dejando diez escudos a Sancho. 

Ya tenemos en ciudad a Don Quijote y nada 
menos que en la grande y florida ciudad condal 
de Barcelona, archivo de la cortesía, albergue 
de los extranjeros^, hospital de los pobres, pa- 
triq de los valientes, venganza de los ofendidos 
y correspondencia grata de firmes amistades y 
en sitio y belleza única como más adelante, en 
el cap. LXXII la llama el historiador. Allí, al 
rayar del día, apacentó en el mar su vista, pa- 
rf»ciéndole espaciosísimo y largo, vio las gale- 
is y se halló de fiesta. Y vino la burla ciuda- 
riana de los amigos de Roque, que rodeando 
a Don Quijote, al son de chirimías y atabales, 
le llevaron a la ciudad, donde los muchachos 



396 MIGUEL DE UNAMUNO 

le hicieron ser derribado de Rocinante, ponien- 
do a éste aliagas bajo el rabo. 

Ya estás, mi señor Don Quijote, de hazme 
reir de una ciudad y de juguete de sus mucha- 
chos. iPoY qué te saliste del campo y de sus 
caminos libres, único terreno propio de tu he- 
roísmo? Allí, en Barcelona, le sacaron al bal- 
cón de una de las calles más principales de la 
ciudad a vista de las gentes y de los muchachos 
que como a mona le miraban, allí le pasearon 
por las calles, sobre un gran macho de paso 
llano, con un balandrán y á las espaldas un per- 
gamino en que se leía: éste es Don Quijote 
de la Mancha^, lo que traía consigo, con gran- 
de admiración del Caballero, que todos los 
muchachos, sin haberle jamás visto, le cono- 
cieran. 

¡Pobre Don Quijote, paseado por la ciudad, 
con tu ecce homo a espaldas! Ya estás conver- 
tido en curiosidad ciudadana. Y no faltó, un 
castellano por cierto, quien te llamase loco y 
te reprendiese tu locura. Y luego, en casa de 
D. Antonio Moreno, que le hospedaba, hubo 
sarao y le hicieron bailar hasta que tuvo que 
sentarse en mitad de la sala, en el suelo, mo- 
lido y quebrantado de tan bailador ejercicio. 

Esto supera ya en tristeza a cuanto desde 
el día malaventurado en que topó con los Du- 
ques le está ocurriendo. Le j>asean por las ca- 
lles, convertido en mona de los muchachos, y 
luego le hacen bailar. Tómanle de juguete, de 
trompo, de perinola y zarandillo. Ahora, ahora 
es, mi señor, cuando cuesta seguirte, ahora es 
cuando tus fieles han de poner su fe a prueba. 
«¡Que baile! ¡Que baile!» — es uno de los gritos 
de irrisión y burla con que escarnecen a los 



VI DA DE DON QUIJOTE Y SANCHO ^9 7 

inbres las muchedumbres españolas. Y a ti, 
mi señor Don Quijote, te hicieron bailar en 
Barcelona, hasta molerte y quebrantarte. 

Ser blanco de la ociosa curiosidad de las mu- 
chedumbres; oir que al pasar dicen junto a uno 
a media voz «¡ese! ¡ese!»; aguantas las miradas 
de los necios que le miran a uno porque se le 
trae y se le lleva en los papeles públicos y lue- 
go persuadirte de que no conoce tu obra esa 
gente como no conocían las hazañas de Don 
Quijote y menos aún su espíritu heroico los chi- 
cuelos que por las calles de Barcelona le acla- 
maban, y de que no eres sino un nonibre i>ara 
ellos; c sabéis lo que es esto? ¿Sabéis lo que es 
eso de que se conozca sólo vuestro nombre y 
de que os conozcan en dondequiera mientras 
en dondequiera no saben lo que habéis hecho? 
Pudiera muy bien suceder que estos mis co- 
mentarios a la vida de mi señor Don Quijote 
provocaran en esta nuestra España, como han 
provocado algunos otros trabajos míos, discu- 
siones y vocerío; pues bien; os aseguro desde 
ahora que los más furiosos en vocear por ellos 
no los habrán leído. Y sin embargo, es tan mi- 
serable el hombre, que prefiere el nombre sin 
la obra a la obra sin el nombre, quiere más de- 
jar su efigie acuñada en cobre a dejar oro puro 
de su espíritu, pero de donde se borren la efi- 
gie y la leyenda. 

Allí, en la industriosa ciudad de Barcelona, 
le enseñaron, íqué sino curiosidades de indus- 
tria? Allí vio y oyó a la cabeza encantada; allí 
visitó el taller de imprimir. Sucedió, pues, que 
yendo por una calle alzó los ojos Don Quijote 
y vio escrito sobre una puerta con letras muy 
grandes: AquÍ SE IMPRIMEN LIBROS; de lo que se 



398 MIGUEL DE UNAMUNO 

contentó mucho, porque hasta entonces no ha- 
bía üisto emprenta alguna y deseaba saber 
cómo fuese. Curiosidad naturalísima en quien 
buscó en libros bálsamo al demasiado amor y 
fué por libros llevado a meterse en las azaro- 
sas andanzas de su carrera de gloria. Figuraos 
al hidalgo cincuentón que allá, en su lugarejo 
manchego, había alimentado con lecturas su 
soledad, para quien más que para otro cual- 
quiera fueron los libros fieles am'gos, y com- 
prenderéis con qué ánimo entraría en la im- 
prenta. En la cual se portó como discreto, y 
manifestó que sabía algún tanto del toscano y 
se preciaba de cantar algunas estancias del 
Ariosto. Y hasta allí dejó asomar ciertas pun- 
tas y ribetes de ironía a cuenta de los traduc- 
tores y las traducciones. 

Este y otros pasajes especialmente literarios 
de nuestra historia, son de los que más suelen 
citar esos que se llaman a sí mismos cervantis- 
tas, pero la verdad es que ello apenas lo mere- 
ce. Son tiquismiquis y minucias de los del ofi- 
cio, que a los demás les debe tener sin cuidado. 
Bien está que los escritores nos cuidemos de 
la hechura de nuestros trabajos y le de- 
mos vueltas y más vueltas al lenguaje y al esti- 
lo, pero de esto nada se le da al que nos lee. 
Bien está el que un escritor teja sus párrafos, 
y luego los desmote, perche, lustre, tunda y 
prense para cortarlos y coserlos luego y hacer 
así traje a su pensamiento, mas sea para pro- 
vecho del que le haya de leer. Yo mismo, en 
estas páginas, confieso que a las veces he zu- 
ñido y bruñido mi discurso, mas en lo que todo 
sobre todo he puesto ahinco es en sacar a ras 
de lengua escrita voces de la lengua corriente- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 399 

mente hablada, en desentonar y desentrañar 
palabras que chorrean vida según corren fres- 
cas y rozagantes de boca en oído y de oído en 
boca de los buenos lugareños de tierras de 
Castilla y de León. Hay que flexibilizar y enri- 
querer el rígido y escueto castellano, dicen 
allende los mares. Sin duda hay que darle más 
soltura y más riqueza, pero es á la lengua enteca 
y enclavijada de los periódicos y de los cafés. 
Mas para ello no es menester acudir fuera y 
tomar de prestado voces y giros de otros idio- 
mas; basta remejerle los entresijos al mismo ro- 
mance castellano. Cada uno ha de engordar de 
sí mismo. 

Otros vienen y nos dicen que no, sino que lo 
necesario y apremiante es podar nuestra lengua 
y recortarla y darla precisión y fijeza. Dicen los 
tales que padece de maraña y de braveza mon- 
tesina nuestra lengua, que por dondequiera le 
asoman y apuntan ramas viciosas, y nos la quie- 
ren dejar como arbolito de jardín, como boje 
enjaulado. Así, añaden, ganará en claridad y 
en lógica. ¿Pero es gue vamos a escribir algún 
Discurso del método con ella? ¡Al demonio la 
lóg^a y la claridad esas! Quédense los tales re- 
cortes y podas y redondeos para lenguas en que 
haya de encarnar la lógica del raciocinio racioci- 
nante, pero la nuestra ¿no debe ser acaso ante 
todo y sobre todo instrumento de pasión y en- 
^ voltura de quijotescos anhelos conquistadores? 

Y en eso mismo de claridad habría que en- 
tenderse, pues hay quien aspira a que le den 
las ideas mascadas, ensalivadas y hechas bolo 
engullible para no tener que pasar otro trabajo 
sino el de tragarlas, ó mejor aún que se las em- 
papicen. 



CAPITULO LXIV 



Que trata de la aventura que más p>esadumbre dio a Don Quijote 
de cuantas hasta entonces le habían sucedido. 



Y allí, en Barcelona, dieron fin las malandan- 
zas caballerescas de nuestro Don Quijote; allí 
fué vencido por el Caballero de la Blanca Luna. 
Hízose éste el encontradizo, le buscó quimera 
por precedencia de hermosura de sus respecti- 
vas damas, le derribó y le pidió confesase las 
condiciones del desafío. Y el gran Don Quijote, 
el inquebrantable Caballero de la Fe, el heroico 
loco, molido y aturdido y como si hablara den- 
tro de una tumba, con voz debilitada y enferma 
dijo: Dulcinea del Toboso es la más hermosa 
mujer del mundo, y yo el más desdichado Caba- 
llero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza 
defraude esta verdad; aprieta, caballero, la lan- 
^ za y quítame la vida, pues me has quitado la 
honra. 

Ved aquí cómo cuando es vencido el invicto 
Caballero de la Fe, es el amor lo que en él ven- 
ce. Esas sublimes palabras del vencimiento de 
n Quijote son el grito sublime de la victoria 

2f 



402 MIGUEL DE UNAMUNO 

del Amor. El se había entregado a Dulcinej 
mas sin pretender que por eso se le entregas 
Dulcinea, y así su derrota en nada empañat 
la hermosura de la dama. El la había hech< 
cierto es, él la había hecho en puro f< 
él la había creado con el fuego de su pasiói 
pero una vez creada, ella era ella y de ella r( 
cibía su vida él. Yo forjo con mi fe, y coi 
tra todos, mi verdad, pero luego de así forjad 
ella, mi verdad se valdrá y sostendrá sola y m 
sobrevivirá y viviré yo de ella. 

fOh, mi Don Quijote, y cuan a dos dedos c 
tu salvación eterna estás, pues curado ya de 1 
presunción, no hablas de la fortaleza de tu braz< 
sino que confiesas tu flaqueza! Y ¡cómo se 1 
viene encima la luz purificadora de la muer1 
próxima! fComo de dentro de una tumba habla 
como de dentro de la tumba del mtindo que í 
burla de los héroes y los pasea por las calL 
con su pergamino á la espalda! Y vencido y me 
trecho y triste y afligido y conociendo tu flaqu 
za, aún proclamas a Dulcinea del Toboso la m 
hermosa mujer del mundo. J'Oh generoso Cab 
llero! Tú no eres como esos que buscando 
Gloria cuando se ven por ella desdeñados, la ni 
gan y la denigran y la motejan de vana y aun d 
ñosa; tú no eres de los que culpan a la Gloria < 
sus propias flaquezas y de no haber podido co 
quistarla; tú vencido y maltrecho prefieres 
muerte a renegar de la que te metió en tu can 
ra de heroísmo. 

Y es porque tienes fe en ella, en tu Dulcine 
sientes que cuando pareciendo abandonarl 
deja que te venzan, es para luego ceñirte eni 
sus temblorosos brazos con hambriento carif 
y apretarte a su pecho encendido hasta q ; 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 403 

sean un parejo golpear el de su corazón y el 
del tuyo, y i>egar a tu boca su boca, respirando 
de tu aliento y de su aliento tú y quedar así las 
dos bocas prendidas para siempre en un beso 
inacabable de gloria y de amor eternos. Te deja 
ser vencido para que comprendas que no a 
la fortaleza de tu brazo, sino al amor que la 
tuviste debes tu vida eterna. Tú la amaste, in- 
victo Caballero de la Fe, con el amor más es- 
merado y grande, con amor que se alimentaba 
de sus desdenes y rechazos. No por haberle vis- 
to trasformada en zafia labradora se te amenguó 
el denodado ánimo ni pregonaste el Vcmiidad 
de vanidades y todo vanidad, del sabio rey po- 
drido por los hartazgos. Al ser vencido tu grito 
de triunfo, invicto Caballero, fué proclamar la 
hermosura sin par de Dulcinea. 

Así a nosotros, tus fieles, cuando más venci- 
dos estemos, cuando el mundo nos aplaste y 
nos estruje el corazón la vida y se nos derritan 
las esperanzas todas, danos alma, Caballero, da- 
' nos alma y coraje para gritar desde el fondo de 
nuestra nadería: ¡plenitud de plenitudes y todo 
plenitud! iQue yo muero en mi demanda? Pues 
así se hará ésta más grande con mi muerte. cQué 
peleando en pro de mi verdad, me vencen? ¡No 
importa! No importa, pues ella vivirá y vivien- 
do ella os mostrará que no depende de mí, sino 
yo de ella. 

No es éste mi yo deleznable y caduco; no es 
^ste mi yo que come de la tierra y al que la 
ierra comerá un día, el que tiene que vencer; 
lo es éste sino que es mi verdad, mi yo eterno, 
Tii padrón y modelo desde antes de antes y 
lasta después de después; es la idea que de mí 
icn« Dios. Conciencia del Universo. Y esta mi 



404 MIGUEL DE UNAMUNO 

divina idea, esta mi Dulcinea, se engrandece 
se sobrehermosea con mi vencimiento y mu 
te. Todo tu problema es éste: si has de emj 
ñar esa tu idea y borrarla y^ hacer que Dios 
olvide, o si has de sacrificarte a ella y hacer q 
ella sobrenade y viva para siempre en la éter 
e infinita Conciencia del Universo. O Dios o 
olvido. 

Si por guardar tu mecha apagas tu luz; si p 
ahorrar tu vida malgastas tu idea, Dios no 
acordará de ti, anegándote en su olvido coi 
en i>erdón supremo. Y no hay otro infierno q 
éste; el que nos olvide Dios, y volvamos a 
inconciencia de que surgimos. «Señor, acu( 
date de mí!» digamos con el bandolero q 
moría junto a Jesús (Luc, XXIII, 42). Sen 
acuérdate de mí y que mi vida toda sea una 
vificación de mi idea divina, y si la empana 
si la sepultara en mi carne, si la deshiciera 
este mi yo caduco y terreno, entonces j ay 
mí. Señor, porque me perdonarías olvidándor 
Si aspiro a Ti, viviré en Ti; si de Ti me apar 
iré a dar en lo que no es tuyo, en lo único c 
fuera de Ti cabe: en la nada. 

Y el vencedor de Don Quijote, el de la Bl 
ca Luna, a quien también sacó del sosiego 
deano el amor a Dulcinea, no mata al Caballé 
sino que exclama: ¡viva, viva en su entereza 
fama de la hermosura de la señora Dulcinea 
Toboso! y se contenta con pedirle al vene 
que se retire a su lugar mientras él le mand 
¡que se retire a bien morir! Sansón Carras 
el bachiller por Salamanca, que no era < 
el de la Blanca Luna, fué también en busca 
gloria y para que la fama lleve su nombre 
el de Don Quijote, c Y no fué acaso también p 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 405 

ecer a los ojos de aquella andaluza Casilda, 
e qué se enamoró en las callejas de la dorada 
iudad del Tormes. 

Y Sancho, el fiel Sancho, todo triste, todo 
pesarado, no sabía qué hacerse ni decirse; pá- 
ndale que iodo aquel suceso pasaba en sueños 

que toda aquella máquina era cosa de encan- 
wnento. Veta a su señor rendido y obligado 

no tomar armas en un año; imaginaba la luz de 
j gloria de sus hazañas oscurecida, las espe- 
anzas de sus nuevas promesas deshechas como 
e deshace el humo con el viento. 

Parémonos a considerar este fin de la gloriosa 
arrera de Don Quijote y cómo fué en Barcelona 
encido, y vencido por su convecino el bachi- 
er Sansón Carrasco. Y aquí, mi señor Don 
)uijote, he de confesarte una mi pasada bella- 
uería. 

Hace algunos años que en un semanario que 
n esta nuestra España alcanzó autoridad y re- 
ombre, lancé contra ti, generoso hidalgo, este 
rito de guerra: ¡Muera Don Quijote! Resonó 
1 grito, sobre todo en esa Barcelona don|de 
aiste vencido, y donde me lo tradujeron al ca- 
ilán, resonó el grito y tuvo eco y me lo co- 
saron y aplaudieron muchos. Pedí que murie- 
as para que resucitara en ti Alonso el Bueno. 
1 enamorado de Aldonza, como si su bondad 
e hubiera nunca mostrado más espléndida que 
n tus locas hazañas. Y hoy te confieso, señor 
lío, que aquel mi grito que tanto gusto dio en 
sa Barcelona donde fuiste vencido y donde me 
> tradujeron al catalán, fué un grito que me 
5 inspiró tu vencedor Sansón Carrasco, bachi- 
er por Salamanca. Porque si es en esa Barce- 
5na, faro y como centro de la nueva vida in- 



406 MIGUEL DE UNAMUNO 

dustrial de España, si es en esa ciudad donde más 
se grita contra el quijotismo, es el espíritu ba- 
chilleresco, espíritu de socarronería y de envi- 
dia el que lo anima. Fuiste, sí, vencido en Bar- 
celona, pero lo fuiste por un manchego bachi- 
ller por Salamanca. Es, sí, en Barcelona donde 
más se denigra tu espíritu, pero es lo bajo deJ 
espíritu bachilleresco manchego y salmantino 
lo que a esas denigraciones les lleva. Porque 
A\{, en Barcelona, es donde vence el bachiller 
Sansón Carrasco. 

Y cuando éste declaró a D. Antonio More- 
no quién era: Oh, señor — dijo D. Antonio — , Dioí 
os perdone el agravio que habéis hecho a todc 
el mundo en querer volver cuerdo al más gra 
cioso loco que hay en él. c'No veis, señor, que nc 
podrá llegar el provecho que cause la cordura d«s 
Don Quijote a lo que llega el gusto que da cori 
sus desvarios? Y por este hilo siguió ensartan 
do sus pareceres. ¡Triste modo de pensar, pueí 
no quiere que sane, por parecerle loco grado 
so y por tomar gusto de sus desvarios! No s( 
sabe qué deplorar más, si la pequenez de almí 
de Sansón Carrasco o la de D. Antonio Mo 
reno. 

Quieren a Don Quijote para reírle las gra 
cias y tomar gusto de sus desvarios, y por ha 
berlas reído antaño tienen ogaño que llorar, : 
por haber tomado de sus desvarios gusto les tie , 
ne que disgustar la vida hoy. \ 

Yo lancé contra ti, mi señor Don Quijote \ 
aquel muera. Perdónamelo; perdónamelo por | 
que lo lancé lleno de sana y buena, aunqu ¡ 
equivocada intención, y por amor a ti, pero lo ^ 
espíritus menguados, a los que su mengua le í 
pervierte las entendederas, me lo tomaron b 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 407 

evés de como yo lo tomaba, y queriendo ser- 
4rte te ofendí acaso. Triste caso éste de que 
lo nos hayan de entender cosa alguna a de- 
echas, y no más por defecto de cabeza que 
30r vicio de corazón. Perdóname, pues, Don 
^Juijote mío, el daño que pude hacerte que- 
iendo hacerte bien; tú me has convencido de 
:uán peligroso es predicar cordura entre estos 
espíritus alcornoqueños; tú me has enseñado 
i\ mal que se sigue de amonestar a que sean 
prácticos a hombres que propenden al más gro- 
sero materialismo, aunque se disfrace de espi- 
itualismo cristiano. 

Pégame tu locura, Don Quijote mío, péga- 
mela por entero. Y luego que me llamen sober- 
bio o lo que quieran. No quiero busccir el pro- 
vecho que ellos buscan. Que digan: ¿qué que- 
rrá? iqué busca? y conjeturando por los suyos, 
no encuentren mis caminos. Ellos buscan el pro- 
vecho de esta vida perecedera y se aduermen 
en la rutinera creencia de la otra; a mí, mi 
Don Quijote, déjame luchítr conmigo núsmo, 
¡déjame sufrir! Guárdense para sí aspiraciones 
de diputado provincial; a mí dame tu Clavile- 
ño y aunque no me mueva del suelo, sueñe en 
él subir a los cielos del aire y del fuego impe- 
recederos. ¡Alma de mi alma, corazón de mi 
vida, insaciable sed de eternidad e infinitud! 
sé mi pan de cada día. ¡Hábil? No, hábil, no; 
no, no quiero ser hábil. No quiero ser razona- 
'ble según esa miserable razón que da de co- 
mer a los vividores; ¡enloquéceme, mi Don Qui- 
jote! 

¡Viva Don Quijote! ¡viva Don Quijote venci- 
do y maltrecho! ¡viva Don Quijote muerto! ¡viva 
Don Quijote! ¡Regálanos tu locura, eterno Don 



408 MIGUEL DE UNAMUNO 

Quijote nuestro! Regálame tu locura y deja que 
en tu regazo me desahogue. Si supieras lo que 
sufro, Don Quijote mío, entre estos tus pai- 
sanos cuyo repuesto todo de locura heroica te 
llevaste tú, dejándoles tan sólo la petulante pre- 
sunción que te perdía. ¡Si supieras cómo desde- 
ñan desde su estúpida e insultante sanidad todo 
hervor de espíritu y todo anhelo de vida ínti- 
mall ¡Si supieras con qué asnal gravedad ríen 
las gracias de la que creen locura y toman gus- 
to de lo que estiman desvarios! i Oh Don Qui- 
jote mío, qué soberbia, qué estúpida soberbia 
la soberbia silenciosa de estos brutos que lla- 
man paradoja a lo que no estaba etiquetado 
en su mollera y afán de originalidad a todo re- 
vuelo del espíritu! Para ellos no hay queman- 
tes lágrimas vertidas en silencio, en el silencio 
del misterio, porque estos bárbaros se lo creen 
tener todo resuelto; para ellos no hay inquie- 
tud del alma, pues se creen nacidos en posesión 
de la verdad absoluta; para ellos no hay sino 
dogmas y fórmulas y recetas. Todos ellos tie- 
nen alma de bachillejres. Y aunque odian a 
Barcelona, van a Barcelona y allí te vencen. 

Seis días estuvo Don Quijote en el l^cho, 
marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, 
yendo y viniendo con la imaginación en el des- 
dichado suceso de su vencimiento, sin que le 
sirviesen los consuelos de su fiel Sancho. El cual 
veía bien que era él allí el más perdidoso, 
aunque su amo el más malparado. Y pocos 
días después emprendieron su regreso a la al- 
dea, Don Quijote desarmado y de camino, San- 
cho a pie, por ir el rucio cargado con las armas. 
Así es desde que vencieron a Don Quijote: son 
rucios los que llevan sus armas. 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 409 

En el camino encontró a Tosilos, el lacayo, 
^ue le contó cómo los Duques le hicieron apa- 
lear, y Doña Rodríguez se volvió a Castilla y 
m hija entró monja. Así había acabado una 
ie las aventuras a que dio mejor remate Don 
Quijote. 



CAPITULO LXVII 

De la re«olucíón que tomó Don Quijote de hacerse pastor y de se- 
guir la vida del campo en tanto que pasaba el año de su promesa, 
con otros sucesos en verdad gustosos y buenos. 



Caminando, caminando, llegaron al lugar en 
que habían topado a las bizarras pastoras y ga- 
llardos pastores que en él querían renovar e 
imitar a la pastoral Arcadia. Y al reconocerlo, 
dijo Don Quijote: si es que te parece bien, que- 
rría, oh Sancho, que nos convirtiésemos en pas- 
tores siquiera el tiempo que tengo de estar re- 
cojido. Yo compraré algunas ovejas y todas 
las demás cosas que al pastoral ejercicio son 
necesarias y llamándome yo el pastor Quijotiz 
y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los 
montes, por las selvas y por los prados, cantan- 
do aqui, endechando allí, bebiendo de los líqui- 
dos cristales de las juentes, o ya de los limpios 
arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Daránnos 
con abundantísima mano de su dulcísimo fruto 
las encinas, asiento los troncos de los durísi- 
mos alcornoques, sombra los sauces, olor las 
rosas, alfombras de mil colores matizadas los 

tendidos prados, aliento el aire claro y puro, 



412 MIGUEL DE UNAMUNO 

luz la luna y las estrellas, a pesar de la escuri- 
dad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, 
A polo versos, el amor conceptos, con que podre- 
mos hacernos eternos y famosos no sólo en los 
presentes, sino en los venideros siglos. 

¡Válgame Dios y con qué tino se dijo aquello 
de «cada loco con su tema)) y cuan bien cono- 
cía a su tío la sobrina de Don Quijote cuando 
al encontrarse el cura y el barbero, en el escru- 
tinio que de su librería hicieron, con La Di ANA 
de Jorge de Montemayor y querer perdonarla 
exclamó: ¡Ay, señor! bien puede vuestra mer- 
ced mandar quemar como a los demás; porque no 
seria mucho que habiendo sanado mi señor tío 
de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se 
le antojase de hacerse pastor y andarse por los 
bosques y prados cantando y tañendo. 

Parece, al volver Don Quijote de Barcelona, 
ir en camino de curarse de su heroica locura y de 
prepararse a bien morir, mas en viendo el prado 
de otrora, sueña de nuevo con hacerse eterno y 
famoso, no sólo en los presentes, sino en los ve- 
nideros siglos. Porque ésta era su radical locura, 
éste su resorte de acción, ésta, como vimos al 
principio de su historia, la causa que le movió a 
hacerse caballero anda nte. El ans ia de gloria^ y 
renombre es el espíritu íntimo del quijotismo, 
su esencia y su razón de ser, y^^M puede 

coBrarlós venciendo gigantes y vestiglos y ende- 
rezando entuertos, cobraráselos endechando a la 
luna y hacíendo^de pastor. El toque está en dejar 
nombre por los siglos, en vivir en la memoria 
de las gentesxjELtogug^estájen^ no morir! fEn 
no_moriryNo_jiiorir! Esta es la raíz~uTtima, la 
raiz^He las raíces de la locura quijotesca. ':No 
monr! ¡no morir! Ansia de vida; ansia de vida 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 413 

eterna es la que te dio vida inmortal, mi señor 
Don Quijote; el sueño de tu vida fué y es sueño 
de no morir. 

Con tal de no morir cambiabas tu profesión de 
caballero andante por la de pastor endechzmte. 
Así tu Elspaña, mi Don Quijote, al tener que re- 
cojerse a su aldea, vencida y maltrecha, piensa 
en dedicarse al i>astoreo y habla de colonización 
interior, de pantanos, de riegos y de granjas. 

Y por debajo de esa ansia de no morir ¿no an- 
daba, mi pobre Alonso, tu soberano amor? Las 
pastoras de quien hemos de ser amantes — dijis- 
te — como entre peras podemos escojer sus nom- 
bres, y pues el de mi señora cuadra asi al de 
pastora como al de princesa, no hay para qué 
cansarse en buscar otro que mejor le venga. Sí, 
siempre era Dulcinea, la Gloria, y por debajo y 
de ella siempre era Aldonza Lorenzo, la suspi-^ 
rada doce años. ¡Y cómo suspirarías ahora por 
ella! ¡cómo la llamarías! ¡cómo grabarías un día 
y otro su nombre en las cortezas de los árboles / 
y hasta alguna vez en tu corazón! ¿Y si éisí lie- / 
-raba ello a su noticia y se daba cata y venía a 
ti, desencantada? 

[Hacerse pastor! Es también, mi Don Quijo- 
te, lo que se le ha ocurrido a tu pueblo luego 
que ha vuelto de América derrotado en su en- 
contronazo con el de Robinsón. Ahora habla 
de dedicarse a cuidar y cultivar su hacienda, a 
alumbrar pozos y trzízar canales para regar sus 
resecas tierras; ahora habla de política hidráu- 
lica. cNo será que siente el remordimiento de 
sus atrocidades pasadas por tierras de Italia, 
Flandes y ^América? 

Leed Patria, el hermoso poema de Guerra 
Junqueiro, el poeta de nuestro pueblo herma- 



414 MIGUEL DE UNAMUNO 

no, el pueblo portugués. Leed esa amarga sá- 
tira y llegad al fin de ella, cuando aparece ves- 
tido de monje carmelita el espectro del condes- 
table Nunalvares, el vencedor de Aljubarrota 
que luego entró en religión. Oidle hablar, oidk 
hablar del dolor que purifica y redime, del do- 
lor que 

Como no ar o vento sobre o vento 
Como no mar o vaga sobre o vaga 
Só na dor lem a dor socegamento 

y llegad a cuando en un éxtasis descuelga la 
vieja espada de Aljubarrota, tinta en sangre fra- 
ternal, y exclama: 

Porém, se a patria, ja na derradeira 
Angustia e mingoa onde a lengou mac daño, 
Terra d'escravos é, térra estrangeira, 

Rutila espada, que brandí ufano! 
Antes un velho lavrador mendigo 
Te erga á custo do chao, piadoso e humano! 

Volte a bigorna o duro age antigo! 
£ acabes, afinal, relha de arado. 
Pelos campos de Déos, a lavrar trigo 

y arroja su espada al abismo de la noche, excla- 
mando: 

Déos te acompanhel Seja Déos louvadol 

Y luego entra en escena «el loco» — o doido — el 
pobre pueblo portugués, nuestro hermano, y 
echa de menos los tiempos en que fué campe- 



sino. 



Fosse eu aínda o camponez adusto, 
Lavrador matinal, risonho e grave, 
D'alma de pomba e cora9áo de justo! 



VIDA DE DON OUIJOTL Y SANCHO 415 



Sentisse eu aínda a música suave 
Da candura feliz no peilo agreste, 
Qual em rorida brenha um trino d'ave! 

Em vez do mundo (fome, guerra e peste!) 

Conquistassc, por única vitoria, 

kJs thesoiros sen fím do amor celeste. 

Nunca de feitos meus cantasse a Historia; 

Ignorasse o meu nome a voz da Fama 

E a mínhá sombra humilde a luz da Gloria. 

Vivcsse obscuro e triste, herva da lama; 

Ñas alturas, porém, fosse contado 

Entre os que Déos aceita, os que Déos ama. 

Es todo lo contrario de Don Quijote y Sancho. 
Busca nuestro Caballero en la vida pastoril ha- 
cerse eterno y famoso; busca en ella este pobre 
loco portugués ser olvidado, expiar sus culpas y 
redimirse en el dolor. 



Dor temerosa, Dor idolatrada 

O Dor, filha de Déos, máe do Universo! 



¿iNo buscan, en el fondo, una misma cosa? 
\o buscaba lo mismo Don Quijote echándose 

mundo a deshacer entuertos y proponiéndose 

dicarse al ejercicio pastoril? ¿No busca nues- 
tro pueblo ahora, con los pantanos y canales y la 
política hidráulica, lo mismo que buscó con sus 

-^ocidades en América? 

£1 pobre loco portugués, o doido, luego de 
confesar sus culpas, sus glorias 

Minhas glorías!... infamias e vergonhas 
De ladrio, de pirata e de assasino! 

de la cruz, pide el dolor, y muere en la cruz. 



416 MIGUEL DE UNAMUNO 

en cuya cabecera «desenhacla a sangue, est 
ironía: — Portugal, rei do Oriente!)) muere ben 
diciendo el llanto que brota de sus ojos 

porque és o mar de pranto 
que os meus crimes verteram pelo mundo... 

bendiciendo la sangre que corre de sus herida 
porque es 

o mar de sangue 
do meu orgulho e minha iniquidade... 

¿Es esto lo que pide y busca nuestro loco 

nuestro pueblo español? No, no es esto precisa 

mente. No es que no cante sus hechos la Histc 

ria, que ignore su nombre la voz de la Fama, ; 

''S^ su nombre humilde la luz de la gloria; no, n» 

* es esto. 

Se retira á la vida pastoril, derrotado en L 

de caballero andante, para poder hacerse éter 

no y famoso no sólo en los presentes, sino en lo 

venideros siglos. Cambia de camino pero no d« 

'\. estrella que le guíe. 

¿Ha de renunciar el pueblo a toda acción qui 
jotesca y encerrarse en su natal dehesa a purga 
sus antiguas culpas, cuidando de su ganado < 
labrando su tierra y sin poner su mira mas qu< 
en el cielo? ¿Ha de pensar tan sólo en ser all; 
en las alturas contado entre los que Dios ama 
¿Ha de volver a su apacible vida de antes d( 
lanzarse a sus aventureras empresas? ¿Tuvimo 
esta vida nunca? ¿Tuvimos paz? 

No basta como ideal de vida de un pueblo e 
de mantener la vida misma en el miayor bienes 
\ tar y holgura, ni aun basta la felicidad. Meno: 
aún abrazarse al dolor. No puede ser ideal d*i 



VIDA DE DON OUljOTE Y SANCHO 4l7 

pueblo el ideal ascético, destructor de la vida. 
¿Aspirar al cielo? No; ¡al reino de Dios! Y a 
todas horas, día tras día, alza por miles de 
bocas nuestro pueblo esta plegaria a nuestro Pa- "~^ 
dre que está en los cielos: ¡venga a nos el tu rei- / 
no! «¡Venga a nos el tu reino!» y no «llévanos a / 
tu reino»; es el reino de Dios el que ha de bajar I 
a la tierra, y no ir la tierra al reino de Dios, pues \^_^ 
este reino ha de ser reino de vivos y no de muer- j 
tos. Y ese reino cuyo advenimiento pedimos a f 
diario, tenemos que crearlo, y no con oraciones 
8Ól<vj'9p hirh? '" " ) 

Pudesse eu, d'alma libre e resoluta, 

Olhos no fogo da manha nascente, 

Erguer aínda os bracos para a lutal 

Nao, como outr'ora, para a luta ardente 

Da liqueza e grandeza, é vaidade... 

Da fortuna, que é sombra que nos mente.., 

Seja a hora do prelio á eternidadel 

E o globo estreito a arena, onde nao can^a 

A batalha do Amor e da Verdadel 

lista, la batalla del Amor y de la verdad ! Y 
en tal pelea ha de ser el pueblo todo un Don 
Quijote, un pastor Quijotiz más bien. 

Cavalleiro de Déos, ergue-te e avan^al 
Poe na bigorna os cravos de Jesús; 
Bate-os cantando... E o ferro da tua lan9a! 
Faz a bastea de langa d'una cruz; 
Vae, cavalleiro de viseira erguida; 
Dá lanzadas magnánimas de luz!... 

Hay que pelear, sí, a lanzadas de luz! 
Lncerrémonos, bien está, en la natal dehesa, 
pero a cobrar fama pastoreando y cantando. Es 
un dexiyariyo de la acción heroica; es otra nue- 
va emj^resa. vayamos a manejar el cayado con 

27 



418 MIGUEL DE UNAMUNO 

mano movida por el corazón mismo que nos 
hizo manejar la espada. Es el ejercicio pastoril 
ahora gobierno, que «no consiste — dice el Maes- 
tro Fray Luis de León en los NOMBRES DE CRISTO, 
libro 1, cap. VI— en dar leyes, ni en poner man- 
damientos, sino en apacentar y alimentar a los 
que gobierna». ¿Apacentarlos y alimentarlos con 
qué? Con amor y verdad. 

Pueblo moribundo se ha llamado a tu pueblo, 
Don Quijote mío, por los que embriagados con 
el triunfo pasajero olvidan que la fortuna da 
más vueltas que la tierra y que aquello mismo 
que nos hace menos aptos para el tipo de civi- 
lización que hoy priva en el mundo, acaso esc 
mismo nos haga más aptos para la civilización 
de mañana. El mundo da muchas vueltas y la 
fortuna más. 

Hay que aspirar, de todos modos, a hacerse 
eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino 
en los venideros siglos; no puede subsistir como 
pueblo aquel pueblo cuyos pastores, su concien- 
cia, no se lo representen con una misión histó- 
rica, con un ideal propio que realizar en la tie- 
rra. Estos pastores han de aspirar a cobrar fama 
pastoreándolo y cantando, y así, cobrzmdo fama, 
llevarle a su destino. cEs que no hay en la Con- 
ciencia eterna e infinita una eterna idea de tv 
pueblo, Don Quijote mío? ¿Es que no hay un^ 
España celestial, de que esta España terrena nc 
es sino trasunto y reflejo en los pobres siglos de 
los hombres ? é Es que no hay un alma de ELspañe ^ 
tan inmortal como el alma de cada uno de suí 
hijos? 

Cruzando el mar en quebradizas caravelas fue 
ron nuestros abuelos a descubrir el Nuevo Mun 
do que dormía bajo estrellas antes desconocí 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCa^O 419 

das; ¿no hay algún nuevo mundo del espíritu 
cuyo descubrimiento nos reserve Dios cuando 
osemos como los héroes de Camoens lanzarnos 
a ((mares d'antes nunca navegados» en espiri- 
tuales caravelas labradas con madera ue los bos- 
ques de nuestro pueblo? 

Dicen en mi tierra vasca que los abuelos de 
mis abuelos, los denodados Falseadores del gol- 
fo de mi Vizcaya, se iban tras de la ballena 
hasta los bancos de Terranova siglos antes de 
que Colón llamara a las puertas de la Rábida. 
Soberbiam-ente lo dice el escudo de Lequeitio: 
Reges dehelavit, horrenda cete suhiecit, térra 
marique potens, Lequeitio. Y para someter a ho- 
rrendas ballenas fueron, dicen, los balleneros de 
mi casta, hasta las entonces desconocidcis costas 
de la remota América. Y aun dicen más, y es y' 
que corre la leyenda de que fué un marino vas/ 
co, por nombre Andialotza, es decir Gran Ver- 
güenza, quien primero dio a Colón noticias del 
Nuevo Mundo, por no atreverse, sin duda, el gran 
vergonzoso a descubrirlo. Temía a la gloria. 
¿Será esto prof ético? Y si el buen Andialotza, / 
mi paisano, pierde su ingénita vergüenza, ¿habrá/ 
que esperar al Colón del Nuevo Espíritu de Es- 
paña? 

¿Hay una filosofía española? Sí; Ig df», Don 
Quijo te. Y con vien e que éste. nue stro Caba llero 
de la Fe.^eLCaballero de nu estra Pe7 deje en 
el astillero su lanza y en la cuadra a Rocinante 
y cuelgue la espada, y convertido en el pastor 
Quijotiz empuñe el cayado con mano firme, y 
lleve consigo el caramillo, y a la sombra de las 
sombrossis encinas de dulcísimo fruto, mientras 
pacen cabizbajas sus ovejas, cante inspirado por 
Dulcinea, su visión del mundo y de la vida, para 



420 MIGUEL DE UNAMUNÓ 

cobrar, cantándola, eterno nombre y fama. Y 
no ya su visión, sino más bien su encorazona- 
miento de ellos. Y para cobrar fama, pues se 
nos dio la gloria como norte de la vida. 

El Nunalvares del poeta os dirá de la fama 
que 

Fama grande do mundo táo mezquino 
Dando ás trombetas com ardor, nao voa 
Onde voa cantando, un passarinho. 

Mas no os os fiéis demasiado de tales voces de 
desaliento, pues sí, la fama vuela, vuela más 
allá del mundo, y vuela aún más la canciór del 
amor y la verdad. 

Tal vez a los ecos de esa canción de amo- 
res del pastor Quijotiz caigan vencidos los gi- 
gantes que fingen ser molinos, y se amansen los 
galeotes y licencie Roque Guinart a sus hues- 
tes, y enmudezcem los canónigos y los graves 
eclesiásticos, y reconozcan los cuadrilleros que 
las bacías en manos del hidalgo milagrero sor 
yelmos, y renuncien los Maese Pedros a sus ti 
tereras, y se nos abran las entrañas de la cueva 
de Montesinos, y se enderece todo entuerto y se 
deshaga todo agravio, y se adoncellen las mo 
zas del partido y venga a nosotros el reino d< 
Dios realizándose en la tierra aquel siglo de ore 
con cuya visión embobó y suspendió Don Qu^ 
jote el ánimo a los cabreros. 

Hay que dar «lanzadas magnánimas de luz» 
o mejor, hay que lanzar la verdad al mundo 
mientras se pastorea el ganado, al son de pasto 
ril caramillo, la santa palabra que ha de hacer e 
milagro. Hay que pedir a Apolo versos, al amo 
conceptos. Sobre todo conceptos al amor. 

cHay una filosofía española, mi Don Quijote 



VIDA DE DON QUIJOTE V SANCHO 421 

Sí, la tuya, la filosofía de Dulcinea, la de no 
morir, J^a de creer, la de crear la vefdadTT' esta 
'■'- z-^--. ni se ap rende^n cátedras ni se expone 
i inductiva ni deductiva, ni surge de 
silogismos, ni de laboratorios, sino surge del 
corazón. 

Pensabas, mi Don Quijote, en hacerte pastor 
Quijotiz y que te diera el amor conceptos. To- 
dos los conceptos de vida, todos los conceptos 
eternos, manan del amor. Es Aldonza, mi pas- / 
tor Quijotiz, es siempre Aldonza la fuente de sa- y 
iduría . A t ravés de ella, a través de tu Aldonza^ \ 
a través déla mujej, o es eTüníverso todo. 

cNo ves a este pueblo endiosando cada día 
más el ideal de la maijer, a la mujer por exce- 
lencia, a la Virgen Madre? ¿No le ves rendi- 
do Él ese culto y hasta casi olvidando por él 
*»] culto al Hijo? ¿No ves que no hace sino en- 
rizarla más y más alto, pujando por ponerla 
ai lado del Padre mismo, a su igual, /en el 
seno de la Trinidad, que pasaría a ser Cuater- 
nidad si no es ya que la identificaran con el Es- 
píritu como con el Verbo se identificó al Hijo? 
\o la han declarado Corredentora? Y esto ípor 
qué es? 

La concepción de Dios que se nos ha venido 
trasmitiendo ha sido una concepción no ya an- 
tropomórfica, sino andromórfica; nos lo repre- 
sentéunos no ya como a persona humana — 
^omo — , sino como a varón — üir — ; Dios era y es 
en nuestras mentes masculino. Su modo de juz- 
gar y condenar a los hombres, modo de varón, ^ 
no de persona humana por encima de sexo; I 
modo de Padre. Y para compensarlo hacía fal-/ 
ta la Madre, la Madre que perdona siempre, la y 
Madre que abre siempre los brazos al hijo cuan- ( 




422 MIGUEL DE UNAMUNO 

do huye éste de la mano levantada o del ceño 
fruncido del irritado Padre, la Madre en cuyo 
regazo se busca como consuelo una oscura re- 
membranza de aquella tibia paz de la inconcien- 
cia que dentro de él fué el alba que precedió a 
nuestro nacimiento, y un dejo de aquella dulce 
I leche que embalsamó nuestros sueños de ino- 
iflicencia, la Madre que no conoce más justicia que 
lllél perdón ni más ley que el amor. Las lágrimas 
"maternales borran las tablas del Decálogo. Nues- 
tra pobre e imperfecta concepción de un Dios 
varón, de un Dios con largas barbas y voz 
de trueno, de un Dios que impone preceptos y 
pronuncia sentencias, de un Dios Amo de Casa, 
Pater familias a la romana, necesitaba comp>en- 
sarse y completarse, y como en el fondo no po- 
demos concebir al Dios personal y vivo no ya 
por encima de rasgos humanos, mas ni aun por 
encima de rasgos varoniles y menos un Dios 
neutro o hermafrodita, acudimos a darle un Dios 
femenino y junto al Dios Padre hemos pues- 
to a la Diosa Madre, a la que perdona siem- 
pre porque como mira con amor ciego ve siem- 
pre el fondo de la culpa y en ese fondo la jus- 
ticia única del perdón, a la que siempre con- 
suela, _a^ Ja M^dre Dulcísima, a la Madre de 
Di<5s^__^Ja3¿axgeii._Madrje.i „EsJa_ V^ Madre, 

es la Madre Purísima, la que no es sino madre, 
y siendo todo lo que hace ser mujer a la mu- 
jer, queda limpia de todo el, beirro humatno 
para que en ella jaHenfejé JrraHie tan sólo el 
soplo divino. 

Es Ta^irgen Madre; es la Madre de Dios. Es 
la Madre de Dios; es la j^pbre Humanidad do- 
lorida. Porque aunque compuesta ~ de hombres 
"^-ymujeres, la Humanidad es mujer, es madre 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 423 

Lo es cada sociedad; lo es cada pueblo. Las 
muchedumbres son femeninas. Juntad a los 
hombres y tened por cierto que es lo femenino 
de ellos, lo que tienen de sus madres, lo que 
los junta. La pobr e Hum anidad dolorida es Ja 
Madre de Dios , pues en ella, en su seno, es 
donde se manifiesta, donde encarna la eterna 
c infinita Conciencia del Universo. Y la Huma- 
nidad es pura, purísima, limpia de toda mancha, 
aunque nazcamos manchados cada uno de los 
hombres y mujeres. ¡Dios te salve, Humani- 
dad; llena eres de gracia! 

Mira, mi pastor Quijotiz, cómo se va a la 
Humanidad desde Aldonza, la recatada donce- 
lla del Toboso; mira cómo da el amor concep- 
tos. Y mira si al son de tu pastoril caramillo 
puede hacerse amorosa filosofía española, aun- 
que graznen para ahogar sus melódicos sones 
los grandísimos cuervos y grajos que anidan 
en la boca de la cueva de Montesinos. 

Si Don Quijote volviera al mundo sería pas- 
tor Quijotiz, no ya caballero andante de espa- 
da; sería pastor de almas, empuñando en vez 
del cayado la pluma o dirigiendo su encendida 
palabra a los cabreros todos. Y ¡quién sabe si 
no ha resucitado...! 

Si Don Quijote volviera al mundo sería pas- 
tor, o lo será cuando vuelva; pastor de pueblos. 
Y buscará que le dé el amor conceptos, y en 
hacer vivir y triunfar éstos pondrá todo el de- 
nuedo y la bravura toda que puso antes en aco- 
meter molinos y libertar galeotes. Y buena falta 
nos está haciendo, porque es cobardía de pensar 
lo que nos tiene tan abatidos. Es cobardía de 
afrontar los eternos problemas; es cobardía de 
escarbar en el corazón: es cobardía de hurgar 



424 MIGUEL DE UNAMUNO 

las inquietudes íntimas de las entrañas eter- 
nas. Esa cobardía lleva a muchos a la erudi- 
ción, adormidera de desasosiegos del espíritu u 
ocupación de la pereza espiritual; algo así 
como el juego del ajedrez. 

«No quiero meterme a estudiar patología 
— me decía un cobarde — ni aun quiero saber 
hacia dónde me cae el hígado ni para qué sir- 
ve, pues si me pongo a ello, llego a creer que 
padezco de la enfermedad cuya descripción 
acabo de leer. Ahí está el médico, cuyo oficio 
es curarme y para lo cual le pago; descargo en 
él mi responsabilidad, y si me mata, allá por su 
cuenta; moriré, al menos, sin aprensiones ni 
cuidados. Y lo mismo tengo al cura. No quiero 
meterme a pensar en mi origen ni en mi desti- 
no, de dónde vengo y adonde voy, y si hay o 
no Dios y cómo sea, y si hay o no otea vida y 
en qué consista; eso no sirve mas que para dar 
quebraderos de cabeza y robarme el tiempo y 
la energía que necesito para ganar el pan de 
mis hijos. Ahí está el cura, y pues tal es su ofi- 
cio, averigüe él lo que haya, dígame misa y 
absuélvame cuando al ir a morirme confiese 
mis pecados. Y si se engaña y me engaña, allá 
él por su cuenta. El responderá de sí: para mí 
en el creer no hay engaño.» 

¡Qué falta nos estás haciendo, pastor Quijo- 
tiz, para arremeter con tus conceptos dictados 
por el amor a lanzadas magnánimas de luz, 
contra esta mentira apestosa y libertar a los po- 
bres galeotes del espíritu! Aunque luego te 
apedreen, que te apedrearán, de seguro, si les 
rompes las cadenas de la cobardía que les tie- 
nen presos; te apedrearán. 

Te apedrearán. Los galeotes espirituales ap>e- 



VIDA DE EK>N QUIJOTE Y SANCHO 425 

drean al que les rompe las cadenas que les aga- 
rrotan. Y precisamente por esto, porque ha de 
ipr uno apedreado por ellos, es por lo que hay 

> libertarlos. El primer uso que de su liber- 
hacen es apedrear al libertador. 

.1 más acendrado beneficio es el que se hace 
ai que no nos lo reconoce por tal; la mayor cari- 
dad que puedes rendir a tu prójimo no es apla- 
carle deseos ni remediarle necesidades, sino 
encenderle aquéllos y crearle éstas. Libértale, 
y luego que te apedree por haberle libertado 
y ejercite así sus brsizos libres, empezará a de- 
sear la libertad. 

Te ap>edrearán porque se verán perdidos. Y 
'dirán: clil>ertad?, bien, cY qué hago yo con 
esto? Un galeote, amigo mío, a quien me dedi- 
caba yo a limarle las c/adenas espirituales y 
sembrar inquietudes y dudas en su alma, me 
dijo un día: «mira, déjame en paz y no me 
molestes; así vivo bien cp«^a qué tribulacio- 
nes y congojas? Si yo no creyera en el infierno 
sería un criminal». Y le contesté: «no, segui- 
rías siendo como eres y haciendo lo que haces 
y no haciendo lo que hoy no haces, y si así no 
fuera y dieses en criminal entonces, es que lo 
eres también ahora». Y me replicó: «necesito 
una razón para ser bueno; un fundamento ob- 
jetivo sobre que basar mi conducta; necesito 
saber por qué es malo lo que a mi conciencia 
repugna». Y le contrarrepliqué : «lo es porque 
repugna a tu conciencia, en la que vive Dios». 
Y volvió a replicarme: «no quiero encontrar- 
me en medio del Océano, como un náufrago, 
ahogándome, perdido y sin tener una tabla a 
que agarrarme». Y volví a contrarreplicarle : 
"¿tabla? La tabla soy yo mismo; no la necesí- 



426 MIGUEL DE UNAMUNO 



-i 



to, porque floto en ese Océano de que hablas 
y que no es sino Dios. El hombre flota en Dio 
sin necesidad de tabla alguna, y lo único qu< 
yo deseo es quitarte la tabla, dejarte solo, in 
fundirte aliento y que sientas que flotas. iFvm 
damento objetivo, dices? iY qué es eso? cQuie 
res más objeto de ti que tú mismo? Hay qu< 
echar a los hombres en medio del Océano 3 
quitarles toda tabla, y que aprendan a ser hom- 
bres, a flotar. Tienes tan poca confianza e*i 
Dios, que estando en El, en quien vivimos, noí 
movemos y somos (Hechos, XVII, 28), ¿ne- 
cesitas tabla a que agarrarte? El te sostendrá, 
sin tabla. Y si te hundes en El iqué importar 
Esas congojas y tribulaciones y dudas que tan- 
to temes son el principio del ahogo, son las 
aguas vivas y eternas que te echan el aire de 
la tramquilidad aparencial en que estás mu- 
riendo hora tras hora; déjate ahogar, déjate ii 
al fondo y perder sentido y quedar como una 
esponja, que luego volverás a la sobrehaz de 
las aguas donde te veas y te toques y te sien- 
tas dentro del Océano». «Sí, muerto» — me dijo. 
(íNos sresucitaÜo y más vivo que nunca» — ^le 
dije. Y el pobrecito de mi amigo el galeote se 
me escapó lleno de miedo de si mismo. Y lue- 
go me ha apedreado, y al sentir sus pedradas 
sobre el yelmo de Mambrino con que me cu- 
bro la cabeza, he dicho en mi corazón: ¡Gra- 
cias, Dios mío, porque has hecho que no ca- 
yeran mis palabras en el espíritu de mi amigo 
como en palada roca, sino que prendieran 
en él! 

¡Si les oyeses, mi pastor Quijotiz, hablar de 
su fe y de sus creencias a los galeotes del es- 
píritu!... ¡Si oyeras, mi buen pastor, hablar de 



I 



VIDA DE DON QUIJOTE V SANCHO 427 

lio a SUS pastores!... Uno de estos pastores he 
onocido para quien la virtud de los silbos con 
ue llamaba a sus ovejas, la verdad de la doc- 
-ina en que les adoctrinaba y sin acatar la 
ual les negaba salud eterna, estribaba ifigúra- 
;! en que era castiza, en que era la más espa- 
ola! Para él la herejía no era sino una trai- 
ión a la patria. Y conozco un perro de pastor, 
n ladrador de nuestras glorias patrias y guar- 
ían de nuestras tradiciones, para quien la re- 
gión no es mas que un género literario, tal vez 
na rama de las humanidades y a lo sumo una 
le las bellas artes. Contra estos miserables 
taces faha, mi pastor Quijotiz, para limpiar 
on tus cantos toda esa asquerosa cotena del 
«píritu e infundirnos a todos valor para que 
IOS hundamos en la cueva de Montesinos y 
oiremos allí cara a cara las visiones que se nos 
)re»enten. 

Se comprende bien que los jesuítas, rema- 
•Jiadores de cadenas de galeotes, te guarden 
jjeriza, mi Don Quijote, y quemen con alga- 
ñia. el libro de tu historia, según nos asegura 
íue alguna vez lo han hecho, uno que rompió 
as cadenas de la Orden, el ex jesuíta autor de 
Jn barrido hacia fuera en la Compañía de 

ESÚS. 

¡Ven, pastor Quijotiz. a pastorearnos y can- 
car los conceptos que el amor te inspire! 



CAPITULO LXVIII 

De la cerdosa aventura que le aconteció á Don Quijote. 



Y a poco de haber hecho Don Quijote esos 
propósitos de pastoreo, llegó una piara de más 
de seiscientos puercos, y pasaron sobre él. Por 
pena de su pecado tuvo aquella afrenta el Ca- 
ballero, mas no le acongojó tanto que no le 
dejase componer aquel madrigalete en que de- 
cía, entre otras cosas, lo de: 



Así el vivir me mata 

Que la muerte me torna a dar la vida. 

¡Oh condición no oída 

La que conmigo muerte y oida trata! 



¡Maravillosa sentencia en que se declara lo 
más íntimo del espíritu quijotesco! Y ved cómo 
cuando Don Quijote llegó a expresar lo más re- 
^cóndito, lo más profundo, lo más entrañable 
de su locura de gloria, lo' hizo en verso, y des- 
pués de vencido y después de pisoteado por 
piara de cerdos. El verso es, sin duda, el len- 
cruaje natural de lo profundo del espíritu; en 
rso compendiaron San Juan de la Cruz y 






43ü MIGUEL DE UNAMUNO 

Santa Teresa lo más íntimo de sus sentires, 
así Don Quijote fué en verso como llegó a de? 
cubrir los abismos de su locura, que el vivir 1 
mataba y la muerte tomaría a darle vida, qu 
su anhelo era anhelo de vida inacabable y etei 
na, de vida en la muerte, de perdurable vidí 

Así el üivir me mata 

Que la muerte me torna a dar la vida. 

Sí, Don Quijote mío, la muerte tornó a dart 
vida y vida imperecedera. El vivir nos mata 
Ya lo dijo tu hermana Teresa de Jesús, cuan 
cantó: 

Sácame de aquesta muerte 
Mi Dios y dame la vida; 
No me tengas impedida 
En este lazo tan fuerte; 
Miro que muero por verte 
Y vivir sin Ti no puedo. 
Que muero porque no muero. 



iL 



CAPITULO LXIX 

Del más raro y más nuevo suceso que en todo el discurso desU 
grande historia avino a Don Quijote. 



Cantando el madrigalete Don Quijote y dur- 
miendo la vida Sancho, les llegó el nuevo día, 
y al declinar de la tarde de éste la última burla 
de los Duques. Y fué que les rodearon hasta 
diez hombres de a caballo y cuatro o cinco de 
a pie y entre denuestos e improperios los lle- 
varon al castillo de los Duques. Y allí se en- 
contraron sobre un túmulo, con el cuerpo muer- 
to de Altisidora, para resucitar a la cual mandó 
Radamante que sellaran el rostro de Sancho 
con veinticuatro mamonas y doce pellizcos, y 
seis alfilerazos en brazos y lomos. Y a pesar 
de su resistencia hiciéronle así seis dueñas y 
resucitó Akisidora. Y viendo Don Quijote la 
virtud que el cielo puso en el cuerpo de San- 
^cho, pidióle de rodillas el que entonces, tenien- 
do sazonada semejante virtud, se diera algunos 
azotes para desencantar a Dulcinea. 

Y lo cierto es, a pesar de las torpes burlas de 
los Duques, que el cuerpo de Sancho tiene vir- 
tud para desencantar y resucitar doncellas. Del 



432 MIGUEL DE UNAMUNO 

cuerpo de Sancho se alimentan los Duques y 
sus lacayos y sus doncellas; del cuerpo de San- 
cho, en última instancia, procede el que Dulci- 
nea pueda llevar a sus favoritos al templo de 
la eternidad de la fama. Sancho se azota con el 
trabajo para que puedan otros, libres de él, ena- 
morar a Dulcinea; los azotes de Sancho hacen 
al héroe héroe y a su cantor cantor celebrado, y 
al santo santo y al poderoso poderoso. 

Aquí dice el historiador una verdad como un 
templo, cual es que tiene para sí ser tan locos 
los burladores como los burlados, y que no esta- 
han los Duques a dos dedos de parecer tontos, 
pues tanto ahinco ponían en burlarse de dos 
tontos... Alto aquí, que ni a Don Quijote ni a 
Sancho puede llamárseles tontos y sí a los Du 
ques, que lo eran y de remate y capirote, y 
tontos, como todos los tontos suelen serlo, ma 
liciosos y bellacos. No hay, en efecto, tonto bue 
no; el tonto, y más si es amigo de burlas, rumia 
el pasto amargo de la envidia. En el fondo 
no perdonaban los Duques a Don Quijote e 
renombre por éste adquirido y aspiraban é 
unir su nombre al nombre inmortal del Ca- 
ballero. Pero bien los castigó el sabio histo- 
riador pasando en silencio sus nombres, con Ic 
cual no lograron su propósito. En los Duquet 
a secas se quedarán, y como cifra y compen 
dio de Duques sandios y mal intencionados. 

Poco después de la resurrección de Altisido- 
ra, entró esta desenvueltísima doncella en e 
aposento de Don Quijote, y en la plática qu< 
allí tuvieron dijo el Caballero aquellas memo 
rabies palabras de no hay otro yo en el mundo 
sentencia hermana melliza de aquella otra de 
yo sé quién soy! 



VIDA DE DON QUUOTE Y SANCHO 433 

¡No hay otro yo en el mundo! He aquí una 
sentencia que deberíamos no olvidar nunca, y 
sobre todo cuando al acongojarnos por tener 
que desaparecer un día, nos vengan con la ri- 
dicula monserga de que somos un átomo en el 
Universo y que sin nosotros siguen los astros su 
curso y que el Bien ha de realizarse hasta sin 
nuestro concurso y que es soberbia imaginar 
que toda esta inmensa fábrica se hizo para nues- 
tra salud. ¡No hay otro yo en el mundo! Cada 
Tino de nosotros es único e insustituible. 

No hay otro yo en el mundo! Cada cual de 
nosotros es absoluto. Si hay un Dios que ha he- 
cho y conserva el mundo, lo ha hecho y lo con- 
serva para mí! ¡No hay otro yo! Los habrá ma- 
yores y menores, mejores y peores, pero no 
otro yo. Yo soy algo enteramente nuevo; en 
mí se resume una eternidad de pasado y de 
mí arranca una eternidad de porvenir. íNoa 
hay otro yo! Esta es la única base sólida del^^ 
amor entre los hombres, porque tampoco hay 
otro tú que tú, ni otro él que él. 

Prosiguió la plática y en ella mostró la livia- 
na Altisidora que aun en burlas y todo, le dolía 
el desvío de Don Quijote. Imposible es que una 
doncella finja en chanzas enamorarse y no lle- 
ve a mal el que no se la corresponda en veras. 
Y fué tal su irritación por no haber logrado esto, 
que llamando a Don Quijote don vencido y don 
molido a palos,, le declaró que lo de la resurrec- 
ción había sido una burla. 

Elste rasgo debía bastar para convencernos de 
2uán real y verdadera es la historia que estoy 
explicando y comentando, porque esto de aca- 
bar por tomar en veras las burlas la desdeñada 
noncella, es de las cosas que no se inventan ni 

28 



434 MIGUEL DE UNAMUNO 

pueden inventarse. Y tengo para mí que si Don 
Quijote flaquea y cede y la requiere, se le en- 
trega ella en cuerpo y alma, aunque sólo fuera 
para poder decir luego que fué poseída por un 
loco cuya fama llenaba el mundo entero. Todo 
el mal de aquella doncella nacía de ociosidad, 
según declaró a los Duques el mismo Don Qui- 
jote. Sin duda, pero falta saber de ^ué genere 
de ociosidad nacía su mal. 



CAPITULO LXXI 

De lo que a Don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo 
a su aldea. 



Salieron amo y escudero de casa de los Du- 
ques y reanudaron camino de su aldea. Y yen- 
do de camino ofreció Don Quijote a Sancho pa' 
garle los azotes, a cuyos ofrecimientos abrió 
Sancho los ojos y las orejas de un palmo, y dio 
consentimiento en su corazón a azotarse de huc 
na gana, pues el amor de sus hijos y de su mujer 
le hacía mostrarse interesado, según declaró él 
mismo. Estimólos Sancho en ochocientos vein- 
ticinco reales, y Don Quijote exclamó: jOh San- 
cho bendito! ¡oh Sancho amable! y cuan obliga- 
dos hemos de quedar Dulcinea y yo a servirte 
todos los días que el cielo nos diere de vida! Y 
llegada la noche se retiró Sancho entre unos ár- 
boles y haciendo del cabestro y de la jáquima 
del rucio un poderoso y flexible azote, desnu- 
dóse de medio cuerpo arriba, comenzó a darse 
y comenzó Don Quijote a contar los azotes. A 
los seis u ocho pidió Sancho aumento de precio 
y se lo dobló su amo, pero el socarrón dejó de 
dárselos en las espaldas, y daba en los árboles, 



436 MIGUEL DE UNAMUNO 

con unos suspiros de cuando en cuando, que pa' 
recia que con cada uno de ellos se le arrancaba 
el alma. 

Mira, Sancho, esto que a cuenta de tus azotes 
pasó entre tu amo y tú, es un perfecto símbolo 
de lo que en tu vida petóa. Ya te dije que de 
tus azotes vivimos todos, incluso los que filoso- 
famos sobre ellos o los ponemos en coplas. 
Tiempo hay en que se te quiere obligar por la 
fuerza a que te azotes, y se te esclaviza, pero 
llega día en que haces lo que hiciste con tu amo 
y señor natural Don Quijote, y es desmandarte 
contra quien te quiere forzar a que te azotes y 
poner tu rodilla sobre su i>echo y exclamar: ¡mi 
amo soy yol Y entonces se cambia de táctica y 
se te ofrece pagarte los azotes, lo cual es un 
nuevo engaño, pues que de ellos sale también la 
paga que por ellos te dan. Y tú, pobre Sancho, 
movido del amor a tus hijos y a tu mujer, acce- 
des y te dispones a azotarte. Pero ¡cómo has 
de hacerlo con voluntad y de veras, si no estás 
persuadido del valer de tus azotes? Das seis u 
ocho en tu cuerpo y los tres mil doscientos no- 
venta y dos restantes en los árboles y lo más 
de tu trabajo se pierde. Lo más del trabajo hu- 
mano se pierde, y es natural que así sea, por- 
que ¿con qué devoción va a pulir joyas un in- 
feliz que las pule para ganarse el pan mas sin 
estar persuadido del valor social de las tales jo- 
yas? (Jcon qué ahinco haxk juguetes para los hi- 
jos de los ricos el que haciéndolos saca el pan 
para los suyos, que no tienen con qué jugar? 

Trabajo de Sísifo es lo más del trabajo hu- 
mano y el pueblo no tiene conciencia de que 
es sólo un pretesto para que le den jornal, y 
no como cosa suya, sino como algo ajeno que 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 



437 



le hacen la merced de dejárselo ganar. El toque 
está en que reciba Sancho su salario como cosa 
que no le pertenece sino en virtud de los azotes 
que se hubiera dado y porque le han hecho la 
merced de proporcionarle azotina, y para sos- 
tener y perpetuar la mentira del derecho de 
propiedad y del acaparamiento de la tierra por 
los poderosos, se inventan azotes, por absurdos 
que ellos sean. Y así se azota Sancho con el 
mismo empeño con que desenchinarran calles 
esos desgraciados a los que en los meses de in- 
vierno, cuando escasean azotes, les mandan los 
Municipios a desenchinarrar calles para volver- 
las a enchinarrar y con ello justificar la limos- 
na vergonzante que se les repaurte. 

Tela de Penélope y tonel de las Danaides es 
lo más de tu azotina, Sancho; el caso es que te 
cueste ganarte el pan y que tengas que agrade- 
cérselo a los que te proporcionan azotes, y que 
reconozcas que te pagan de lo suyo y no pongas 
tu pie en sus hanegas de sembradura como en 
su pecho pusiste la rodilla. Haces, pues, muy 
bien en desollar los árboles a jaquimazos, pues 
lo mismo te han de pagar, ya que te pagan no 
porque te azotes, sino por que no te rebeles. 
Haces muy bien, pero haríais mejor sí volvie- 
ras la jáquima alguna vez contra tus amos y los 
azotaras a ellos y no a los árboles y los echaras 
a azotes de sus hanegas de sembradura, o que 
las aren y siembren ellos contigo y como cosa 
^ de los dos. 



CAPÍTULOS LXXII Y LXXIII 

De cómo Don Quijote y Sancho llegaron a su aldea. 



Prosiguiendo su camino, se encontraron en el 
mesón con D. Alvaro Tarfe; a los dos días 
acabó con sus azotes Sancho y a poco divisaron 
la aldea. Entraron en ella y en sus casas. Y al 
declarar Don Quijote al cura y al bachiller su 
propósito de que se hicieran pastores, descubrió 
Carrasco su mal, la locura pegada por Don Qui- 
jote y que le llevó a vencer a éste, al decir lo 
de como ya todo el mundo sabe, yo soy cele 
bérrimo poeta. ¿No os dije que el bachiller es- 
•^aba tocado de la misma locura del hidalgo? 
\o había acaso soñado entre las doradas pie- 
dras de Salamanca, sueño de no morir? 

Acudió el ama al oir lo de los pastores a acon- 
sejar a su amo y le dijo: estese en su casa, atien* 
da a su hacienda, confiese amenudo, favorezca 
a los pobres y sobre mi ánima si mal le fuere. 

Esta buena ama habla poco, pero cuando 
romp>e a hablar se vacía en pocas palabras. jY 
qué bien discurre! ¡con cuánto seso! Lo que 
aconsejó a su amo es lo que nos aconsejan los 
que dicen querernos bien. 



440 MIGUEL PE UNAMUNO 

¡ Querernos bien 1 . . . ¡ querernos bien 1 . . . | Ay ca- 
riño, cariño, y qué miedo te tengo I Así que oigo a 
un amigo lo de «yo te quiero bien» o «haga caso 
de los que bien le queremos » me echo a tem- 
blar. Los que me quieren bien... cY quiénes me 
quieren bien? Los que quieren que sea como 
ellos quieren para quererme. jAy cariño, ca- 
riño, terrible cariño que nos lleva a buscar en 
el querido el que de él hicimos! ¿Quién me 
quiere como soy? Tú, Tú sólo, Dios mío, que 
queriéndome me crestó de continuo, pues es mi 
existencia misma obra de tu eterno amor. 

Estese en su casa... iY por qué he de estar- 
me en casa? ELstese cada uno en la suya y no 
habrá Dios que esté en la de todos. 

Atienda a su hacienda... ¿Y cuál es mi ha- 
cienda? Mi hacienda es mi gloria. 

Confiese amenudo... Mi vida y mi objra son 
una confesión perpetua. Desgraciado del hom- 
bre que tiene que recojerse a tiempos y luga- 
res para confesarse. Eso de la confesión de que 
habla el ama de Don Quijote ¿no nos educa 
acaso a ser reservados y chismosos a la vez? 

Favorezca a los pobres... Sí, pero a los verda- 
deros pobres, a los pobres de espíritu y no con 
el favor que ellos piden, sino con el que nece- 
sitan. 

Mira, lector, aunque no te conozco te quiero 
tanto que si pudiese tenerte en mis memos te 
abriría el pecho y en el cogollo del corazón te 
rasgaría una llaga y te pondría allí vinagre y sal 
paia. que no pudieses descansar nunca y vivie- 
ras en perpetua zozobra y en anhelo inacaba- 
ble. Si no he logrado deszisosegaxte con mi 
Quijote es, créemelo bien, por mi tori>eza y por- 
que este muerto papel en que escribo ni grita, 



VIDA DE DON OUUOTE Y SANCHO 441 

ni chilla, ni suspira, ni llora, porque no se hizo 
el lenguaje para que tú y yo nos entendié- 
ramos. 

Y ahora vamos a asistir a bien morir a Don 

Oiiijote. 



CAPITULO LXXIV 

De cómo Don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su 
muerte. 



Dio el alma a quien se la dio, 

EU Cual la ponga en el cielo 

y en su gloría, 

y aunque la vida muríó, 

nos dejó harto consuelo 

su memoría. 

(Final de las coplas que Jorge Manríque 
compuso a la muerte de su padre D. Ro- 
drigo Manrique, gran maestre de Santiago.) 

Llegamos al cabo, oh lector, al remate de esta 
lastimosa historia; a la coronación de la vida de 
Don Quijote, o sea a su muerte. Pues toda vida 
se corona y completa en muerte y a la luz de la 
muerte es como hay que mirar la vida. Y tan 
es así, que aquella antigua máxima que dice 
«cual fué la vida tal será la muerte» — sicut 
vita finis ita — habrá que cambiarla diciendo 
«cual es la muerte, tal fué la vida». Una muerte 
buena y gloriosa abona y glorifica la vida toda, 
por mala e infame que ésta hubiese sido, y una 
muerte mala malea la vida al parecer más bue- 
na. En la muerte se revela el misterio de la vida, 
su secreto fondo. En la muerte de Don Quijote 
se reveló el misterio de su vida quijotesca. 



444 MIGUEL DE UNAMUNO 

Seis días estuvo encamado con calentura, 
desahucióle el médico, quedóse solo y durmió 
más de seis horas de un tirón. Despertó al cabo 
del tiempo dicho, y dando una gran voz dijo: 
Bendito sea el poderoso Dios que tanto bien me 
ha hecho. En fin, sus misericordias no tienen It' 
mite, ni las abrevian ni impiden los pecados de 
los hombres. ¡Piadosísimas palabras I Preguntó- 
le la sobrina qué le pasaba y respondió: Las 
misericordias, sobrina, son las que en este ín*- 
tante ha usado Dios conmigo, a quien, como 
dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo jui- 
cio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas 
de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi 
amarga y continua leyenda de los detestables 
libros de caballerías. Yo conozco sus disparates 
y sus embelecos, y no me pesa sino que este 
desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja 
tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo 
otros que sean luz del alma. Yo me siento, so- 
brina, a punto de muerte; quería hacerla de tal 
modo que diese a entender que no había sido 
mi vida tan mala que dejase renombre de 
loco: que puesto que lo he sido, no querría con' 
firmar esta verdad en mi muerte. 

¡Pobre Don Quijote! A lindero de morir y a 
la luz de la muerte confiesa y declara que no fué 
su vida sino sueño de locura. ¡La vida es sue- 
ño! Tal es, en resolución última, la verdad a que 
con su muerte llega Don Quijote y en ella se en- 
cuentra con su hermano Segismundo. 

Mas todavía lamenta rio poder leer otros li 
bros, que sean luz del alma. ¿Libros? ¿Pero es, 
noble hidalgo, que no estás desengañado ya de 
ellos? Libros te metieron a caballero andante 
libros te llevaban a ser pastor; ¿y si esos libro^ 



VIDA DE DON OUUOTE Y SANCHO 445 

que sean luz del alma te meten en otras, aun- 
que nuevas caballerías? ¿Será cosa de recordar 
aquí, una vez más, a Iñigo de Loyola en cama, 
herido, en Pamplona, pidiendo le llevasen li- 
bros de cabzJlerías para matar con ellos el tiem- 
po y dándole la vida de Cristo Nuestro Señor 
y el Flos SaNCTORUM, los que le empujaron a 
meterse a ser caballero andante a lo divino? 

Llamó Don Quijote a sus buenos amigos el 
cura, el bachiller Sansón Carrasco y a Maese Ni- 
colás el barbero, y pidió confesarse y hacer tes- 
tamento. Y apenas vio entraf a los tres les dijo: 
dadme albricias, buenos señores, de que ya yo 
no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso 
Quijano, a quien mis costumbres me dieron re- 
nombre de bueno. Pocos días hace que hablan- 
do con D. Alvaro de Tarfe y al llaméirle éste 
bueno, le dijo: yo no sé si soy bueno, pero sé 
decir que no soy el malo, tal vez recor- 
dando aquello del Evangelio: «cpor qué me 
llamas bueno? Ninguno es bueno sino uno: 
Dios» (Mat., XIX, 17) y ahora a pique de mo- 
rir y por la luz de la muerte alumbrado, dice 
que sus costumbres le dieron renombre de bue- 
no. ¡Renombre! ¡renombre^ y ¡cuan dura de 
arrancar es, Don Quijote mío, la raíz de la lo- 
cura de tu vida! ¡Renombre de bueno! ¡renom- 
bre! 

Siguió disertando piadosamente, abominó de 
Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva 
de su linaje., y al oirle creyeron los tres que al- 
guna nueva locura le había tomado. Y así era en 
verdad, que le tomó la última locura, la no 
curadera, la de la muerte. La vida es sueño, de 
cierto, pero dinos, desventurado Don Quijote, 
tú que despertaste del sueñp de tu locura para 



446 MIGUEL DE UNAMUNO 

morir abominando de ella, dinos, ino es sueño 
también la muerte? ¡Ah, y si fuera sueño eter- 
no y sueño sin ensueños ni despertar, entonces, 
querido Caballero, en qué más valía la cordura 
de tu muerte que la locura de tu vida? Si es la 
muerte sueño, Don Quijote mío, ipor qué han 
de ser molinos los giganteSj^ carneros los ejér- 
citos, zafia labradora Dulcinea y burladores los 
hombres? Si es la muerte sueño, locura y sólo 
honda locura fué tu anhelo de inmortalidad. 

Y si fué sueño y vanidad tu locura iqué sino 
sueño y vanidad es todo heroísmo humano, todo 
esfuerzo en pro del bien del prójimo, toda ayu- 
da a los menesterosos y toda guerra a los opre- 
sores? Si fué sueño y vanidad tu locura de no 
morir, entonces sólo tienen razón en el mundo 
los bachilleres Carrascos, los Duques, los Don 
Antonio Moreno, cuantos burladores, en fin, 
hacen del valor y de la bondad pasatiempo y 
regocijo de sus ocios. Si fué sueño y vanidad tu 
ansia de vida eterna, toda la verdad se encierra 
en aquellos versos de la Odisea: 

TÓv ^l 3col ¡J.SV T£u;av, ETTixXwaavxo (J'S)v£3-pov 
á'BpóiT.oiQ 'vj% T¡(jt /.al £370¡j.évoiatv áoiSin 

(VIII. 579-580) 

«Los dioses traman y cumplen la perdición de 
los mortales para que los venideros tengan algo 
que cantar.)) Y entonces sí que podemos decir 
con Segismundo, tu hermanp, quie «el delito 
mayor del hombre es haber nacido». Más nos 
valiera, si eso así fuese, no haber visto la luz del 
sol ni haber recojido en nuestro pecho el aire de 
la vida. 

cQué te arrastró, Don Quijote mío, a tu locura 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 447 

de renombre y fama y. a tu ansia de sobrevivir 
con gloria en los recuerdos de los hombres, sino 
tu ansia de no morir, tu anhelo de inmortali- 
dad, esa herencia que heredamos de nuestros 
padres, «que tenemos im apetito de divinidad 
y una locura y frenesí de querer ser más de lo 
que somos», para servirme de palabras del Pa- 
dre Alonso Rodríguez, tu contemporáneo (EJER- 
CICIO DE PERFECCIÓN Y VIRTUDES CRISTIANAS, tra-^-^ 
tadp actavo, cap. XV)? iQué es sino el espan- / 
to de tener que llegar a ser nada lo que nos em- (^ 
puja a querer serlo todo, como único remedio /^ 
para no caer en ese tan pavoroso de anona- ( 
damos? . / 

Pero allí estaba Sancho, en la cumbre de su 
fe, a que llegó después de tantos tumbos, arre- 
dros y tropiezos, y Sancho al oirle tan desenga- 
ñado, le dijo: ^ahora, señor Don Quijote, que 
tenemos nueva que está desencantada la señora 
Dulcinea, sale vuesa merced con eso; y ahora 
que estamos tan a pique de ser pastores para pa- 
sar la vida cantando como unos príncipes, quiere 
vuesa merced hacerse ermitaño? Calle por su 
vida, vuelva en sí, y déjese de cuentos. ¡Nota- 
bles palabras! ¡Vuelva en sí! ¡Vuelva en sí y dé' 
jese de cuentos! Mas ¡ay! amigo Sancho, que tu 
amo no puede ya volver en sí, sino que ha de 
volver al seno de la tierra todoparidora, que 
a todos nos da a luz y a todos nos recoje en 
sombras. ¡Pobre Sancho, que te quedas solo con 
tu fe, con ia fe que dio tu amo! 

¡Déjese de cuentos! Los de hasta aquí — replicó 

Don Quijote — que han sido verdaderos en mi 

daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del 

rielo, en mi provecho. Sí, Don Quijote mío, 

sos cuentos son tu provecho. Tu muerte fué 



448 MIGUEL DE UNAMUNO 

aún más heroica que tu vida, porque al llegar a 
ella cumpliste la más grande renuncia, la re- 
nuncia de tu gloria, la renuncia de tu obra. Fué 
tu muerte encumbrado sacrificio. En la cumbre 
de tu pcisión, cargado de burlas, renuncias no 
a ti mismo, sino a algo más grande que tu: a tu 
obra. Y la gloria te acoje para siempre. 

Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con 
él y confesóle. Y acabóse la confesión y salió el 
cura diciendo: verdaderamente se muere y ver' 
daderamente está cuerdo A lonso Quijano el Bue- 
no; bien podemos entrar para que haga su fes- 
tamento. Rompieron a llorar Sancho, el ama y 
la sobrina, porque en verdad en tanto que Don 
Quijote fué Alonso Quijano el Bueno a secas, 
y en tanto que fué Don Quijote de la Mancha, 
fué siempre de apacible condición y de agra- 
dable trato, y por esto no sólo era bien queri- 
do de los de su casa, sino de iodos cuantos le 
conocían. Fué siempre bueno, bueno sobre todo 
y ante todo, bueno con bondad nativa, y esta 
bondad que sirvió de cimiento a la cordura de 
Alonso Quijano y a su muerte ejemplar, esta 
misma bondad sirvió de cimiento a la locura 
de Don Quijote y a su ejemplarísima vida. La 
raíz de tu locura de inmortalidad, la raíz de tu 
anhelo de vivir en los inacabables siglos, la raíz 
de tu ansia de no morir, fué tu bondad, Don 
Quijote mío. El bueno no se resigna a disiparse, 
porque siente que su bondad hace parte de Dios, 
del Dios que es Dios no de los muertos, sino 
de los vivos, pues para él viven todos. La bon- 
dad no teme ni al infinito ni a lo eterno; la bon- 
dad reconoce que sólo en alma humana se per- 
fecciona y acaba; la bondad sabe que es una 
mentira la realización del Bien en el proceso de 



VIDA D E DON QUIJOTE \ SANCHO ^^9 

la especie. El toque está en ser bueno, sea cual 
fuere el sueño de la vida. Ya lo dijo Segismun- 
do (Jornada II, escena IV), 

que estoy soñando y que quiero 
obrar bien, pues no se pierde 
el hacer bien aun en sueños. 

Y si la bondad nos eterniza iqué mayor cor- 
dura que morirse? Verdaderamente se muere y 
Verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el 
Bueno; muere a la locura de la vida, despierta 
de su sueño. 

Hizo Don Quijote su testamento y en él la 
mención de Sancho que éste se merecía, pues 
si loco fué su amo parte a darle el gobierno de 
la ínsula, pudiera estando cuerdo darle el de 
un reino, se le diera, porque la sencillez de su 
condición y fidelidad de su trato lo merece. Y 
volviéndose a Sancho, quiso quebrantarle la fe 

oersuadirle de que no había habido caballeros 
andantes en el mundo, a lo cual Sancho, hen- 
chido de fe y loco de remate cuando su amo se 
moría cuerdo, respondió llorando: Ay, no se 
muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi 
consejo y viva muchos años, porque la mayor 
locura que puede hacer un hombre en esta vida 
es dejarse morir sin más ni más. ¿La mayor lo- 
cura, Sancho? 

"Y consiento en mi morir 
con voluntad placentera 
clara y pura; 
que querer hombre vivir 
cuando Dios quiere que muera, 
es locura,, 

pudo contestarte tu amo, con palabras del Maes- 

29 



450 MIGUEL DE UNAMUNO 

tre D. Rodrigo Manrique, tales cuales en su 
boca las pone su hijo D. Jorge, el de las co- 
plas inrnortales. 

Y dicho lo de la locura de dejarse morir, vol- 
vió Sancho a las andadas, hablando a Don Qui- 
jote del desencEinto de Dulcinea y de los libros 
de caballerías. ¡Oh heroico Sancho, y cuan po- 
cos advierten el que ganaste la cumbre de la 
locura cuando tu amo se despeñaba en el abis- 
mo de la sensatez, y que sobre su lecho de 
muerte irradiaba tu fe, tu fe, Sancho, la fe de ti 
que ni has muerto ni morirás! Don Quijote per- 
dió su fe y murióse, tú la cobraste y vives; era 
preciso que él muriera en desengaño, para que 
en engaño vivificante vivas tú. 

¡Oh Sancho, y cuan melancólico es tu recuer- 
do de Dulcinea ahora en que tu amo se prepara 
al trance de la muerte! Ya no es Don Quijote, 
sino Alonso Quijano el Bueno, el tímido hidal- 
go que se pasó doce años queriendo como a la 
lumbre de sus ojos, de esos ojos que en breve 
ha de comerse la tierra, a Aldonza Lorenzo, la 
hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Noga- 
les, la del Toboso. Al recordarle, Sancho, en 
su lecho de muerte a su dama, le recuerdas a la 
garrida moza a la que sólo gozó, a hurtadillas, 
con los ojos cuatro veces en doce largos años de 
soledad y de recato. La vería el hidalgo ahora 
casada ya, rodeada de sus hijos, gloriándose en 
su marido, haciendo fructificar la vida en el To- 
boso. Y entonces, en su lecho de muerte de 
soltero, pensó acaso que pudo haberla llevado 
a él y haber bebido de ella en él la vida. Y ha- 
bría muerto sin gloria, sin que Dulcinea le lla- 
mase desde el cielo de la locura, pero sintiendo 
obre sus labios fríos los ardientes labios de Al- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 451 

í donza, y rodeado de sus hijos en quienes pervi- 
; viría. ¡Tenerla allí, en el lecho en que morías, 
buen hidalgo, y en que se habrían confundido 
antes tantas veces en una sola vuestras sendas 
vidas; tenerla allí, cojida de su mano tu mano y 
dándote así con la suya un calor que de la tuya 
se escapaba, y ver llegar la luz encegadora del 
último misterio, luz de tinieblas, en sus ojos llo- 
rosos y despavoridos, fijos en los cuales pasarían 
a la eterna visión los tuyos! Te morías sin haber 
gozado del amor, del único amor que a la muer- 
te vence. Y entonces, al oír a Sancho hablar de 
Dulcinea, debiste de repasar en tu corazón aque- 
llos doce largos años de la tortura de vergonzo- 
sidad invencible. Fué tu último combate, mi 
Don Quijote, del que ninguno de los que te ro- 
deaban en tu lecho de muerte se dio cata. 

Acudió el bachiller en ayuda de Sancho, y 
al oirlo dijo Don Quijote con mortal sosiego: 
Señores, vamonos poco a poco, pues ya en los 
nidos de antaño no hay pájaros ogaño: yo fui 
loco y ya soy cuerdo; fui Don Quijote de la 
Mancha, y soy ahora, como he dicho, Alonso 
Quijano el Bueno: pueda con üuesas mercedes 
mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la 
estimación que de mí se tenía. Sanaste, Caba- 
llero, para morir; volviste a ser Alonso Quijano 
el Bueno para morir. Mira, pobre Alonso Qui- 
jano, mira a tu pueblo y ve si no sanará de su 
locura para morirse luego. Molido y maltrecho 
* y después de que allá, en las Américas, acaba- 
ron de vencerle, retorna a su aldea. ¿A curar 
de su locura? ¡Quién sabe!... Tal vez a morir. 
Tal vez a morir si no quedara Sancho, que te 
reemplazará lleno de fe. Porque tu fe. Caballe- 
ro, se atesora en Sancho hoy. 



452 MIGUEL DE UNAMUNO 

Sancho, que no ha muerto, es el heredero de 
tu espíritu, buen hidalgo, y esperamos tus fieles 
en que Sancho sienta un día que se le hincha 
de quijotismo ©1 alma, que le florecen los viejos 
recuerdos de su vida escuderil, y vaya a tu casa 
y se revista de tus armaduras, que hará se las 
arregle a su talla y cuerpo el herrero del lugar, 
y saque a Rocinante de su cuadra y monte en 
él, y embrace tu lanza, la lanza con que diste 
libertad a los galeotes y derribaste al Caballero 
de los Espejos, y sin hacer caso de las voces 
de tu sobrina, salga al campo y vuelva a la vida 
de aventuras, convertido de escudero en caba- 
llero andante. Y entonces, Don Quijote mío, en- 
tonces es cuando tu espíritu se asentará en la 
tierra. Es Sancho, es tu fiel Sancho, es Sancho el 
bueno, el que enloqueció cuando tú curabas de 
tu locura en tu lecho de muerte, es Sancho el 
que ha de asentar para siempre el quijotismo 
sobre la tierra de los hombres. Cuando tu fiel 
Sancho, noble Caballero, monte en tu Rocinan- 
te, revestido de tus armas y embrazando tu lan- 
za, entonces resucitarás en él, y entonces se rea- 
lizará tu ensueño. Dulcinea os cojera a los dos 
y estrechándoos con sus brazos contra su pecho, 
os hará uno solo. 

Vamonos poco a poco, pues ya en los nidos 
de antaño no hay pájaros ogaño; disipóse el 
sueño. 

"Y la experiencia me enseña 
que el hombre que vive sueña 
lo que es, hasta dispertar. 
Sueña el rey que es rey y vive 
con este engaño mandando, 
disponiemdo y gobernando.,, 

(La vida es sdeño, H, 19) 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 453 

Soñó Don Quijote que era caballero andante 
hasta que todas sus aventuras 

"en cenizas le convierte 

la muerte — ¡desdicha fuerte!,, 

(II. 19) 

cQiié fué la vida de Don Quijote? 

"cQué es la vida? Una ilusión, 
una sombra, una ñcción, 
y el mayor bien es pequeño; 
que toda la vida es sueño 
y los sueños sueños son. „ 

(11. 19) 

¡Ay, no se muera üuesa merced, señor mío, 
sino tome mi consejo y viva muchos años! 

"(Otra vez? — ¡qué es esto, cielosl — 
^queréis que sueñe grandezas 
que ha de deshacer el tiempo? 
cOira vez queréis que vea 
entre sombras y bosquejos 
la majestad y la pompa 
desvanecida del viento?,, 

(III. 3) 

Señores, vamonos poco a poco, pues ya en 
los nidos de antaño no hay pájaros ogaño. 

"Idos, sombras que fingís 
hoy a mis sentidos muertos 
cuerpo y voz, siendo verdad 
que ni tenéis voz ni cuerpo; 
que no quiero majestades 
fingitdas, pompas no quiero 
fantásticas, ilusiones 
que al soplo menos lijero 
del aura han de deshacerse, 



454 MIGUEL DE UNAMUNO 



bien como el florido almendro 
que por madrugar sus flores 
sin aviso y sin consejo, 
al primer soplo se apagan, 
marchitando y desluciendo 
de los rosados capullos 
belleza, luz y ornamento. „ 

(III. 70) 

Dejadme, que digo con mi hermana Teresa 
de Jesús: 

Aquella vida de arriba 
es la vida verdadera: 
hasta que esta vida muera 
no se goza estando viva: 
muerte, no me seas esquiva: 
vivo muriendo primero, 
que muero porque no muero. 

¡Señores, vamonos poco a poco, pues ya en 
los nidos de antaño no hay pájaros ogaño! O 
como dijo Iñigo de Loyola cuando al tiempo de 
ir a despertar del sueño de la vida, ya espircui- 
te, querían darle un poco de sustancia: «ya no 
es tiempo deso» (Rivadeneira, lib. IV, capítu- 
lo XVI) y murió Iñigo como había de morir 
unos cincuenta años más tarde Don Quijote, 
sencillamente, sin comedia alguna, sin reunir 
gente en torno de su lecho ni hacer espectáculo 
de la muerte, como se mueren los verdaderos 
santos y los verdaderos héroes, casi como los 
animales se mueren: acostándose a morir. 

Siguió dictando el buen Alonso Quijano su tes- 
tamento y mandó toda su hacienda a puerta 
cerrada a Antonia Quijana, su sobrina, ttisls im- 
poniéndola como obligación para el disfrute de 
ella que si quiere casarse, se case con hombre 
de quien primero se haya hecho información 
que no sabe qué cosa sean libros de caballe' 



VIDA DE DON QUIJOTE '^ SANCHO 455 

rías; y en caso que se averiguare que lo sabe y 
con todo eso mi sobrina quiere casarse con él y 
se casare, pierda todo lo que le he mandado, lo 
cual puedan mis albaceas distribuir en obras 
pías a su voluntad. 

Y ¡qué bien calaba Don Quijote que entre el 
oficio de marido y de caballero andante hay 
mutua y fortísima irreductibilidad! Y al dictar 
esto ¿no F>«nsaría acaso el buen hidalgo en su 
Aldonza y que de haber él roto el sello de su 
demasiado amor se habría ahorrado las malan- 
danzas caballerescas, preso junto al fogón del 
hogar por los brazos de ella? 

Tu testamento se cumple, Don Quijote, y los 
mozos de esta tu patria renuncian a todas las 
caballerías para poder gozar de las haciendas 
de tus sobrinas, que son casi todas las españo- 
las, y gozar de las sobrinas mismas. En sus bra- 
zos se ahoga todo heroísmo. Tiemblan de que 
a sus novios y maridos les dé la ventolera por 
donde le dio a su tío. Es tu sobrina, Don Qui- 
jote, es tu sobrina la que hoy reina y gobierna en 
tu España: es tu sobrina, no Sancho. Es la me- 
drosica, casera y encojida Antonia Quijana, la 
que temía te diese por dar en poeta, enferme' 
dad incurable y pegadiza; la que ayudó con 
tanto celo al cura y al barbero a quemar tus li- 
bros: la que te aconsejaba no te metieses en 
pendencias ni fueses por el mundo en busca de 
pan de trastrigo; la que se te atrevió a asegu- 
rar en tus barbas que todo eso de los caballe- 
ros andantes es fábula y mentira, doncellesco 
atrevimiento que te obligó a exclamar: i or el 
Dios que me sustenta, que si no jueras mi sO' 
brina derechamente como hija de mi misma her- 
mana, que había de hacer un tal castigo en ti, 



456 MIGUEL DE UNAMUNO 

por la blasfemia que has dicho, que sonara por 
todo el mundo; es ésta, la rapaza que apenas 
sabe menear doce palillos de randas y se atre- 
vía a poner lengua en las historias de los caballe- 
ros anclantes y a censurarlas, es ésta la que ma- 
neja y zarandea y asenderea como a unos do- 
minguillos a los hijos de tu España. No es Dul- 
cinea del Toboso, no; no es tampoco Aldonza 
Lorenzo, por la que se suspira doce años sin 
haberla visto sino sólo cuatro veces y sin haber- 
la confesado amor; es Antonia Quijana, la que 
apenas sabe menear doce palillos de randas y 
menea a los hombres de hoy en tu patria. 

Es Antonia Quijana la que por mezquindad de 
espíritu, por creer a su marido pobre, le retie- 
ne y le impide lanzarse a heroicas aventuras en 
que cobre eterno nombre y fama. ¡Si fuese si- 
quiera Dulcinea!... Dulcinea, sí; por extraño que 
nos parezca, Dulcinea puede moverle a uno a 
renunciar a toda gloria, a que se dé la gloria de 
renunciar a ella. Dulcinea, o mejor dicho, Al- 
donza. Aldonza, la ideal, puede decirle: «Ven, 
ven acá a mis brazos y deshaz en lágrimas tus 
ansias sobre mi pecho, ven acá; ya veo, veo para 
ti un empinado tormo en los siglos de los hom- 
bres, un picacho en que te contemplen tus herma 
nos todos; te veo aclamado por sus generaciones, 
pero ven a mí y por mí renuncia a todo eso, se- 
rás así más grande, mi Alonso, serás más grande. 
Toma mi boca entera y hártala de calientes besos 
en su silencio, y renuncia a que ande en frío tu 
nombre en bocas de los que no has de conocer 
nunca. ¿Oirás luego de muerto lo que de ti digan? 
¡Sepulta en mi pecho todo tu amor, que si él es 
grande, mejor es que lo sepultes en mí a no que 
lo desparrames entre los hombres pasajeros y 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 457 

casquivanos! No merecen admirarte, mi Alonso, 
no merecen admirarte. Serás para mí sola y así 
serás mejor para el Universo todo y para Dios. 
Parecerán así perdidos tu poderío y tu heroísmo, 
mas no hagas caso, ¿sabes, por ventura, el eflu- 
o inmenso de vida que, sin nadie notarlo, se 
uesprende de un amor heroico y callado y se 
desparrama luego por más allá de los hombres 
todos hasta el confín de las últimas estrellas? 
¿Sabes la misteriosa energía que irradia a todo 
un pueblo y a sus generaciones venideras hasta 
la consumación de los siglos de una feliz pareja 
donde se asienta el amor triunfante y silencioso? 
¿Sabes lo que es conservar el fuego sagrado de 
la vida y aun encenderlo más y más en un culto 
callado y recojido? El amor con sólo amar y sin 
^acer otra cosa cumple una labor heroica. Ven 
renuncia a toda acción entre mis brazos, que 
este tu reposo y tu oscurecimiento en ellos se- 
rán fuente de acciones y de claridades para los 
que nunca sabrán tu nombre. Cuando hasta el 
eco. de tu nombre se disipe en el aire, al disi- 
parse éste, aún el rescoldo de tu amor calenta-^ 
rá las ruinas de los orbes. Ven y date a mí, Alon- 
so, que aunque no salgas a los caminos a ende- 
rezar entuertos, tu grandeza no habrá de per- 
derse, pues en mi seno nada se pierde. Ven, 
que yo te llevaré desde el reposo de mi regazo 
al reposo final e inacabable». 

Así podría hablar Aldonza, y sería grande 
Alonso renunciando en sus brazos a toda gloria; 
pero tú, Antonia, tú no sabes hablar así. Tú no 
crees que el amor vale más que la gloria; tú lo 
que crees es que ni el amor ni la gloria valen el 
amodorrador sosiego del hogar, que ni el amor 
ni la gloria valen la seguridad de los garbanzos; 



458 MIGUEL DE UNAMUNO 

tú crees que el Coco se lleva a los que duermen 
poco, y no sabes que el amor, lo mismo que la 
gloria, no duerme, sino vela. 

Acabó de hacer su testamento Alonso Quija- 
Tio, recibió los sacramentos, abominó de nuevo 
de los libros de caballerías, y entre compasiones 
y lágrimas de los que allí se hallaban, dio su es' 
píriiu; quiero decir que se murió, agrega el his- 
toriador. 

¡Dio su espíritu! ¿Ya quién se lo dio? Dónde 
está hoy? ¿dónde sueña? ¿dónde vive? ¡cuál es 
el abismo de la cordura en que van a descansar 
las armas curadas del sueño de la vida, de la lo- 
cura de no morir? ¡Oh Dios mío; Tú que diste 
^ida y espíritu a Don Quijote en la vida y en 
el espíritu de su pueblo; Tú que inspiraste a 
Cervantes esa epopeya profundamente cristia- 
na; Tú, Dios de mi sueño, ¿dónde acojes los 
espíritus de los que atravesamos este sueño de 
la vida tocados de la locura de vivir por los si- 
-glos de los siglos venideros? Nos diste el ansia 
de renombre y fama, como sombra de tu gloria; 
pasará el mundo ¿pasaremos con él también 
nosotros, Dios mío? 

¡La vida es sueño! ¿Será acaso también sueño. 
Dios mío, este tu Universo de ¡que eres la Con- 
ciencia eterna e infinita? ¿será un sueño tuyo? 
tserá que nos estás soñando? ¿Seremos sueño, 
sueño tuyo, nosotros los soñadores de la vida? Y 
si así fuese ¿qué será del Universo todo, qué 
será de nosotros, qué será de mí cuando Tú. 
Dios de mi vida, despiertes? ¡Suéñanos. Señor! 
Y ¿no será tal vez que despiertas para los bue- 
nos cuando a la muerte despiertan ellos del sue- 
ño de la vida? ¿Podemos acaso nosotros, pobres 
sueños soñadores, soñar lo que sea la vela del 



\ lUA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 459 

» hombre en tu eterna vela. Dios nuestro? ¿No será 
la bondad resplandor de la vigilia en lais oscuri- 
dades del sueño? Mejor que indagar tu sueño y 

, nuestro sueño, escudriñando el Universo y la 
vida, mejor mil veces obrar el bien, 

pues no se pierde 
el hacer bien, ni aun en sueños. 



Mejor que investigar si son molinos o gigan- 
tes los que se nos muestran dañosos, seguir la 
voz del corazón y arremeterlos, que toda arre- 
metida generosa trasciende del sueño de la vida. 
De nuestros actos y no de nuestras contempla- 
ciones sacaremos sabiduría. ¡Suéñanos, Dios de 
nuestro sueño! 

¡Consérvale a Sancho su sueño, su fe, Dios 
mío, y que crea en su vida perdurable y que sue- 
ñe ser pastor allá en los infinitos campos de Tu 
Seno, endechando sin fin a la Vida inacabable 
que eres Tú mismo; consérvasela. Dios de mi 
España! Mira, Señor, que el día en que tu sier- 
vo Sancho cure de su locura, se morirá, y al mo- 
rir él se morirá su España, tu España, Señor. 
Fundaste este tu pueblo, el pueblo de tus sier- 
vos Don Quijote y Sancho, sobre la fe en la in- 
mortalidad personal; mira, Señorj que esa es 
nuestra razón de vida y es nuestro destino entre 
los pueblos el de hacer que esa nuestra verdad 
del corazón alumbre las mentes contra todas las 
tinieblas de la lógica y del raciocinio y consue- 
le los corazones de los condenados al sueño de 
la vida. 

Ast el üiüir nos mata 
que la muerte nos torna a dar la vida. 



460 MIGUEL DE UNAMUNO 

Agrega el historiador que pidió el cura al es- 
cribano le diese por testimonio cómo Alonso 
Quijano el Bueno, llamado comúnmente Don 
Quijote de la Mancha, había pasado de esta pre* 
senté vida y muerto naturalmente, y que el tal 
testimonio pedía para quitar la ocasión de que 
algún autor le resucitase jalsamente, y más ade- 
lante añade que yace en la huesa tendido de lar' 
go, imposibilitado de hacer tercera jornada y sa^ 
lida nueva. 

C Pero es que creéis que Don Quijote no ha de 
resucitar? Hay quien cree que no ha muerto; 
que el muerto, y bien muerto, es Cervantes que 
quiso matarle, y no Don Quijote. Hay quien 
cree que resucitó al tercer día, y que volverá 
a la tierra en carne mortal y a hacer de las su- 
yas. Y volverá cuando Sancho, agobiado hoy 
por los recuerdos, sienta hervir la sangre que 
acopió en sus andanzas escuderiles, y monte, 
como dije, en Rocinante, y revestido de las ar- 
mas de su amo, embrace el lanzón y se lance a 
hacer de Don Quijote. Y su amo vendrá enton- 
ces y encarnará en él. ¡Animo, Sancho heroico, 
y aviva esa fe que encendió en ti tu amo y que 
tanto te costó atizar y afirmar! ¡ánimo! 

Y no se cuenta milagro que hiciese después 
de muerto, como se cuenta del Cid que ganó 
batalla siendo cadáver, y se cuenta de él ade- 
más que estando muerto también y queriendo 
un judío tocarle la barba, que en su vida nadie 
se la tocó. 



Antes que a la barba llegue, el buen Cid había empuñado 
a la su espada tizona, y un buen palmo la había sacado; 
el judío que esto vido, muy gran pavor ha cobrado; 
tendido cayó de espaldas, amortecido de espanto. 



VIDA DL DON QUIJOTE Y SANCHO 



461 



Don Quijote no sé que haya ganado batalla 
después de muerto y sé que muchos judíos osan 
tocarle la barba. De Don Quijote no se sabe que 
haya hecho milagro alguno después de muerto, 
pero cno basta con los que hizo en vida, y no fué 
perpetuo milagro su carrera toda de aventuras? 
Cuanto más que como recordaba el. P. Rivade- 
neira en el capítulo final de su tantas veces 
aquí citada obra al hablarnos de los milagros que 
Dios hizo por San Ignacio, entre los nacidos de 
mujer no se había levantado, al decir del Evan- 
gelio, otro mayor que San Juan Bautista, y con 
todo eso dice de él el Evangelio mismo que no 
hizo milagro alguno. Y si el piadoso biógrafo 
de Loyola tiene por el mayor milagro de éste 
la fundación de la Compañía de Jesús c^o he- 
mos de tener nosotros por el milagro mayor de 
Don Quijote el que hubiese hecho escribir la his- 
toria de su vida a un hombre que, como Cervan- 
tes, mostró en sus demás trabajos la endeblez de 
su ingenio y cuan por debajo estaba, en el orden 
natural de las cosas, de lo que para contar las 
hcizañas del Ingenioso Hidalgo y tal cual él las 
contó, se requería? 

No cabe duda sino que en El INGENIOSO HI- 
DALGO Don Quijote de la Mancha que compu- 
so Miguel de Cervantes Saavedra se mostró éste 
muy por encima de lo que podríamos esperar 
de él juzgándole por sus otras obras; se so- 
brepujó con mucho a sí mismo. Por lo cual es de 
creer que el historiador arábigo Cide Hamete Be- 
nengeli no es un puro recurso literario, sino que 
encubre una profunda verdad, cual es la de que 
esa historia se la dictó a Cervantes otro que lleva- 
ba dentro de sí y al que ni antes ni después de ha- 
berla escrito, trató una vez más; un espíritu que 



462 MIGUEL DL UNAMUNO 

en las profundidades de su alma habitaba. Y 
esta inmensa lejanía que hay de la historia de 
nuestro Caballero a todas las demás obras que 
Cervantes escribió, este patentísimo y espléndi- 
do milagro es la razón principal — si para ellos 
hiciesen, que no hacen falta razones, miserables 
siempre — para creer nosotros y confesar que la 
historia fué real y verdadera, y que el mismo 
Don Quijote envolviéndose en Cide Hamete Be- 
nengeli, se la dictó a Cervantes. Y aun llego a 
sospechar que mientras he estado explicando y 
comentando esta vida me han visitado secreta- 
mente Don Quijote y Sancho, y aun sin yo saber- 
lo, me han desplegado y descubierto las entrete- 
las de sus corazones. 

Y he de añadir aquí que muchas veces tene- 
mos a un escritor por persona real y verdadera 
e histórica por verle de carne y hueso y a los 
sujetos que finge en sus ficciones no más sino por 
de pura fantasía, y sucede al revés, y es que es- 
tos sujetos lo son muy de veras y de toda reali- 
dad y se sirven de aquel otro que nos parece de 
carne y hueso para tomar ellos ser y figura ante 
los hombres. Y cuando despertemos todos del 
sueño de la vida, se han de ver a este respecto 
cosas muy peregrinas y se espantarán los sabios 
al ver qué es la verdad y qué es la mentira y 
cuan errados andábamos al pensar que esa qui- 
sicosa que llamamos lógica tenga valor alguno 
fuera de este miserable mundo en que nos tie- 
nen presos el tiempo y el espacio, tiranos del es- 
píritu. 

Cosas muy peregrinas conoceremos allí res- 
pecto a la vida y a la muerte, y allí se verá cuan 
profundo sentido tiene la primera parte del epi- 
tafio que en la sepultura de Don Quijote puso 
Sansón Carrasco y que dice: 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 4o3. 



Yace aquí el hidalgo fuerte 
que a tanto extremo llegó 
de valiente, que se advierte, 
que la muerte no triunfó 
de su vida con la muerte. 

Y así es, pues Don Quijote es, merced a su 
muerte, inmortal; la muerte es nuestra inmorta- 
lizadora. 

Nada pasa, nada se disipa, nada se anonada; 
eternízase la más pequeña partecilla de mate- 
ria y el más débil golpecito de fuerza y no hay 
visión, por huidera que sea, que no quede refle- 
jada para siempre en alguna parte. Así como si 
al pasar por un punto, en el infinito de las tinie- 
blas, se encendiera y brillara por un momento 
todo lo que por allí pasase, así brilla un momen- 
to en nuestra conciencia del presente cuanto 
desfila de lo insondable del porvenir a lo inson- 
dable del pasado. No hay visión ni cosa ni mo- 
mento de ella que no descienda a las honduras 
eternas de donde salió y allí se quede. Sueño 
es este súbito y momentáneo encendimiento de 
la sustancia tenebrosa, sueño es la vida, y apa- 
gado el pasajero fulgor desciende su reflejo a las 
hondurztó de las tinieblas y allí queda y persiste 
hasta que una suprema sacudida lo reenciende 
para siempre un día. Porque la muertte-no-íriun- 
fa de la vida con la muerte de ésta. I Muerte 
vida son mezquinos términos de que nos vale- 
mos en esta prisión del tiempo y del espacio; 
tienen ambas una raíz común y la raigambre de 
esta raíz arraiga en la eternidad de lo infinito, en. i 
Dios, Conciencia del Universo ( 

j 



464 MIGUEL DE UNAMUNO 

Al acabar la historia colgó el historiador su 
pluma y le dijo: aquí quedarás colgada desta es- 
petera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cor' 
tada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás 
luengos siglos, si presuntuosos y malandrines 
historiadores no te descuelgan para profanarte. 

Líbreme Dios de meterme a contar sucesos 
que al puntualísimo historiador de Don Quijo- 
te se le hubiesen escapado; nunca me tuve por 
erudito ni me he metido jamás a escudriñar los 
archivos caballerescos de la Mcincha. Yo sólo 
lie querido explicar y comentar su vida. 

Para mí solo nació Don Quijote, y yo para él; 
él supo obrar y yo escribir, hace decir el histo- 
riador a su pluma. Y yo digo que para que Cer- 
vantes contara su vida y yo la explicara y co- 
mentara nacieron Don Quijote y Sancho, Cer- 
vantes nació para contarla y explicarla, y para 
comentarla nací yo... No puede contar tu vida, 
ni puede explicarla ni comentarla, señor mío 
Don Quijote, sino quien esté tocado de tu misma 
locura de no morir. Intercede, pues, en favor 
mío, oh mi señor y patrón, para que tu Dulci- 
nea del Toboso, ya desencantada merced a los 
azotes de tu Sancho, me lleve de su mano a la 
inmortalidad del nombre y de la fama. ¡Y si es 
la vida sueño, déjame soñarla inacabable! 

A reinar, fortuna, vamos. 
No me despiertes, si sueño. 

(La vida es sueño, II, 4) 



xal [j.ayó;jLT,v x.a-r'I'j.'aú'róv i'(ó} 
lAlAAOS A* croa* 



VOCABULARIO 



Hay en este libro unas pocas voces, no llegan 
a treinta, que no se encuentran en la última edi- 
ción, la décimatercia, del DICCIONARIO DE LA LEN- 
GUA CASTELLANA POR LA ReAL ACADEMIA ESPAÑO- 
LA, que pasa por oficial, y voces que tampoco 
son de uso corriente entre escritores. Las más 
de ellas — su casi totalidad — las he tomado de 
boca del pueblo de esta región salmantina, que 
las emplea corrientemente, tres de ellas las he 
formado yo mismo según la analogía del len- 
guaje castellano, y una (oíslo) se halla en el 
Quijote. 

Creo que para enriquecer el idioma mejor que 
ir a pescar en viejos librotes de antiguos escri- 
tores vocablos hoy muertos, es sacar de las en- 
trañas del idioma mismo, del habla pxDpular, vo- 
ces y giros que en ellas viven, tanto más cuanto 
que de ordinario los más de los arcaísmos per- 
duran como provincialismos hoy. 

He aquí esas voces: 

adulciguar. — Esta la he formado yo siguiendo 
la analogía que de las latinas sanctificare , morti- 
ficarcy, verificare, testificare, etc., nos da santi- 
guar, amortiguar, averiguar, atestiguar, etc., por 

30 



466 MIGUEL DE UNAMUNO 

un proceso fonético que no es de este lugar expli- 
carlo, y de fructificar dio el ((afruchiguar» que 
usan aún hoy los judíos españoles de Oriente. 
Así de dulcificare he formado adulciguar, esto es: 
dulcificar, y es más que posible que esta voz 
haya sido usada. 

hrezar. — El Diccionario de la Academia trae 
brizar, y agrega ani., esto es, ((Eoiticuado». Será 
anticuado entre los académicos, pero en esta 
provincia de Salamanca, por lo míenos, es voz 
viva y bien viva y enteramente moderna. Dicen 
brizar o brezar — más ésto que aquéllo — y signifi- 
ca «cunar, mover la cuna para adormecer a los 
niños». 

cogolmar. — Colmar, llenar más la medida. 

cogüelmo. — Colmo, lo que pasa de la medida. 

coiena. — Costra de porquería. Se dice, por 
ejemplo, «el muy marrano tiene dos jemes de 
cotena a cuestas». 

desfalladero. — Derrumbadero. Se usa en la ri- 
bera del Duero, raya de Portugal. 

desenchinarrar. — Lo contrario de enchinarrar; 
desencachar o desadoquinar. 

desentonar — Desatollar algo, sacarlo del ba- 
rro, de la tierra o de otro sitio en que estuviera 
entonado. 

enchinarrar. — Poner chinarros en una calzada 
o calle; adoquinarla. 

enfusar — Este bonito verbo, del participial la- 
tino iri\íusare, el cual a su vez se formó del parti- 
cipio infusus, de infundere, se usa mucho en 
esta provincia de Salamanca en el sentido de 
embutir, tratándose en especial de embutir car- 
nes de cerdo. Yo le extiendo el significado, ha- 
ciéndolo equivalente del vocablo culto infundir. 
Del mismo modo tenemos: ayudar, cantar, olvi- 



VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO 467 

dar, hajtar, hurtar, untar, echar, usar, etc., de 
los particípales adiutarcadiutus, cantare-cantus, 
oblitare-oblitusi, farctare-farctus, Jurtane-furtus,, 
unctare-unctus, iactare-iactus,, arsare-arsus, usa' 
re^usus, etc., cuyos verbos simples adiuvare, ca- 
ñare, oblivisci, farcire, jurere, úngete, iacere, 
arderé, uti o no pasaron al castellano o pasaron 
en voces cultas o semi-cultais, como ungir, verbi- 
gracia. 

engurruñido. — Recojido, arrugado, como cuan- 
do una fruta se seca, se achica y se Eirruga. La 
Academia trae engurriado, da, adjetivo ant. ru- 
goso, y engurruñarse, estar triste, melancólico. 
Recuerdo ahora esta copla que he oído: 

En el cielo de tu boca 
quisiera yo estar metido; 
si no cupiera de pie, 
cabería engiuruñido. 

enroderar. — Meter en roderas o carriles. 

entonar. — Atollar, meter algo en alguna par- 
te, enterrsu-lo. 

escurrajas . — EJscurridur as . 

marzera (nieve). — Nieve de Marzo. 

pedernoso. — Esta es la otra voz que he inven- 
tado, por analogía con pedernal y empedernido. 
Equivale a pétreo, que no me gusta, y es muy 
fácil que haya sido usada. 

perinchir. — Preciosa voz que se usa en algu- 
nos pueblos del llamado Abadengo, de esta pro- 
vincia, y que equivale a colmar, hacer que reba- 
se la medida. Se compone de per y henchir. 

remejer. — Revolver, remezclar. Se usa mucho, 
lo mismo que el simple: mejer,, en casi todo el 
Oeste y Noroeste de España (Salamanca, Zamo- 



468 MIGUEL DE UNAMUNO 

ra, León, Galicia). E« el latín miscere. La Aca- 
demia a la voz mejido, que es el participio de 
m^jeri, que se usa en «huevo mejido», «yema 
mejida», le llama adjetivo. 

retuso. — Rehacio. ELsta voz, enteramente la- 
tina, sin quitarle ni ponerle nada, se usa aquí 
mucho. De ser de origen popular debió decir 
reduso. 

serano. — ^Esta preciosa voz, usadísima en to- 
dos estos lugares salmantinos, es igual al portu- 
gués «serao» y significa como el francés soirée, 
una velada nocturna. 

sotorreirse. — Es voz que he formado yo para 
decir reirse so capa, reirse entre dientes. 

verbenear. — Este vocablo, también precioso, 
significa pulular, abundar y además moverse una 
masa como una gusanera. Equivale a gusanear 
y deriva de una antigua voz castellana üierben, 
gusano, de vermine. 

zuñir. — Operación que hacen los plateros para 
igualar las desigualdades y asperezas de la fili- 
grana, frotándola contra una pizarra. 



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Cervantes Saavedra, Miguel de 
Unamuno, Miguel de 

Vida de Don Quijote y Sancí 
según Miguel de Cervantes 
Saavedra